
Orwell george - 1984
traicionado a Julia. No se lo haban sacado todo bajo tortura? Les haba contado absolutamente
todo lo que saba de ella: su carcter, sus costumbres, su vida pasada; haba confesado, dando los
ms pequeos detalles, todo lo que haba ocurrido entre ellos, todo lo que l haba dicho a ella y ella
a l, sus comidas, alimentos comprados en el mercado negro, sus relaciones sexuales, sus vagas
conspiraciones contra el Partido... y, sin embargo, en el sentido que l le daba a la palabra
traicionar, no la haba traicionado. Es decir, no haba dejado de amarla. Sus sentimientos hacia ella
seguan siendo los mismos. O'Brien haba entendido lo que l quera decir sin necesidad de
explicrselo.
Dime murmur Winston, cundo me matarn?
A lo mejor, tardan an mucho tiempo respondi O'Brien. Eres un caso dificil. Pero no
pierdas la esperanza. Todos se curan antes o despus. Al final, te mataremos.
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doblado. Todos Vosotros podis hacerlo si queris aadi mientras se pona derecha. Cualquier
persona de menos de cuarenta y cinco aos es perfectamente capaz de tocarse as los dedos de los
pies. No todos nosotros tenemos el privilegio de luchar en el frente, pero por lo menos podemos
mantenemos en forma. Recordad a nuestros muchachos en el frente malabar! Y a los marineros de
las fortalezas flotantes! Pensad en las penalidades que han de soportar. Ahora, probad otra vez. Eso
est mejor, camaradas, mucho mejor aadi en tono estimulante dirigindose a Winston, el cual,
con un violento esfuerzo, haba logrado tocarse los dedos de los pies sin doblar las rodillas. Desde
varios aos atrs, no lo consegua.
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Haba ocurrido aquella misma maana en el Ministerio, si es que algo de tal vaguedad poda
haber ocurrido.
Cerca de las once y ciento en el Departamento de Registro, donde trabajaba Winston, sacaban
las sillas de las cabinas y las agrupaban en el centro del vestbulo, frente a la gran telepantalla,
preparndose para los Dos Minutos de Odio. Winston acababa de sentarse en su sitio, en una de las
filas de en medio, cuando entraron dos personas a quienes l conoca de vista, pero a las cuales
nunca haba hablado. Una de estas personas era una muchacha con la que se haba encontrado
frecuentemente en los pasillos. No saba su nombre, pero s que trabajaba en el Departamento de
Novela. Probablemente ya que la haba visto algunas veces con las manos grasientas y llevando
paquetes de composicin de imprenta tendra alguna labor mecnica en una de las mquinas de
escribir novelas. Era una joven de aspecto audaz, de unos veintisiete aos, con espeso cabello
negro, cara pecosa y movimientos rpidos y atlticos. Llevaba el mono cedido por una estrecha
faja roja que le daba varias veces la vuelta a la cintura realzando as la atractiva forma de sus
caderas; y ese cinturn era el emblema de la Liga juvenil AntiSex. A Winston le produjo una
sensacin desagradable desde el primer momento en que la vio. Y saba la razn de este mal efecto:
la atmsfera de los campos de hockey y duchas fras, de excursiones colectivas y el aire general de
higiene mental que trascenda de ella. En realidad, a Winston le molestaban casi todas las mujeres y
especialmente las jvenes y bonitas porque eran siempre las mujeres, y sobre todo las jvenes, lo
ms fantico del Partido, las que se tragaban todos los
de propaganda y abundaban entre
ellas las espas aficionadas y las que mostraban demasiada curiosidad por lo heterodoxo de los
dems. Pero esta muchacha determinada le haba dado la impresin de ser ms peligrosa que la
mayora. Una vez que se cruzaron en el corredor, la joven le dirigi una rpida mirada oblicua que
por unos momentos dej aterrado a Winston. Incluso se le haba ocurrido que poda ser una agente
de la Polica del Pensamiento. No era, desde luego, muy probable. Sin embargo, Winston sigui
sintiendo una intranquilidad muy especial cada vez que la muchacha se hallaba cerca de l, una
mezcla de miedo y hostilidad. La otra persona era un hombre llamado O'Brien, miembro del Partido
Interior y titular de un cargo tan remoto e importante, que Winston tena una idea muy confusa de
qu se trataba. Un rpido murmullo pas por el grupo ya instalado en las sillas cuando vieron
acercarse el mono negro de un miembro del Partido Interior. O'Brien era un hombre corpulento
con un ancho cuello y un rostro basto, brutal, y sin embargo rebosante de buen humor. A pesar de
su formidable aspecto, sus modales eran bastante agradables. Sola ajustarse las gafas con un gesto
que tranquilizaba a sus interlocutores, un gesto que tena algo de civilizado, y esto era sorprendente
tratndose de algo tan leve. Ese gesto si alguien hubiera sido capaz de pensar as todava poda
haber recordado a un aristcrata del siglo XVI ofreciendo rap en su cajita. Winston haba visto a
O'Brien quizs slo una docena de veces en otros tantos aos. Sentase fuertemente atrado por l y
no slo porque le intrigaba el contraste entre los delicados modales de O'Brien y su aspecto de
campen de lucha libre, sino mucho ms por una conviccin secreta que quizs ni siquiera fuera
una conviccin, sino slo una esperanza de que la ortodoxia poltica de O'Brien no era perfecta.
Algo haba en su cara que le impulsaba a uno a sospecharlo irresistiblemente. Y quizs no fuera ni
siquiera heterodoxia lo que estaba escrito en su rostro, sino, sencillamente, inteligencia. Pero de
todos modos su aspecto era el de una persona a la cual se le podra hablar si, de algn modo, se
pudiera eludir la telepantalla y llevarlo aparte. Winston no haba hecho nunca el menor esfuerzo
para comprobar su sospecha y es que, en verdad, no haba manera de hacerlo. En este momento,
O'Brien mir su reloj de pulsera y, al ver que eran las once y ciento, seguramente decidi quedarse
en el Departamento de Registro hasta que pasaran los Dos Minutos de Odio. Tom asiento en la
misma fila que Winston, separado de l por dos sillas., Una mujer bajita y de cabello color arena,
que trabajaba en la cabina vecina a la de Winston, se instal entre ellos. La muchacha del cabello
negro se sent detrs de Winston.
Un momento despus se oy un espantoso chirrido, como de una monstruosa mquina sin
engrasar, ruido que proceda de la gran telepantalla situada al fondo de la habitacin. Era un ruido
que le haca rechinar a uno los dientes y que pona los pelos de punta. Haba empezado el Odio.
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slogans
abyecta. Cuando por fin te rindas a nosotros, tendr que impulsarle a ello tu libre voluntad. No
destruimos a los herejes porque se nos resisten; mientras nos resisten no los destruimos. Los
convertirnos, captamos su mente, los reformamos. Al hereje poltico le quitamos todo el mal y todas
las ilusiones engaosas que lleva dentro; lo traemos a nuestro lado, no en apariencia, sino
verdaderamente, en cuerpo y alma. Lo hacemos uno de nosotros antes de matarlo. Nos resulta
intolerable que un pensamiento errneo exista en alguna parte del mundo, por muy secreto e inocuo
que pueda ser. Ni siquiera en el instante de la muerte podemos permitir alguna desviacin.
Antiguamente, el hereje suba a la hoguera siendo an un hereje, proclamando su hereja y hasta
disfrutando con ella. Incluso la vctima de las purgas rusas se llevaba su rebelin encerrada en el
crneo cuando avanzaba por un pasillo de la prisin en espera del tiro en la nuca. Nosotros, en
cambio, hacemos perfecto el cerebro que vamos a destruir. La consigna de todos los despotismos
era: No hars esto o lo otro. La voz de mando de los totalitarios era: Hars esto o aquello.
Nuestra orden es:
Ninguno de los que traemos aqu puede volverse contra nosotros. Les
lavamos el cerebro. Incluso aquellos miserables traidores en cuya inocencia creste un da Jones,
Aaronson y Rutherford los conquistamos al final. Yo mismo particip en su interrogatorio. Los vi
ceder paulatinamente, sollozando, llorando a lgrima viva, y al final no los dominaba el miedo ni el
dolor, sino slo un sentimiento de culpabilidad, un afn de penitencia. Cuando acabamos con ellos
no eran ms que cscaras de hombre. Nada quedaba en ellos sino el arrepentimiento por lo que
haban hecho y amor por el Gran Hermano. Era conmovedor ver cmo lo amaban. Pedan que se les
matase en seguida para poder morir con la mente limpia. Teman que pudiera volver a
ensucirseles.
La voz de O'Brien se haba vuelto soadora y en su rostro permaneca el entusiasmo del loco
y la exaltacin del fantico. No est mintiendo pens Winston; no es un hipcrita; cree todo
lo que dice. A Winston le oprima el convencimiento de su propia inferioridad intelectual.
Contemplaba aquella figura pesada y de movimientos sin embargo agradables que paseaba de un
lado a otro entrando y saliendo en su radio de visin. O'Brien era, en todos sentidos, un ser de
mayores proporciones que l. Cualquier idea que Winston pudiera haber tenido o pudiese tener en
lo sucesivo, ya se le haba ocurrido a O'Brien, examinndola y rechazndola. La mente de aquel
hombre
a la de Winston. Pero, en ese caso, cmo iba a estar loco O'Brien? El loco tena
que ser l, Winston. O'Brien se detuvo y lo mir fijamente. Su voz haba vuelto a ser dura:
No te figures que vas a salvarte, Winston, aunque te rindas a nosotros por completo. jams
se salva nadie que se haya desviado alguna vez. Y aunque decidiramos dejarte vivir el resto de tu
vida natural, nunca te escapars de nosotros. Lo que est ocurriendo aqu es para siempre. Es
preciso que se te grabe de una vez para siempre. Te aplastaremos hasta tal punto que no podrs
recobrar tu antigua forma. Te sucedern cosas de las que no te recobrars aunque vivas mil aos.
Nunca podrs experimentar de nuevo un sentimiento humano. Todo habr muerto en tu interior.
Nunca ms sers capaz de amar, de amistad, de disfrutar de la vida, de rerte, de sentir curiosidad
por algo, de tener valor, de ser un hombre ntegro... Estars hueco. Te vaciaremos y te rellenaremos
de... nosotros.
Se detuvo y le hizo una seal al hombre de la bata blanca. Winston tuvo la vaga sensacin de
que por detrs de l le acercaban un aparato grande. O'Brien se haba sentado junto a la cama de
modo que su rostro quedaba casi al mismo nivel del de Winston.
Tres mil le dijo, por encima de la cabeza de Winston, al hombre de la bata blanca.
Dos compresas algo hmedas fueron aplicadas a las sienes de Winston. ste sinti una nueva
clase de dolor. Era algo distinto. Quiz no fuese dolor. O'Brien le puso una mano sobre la suya para
tranquilizarlo, casi con amabilidad.
Esta vez no te doler le dijo. No apartes tus ojos de los mos.
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Eres.
contena
completamente blanca.
Algunas tardes, a ltima hora, llegaban al sitio convenido y tenan que andar a cierta distancia
uno del otro sin dar la menor seal de reconocerse porque haba aparecido una patrulla por una
esquina o volaba sobre ellos un autogiro. Aunque hubiera sido menos peligroso verse, siempre
habran tenido la dificultad del tiempo. Winston trabajaba sesenta horas a la semana y Julia todava
ms. Los das libres de ambos variaban segn las necesidades del trabajo y no solan coincidir.
Desde luego, Julia tena muy pocas veces una tarde Ubre por completo. Pasaba muchsimo tiempo
asistiendo a conferencias y manifestaciones, distribuyendo propaganda para la Liga juvenil Anti
Sex, preparando banderas y estandartes para la Semana del Odio, recogiendo dinero para la
Campaa del Ahorro y en actividades semejantes. Aseguraba que mereca la pena darse ese trabajo
suplementario; era un camuflaje. Si se observaban las pequeas reglas se podan infringir las
grandes. Julia indujo a Winston a que dedicara otra de sus tardes como voluntario en la fabricacin
de municiones como solan hacer los ms entusiastas miembros del Partido. De manera que una
tarde cada semana se pasaba Winston cuatro horas de aburrimiento insoportable atornillando dos
pedacitos de metal que probablemente formaban parte de una bomba. Este trabajo en serie lo
realizaban en un taller donde los martillazos se mezclaban espantosamente con la msica de la
telepantalla. El taller estaba lleno de corrientes de aire y muy mal iluminado.
Cuando se reunieron en las ruinas del campanario llenaron todos los huecos de sus
conversaciones anteriores. Era una tarde achicharrante. El aire del pequeo espacio sobre las
campanas era ardiente e irrespirable y ola de un modo insoportable a palomar. All permanecieron
varias horas, sentados en el polvoriento suelo, levantndose de cuando en cuando uno de ellos para
asomarse cautelosamente y asegurarse de que no se acercaba nadie.
Julia tena veintisis aos. Viva en una especie de hotel con otras treinta muchachas
(Siempre el hedor de las mujeres! Cmo las odio!, coment; y trabajaba, como l haba
adivinado, en las mquinas que fabricaban novelas en el departamento dedicado a ello. Le distraa
su trabajo, que consista principalmente en manejar un motor elctrico poderoso, pero lleno de
resabios. No era una mujer muy lista segn su propio juicio, pero manejaba hbilmente las
mquinas. Saba todo el procedimiento para fabricar una novela, desde las directrices generales del
Comit Inventor hasta los toques finales que daba la Brigada de Repaso. Pero no le interesaba el
producto terminado. No le interesaba leer. Consideraba los libros como una mercanca, algo as
como la mermelada o los cordones para los zapatos.
Julia no recordaba nada anterior a los aos sesenta y tantos y la nica persona que haba
conocido que le hablase de los tiempos anteriores a la Revolucin era un abuelo que haba
desaparecido cuando ella tena ocho aos. En la escuela haba sido capitana del equipo de hockey y
haba ganado durante dos aos seguidos el trofeo de gimnasia. Fue jefe de seccin en los Espas y
secretaria de una rama de la Liga de la juventud antes de afiliarse a la Liga juvenil AntiSex.
Siempre haba sido considerada como persona de absoluta confianza. Incluso (y esto era seal
infalible de buena reputacin) la haban elegido para trabajar en Pornosec, la subseccin del
Departamento de Novela encargada de fabricar pornografa barata para los proles. All haba
trabajado un ao entero ayudando a la produccin de libritos que se enviaban en paquetes sellados y
que llevaban ttulos como
que
compraban furtivamente los jvenes proletarios, con lo cual se les daba la impresin de que
adquiran una mercanca ilegal.
Cmo son esos libros? le pregunt Winston por curiosidad.
Pues una porquera. Son de lo ms aburrido. Hay slo seis argumentos. Yo trabajaba
nicamente en los calidoscopios. Nunca llegu a formar parte de la Brigada de Repaso. No tengo
disposiciones para la literatura. S, querido, ni siquiera sirvo para eso.
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Historias deliciosas, o Una noche en un colegio de chicas,
La finalidad del Partido en este asunto no era slo evitar que hombres y mujeres establecieran
vnculos imposibles de controlar. Su objetivo verdadero y no declarado era quitarle todo, placer al
acto sexual. El enemigo no era tanto el amor como el erotismo, dentro del matrimonio y fuera de l.
Todos los casamientos entre miembros del Partido tenan que ser aprobados por un Comit
nombrado con este fin Y aunque al principio nunca fue establecido de un modo explcito
siempre se negaba el permiso si la pareja daba la impresin de hallarse fsicamente enamorada. La
nica finalidad admitida en el matrimonio era engendrar hijos en beneficio del Partido. La relacin
sexual se consideraba como una pequea operacin algo molesta, algo as como soportar un enema.
Tampoco esto se deca claramente, pero de un modo indirecto se grababa desde la infancia en los
miembros del Partido. Haba incluso organizaciones como la Liga juvenil AntiSex, que defenda
la soltera absoluta para ambos sexos. Los nietos deban ser engendrados por inseminacin
como se le llamaba en neolengua) y educados en instituciones pblicas. Winston saba que
esta exageracin no se defenda en serio, pero que estaba de acuerdo con la ideologa general del
Partido. ste trataba de matar el instinto sexual o, si no poda suprimirlo del todo, por lo menos
deformarlo y mancharlo. No saba Winston por qu se segua esta tctica, pero pareca natural que
fuera as. Y en cuanto a las mujeres, los esfuerzos del Partido lograban pleno xito.
Volvi a pensar en Katharine. Deba de hacer nueve o diez aos, casi once, que se haban
separado. Era curioso que se acordara tan poco de ella. Olvidaba durante das enteros que haban
estado casados. Slo permanecieron juntos unos quince meses. El Partido no permita el divorcio,
pero fomentaba las separaciones cuando no haba hijos.
Katharine era una rubia alta, muy derecha y de movimientos majestuosos. Tena una cara
audaz, aquilina, que podra haber pasado por noble antes de descubrir que no haba nada tras
aquellas facciones. Al principio de su vida de casados aunque quiz fuera slo que Winston la
conoca ms ntimamente que a las dems personas lleg a la conclusin de que su mujer era la
persona ms estpida, vulgar y vaca que haba conocido hasta entonces. No lata en su cabeza ni un
solo pensamiento que no fuera un
Se tragaba cualquier imbecilidad que el Partido le
ofreciera. Winston la llamaba en su interior la banda sonora humana. Sin embargo, poda haberla
soportado de no haber sido por una cosa: el sexo.
Tan pronto como la rozaba pareca tocada por un resorte y se endureca. Abrazarla era como
abrazar una imagen con juntas de nudera. Y lo que era todava ms extrao: incluso cuando ella lo
apretaba contra s misma, l tena la sensacin de que al mismo tiempo lo rechazaba con toda su
fuerza. La rigidez de sus msculos ayudaba a dar esta impresin. Se quedaba all echada con los
ojos cerrados sin resistir ni cooperar, pero como sometible. Era de lo ms vergonzoso y, a la larga,
horrible. Pero incluso as habra podido soportar vivir con ella si hubieran decidido quedarse
clibes. Pero curiosamente fue Katharine quien rehus. Deban dijo producir un nio si
podan.. As que la comedia segua representndose una vez por semana regularmente, mientras no
fuese imposible. Ella incluso se lo recordaba por la maana como algo que haba que hacer esa
noche y que no deba olvidarse. Tena dos expresiones para ello. Una era hacer un beb, y la otra
nuestro deber al Partido (s, haba utilizado esta frase). Pronto empez a tener una sensacin de
positivo temor cuando llegaba el da. Pero por suerte no apareci ningn nio y finalmente ella
estuvo de acuerdo en dejar de probar. Y poco despus se separaron.
Winston suspir inaudiblemente. Volvi a coger la pluma y escribi:
Se vio a s mismo de pie en la mortecina luz con el olor a cucarachas y a perfume barato, y en
su corazn brot un resentimiento que incluso en aquel instante se mezclaba con el recuerdo del
blanco cuerpo de Katharine, frgido para siempre por el hipntico poder del Partido. Por qu tena
que ser siempre as? No poda l disponer de una mujer propia en vez de estas furcias a intervalos
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artificial
(semart,
slogan.
Se arregl su la cama y, en seguida, sin preliminar alguno, del
modo ms grosero y terrible
que se puede imaginar, se levant la falda. Yo...
dentadura postiza completa. No era fcil conservar la inescrutabilidad cuando no se saba la cara
que tena uno. En todo caso no bastaba el control de las facciones. Por primera vez se dio cuenta de
que la mejor manera de ocultar un secreto es ante todo ocultrselo a uno mismo. De entonces en
adelante no slo deba pensar rectamente, sino sentir y hasta soar con rectitud, y todo el tiempo
debera encerrar su odio en su interior como una especie de pelota que formaba parte de s mismo y
que sin embargo estuviera desconectada del resto de su persona; algo as como un quiste.
Algn da decidiran matarlo. Era imposible saber cundo ocurrira, pero unos segundos antes
podra adivinarse. Siempre lo mataban a uno por la espalda mientras andaba por un pasillo. Pero le
bastaran diez segundos. Y entonces, de repente, sin decir una palabra, sin que se notara en los
pasos que an diera, sin alterar el gesto... podra tirar el camuflaje, y bang!, soltar las bateras de su
odio. S, en esos segundos anteriores a su muerte, todo su ser se convertira en una enorme
llamarada de odio. Y casi en el mismo instante bang!, llegara la bala, demasiado tarde, o quiz
demasiado pronto. Le habran destrozado el cerebro antes de que pudieran considerarlo de ellos. El
pensamiento hertico quedara impune. No se habra arrepentido, quedara para siempre fuera del
alcance de esa gente. Con el tiro habran abierto un agujero en esa perfeccin de que se
vanagloriaban. Morir odindolos, sa era la libertad.
Cerr los ojos. Su nueva tarea era ms difcil que cualquier disciplina intelectual. Tena
primero que degradarse, que mutilarse. Tena que hundirse en lo ms sucio. Qu era lo ms
horrible, lo que a l le causaba ms repugnancia del Partido? Pens en el Gran Hermano. Su enorme
rostro (por verlo constantemente en los carteles de propaganda se lo imaginaba siempre de un metro
de anchura), con sus enormes bigotes negros y los ojos que le seguan a uno a todas partes, era la
imagen que primero se presentaba a su mente. Cules eran sus verdaderos sentimientos hacia el
Gran Hermano?
En el pasillo sonaron las pesadas botas. La puerta de acero se abri con estrpito. O'Brien
entr en la celda. Detrs de l venan el oficial de cara de cera y los guardias de negros uniformes.
Levntate dijo O'Brien. Ven aqu.
Winston se acerc a l. O'Brien lo cogi por los hombros con sus enormes manazas y lo mir
fijamente:
Has pensado engaarme le dijo. Ha sido una tontera por tu parte. Ponte ms derecho y
mrame a la cara.
Despus de unos minutos de silencio, prosigui en tono ms suave:
Ests mejorando. Intelectualmente ests ya casi bien del todo. Slo fallas en lo emocional.
Dime, Winston, y recuerda que no puedes mentirme; sabes muy bien que descubro todas tus
mentiras. Dime: cules son los verdaderos sentimientos que te inspira el Gran Hermano?
Lo odio.
Lo odias? Bien. Entonces ha llegado el momento de aplicarte el ltimo medio. Tienes que
amar al Gran Hermano. No basta que le obedezcas; tienes que amarlo.
Empuj delicadamente a Winston hacia los guardias.
Habitacin 101 dijo.
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El dolor invadi de nuevo el cuerpo de Winston. La aguja deba de marcar ya setenta o setenta
y cinco. Esta vez, haba cerrado los ojos. Saba que los dedos continuaban all y que seguan siendo
cuatro. Lo nico importante era conservar la vida hasta que pasaran las sacudidas dolorosas. Ya no
tena idea de si lloraba o no. El dolor disminuy otra vez. Abri los ojos. O'Brien haba vuelto a
bajar la palanca.
Cuntos dedos, Winston?
Cuatro!! Supongo que son cuatro. Quisiera ver cinco. Estoy tratando de ver cinco.
Qu deseas? Persuadirme de que ves cinco o verlos de verdad?
Verlos de verdad.
Otra vez dijo O'Brien.
Es probable que la aguja marcase de ochenta a noventa. Slo de un modo intermitente poda
recordar Winston a qu se deba su martirio. Detrs de sus prpados cerrados, un bosque de dedos
se mova en una extraa danza, entretejindose, desapareciendo unos tras otros y volviendo a
aparecer. Quera contarlos, pero no recordaba por qu. Slo saba que era imposible contarlos y que
esto se deba a la misteriosa identidad entre cuatro y cinco. El dolor desapareci de nuevo. Cuando
abri los ojos, hall que segua viendo lo mismo; es decir, innumerables dedos que se movan como
rboles locos en todas direcciones cruzndose y volvindose a cruzar. Cerr otra vez los ojos.
Cuntos dedos te estoy enseando, Winston?
No s, no s. Me matars si aumentas el dolor. Cuatro, cinco, seis... Te aseguro que no lo
s.
Esto va mejor dijo O'Brien.
Le pusieron una inyeccin en el brazo. Casi instantneamente se le esparci por todo el
cuerpo una clida y beatfica sensacin. Casi no se acordaba de haber sufrido. Abri los ojos y mir
agradecido a O'Brien. Le conmovi ver a aquel rostro pesado, lleno de arrugas, tan feo y tan
inteligente. Si se hubiera podido mover, le habra tendido una mano. Nunca lo haba querido tanto
como en este momento y no slo por haberle suprimido el dolor. Aquel antiguo sentimiento, aquella
idea de que no importaba que O'Brien fuera un amigo o un enemigo, haba vuelto a apoderarse de
l. O'Brien era una persona con quien se poda hablar. Quiz no deseara uno tanto ser amado como
ser comprendido. O'Brien lo haba torturado casi hasta enloquecerle y era seguro que dentro de un
rato le hara matar. Pero no importaba. En cierto sentido, ms all de la amistad, eran ntimos. De
uno u otro modo y aunque las palabras que lo explicaran todo no pudieran ser pronunciadas nunca,
haba desde luego un lugar donde podran reunirse y charlar. O'Brien lo miraba con una expresin
reveladora de que el mismo pensamiento se le estaba ocurriendo. Empez a hablar en un tono de
conversacin corriente.
Sabes dnde ests, Winston? dijo.
No s. Me lo figuro. En el Ministerio del Amor. Sabes cunto tiempo has estado aqu?
No s. Das, semanas, meses... creo que meses. Y por qu te imaginas que traemos aqu a la
gente?
Para hacerles confesar.
No, no es sa la razn. Di otra cosa.
Para castigarlos.
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comprado el maquillaje en alguna tienda de los barrios proletarios. Tena los labios de un rojo
intenso, las mejillas rosadas y la nariz con polvos. Incluso se haba dado un toquecito debajo de los
ojos para hacer resaltar su brillantez. No se haba pintado muy bien, pero Winston entenda poco de
esto. Nunca haba visto ni se haba atrevido a imaginar a una mujer del Partido con cosmticos en la
cara. Era sorprendente el cambio tan favorable que haba experimentado el rostro de Julia. Con unos
cuantos toques de color en los sitios adecuados, no slo estaba mucho ms bonita, sino, lo que era
ms importante, infinitamente ms femenina. Su cabello corto y su mono juvenil de chico
realzaban an ms este efecto. Al abrazarla sinti Winston un perfume a violetas sintticas. Record
entonces la semioscuridad de una cocina en un stano y la boca negra cavernosa de una mujer. Era
el mismsimo perfume que aqulla haba usado, pero a Winston no le importaba esto por lo pronto.
Tambin perfume! dijo.
S, querido; tambin me he puesto perfume. Y sabes lo que voy a hacer ahora? Voy a
buscarme en donde sea un verdadero vestido de mujer y me lo pondr en vez de estos asquerosos
pantalones. Llevar medias de seda y zapatos de tacn alto! Estoy dispuesta a ser en esta
habitacin una mujer y no una camarada del Partido.
Se sacaron las ropas y se subieron a la gran cama de caoba. Era la primera vez que l se
desnudaba por completo en su presencia. Hasta ahora haba tenido demasiada vergenza de su
plido y delgado cuerpo, con las varices salindose en las pantorrillas y el trozo descolorido justo
encima de su tobillo. No haba sbanas pero la manta sobre la que estaban echados estaba gastada y
era suave, y el tamao y lo blando de la cama los tena asombrados.
Seguro que est llena de chinches, pero qu importa? dijo Julia.
No se vean camas dobles en aquellos tiempos, excepto en las casas de los proles. Winston
haba dormido en una ocasionalmente en su niez. Julia no recordaba haber dormido nunca en una.
Durmieron despus un ratito. Cuando Winston se despert, el reloj marcaba cerca de las
nueve de la noche. No se movieron porque Julia dorma con la cabeza apoyada en el hueco de su
brazo. Casi toda su pintura haba pasado a la cara de Winston o a la almohada, pero todava le
quedaba un poco de colorete en las mejillas. Un rayo de sol poniente caa sobre el pie de la cama y
daba sobre la chimenea donde el agua herva a borbotones. Ya no cantaba la mujer en el patio, pero
seguan oyndose los gritos de los nios en la calle. Julia se despert, frotndose los ojos, y se
incorpor apoyndose en un codo para mirar a la estufa de petrleo.
La mitad del agua se ha evaporado dijo. Voy a levantarme y a preparar ms agua en un
momento. Tenemos una hora. Cundo cortan las luces en tu casa?
A las veintitrs treinta.
Donde yo vivo apagan a las veintitrs un punto. Pero hay que entrar antes porque... Fuera
de aqu, asquerosa!
Julia empez a retorcerse en la cama, logr coger un zapato del suelo y lo tir a un rincn,
igual que Winston la haba visto arrojar su diccionario a la cara de Goldstein aquella maana
durante los Dos Minutos de Odio.
Qu era eso? le pregunt Winston, sorprendido. Una rata. La vi asomarse por ah. Se
meti por un boquete que hay en aquella pared. De todos modos le he dado un buen susto.
Ratas! murmur Winston. Hay ratas en esta habitacin?
Todo est lleno de ratas dijo ella en tono indiferente mientras volva a tumbarse . Las
tenemos hasta en la cocina de nuestro hotel. Hay partes de Londres en que se encuentran por todos
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continuaba indescifrable. Esperaba a que Winston hablase; pero sobre qu? Incluso ahora poda
concebirse perfectamente que no fuese ms que un hombre ocupado preguntndose con irritacin
por qu lo haban interrumpido. Nadie hablaba. Despus de cerrar la telepantalla, la habitacin
pareca mortalmente silenciosa. Los segundos transcurran enormes. Winston dificultosamente
consegua mantener su mirada fija en los ojos de O'Brien. Luego, de pronto, el sombro rostro se
ilumin con el inicio de una sonrisa. Con su gesto caracterstico, O'Brien se asegur las gafas sobre
la nariz.
Lo digo yo o lo dices t? pregunt O'Brien.
Lo dir yo respondi Winston al instante. Est eso completamente cerrado?
S, no funciona ningn aparato en esta habitacin. Estamos solos.
Pues vinimos aqu porque...
Se interrumpi dndose cuenta por primera vez de la vaguedad de sus propsitos. No saba
exactamente qu clase de ayuda esperaba de O'Brien. Prosigui, consciente de que sus palabras
sonaban vacilantes y presuntuosas:
Creemos que existe un movimiento clandestino, una especie de organizacin secreta que acta
contra el Partido y que t ests metido en esto. Queremos formar parte de esta organizacin y
trabajar en lo que podamos. Somos enemigos del Partido. No creemos en los principios de Ingsoc.
Somos criminales del pensamiento. Adems, somos adlteros. Te digo todo esto porque deseamos
ponernos a tu merced. Si quieres que nos acusemos de cualquier otra cosa, estamos dispuestos a
hacerlo.
Winston dej de hablar al darse cuenta de que la puerta se haba abierto. Mir por encima de
su hombro. Era el criado de cara amarillenta, que haba entrado sin llamar. Traa una bandeja con
una botella y vasos.
Martn es uno de los nuestros dijo O'Brien impasible. Pon aqu las bebidas, Martn. S, en
la mesa redonda. Tenemos bastantes sillas? Sentmonos para hablar cmodamente. Sintate t
tambin, Martn. Ahora puedes dejar de ser criado durante diez minutos.
El hombrecillo se sent a sus anchas, pero sin abandonar el aire servil. Pareca un lacayo al
que le han concedido el privilegio de sentarse con sus amos. Winston lo miraba con el rabillo del
ojo. Le admiraba que aquel hombre se pasara la vida representando un papel y que le pareciera
peligroso prescindir de su fingida personalidad aunque fuera por unos momentos. O'Brien tom la
botella por el cuello y llen los vasos de un lquido rojo oscuro. A Winston le record algo que
desde haca muchos aos no beba, un anuncio luminoso que representaba una botella que se mova
sola y llenaba un vaso incontables veces. Visto desde arriba, el lquido pareca casi negro, pero la
botella, de buen cristal, tena un color rub. Su sabor era agridulce. Vio que Julia coga su vaso y lo
ola con gran curiosidad.
Se llama vino dijo O'Brien con una dbil sonrisa. Seguramente, ustedes lo habrn odo
citar en los libros. Creo que a los miembros del Partido Exterior no les llega. Su cara volvi a
ensombrecerse y levant el vaso. Creo que debemos empezar brindando por nuestro jefe: por
Emmanuel Goldstein.
Winston cogi su vaso titubeando. Haba ledo referencias del vino y haba soado con l.
Como el pisapapeles de cristal o las canciones del seor Charrington, perteneca al romntico y
desaparecido pasado, la poca en que l se recreaba en sus secretas meditaciones. No saba por qu,
siempre haba credo que el vino tena un sabor intensamente dulce, como de mermelada y un efecto
intoxicante inmediato. Pero al beberlo ahora por primera vez, le decepcion. La verdad era que
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George Orwell1984
Las detenciones no eran siempre de noche. Lo mejor era matarse antes de que lo cogieran a
uno. Algunos lo hacan. Muchas de las llamadas desapariciones no eran ms que suicidios. Pero
haca falta un valor desesperado para matarse en un mundo donde las armas de fuego y cualquier
veneno rpido y seguro eran imposibles de encontrar. Pens con asombro en la inutilidad biolgica
del dolor y del miedo, en la traicin del cuerpo humano, que siempre se inmoviliza en el momento
exacto en que es necesario realizar algn esfuerzo especial. Poda haber eliminado a la muchacha
morena slo con haber actuado rpida y eficazmente; pero precisamente por lo extremo del peligro
en que se hallaba haba perdido la facultad de actuar. Le sorprendi que en los momentos de crisis
no estemos luchando nunca contra un enemigo externo, sino siempre contra nuestro propio cuerpo.
Incluso ahora, a pesar de la ginebra, la sorda molestia de su vientre le impeda pensar
ordenadamente. Y lo mismo ocurre en todas las situaciones aparentemente heroicas o trgicas. En el
campo de batalla, en la cmara de las torturas, en un barco que naufraga, se olvida siempre por qu
se debate uno ya que el cuerpo acaba llenando el universo, e incluso cuando no estamos paralizados
por el miedo o chillando de dolor, la vida es una lucha de cada momento contra el hambre, el fro o
el insomnio, contra un estmago dolorido o un dolor de muelas.
Abri el Diario. Era importante escribir algo. La mujer de la telepantalla haba empezado una
nueva cancin. Su voz se le clavaba a Winston en el cerebro como pedacitos de vidrio. Procur
pensar en O'Brien, a quien diriga su Diario, pero en vez de ello, empez a pensar en las cosas que
le sucederan cuando lo detuviera la Polica del Pensamiento. No importaba que lo matasen a uno en
seguida. Esa muerte era la esperada. Pero antes de morir (nadie hablaba de estas cosas aunque nadie
las ignoraba) haba que pasar por la rutina de la confesin: arrastrarse por el suelo, gritar pidiendo
misericordia, el chasquido de los huesos rotos, los dientes partidos y los mechones ensangrentados
de pelo. Para qu sufrir todo esto si el fin era el mismo? Por qu no ahorrarse todo esto? Nadie
escapaba a la vigilancia ni dejaba de confesar. El culpable de
estaba completamente
seguro de que lo mataran antes o despus. Para qu, pues, todo ese horror que nada alteraba?
Por fin, consigui evocar la imagen de O'Brien. Nos encontraremos en el sitio donde no hay
oscuridad, le haba dicho O'Brien en el sueo. Winston saba lo que esto significaba, o se figuraba
saberlo. El lugar donde no hay oscuridad era el futuro imaginado, que nunca se vera; pero, por
adivinacin, podra uno participar en l msticamente. Con la voz de la telepantalla zumbndole en
los odos no poda pensar con ilacin. Se puso un cigarrillo en la boca. La mitad del tabaco se le
cay en la lengua, un polvillo amargo que luego no se poda escupir. El rostro del Gran Hermano
flotaba en su mente desplazando al de O'Brien. Lo mismo que haba hecho unos das antes, se sac
una moneda del bolsillo y la contempl. El rostro le miraba pesado, tranquilo, protector. Pero, qu
clase de sonrisa se esconda bajo el oscuro bigote? Las palabras de las consignas martilleaban el
cerebro de Winston:
LA GUERRA ES LA PAZ
LA LIIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA
55
George Orwell1984
crimental
el hecho de haber desaparecido. A veces los soltaban y los dejaban en libertad durante uno o dos
aos antes de ser ejecutados. De vez en cuando, algn individuo a quien se crea muerto desde haca
mucho tiempo, reapareca como un fantasma en algn proceso sensacional donde comprometa a
centenares de otras personas con sus testimonios antes de desaparecer, esta vez para siempre. Sin
embargo, en el caso de Withers, estaba claro que lo haban matado. Era ya una
No
exista: nunca haba existido. Winston decidi que no bastara con cambiar el sentido del discurso
del Gran Hermano. Era mejor hacer que se refiriese a un asunto sin relacin alguna con el autntico.
Poda trasladar el discurso al tema habitual de los traidores y los criminales del pensamiento,
pero esto resultaba demasiado claro; y por otra parte, inventar una victoria en el frente o algn
triunfo de superproduccin en el noveno plan trienal, poda complicar demasiado los registros. Lo
que se necesitaba era una fantasa pura. De pronto se le ocurri inventar que un cierto camarada
Ogilvy haba muerto recientemente en la guerra en circunstancias heroicas. En ciertas ocasiones, el
Gran Hermano dedicaba su orden del da a conmemorar a algunos miembros ordinarios del Partido
cuya vida y muerte pona como ejemplo digno de ser imitado por todos. Hoy conmemorara al
camarada Ogilvy. Desde luego, no exista el tal Ogilvy, pero unas cuantas lneas de texto y un par
de fotografas falsificadas bastaran para darle vida.
Winston reflexion un momento, se acerc luego al hablescribe y empez a dictar en el estilo
habitual del Gran Hermano: un estilo militar y pedante a la vez y fcil de imitar por el truco de
hacer preguntas y contestrselas l mismo en seguida. (Por ejemplo: Qu nos ensea este hecho,
camaradas? Nos ensea la leccin que es tambin uno de los principios fundamentales de Ingsoc
que, etc., etc.)
A la edad de tres aos, el camarada Ogilvy haba rechazado todos los juguetes excepto un
tambor, una ametralladora y un autogiro. A los seis aos uno antes de lo reglamentario por
concesin especial se haba alistado en los Espas; a los nueve aos, era ya jefe de tropa. A los
once haba denunciado a su to a la Polica del Pensamiento despus de orle una conversacin
donde el adulto se haba mostrado con tendencias criminales. A los diecisiete fue organizador en su
distrito de la Liga juvenil AntiSex. A los diecinueve haba inventado una granada de mano que
fue adoptada por el Ministerio de la Paz y que, en su primera prueba, mat a treinta y un prisioneros
eurasiticos. A los veintitrs muri en accin de guerra. Perseguido por cazas enemigos de
propulsin a chorro mientras volaba sobre el Ocano ndico portador de mensajes secretos, se haba
arrojado al mar con las ametralladoras y los documentos... Un final, deca el Gran Hermano, que
necesariamente despertaba la envidia. El Gran Hermano aada unas consideraciones sobre la
pureza y rectitud de la vida del camarada Ogilvy. Era abstemio y no fumador, no se permita ms
diversiones que una hora diaria en el gimnasio y haba hecho voto de soltera por creer que el
matrimonio y el cuidado de una familia imposibilitaban dedicar las veinticuatro horas del da al
cumplimiento del deber. No tena ms tema de conversacin que los principios de Ingsoc, ni ms
finalidad en la vida que la derrota del enemigo eurasitico y la caza de espas, saboteadores,
criminales mentales y traidores en general.
Winston discuti consigo mismo si deba o no concederle al camarada Ogilvy la Orden del
Mrito Conspicuo; al final decidi no concedrsela porque ello acarreara un excesivo trabajo de
confrontaciones para que el hecho coincidiera con otras referencias.
De nuevo mir a su rival de la cabina de enfrente. Algo pareca decirle que Tillotson se
ocupaba en lo mismo que l. No haba manera de saber cul de las versiones sera adoptada
finalmente, pero Winston tena la firme conviccin de que se elegira la suya. El camarada Ogilvy,
que hace una hora no exista, era ya un hecho. A Winston le resultaba ctirioso que se pudieran crear
hombres muertos y no hombres vivos. El camarada Ogilvy, que nunca haba existido en el presente,
era ya una realidad en el pasado, y cuando quedara olvidado en el acto de la falsificacin, seguira
existiendo con la misma autenticidad, con pruebas de la misma fuerza que Carlomagno o Julio
Csar.
27
George Orwell1984
nopersona.
pronunciar las palabras. O'Brien pareca divertido. Hasta sus gafas parecan brillar irnicamente.
Winston pens de pronto: Sabe perfectamente lo que le voy a preguntar. Y entonces le fue fcil
decir:
Qu hay en la habitacin 101?
La expresin del rostro de O'Brien no cambi. Respondi:
Sabes muy bien lo que hay en la habitacin 101, Winston. Todo el mundo sabe lo que hay
en la habitacin 101. Levant un dedo hacia el hombre de la bata blanca Evidentemente, la sesin
haba terminado. Winston sinti en el brazo el pinchazo de una inyeccin. Casi inmediata mente, se
hundi en un profundo sueo.
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Julia no se interesaba en absoluto por las ramificaciones de la doctrina del partido. Cuando
Winston hablaba de los principios de Ingsoc, el doblepensar, la mutabilidad del pasado y la
degeneracin de la realidad objetiva y se pona a emplear palabras de neolengua, la joven se aburra
espantosamente, adems de hacerse un lo, y se disculpaba diciendo que nunca se haba fijado en
esas cosas. Si se saba que todo ello era un absoluto camelo, para qu preocuparse? Lo nico que a
ella le interesaba era saber cundo tena que vitorear y cundo le corresponda abuchear. Si Winston
persista en hablar de tales temas, Julia se quedaba dormida del modo ms desconcertante. Era una
de esas personas que pueden dormirse en cualquier momento y en las posturas ms increbles.
Hablndole, comprenda Winston qu fcil era presentar toda la apariencia de la ortodoxia sin tener
idea de qu significaba realmente lo ortodoxo. En cierto modo la visin del mundo inventada por el
Partido se impona con excelente xito a la gente incapaz de comprenderla. Haca aceptar las
violaciones ms flagrantes de la realidad porque nadie comprenda del todo la enormidad de lo que
se les exiga ni se interesaba lo suficiente por los acontecimientos pblicos para darse cuenta de lo
que ocurra. Por falta de comprensin, todos eran polticamente sanos y fieles. Sencillamente, se lo
tragaban todo y lo que se tragaban no les sentaba mal porque no les dejaba residuos lo mismo que
un grano de trigo puede pasar, sin ser digerido y sin hacerle dao, por el cuerpecito de un pjaro.
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George Orwell1984
Estamos bien aqu.
S. Mira los rboles eran unos arbolillos de ramas finsimas. No hay nada lo bastante
grande para ocultar un micro. Adems, ya he estado aqu antes.
Slo hablaban. l se haba decidido ya a acercarse ms a ella. Sonriente, con cierta irona en
la expresin, la joven estaba muy derecha ante l como preguntndose por qu tardaba tanto en
empezar. El ramo de flores silvestre se haba cado al suelo. Winston le cogi la mano.
Quieres creer dijo que hasta este momento no saba de qu color tienes los ojos?
Eran castaos, bastante claros, con pestaas negras. Ahora que me has visto a plena luz y cara a
cara, puedes soportar mi presencia?
S, bastante bien.
Tengo treinta y nueve aos. Estoy casado y no me puedo librar de mi mujer. Tengo varices
y cinco dientes postizos.
Todo eso no me importa en absoluto dijo la muchacha.
Un instante despus, sin saber cmo, se la encontr Winston en sus brazos. Al principio, su
nica sensacin era de incredulidad. El juvenil cuerpo se apretaba contra el suyo y la masa de
cabello negro le daba en la cara y, aunque le pareciera increble, le acercaba su boca y l la besaba.
S, estaba besando aquella boca grande y roja. Ella le ech los brazos al cuello y empez a llamarle
querido, amor mo, precioso ... . Winston la tendi en el suelo. Ella no se resisti; poda hacer con
ella lo que quisiera. Pero la verdad era que no senta ningn impulso fsico, ninguna sensacin
aparte de la del abrazo. Le dominaban la incredulidad y el orgullo. Se alegraba de que esto
ocurriera, pero no tena deseo fsico alguno. Era demasiado pronto. La juventud y la belleza de
aquel cuerpo le haban asustado; estaba demasiado acostumbrado a vivir sin mujeres. Quiz fuera
por alguna de estas razones o quiz por alguna otra desconocida. La joven se levant y se sacudi
del cabello una florecilla que se le haba quedado prendida en l. Sentse junto a l y le rode la
cintura con su brazo.
No te preocupes, querido, no hay prisa. Tenemos toda la tarde. Verdad que es un escondite
magnfico? Me perd una vez en una excursin colectiva y descubr este lugar. Si viniera alguien, lo
oiramos a cien metros.
Cmo te llamas? dijo Winston.
Julia. Tu nombre ya lo conozco. Winston... Winston Smith.
Cmo te enteraste?
Creo que tengo ms habilidad que t para descubrir cosas, querido. Dime, qu pensaste de
m antes de darte aquel papelito?
Winston no tuvo ni la menor tentacin de mentirle. Era una especie de ofrenda amorosa
empezar confesando lo peor.
Te odiaba. Quera abusar de ti y luego asesinarle. Hace dos semanas pens seriamente
romperte la cabeza con una piedra Si quieres saberlo, te dir que te crea en relacin con la
Polica del Pensamiento.
La muchacha se rea encantada, tomando aquello como un piropo por lo bien que se haba
disfrazado.
La Polica del Pensamiento!, qu ocurrencias No es posible que lo creyeras.
64
George Orwell1984
Puedes salir el domingo?
S.
Entonces escucha bien. No lo olvides. Irs a la estacin de Paddington...
Con una precisin casi militar que asombr a Winston, la chica le fue describiendo la ruta que
haba de seguir: un viaje de media hora en tren; torcer luego a la izquierda al salir de la estacin;
despus de dos kilmetros por carretera y, al llegar a un portillo al que le faltaba una barra, entrar
por l y seguir por aquel sendero cruzando hasta una extensin de csped; de all parta una vereda
entre arbustos; por fin, un rbol derribado y cubierto de musgo. Era como si tuviese un mapa dentro
de la cabeza.
Te acordars? murmur al terminar sus indicaciones.
S.
Tuerces a la izquierda, luego a la derecha y otra vez a la izquierda. Y al portillo le falta una
barra.
S. A qu hora?
Hacia las quince. A lo mejor tienes que esperar. Yo llegar por otro camino. Te acordars
bien de todo?
S.
Entonces, mrchate de mi lado lo ms pronto que puedas.
No necesitaba habrselo dicho. Pero, por lo pronto, no se poda mover. Los camiones no
dejaban de pasar y la gente no se cansaba de expresar su entusiasmo. Aunque es verdad que
solamente lo expresaban abriendo la boca en seal de estupefaccin. Al Principio haba habido
algunos abucheos y silbidos, pero procedan slo de los miembros del Partido y pronto cesaron. La
emocin dominante era slo la curiosidad. Los extranjeros, ya fueran de Eurasia o de Asia Oriental,
eran como animales raros. No haba manera de verlos, sino como prisioneros; e incluso como
prisioneros no era posible verlos ms que unos segundos. Tampoco se saba qu hacan con ellos
aparte de los ejecutados pblicamente como criminales de guerra. Los dems se esfumaban,
seguramente en los campos de trabajos forzados. Los redondos rostros monglicos haban dejado
paso a los de tipo ms europeo, sucios, barbudos y exhaustos. Por encima de los salientes pmulos,
los ojos de algunos miraban a los de Winston con una extraa intensidad y pasaban al instante. El
convoy se estaba terminando. En el ltimo camin vio Winston a un anciano con la cara casi oculta
por una masa de cabello, muy erguido y con los puos cruzados sobre el pecho. Daba la sensacin
de estar acostumbrado a que lo ataran. Era imprescindible que Winston y la chica se separaran ya.
Pero en el ltimo momento, mientras que la multitud los segua apretando el uno contra el otro, ella
le cogi la mano y se la estrech.
No habra durado aquello ms de diez segundos y, sin embargo, pareca que sus manos haban
estado unidas durante una eternidad. Por lo menos, tuvo Winston tiempo sobrado para aprenderse
de memoria todos los detalles de aquella mano de mujer. Explor sus largos dedos, sus uas bien
formadas, la palma endurecida por el trabajo con varios callos y la suavidad de la carne junto a la
mueca. Slo con verla la habra reconocido, entre todas las manos. En ese instante se le ocurri
que no saba de qu color tena ella los ojos. Probablemente, castaos, pero tambin es verdad que
mucha gente de cabello negro tienen ojos azules. Volver la cabeza y mirarla hubiera sido una
imperdonable locura. Mientras haba durado aquel apretn de manos invisible entre la presin de
tanta gente, miraban ambos impasibles adelante y Winston, en vez de los ojos de ella, contempl los
del anciano prisionero que lo miraban con tristeza por entre sus greas de pelo.
62
George Orwell1984
S, pero el sentido de esa historia...
Winston comprendi, por la respiracin de Julia, que estaba a punto de volverse a dormir. Le
habra gustado seguirle contando cosas de su madre. No supona, basndose en lo que poda
recordar de ella, que hubiera sido una mujer extraordinaria, ni siquiera inteligente. Sin embargo,
estaba seguro de que su madre posea una especie de nobleza, de pureza, slo por el hecho de
regirse por normas privadas. Los sentimientos de ella eran realmente suyos y no los que el Estado le
mandaba tener. No se le habra ocurrido pensar que una accin ineficaz, sin consecuencias
prcticas, careciera por ello de sentido. Cuando se amaba a alguien, se le amaba por l mismo, y si
no haba nada ms que darle, siempre se le poda dar amor. Cuando l se haba apoderado de todo el
chocolate, su madre abraz a la nia con inmensa ternura. Aquel acto no cambiaba nada, no serva
para producir ms chocolate, no poda evitar la muerte de la nia ni la de ella, pero a la madre le
pareca natural realizarlo. La mujer refugiada en aquel barco (en el noticiario) tambin haba
protegido al nio con sus brazos, con lo cual poda salvarlo de las balas con la misma eficacia que si
lo hubiera cubierto con un papel. Lo terrible era que el Partido haba persuadido a la gente de que
los simples impulsos y sentimientos de nada servan. Cuando se estaba bajo las garras del Partido,
nada importaba lo que se sintiera o se dejara de sentir, lo que se hiciera o se dejara de hacer. Cuanto
le suceda a uno se desvaneca y ni usted ni sus acciones volvan a figurar para nada. Le apartaban a
usted, con toda limpieza, del curso de la historia. Sin embargo, haca slo dos generaciones, se
dejaban gobernar por sentimientos privados que nadie pona en duda. Lo que importaba eran las
relaciones humanas, y un gesto completamente intil, un abrazo, una lgrima, una palabra cariosa
dirigida a un moribundo, posean un valor en s. De pronto pens Winston que los proles seguan
con sus sentimientos y emociones. No eran leales a un Partido, a un pas ni a un ideal, sino que se
guardaban mutua lealtad unos a otros. Por primera vez en su vida, Winston no despreci a los proles
ni los crey slo una fuerza inerte. Algn da muy remoto recobraran sus fuerzas y se lanzaran a la
regeneracin del mundo. Los proles continuaban siendo humanos. No se haban endurecido por
dentro. Se haban atenido a las emociones primitivas que l, Winston, tena que aprender de nuevo
por un esfuerzo consciente. Y al pensar esto, record que unas semanas antes haha visto sobre el
pavimento una mano arrancada en un bombardeo y que la haba apartado con el pie tirndola a la
alcantarilla como si fuera un inservible troncho de lechuga.
Los proles son seres humanos dijo en voz alta. Nosotros, en cambio, no somos
humanos.
Por qu? dijo Julia, que haba vuelto a despertarse.
Winston reflexion un momento.
No se te ha ocurrido pensar dijo que lo mejor que haramos sera marchamos de aqu
antes de que sea demasiado tarde y no volver a vernos jams?
S, querido, se me ha ocurrido varias veces, pero no estoy dispuesta a hacerlo.
Hemos tenido suerte dijo Winston; pero esto no puede durar mucho tiempo. Somos
jvenes. T pareces normal e inocente. Si te alejas de la gente como yo, puedes vivir todava
cincuenta aos ms.
No!. Ya he pensado en todo eso. Lo que t hagas, eso har yo. Y no te desanimes tanto.
Yo s arreglrmelas para seguir viviendo.
Quizs podamos seguir juntos otros seis meses, un ao... no se sabe. Pero al final es seguro
que tendremos que separarnos. Te das cuenta de lo solos que nos encontraremos? Cuando nos
hayan cogido, no habr nada, lo que se dice nada, que podamos hacer el uno por el otro. Si confieso,
te fusilarn, y si me niego a confesar, te fusilarn tambin. Nada de lo que yo pueda hacer o decir, o
dejar de decir y hacer, servira para aplazar tu muerte ni cinco minutos. Ninguno de nosotros dos
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George Orwell1984
No ser azcar, verdad? dijo, asombrado.
Azcar de verdad. No sacarina, sino verdadero azcar. Y aqu tienes un magnfico pan
blanco, no esas porqueras que nos dan, y un bote de mermelada. Y aqu tienes un bote de leche
condensada. Pero fjate en esto; estoy orgullossima de haberlo conseguido. Tuve que envolverlo
con tela de saco para que no se conociera, porque...
Pero no necesitaba explicarle por qu lo haba envuelto con tanto cuidado. El aroma que
despeda aquello llenaba la habitacin, un olor exquisito que pareca emanado de su primera
infancia, el olor que slo se perciba ya de vez en cuando al pasar por un corredor y antes de que le
cerraran a uno la puerta violentamente, ese olor que se difunda misteriosamente por una calle llena
de gente y que desapareca al instante.
Es caf murmur Winston; caf de verdad. Es caf del Partido Interior. Un kilo!
dijo Julia.
Cmo te las arreglaste para conseguir todo esto?
Son provisiones del Partido Interior. Esos cerdos no se privan de nada. Pero, claro est, los
camareros, las criadas y la gente que los rodea cogen cosas de vez en cuando. Y... mira: tambin te
traigo un paquetito de t.
Winston se haba sentado junto a ella en el suelo. Abri un pico del paquete y lo oli.
Es t autntico.
ltimamente ha habido mucho t. Han conquistado la India o algo as dijo Julia
vagamente. Pero escucha, querido: quiero que te vuelvas de espalda unos minutos. Sintate en el
lado de all de la cama. No te acerques demasiado a la ventana. Y no te vuelvas hasta que te lo diga.
Winston la obedeci y se puso a mirar abstrado por los visillos de muselina. Abajo en el patio
la mujer de los rojos antebrazos segua yendo y viniendo entre el lavadero y el tendedero. Se quit
dos pinzas ms de la boca y cant con mucho sentimiento:
Por lo visto se saba la cancin de memoria. Su voz suba a la habitacin en el clido aire
estival, bastante armoniosa y cargada de una especie de feliz melancola. Se tena la sensacin de
que esa mujer habra sido perfectamente feliz si la tarde de junio no hubiera terminado nunca y la
ropa lavada para tender no se hubiera agotado; le habra gustado estarse all mil aos tendiendo
paales y cantando tonteras. Le pareca muy curioso a Winston no haber odo nunca a un miembro
del Partido cantando espontneamente y en soledad. Habra parecido una hereja poltica, una
excentricidad peligrosa, algo as como hablar consigo mismo. Quiz la gente slo cantara cuando
estuviera a punto de morirse de hambre.
Ya puedes volverte dijo Julia.
Se dio la vuelta y por un segundo casi no la reconoci. Haba esperado verla desnuda. Pero no
lo estaba. La transformacin haba sido mucho mayor. Se haba pintado la cara. Deba de haber
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Dicen que el tiempo lo cura todo,
dicen que siempre se olvida,
pero las sonrisas y lgrimas
a lo largo de los aos ,
me retuercen el corazn.
de Winston, entenda perfectamente lo que el Partido se propona con su puritanismo sexual. Lo
ms importante era que la represin sexual conduca a la histeria, lo cual era deseable ya que se
poda transformar en una fiebre guerrera y en adoracin del lder. Ella lo explicaba as: Cuando
haces el amor gastas energas y despus te sientes feliz y no te importa nada. No pueden soportarlo
que te sientas as. Quieren que ests a punto de estallar de energa todo el tiempo. Todas estas
marchas arriba y abajo vitoreando y agitando banderas no es ms que sexo agriado. Si eres feliz
dentro de ti mismo, por qu te ibas a excitar por el Gran Hermano y el Plan Trienal y los Dos
Minutos de Odio y todo el resto de su porqueras.
Esto era cierto, pens l. Haba una conexin directa entre la castidad y la ortodoxia poltica.
Cmo iban a mantenerse vivos el miedo, y el odio y la insensata incredulidad que el Partido
necesitaba si no se embotellaba algn instinto poderoso para usarlo despus como combustible? El
instinto sexual era peligroso para el Partido y ste lo haba utilizado en provecho propio. Haban
hecho algo parecido con el instinto familiar. La familia no poda ser abolida; es ms, se animaba a
la gente a que amase a sus hijos casi al estilo antiguo. Pero, por otra parte, los hijos eran enfrentados
sistemticamente contra sus padres y se les enseaba a espiarles y a denunciar sus Desviaciones. La
familia se haba convertido en una ampliacin de la Polica del Pensamiento. Era un recurso por
medio del cual todos se hallaban rodeados noche y da por delatores que les conocan ntimamente.
De pronto se puso a pensar otra vez en Katharine. sta lo habra denunciado a la P. del P. con
toda seguridad si no hubiera sido demasiado tonta para descubrir lo hertico de sus opiniones. Pero
lo que se la haca recordar en este momento era el agobiante calor de la tarde, que le haca sudar.
Empez a contarle a Julia algo que haba ocurrido, o mejor dicho, que haba dejado de ocurrir en
otra tarde tan calurosa como aqulla, once aos antes. Katharine y Winston se haban extraviado
durante una de aquellas excursiones colectivas que organizaba el Partido. Iban retrasados y por
equivocacin doblaron por un camino que los condujo rpidamente a un lugar solitario. Estaban al
borde de un precipicio. Nadie haba all para preguntarle. En cuanto se dieron cuenta de que se
haban perdido, Katharine empez a ponerse nerviosa. Hallarse alejada de la ruidosa multitud de
excursionistas, aunque slo fuese durante un momento, le produca un fuerte sentido de
culpabilidad. Quera volver inmediatamente por el camino que haban tomado por error y empezar a
buscar en la direccin contraria. Pero en aquel momento Winston descubri unas plantas que le
llamaron la atencin. Nunca haba visto nada parecido Y llam a Katharine para que las viera.
Mira, Katharine; mira esas flores! All, al fondo; ves que son de dos colores diferentes?
Ella haba empezado ya a alejarse, pero se acerc un momento, a cada instante ms
intranquila. Incluso se inclin sobre el precipicio para ver donde sealaba Winston. l estaba un
poco ms atrs y le puso la mano en la cintura para sostenerla. No haba nadie en toda la extensin
que se abarcaba con la vista, no se mova ni una hoja y ningn pjaro daba seales de presencia.
Entonces pens Winston que estaban completamente solos y que en un sitio como aqul haba muy
pocas probabilidades de que tuvieran escondido un micrfono, e incluso si lo haba, slo podra
captar sonidos. Era la hora ms clida y soolienta de la tarde. El sol deslumbraba y el sudor
perlaba la cara de Winston. Entonces se le ocurri que...
Por qu no le diste un buen empujn? dijo Julia. Yo lo habra hecho.
S, querida; yo tambin lo habra hecho si hubiera sido la misma persona que ahora soy.
Bueno, no estoy seguro...
Lamentas ahora haber desperdiciado la ocasin?
S. En realidad me arrepiento de ello.
Estaban sentados muy juntos en el suelo. El la apret ms contra s. La cabeza de ella
descansaba en el hombro de l y el agradable olor de su cabello dominaba el desagradable hedor a
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George Orwell1984
Lo haban hecho, por fin lo haban hecho.
La habitacin donde estaban era alargada y de suave iluminacin. La telepantalla haba sido
amortiguada hasta producir slo un leve murmullo. La riqueza de la alfombra azul oscuro daba la
impresin de andar sobre el terciopelo. En un extremo de la habitacin estaba sentado O'Brien ante
una mesa, bajo una lmpara de pantalla verde, con un montn de papeles a cada lado. No se molest
en levantar la cabeza cuando el criado hizo pasar a Julia y Winston.
El corazn de Winston lata tan fuerte que dudaba de poder hablar. Lo haban hecho; por fin
lo haban hecho... Esto era lo nico que Winston poda pensar. Haba sido un acto de inmensa
audacia entrar en este despacho, y una locura inconcebible venir juntos; aunque realmente haban
llegado por caminos diferentes y slo se reunieron a la puerta de O'Brien. Pero slo el hecho de
traspasar aquel umbral requera un gran esfuerzo nervioso. En muy raras ocasiones se poda
penetrar en las residencias del Partido Interior, ni siquiera en el barrio donde tenan sus domicilios.
La atmsfera del inmenso bloque de casas, la riqueza de amplitud de todo lo que all haba, los
olores tan poco familiares a buena comida y a excelente tabaco, los ascensores silenciosos e
increblemente rpidos, los criados con chaqueta blanca apresurndose de un lado a otro... todo ello
era intimidante. Aunque tena un buen pretexto para ir all, temblaba a cada paso por miedo a que
surgiera de algn rincn un guardia uniformado de negro, le pidiera sus documentos y le mandara
salir. Sin embargo, el criado de O'Brien los haba hecho entrar a los dos sin demora. Era un hombre
sencillo, de pelo negro y chaqueta blanca con un rostro inexpresivo y achinado. El corredor por el
que los haba conducido, estaba muy bien alfombrado y las paredes cubiertas con papel crema de
absoluta limpieza. Winston no recordaba haber visto ningn pasillo cuyas paredes no estuvieran
manchadas por el contacto de cuerpos humanos.
O'Brien tena un pedazo de papel entre los dedos y pareca estarlo estudiando atentamente. Su
pesado rostro inclinado tena un aspecto formidable e inteligente a la vez. Se estuvo unos veinte
segundos inmvil. Luego se acerc el hablescribe y dict un mensaje en la hbrida jerga de los
ministerios.
Ref 1 coma 5 coma 7 aprobado excelente. Sugerencia contenida doc 6 doblems ridculo
rozando crimental destruir. No conviene construir antes conseguir completa informacin
maquinaria puntofinal mensaje.
Se levant de la silla y se acerc a ellos cruzando parte de la silenciosa alfombra. Algo del
ambiente oficial pareca haberse desprendido de l al terminar con las palabras de neolengua, pero
su expresin era ms severa que de costumbre, como si no le agradara ser interrumpido. El terror
que ya senta Winston se vio aumentado por el azoramiento corriente que se experimenta al serle
molesto a alguien. Crea haber cometido una estpida equivocacin. Pues qu prueba tena l de
que O'Brien fuera un conspirador poltico? Slo un destello de sus ojos y una observacin equvoca.
Aparte de eso, todo eran figuraciones suyas fundadas en un ensueo. Ni siquiera poda fingir que
haban venido solamente a recoger el diccionario porque en tal caso no podra explicar la presencia
de Julia. Al pasar O'Brien frente a la telepantalla, pareci acordarse de algo. Se detuvo, volvise y
gir una llave que haba en la pared. Se oy un chasquido. La voz se haba callado de golpe.
Julia lanz una pequea exclamacin, un apagado grito de sorpresa. En medio de su pnico, a
Winston le caus aquello una impresin tan fuerte que no pudo evitar estas palabras:
Puedes cerrarlo?
S dijo O'Brien, podemos cerrarlos. Tenemos ese privilegio.
Estaba sentado frente a ellos. Su maciza figura los dominaba y la expresin de su cara
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CAPITULO VIII
George Orwell1984
Qu locura! Qu locura!, pens Winston. Era inconcebible que Julia y l pudieran
frecuentar este sitio ms de unas semanas sin que los cazaran. Pero la tentacin de disponer de un
escondite verdaderamente suyo bajo techo y en un sitio bastante cercano al lugar de trabajo, haba
sido demasiado fuerte para l. Durante algn tiempo despus de su visita al campanario les haba
sido por completo imposible arreglar ninguna cita. Las horas de trabajo haban aumentado
implacablemente en preparacin de la Semana del Odio. Faltaba todava ms de un mes, pero los
enormes y complejos preparativos cargaban de trabajo a todos los miembros del Partido. Por fin,
ambos pudieron tener la misma tarde libre. Estaban ya de acuerdo en volver a verse en el claro del
bosque. La tarde anterior se cruzaron en la calle. Como de costumbre, Winston no mir
directamente a Julia y ambos se sumaron a una masa de gente que empujaba en determinada
direccin. Winston se fue acercando a ella. Mirndola con el rabillo del ojo not en seguida que
estaba ms plida que de costumbre.
Lo de maana es imposible murmur Julia en cuanto crey prudente poder hablar.
Qu?
Que maana no podr ir.
La primera reaccin de Winston fue de violenta irritacin. Durante el mes que la haba
conocido la naturaleza de su deseo por ella haba cambiado. Al principio haba habido muy poca
sensualidad real. Su primer encuentro amoroso haba sido un acto de voluntad. Pero despus de la
segunda vez haba sido distinto. El olor de su pelo, el sabor de su boca, el tacto de su piel parecan
habrsele metido dentro o estar en el aire que lo rodeaba. Se haba convertido en una necesidad
fsica, algo que no solamente quera sino sobre lo que a la vez tena derecho. Cuando ella dijo que
no poda venir, haba sentido como si lo estafaran. Pero en aquel momento la multitud los aplast el
uno contra el otro y sus manos se unieron y ella le acarici los dedos de un modo que no despertaba
su deseo, sino su afecto. Una honda ternura, que no haba sentido hasta entonces por ella, se
apoder sbitamente de l. Le hubiera gustado en aquel momento llevar ya diez aos casado con
Julia. Deseaba intensamente poderse pasear con ella por las calles, pero no como ahora lo haca,
sino abiertamente, sin miedo alguno, hablando trivialidades y comprando los pequeos objetos
necesarios para la casa. Deseaba sobre todo vivir con ella en un sitio tranquilo sin sentirse obligado
a acostarse cada vez que conseguan reunirse. No fue en aquella ocasin precisamente, sino al da
siguiente, cuando se le ocurri la idea de alquilar la habitacin del seor Charrington. Cuando se lo
propuso a Julia, sta acept inmediatamente. Ambos saban que era una locura. Era como si
avanzaran a propsito hacia sus tumbas. Mientras la esperaba sentado al borde de la cama volvi a
pensar en los stanos del Ministerio del Amor. Era notable cmo entraba y sala en la conciencia de
todos aquel predestinado horror. All estaba, clavado en el futuro, precediendo a la muerte con tanta
inevitabilidad como el 99 precede al 100. No se poda evitar, pero quiz se pudiera aplazar. Y sin
embargo, de cuando en cuando, por un consciente acto de voluntad se decida uno a acortar el
intervalo, a precipitar la llegada de la tragedia.
En este momento sinti Winston unos pasos rpidos en la escalera. Julia irrumpi en la
habitacin. Llevaba una bolsa de lona oscura y basta como la que sola llevar al Ministerio. Winston
le tendi los brazos, pero ella apartse nerviosa, en parte porque le estorbaba la bolsa llena de
herramientas.
Un momento dijo. Deja que te ensee lo que traigo. Trajiste ese asqueroso caf de la
Victoria? Ya me lo figur. Puedes tirarlo porque no lo necesitaremos. Mira.
Se arrodill, tir al suelo la bolsa abierta y de ella salieron varias herramientas, entre ellas un
destornillador, pero debajo venan varios paquetes de papel. El primero que cogi Winston le
produjo una sensacin familiar y a la vez extraa. Estaba lleno de algo arenoso, pesado, que ceda
donde quiera que se le tocaba.
74
George Orwell1984
Winston se encontraba cansadsimo, tan cansado que le pareca estarse convirtiendo en
gelatina. Pens que su cuerpo no slo tena la flojedad de la gelatina, sino su transparencia. Era
como si al levantar la mano fuera a ver la luz a travs de ella. Trabajaba tanto que slo le quedaba
una frgil estructura de nervios, huesos y piel. Todas las sensaciones le parecan ampliadas. Su
mono le estaba ancho, el suelo le haca cosquillas en los pies y hasta el simple movimiento de
abrir y cerrar la mano constitua para l un esfuerzo que le haca sonar los huesos.
Haba trabajado ms de noventa horas en cinco das, lo mismo que todos los funcionarios del
Ministerio. Ahora haba terminado todo y nada tena que hacer hasta el da siguiente por la maana.
Poda pasar seis horas en su refugio y otras nueve en su cama. Bajo el tibio sol de la tarde se dirigi
despacio en direccin a la tienda del seor Charrington, sin perder de vista las patrullas, pero
convencido, irracionalmente, de que aquella tarde no se cerna sobre l ningn peligro. La pesada
cartera que llevaba le golpeaba la rodilla a cada paso. Dentro llevaba el
que tena ya desde
seis das antes pero que an no haba abierto. Ni siquiera lo haba mirado.
En el sexto da de la Semana del Odio, despus de los desfiles, discursos, gritos, cnticos,
banderas, pelculas, figuras de cera, estruendo de trompetas y tambores, arrastrar de pies cansados,
rechinar de tanques, zumbido de las escuadrillas areas, salvas de caonazos..., despus de seis das
de todo esto, cuando el gran orgasmo poltico llegaba a su punto culminante y el odio general contra
Eurasia era ya un delirio tan exacerbado que si la multitud hubiera podido apoderarse de los dos mil
prisioneros de guerra eurasiticos que haban sido ahorcados pblicamente el ltimo da de los
festejos, los habra despedazado..., en ese momento precisamente se haba anunciado que Oceana
no estaba en guerra con Eurasia. Oceana luchaba ahora contra Asia Oriental. Eurasia era aliada.
Desde luego, no se reconoci que se hubiera producido ningn engao. Sencillamente, se hizo
saber del modo ms repentino y en todas partes al mismo tiempo que el enemigo no era Eurasia,
sino Asia Oriental. Winston tomaba parte en una manifestacin que se celebraba en una de las
plazas centrales de Londres en el momento del cambiazo. Era de noche y todo estaba
cegadoramente iluminado con focos. En la plaza haba varios millares de personas, incluyendo mil
nios de las escuelas con el uniforme de los Espas. En una plataforma forrada de trapos rojos, un
orador del Partido Interior, un hombre delgaducho y bajito con unos brazos desproporcionadamente
largos y un crneo grande y calvo con unos cuantos mechones sueltos atravesados sobre l,
arengaba a la multitud. La pequea figura, retorcida de odio, se agarraba al micrfono con una
mano mientras que con la otra, enorme, al final de un brazo huesudo, daba zarpazos amenazadores
por encima de su cabeza. Su voz, que los altavoces hacan metlica, soltaba una interminable sarta
de atrocidades, matanzas en masa, deportaciones, saqueos, violaciones, torturas de prisioneros,
bombardeos de poblaciones civiles, agresiones injustas, propaganda mentirosa y tratados
incumplidos. Era casi imposible escucharle sin convencerse primero y luego volverse loco. A cada
momento, la furia de la multitud herva inconteniblemente y la voz del orador era ahogada por una
salvaje y bestial gritera que brotaba incontrolablemente de millares de gargantas. Los chillidos ms
salvajes eran los de los nios de las escuelas. El discurso duraba ya unos veinte minutos cuando un
mensajero subi apresuradamente a la plataforma y le entreg a aquel hombre un papelito. l lo
desenroll y lo ley sin dejar de hablar. Nada se alter en su voz ni en su gesto, ni siquiera en el
contenido de lo que deca. Pero, de pronto, los nombres eran diferentes. Sin necesidad de
comunicrselo por palabras, una oleada de comprensin agit a la multitud. Oceana estaba en
guerra con Asia Oriental! Pero, inmediatamente, se produjo una tremenda conmocin. Las
banderas, los carteles que decoraban la plaza estaban todos equivocados. Aquellos no eran los
rostros del enemigo. Sabotaje! Los agentes de Goldstein eran los culpables! Hubo una fenomenal
algaraba mientras todos se dedicaban a arrancar carteles y a romper banderas, pisoteando luego los
trozos de papel y cartn roto. Los Espas realizaron prodigios de actividad subindose a los tejados
para cortar las bandas de tela pintada que cruzaban la calle. Pero a los dos o tres minutos se haba
97
CAPITULO IX
George Orwell1984
libro,
Era un da luminoso y fro de abril y los relojes daban las trece. Winston Smith, con la
barbilla clavada en el pecho en su esfuerzo por burlar el molestsimo viento, se desliz rpidamente
por entre las puertas de cristal de las
, aunque no con la suficiente rapidez para
evitar que una rfaga polvorienta se colara con l.
El vestbulo ola a legumbres cocidas y a esteras viejas. Al fondo, un cartel de colores,
demasiado grande para hallarse en un interior, estaba pegado a la pared. Representaba slo un
enorme rostro de ms de un metro de anchura: la cara de un hombre de unos cuarenta y cinco aos
con un gran bigote negro y facciones hermosas y endurecidas. Winston se dirigi hacia las
escaleras. Era intil intentar subir en el ascensor. No funcionaba con frecuencia y en esta poca la
corriente se cortaba durante las horas de da. Esto era parte de las restricciones con que se preparaba
la Semana del Odio. Winston tena que subir a un sptimo piso. Con sus treinta y nueve aos y una
lcera de varices por encima del tobillo derecho, subi lentamente, descansando varias veces. En
cada descansillo, frente a la puerta del ascensor, el carteln del enorme rostro miraba desde el muro.
Era uno de esos dibujos realizados de tal manera que los ojos le siguen a uno adondequiera que est.
EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decan las palabras al pie.
Dentro del piso una voz llena lea una lista de nmeros que tenan algo que ver con la
produccin de lingotes de hierro. La voz sala de una placa oblonga de metal, una especie de espejo
empeado, que formaba parte de la superficie de la pared situada a la derecha. Winston hizo
funcionar su regulador y la voz disminuy de volumen aunque las palabras seguan distinguindose.
El instrumento (llamado
poda ser amortiguado, pero no haba manera de cerrarlo del
todo. Winston fue hacia la ventana: una figura pequea y frgil cuya delgadez resultaba realzada
por el mono azul, uniforme del Partido. Tena el cabello muy rubio, una cara sangunea y la piel
embastecida por un jabn malo, las romas hojas de afeitar y el fro de un invierno que acababa de
terminar.
Afuera, incluso a travs de los ventanales cerrados, el mundo pareca fro. Calle abajo se
formaban pequeos torbellinos de viento y polvo; los papeles rotos suban en espirales y, aunque el
sol luca y el cielo estaba intensamente azul, nada pareca tener color a no ser los carteles pegados
por todas partes. La cara de los bigotes negros miraba desde todas las esquinas que dominaban la
circulacin. En la casa de enfrente haba uno de estos cartelones. EL GRAN HERMANO TE
VIGILA, decan las grandes letras, mientras los sombros ojos miraban fijamente a los de Winston.
En la calle, en lnea vertical con aqul, haba otro cartel roto por un pico, que flameaba
espasmdicamente azotado por el viento, descubriendo y cubriendo alternativamente una sola
palabra: INGSOC. A lo lejos, un autogiro pasaba entre los tejados, se quedaba un instante colgado
en el aire y luego se lanzaba otra vez en un vuelo curvo. Era de la patrulla de polica encargada de
vigilar a la gente a travs de los balcones y ventanas. Sin embargo, las patrullas eran lo de menos.
Lo que importaba verdaderamente era la Polica del Pensamiento.
A la espalda de Winston, la voz de la telepantalla segua murmurando datos sobre el hierro y
el cumplimiento del noveno Plan Trienal. La telepantalla reciba y transmita simultneamente.
Cualquier sonido que hiciera Winston superior a un susurro, era captado por el aparato. Adems,
mientras permaneciera dentro del radio de visin de la placa de metal, poda ser visto a la vez que
odo. Por supuesto, no haba manera de saber si le contemplaban a uno en un momento dado. Lo
nico posible era figurarse la frecuencia y el plan que empleaba la Polica del Pensamiento para
controlar un hilo privado. Incluso se conceba que los vigilaran a todos a la vez. Pero, desde luego,
podan intervenir su lnea de usted cada vez que se les antojara. Tena usted que vivir y en esto el
hbito se converta en un instinto con la seguridad de que cualquier sonido emitido por usted
sera registrado y escuchado por alguien y que, excepto en la oscuridad, todos sus movimientos
seran observados.
4
CAPITULO I
George Orwell1984
Casas de la Victoria
teidoattalia)
ganan, pens con un confuso misticismo. Siempre, sin excepcin; est dispuesto as. En ningn
problema de ajedrez, desde el principio del mundo, han ganado las negras ninguna vez. Acaso no
simbolizan las blancas el invariable triunfo del Bien sobre el Mal? El enorme rostro miraba a
Winston con su poderosa calma. Las blancas siempre ganan.
La voz de la telepantalla se interrumpi y aadi en un tono diferente y mucho ms grave:
Estad preparados para escuchar un importante comunicado a las quince treinta. Quince treintal
Son noticias de la mayor importancia. Cuidado con no perdrselas. Quince treinta!. La musiquilla
volvi a sonar.
A Winston le lati el corazn con ms rapidez. Seria el comunicado del frente; su instinto le
dijo que habra malas noticias. Durante todo el da haba pensado con excitacin en la posible
derrota aplastante en frica. Le pareca estar viendo al ejrcito eurasitico cruzando la frontera que
nunca haba sido violada y derramndose por aquellos territorios de Oceana como una columna de
hormigas. Cmo no haba sido posible atacarlos por el flanco de algn modo? Recordaba con toda
exactitud el dibujo de la costa occidental africana. Cogi una pieza y la movi en el ajedrez.
era el sitio adecuado. Pero a la vez que vea la horda negra avanzando hacia el Sur, vio tambin otra
fuerza, misteriosamente reunida, que de repente haba cortado por la retaguardia todas las
comunicaciones terrestres y martimas del enemigo. Senta Winston como si por la fuerza de su
voluntad estuviera dando vida a esos ejrcitos salvadores. Pero haba que actuar con rapidez. Si el
enemigo dominaba toda el frica, si lograban tener aerdromos y bases de submarinos en El Cabo,
cortaran a Oceana en dos. Esto poda significarlo todo: la derrota, una nueva divisin del mundo,
la destruccin del Partido. Winston respir hondamente. Senta una extraordinaria mezcla de
sentimientos, pero en realidad no era una mezcla sino una sucesin de capas o estratos de
sentimientos en que no se saba cul era la capa predominante.
Le pas aquel sobresalto. Volvi a poner la pieza en su sitio, pero por un instante no pudo
concentrarse en el problema de ajedrez. Sus pensamientos volvieron a vagar. Casi conscientemente
traz con su dedo en el polvo de la mesa:
2 + 2 =
Dentro de ti no pueden entrar nunca, le haba dicho Julia. Pues, s, podan penetrar en uno.
Lo que te ocurre aqu es
le haba dicho O'Brien. Eso era verdad. Haba cosas, los
actos propios, de las que no era posible rehacerse. Algo mora en el interior de la persona; algo se
quemaba, se cauterizaba. Winston la haba visto, incluso haba hablado con ella. Ningn peligro
haba en esto. Winston saba instintivamente que ahora casi no se interesaban por lo que l haca.
Poda haberse citado con ella si lo hubiera deseado. Esa nica vez se haban encontrado por
casualidad. Fue en el Parque, un da muy desagradable de marzo en que la tierra pareca hierro y
toda la hierba haba muerto. Winston andaba rpidamente contra el viento, con las manos heladas y
los ojos acuosos, cuando la vio a menos de diez metros de distancia. En seguida le sorprendi que
haba cambiado de un modo indefinible. Se cruzaron sin hacerse la menor seal. l se volvi y la
sigui, pero sin un inters desmedido. Saba que ya no haba peligro, que nadie se interesaba por
ellos. Julia no le hablaba. Sigui andando en direccin oblicua sobre el csped, como si tratara de
librarse de l, y luego pareci resignarse a llevarlo a su lado. Por fin, llegaron bajo unos arbustos
pelados que no podan servir ni para esconderse ni para protegerse del viento. All se detuvieron.
Haca un fro molestsimo. El viento silbaba entre las ramas. Winston le rode la cintura con un
brazo.
No haba telepantallas, pero deba de haber micrfonos ocultos. Adems, podan verlos desde
cualquier parte. No importaba; nada importaba. Podran haberse echado sobre el suelo y hacer
si
hubieran querido. Su carne se estremeci de horror tan slo al pensarlo. Ella no respondi cuando la
agarr del brazo, ni siquiera intent desasirse. Ya saba Winston lo que haba cambiado en ella.
Tena el rostro ms demacrado y una larga cicatriz, oculta en parte por el cabello, le cruzaba la
156
George Orwell1984
Aqul
para siempre,
eso
igual del lujo y del ocio, la gran masa de seres humanos, a quienes la pobreza suele imbecilizar,
aprenderan muchas cosas y empezaran a pensar por s mismos; y si empezaran a reflexionar, se
daran cuenta ms pronto o ms tarde que la minora privilegiada no tena derecho alguno a
imponerse a los dems y acabaran barrindoles. A la larga, una sociedad jerrquica slo sera
posible basndose en la pobreza y en la ignorancia. Regresar al pasado agrcola como queran
algunos pensadores de principios de este siglo no era una solucin prctica, puesto que estara en
contra de la tendencia a la mecanizacin, que se haba hecho casi instintiva en el mundo entero, y,
adems, cualquier pas que permaneciera atrasado industrialmente sera intil en un sentido militar
y caera antes o despus bajo el dominio de un enemigo bien armado.
Tampoco era una buena solucin mantener la pobreza de las masas restringiendo la
produccin. Esto se practic en gran medida entre 1920 y 1940. Muchos pases dejaron que su
economa se anquilosara. No se renovaba el material indispensable para la buena marcha de las
industrias, quedaban sin cultivar las tierras, y grandes masas de poblacin, sin tener en qu trabajar,
vivan de la caridad del Estado. Pero tambin esto implicaba una debilidad militar, y como las
privaciones que infliga eran innecesarias, despertaba inevitablemente una gran oposicin. El
problema era mantener en marcha las ruedas de la industria sin aumentar la riqueza real del mundo.
Los bienes haban de ser producidos, pero no distribuidos. Y, en la prctica, la nica manera de
lograr esto era la guerra continua.
El acto esencial de la guerra es la destruccin, no forzosamente de vidas humanas, sino de los
productos del trabajo. La guerra es una manera de pulverizar o de hundir en el fondo del mar los
materiales que en la paz constante podran emplearse para que las masas gozaran de excesiva
comodidad y, con ello, se hicieran a la larga demasiado inteligentes. Aunque las armas no se
destruyeran, su fabricacin no deja de ser un mtodo conveniente de gastar trabajo sin producir
nada que pueda ser consumido. En una fortaleza flotante, por ejemplo, se emplea el trabajo que
hubieran dado varios centenares de barcos de carga. Cuando se queda anticuada, y sin haber
producido ningn beneficio material para nadie, se construye una nueva fortaleza flotante mediante
un enorme acopio de mano de obra. En principio, el esfuerzo de guerra se planea para consumir
todo lo que sobre despus de haber cubierto unas mnimas necesidades de la poblacin. Este
mnimo se calcula siempre en mucho menos de lo necesario, de manera que hay una escasez crnica
de casi todos los artculos necesarios para la vida, lo cual se considera como una ventaja. Constituye
una tctica deliberada mantener incluso a los grupos favorecidos al borde de la escasez, porque un
estado general de escasez aumenta la importancia de los pequeos privilegios y hace que la
distincin entre un grupo y otro resulte ms evidente. En comparacin con el nivel de vida de
principios del siglo XX, incluso los miembros del Partido Interior llevan una vida austera y
laboriosa. Sin embargo, los pocos lujos que disfrutan un buen piso, mejores telas, buena calidad
del alimento, bebidas y tabaco, dos o tres criados, un auto o un autogiro privado los colocan en
un mundo diferente del de los miembros del Partido Exterior, y estos ltimos poseen una ventaja
similar en comparacin con las masas sumergidas, a las que llamamos los proles. La atmsfera
social es la de una ciudad sitiada, donde la posesin de un trozo de carne de caballo establece la
diferencia entre la riqueza y la pobreza. Y, al mismo tiempo, la idea de que se est en guerra, y por
tanto en peligro, hace que la entrega de todo el poder a una reducida casta parezca la condicin
natural e inevitable para sobrevivir.
Se ver que la guerra no slo realiza la necesaria distincin, sino que la efecta de un modo
aceptable psicolgicamente. En principio, sera muy sencillo derrochar el trabajo sobrante
construyendo templos y pirmides, abriendo zanjas y volvindolas a llenar o incluso produciendo
inmensas cantidades de bienes y prendindoles fuego. Pero esto slo dara la base econmica y no
la emotiva para una sociedad jerarquizada. Lo que interesa no es la moral de las masas, cuya actitud
no importa mientras se hallen absorbidas por su trabajo, sino la moral del Partido mismo. Se espera
que hasta el ms humilde de los miembros del Partido sea competente, laborioso e incluso
inteligente siempre dentro de lmites reducidos, claro est, pero siempre es preciso que sea un
102
George Orwell1984
alguna parte. Winston, sin embargo, no recordaba haber odo campanas en su vida.
Sali de la tienda del seor Charrington. Se haba adelantado a l desde el piso de arriba. No
quera que lo acompaase hasta la puerta para que no se diera cuenta de que reconoca la calle por si
haba alguien. En efecto, haba decidido volver a visitar la tienda cuando pasara un tiempo
prudencial; por ejemplo, un mes. Despus de todo, esto no era ms peligroso que faltar una tarde al
Centro. Lo ms arriesgado haba sido volver despus de comprar el Diario sin saber si el dueo de
la tienda era de fiar. Sin embargo...
S, pens otra vez, volvera. Comprara ms objetos antiguos y bellos. Comprara el grabado
de San Clemente y se lo llevara a casa sin el marco escondindolo debajo del mono. Le hara
recordar al seor Charrington el resto de aquel poema. Incluso el desatinado proyecto de alquilar la
habitacin del primer piso, le tent de nuevo. Durante unos cinco segundos, su exaltacin le hizo
imprudente y sali a la calle sin asegurarse antes por el escaparate de que no pasaba nadie. Incluso
empez a tararear con msica improvisada.
De pronto pareci helrsele el corazn y derretrsele las entraas. Una figura en mono azul
avanzaba hacia l a unos diez metros de distancia. Era la muchacha del Departamento de Novela, la
joven del cabello negro. Anocheca, pero poda reconocerla fcilmente. Ella lo mir directamente a
la cara y luego apresur el paso y pas junto a l como si no lo hubiera visto.
Durante unos cuantos segundos, Winston qued paralizado. Luego torci a la derecha y
anduvo sin notar que iba en direccin equivocada. De todos modos, era evidente que la joven lo
espiaba. Tena que habero seguido hasta all, pues no poda creerse que por pura casualidad hubiera
estado paseando en la misma tarde por la misma callejuela oscura a varios kilmetros de distancia
de todos los barrios habitados por los miembros del Partido. Era una coincidencia demasiado
grande. Que fuera una agente de la Polica del Pensamiento o slo una espa aficionada que actuase
por oficiosidad, poco importaba. Bastaba con que estuviera vindolo. Probablemente, lo haba visto
tambin en la taberna.
Le costaba gran trabajo andar. El pisapapeles de cristal que llevaba en el bolsillo le golpeaba
el muslo a cada paso y estuvo tentado de arrojarlo muy lejos. Lo peor era que le dola el vientre. Por
unos instantes tuvo la seguridad de que se morira si no encontraba en seguida un retrete pblico,
Pero en un barrio como aqul no haba tales comodidades. Afortunadamente, se le pasaron esas
angustias quedndole slo un sordo dolor.
La calle no tena salida. Winston se detuvo, preguntndose qu hara. Mas hizo lo nico que le
era posible, volver a recorrera hasta la salida. Slo haca tres minutos que la joven se haba cruzado
con l, y si corra, podra alcanzarla. Podra seguirla hasta algn sitio solitario y romperle all el
crneo con una piedra. Le bastara con el pisapapeles. Pero abandon en seguida esta idea, ya que le
era intolerable realizar un esfuerzo fsico. No poda correr ni dar el golpe. Adems, la muchacha era
joven y vigorosa y se defendera bien. Se le ocurri tambin acudir al Centro Comunal y estarse all
hasta que cerraran para tener una coartada de su empleo del tiempo durante la tarde. Pero aparte de
que sera slo una coartada parcial, el proyecto era imposible de realizar. Le invadi una mortal
laxitud. Slo quera llegar a casa pronto y descansar.
Eran ms de las veintids cuando regres al piso. Apagaran las luces a las veintitrs treinta.
Entr en su cocina y se trag casi una taza de ginebra de la Victoria. Luego se dirigi a la mesita,
sentse y sac el Diario del cajn. Pero no lo abri en seguida. En la telepantalla una violenta voz
femenina cantaba una cancin patritica a grito pelado. Observ la tapa del libro intentando
intilmente no prestar atencin a la voz.
54
George Orwell1984
Naranjas y lmones, dicen las campanas de San Clemente, me debes
tres peniques, dicen
las ...
Neolengua era la lengua oficial de Oceana y fue creada para solucionar las necesidades
ideolgicas del Ingsoc o Socialismo Ingls. En el ao 1984 an no haba nadie que utilizara la
neolengua como elemento nico de comunicacin, ni hablado ni escrito. Los editoriales del
estaban escritos en neolengua, pero era un
que solamente un especialista poda llevar a
cabo. Se esperaba que la neolengua reemplazara a la vieja lengua (o ingls corriente, diramos
nosotros) hacia el ao 2050. Entretanto iba ganando terreno de una manera segura y todos los
miembros del Partido tendan, cada vez ms, a usar palabras y construcciones gramaticales de
neolengua en el lenguaje ordinario. La versin utilizada en 1984, comprendida en las ediciones
novena y dcima del Diccionario de Neolengua, era provisional, y contena muchas palabras
superfluas y formaciones arcaicas que ms tarde se suprimiran. Aqu nos referiremos a la ltima
versin, la ms perfeccionada, tal como aparece en la onceava edicin del Diccionario.
La intencin de la neolengua no era solamente proveer un medio de expresin a la
cosmovisin y hbitos mentales propios de los devotos del Ingsoc, sino tambin imposibilitar otras
formas de pensamiento. Lo que se pretenda era que una vez la neolengua fuera adoptada de una vez
por todas y la vieja lengua olvidada, cualquier pensamiento hertico, es decir, un pensamiento
divergente de los principios del Ingsoc, fuera literalmente impensable, o por lo menos en tanto que
el pensamiento depende de las palabras. Su vocabulario estaba construido de tal modo que diera la
expresin exacta y a menudo de un modo muy sutil a cada significado que un miembro del Partido
quisiera expresar, excluyendo todos los dems sentidos, as como la posibilidad de llegar a otros
sentidos por mtodos indirectos. Esto se consegua inventando nuevas palabras y desvistiendo a las
palabras restantes de cualquier significado heterodoxo, y a ser posible de cualquier significado
secundario. Por ejemplo: la palabra
an exista en neolengua, pero slo se poda utilizar en
afirmaciones como este perro est libre de piojos, o este prado est libre de malas hierbas. No
se poda usar en su viejo sentido de polticamente libre o intelectualmente libre, ya que la
libertad poltica e intelectual ya no existan como conceptos y por lo tanto necesariamente no tenan
nombre. Aparte de la supresin de palabras definitivamente herticas, la reduccin del vocabulario
por s sola se consideraba como un objetivo deseable, y no sobreviva ninguna palabra de la que se
pudiera prescindir. La finalidad de la neolengua no era aumentar, sino disminuir el rea del
pensamiento, objetivo que poda conseguirse reduciendo el nmero de palabras al mnimo
indispensable.
La neolengua se basaba en la lengua inglesa tal como ahora la conocemos, aunque muchas
frases de neolengua, incluso sin contener nuevas palabras, seran apenas inteligibles para el que
hablara el ingls actual. Las palabras de neolengua se dividan en tres clases distintas, conocidas por
los nombres de vocabulario A, vocabulario B (tambin llamado de palabras compuestas) y
vocabulario C. Lo ms simple sera discutir cada clase separadamente, pero las peculiaridades
gramaticales de la lengua pueden ser tratadas en la seccin dedicada al vocabulario A, ya que las
mismas reglas se aplicaban a las tres categoras.
El vocabulario A consista en las palabras de uso cotidiano: cosas como
comer, beber, trabajar, vestirse, subir y bajar escaleras, conducir vehculos, cuidar el jardn, cocinar
y cosas por el estilo. Se compona prcticamente de palabras que ya poseemos palabras como
golpear, correr, perro, rbol, azcar, casa, campo; pero en comparacin con el vocabulario
ingls de hoy en da, su nmero era extremadamente pequeo, al mismo tiempo que sus
significados eran ms rigurosamente restringidos. Todas las ambigedades y distintas variaciones
de significado haban sido purgadas. En tanto que fuera posible, una palabra de neolengua de este
tipo quedaba reducida simplemente a un sonido preciso que expresaba un concepto claramente
entendido. Hubiera sido totalmente inconcebible utilizar el vocabulario A para propsitos literarios
o para discusiones polticas o filosficas. Su intencin era la de expresar pensamientos simples y
objetivos, casi siempre relacionados con objetos concretos o acciones fsicas.
162
Los principios de neolengua
George Orwell1984
Times
tour de force
libre
El vocabulario A.
Pero hay una cuestin que hasta ahora hemos dejado a un lado. A saber: por qu debe ser
evitada la igualdad humana? Suponiendo que la mecnica de este proceso haya quedado aqu
claramente descrita, debemos preguntamos cul es el motivo de este enorme y minucioso esfuerzo
planeado para congelar la historia de un determinado momento?
Llegamos con esto al secreto central. Como hemos visto, la mstica del Partido, y sobre todo
la del Partido Interior, depende del doblepensar. Pero a ms profundidad an, se halla el motivo
central, el instinto nunca puesto en duda, el instinto que los llev por primera vez a apoderarse de
los mandos y que produjo el doblepensar, la Polica del Pensamiento, la guerra continua y todos los
dems elementos que se han hecho necesarios para el sostenimiento del Poder. Este motivo consiste
realmente en...
Winston se dio cuenta del silencio, lo mismo que se da uno cuenta de un nuevo ruido. Le
pareca que Julia haba estado completamente inmvil desde hacia un rato. Estaba echada de lado,
desnuda de la cintura para arriba, con su mejilla apoyada en la mano y una sombra oscura
atravesndole los ojos. Su seno suba y bajaba poco a poco y con regularidad.
Julia.
No hubo respuesta.
Julia, ests despierta?
Silencio. Estaba dormida. Cerr el libro y lo deposit cuidadosamente en el suelo, se ech y
estir la colcha sobre los dos.
Todava, pens, no se haba enterado de cul era el ltimo secreto. Entenda el
no
entenda el
El captulo I, como el captulo III, no le haban enseado nada que l no supiera.
Solamente le haban servido para sistematizar los conocimientos que ya posea. Pero despus de
leer aquellas pginas tena una mayor seguridad de no estar loco. Encontrarse en minora, incluso en
minora de uno solo, no significaba estar loco. Haba la verdad y lo que no era verdad, y si uno se
aferraba a la verdad incluso contra el mundo entero, no estaba uno loco. Un rayo amarillento del sol
poniente entraba por la ventana y se aplastaba sobre la almohada. Winston cerr los ojos. El sol en
sus ojos y el suave cuerpo de la muchacha tocando al suyo le daba una sensacin de sueo, fuerza y
confianza. Todo estaba bien y l se hallaba completamente seguro all. Se durmi con el
pensamiento la cordura no depende de las estadsticas, convencido de que esta observacin
contena una sabidura profunda.
114
George Orwell1984
cmo;
porqu.
A media maana, Winston sali de su cabina para ir a los lavabos.
Una figura solitaria avanzaba hacia l desde el otro extremo del largo pasillo brillantemente
iluminado. Era la muchacha morena. Haban pasado cuatro das desde la tarde en que se la haba
encontrado cerca de la tienda. Al acercarse, vio Winston que la joven llevaba en cabestrillo el brazo
derecho. De lejos no se haba fijado en ello porque las vendas tenan el mismo color que el mono.
Probablemente, se habra aplastado la mano para hacer girar uno de los grandes calidoscopios
donde se fabricaban los argumentos de las novelas. Era un accidente que ocurra con frecuencia en
el Departamento de Novela.
Estaban separados todava por cuatro metros cuando la joven dio un traspi y se cay de cara
al suelo exhalando un grito de dolor. Por lo visto, haba cado sobre el brazo herido. Winston se
par en seco. La muchacha logr ponerse de rodillas. Tena la cara muy plida y los labios, por
contraste, ms rojos que nunca. Clav los ojos en Winston con una expresin desolada que ms
pareca de miedo que de dolor.
Una curiosa emocin conmovi a Winston. Frente a l tena a la enemiga que procuraba su
muerte. Frente a l, tambin, haba una criatura humana que sufra y que quizs se hubiera partido el
hueso de la nariz. Se acerc a ella instintivamente, para ayudarla. Winston haba sentido el dolor de
ella en su propio cuerpo al verla caer con el brazo vendado.
Ests herida? le dijo.
No es nada. El brazo. Estar bien en seguida.
Hablaba como si le saltara el corazn. Estaba temblando y palidsima.
No te has roto nada?
No, estoy bien. Me doli un momento nada ms.
Le tendi a Winston su mano libre y l la ayud a levantarse. Le haba vuelto algo de color y
pareca hallarse mucho mejor.
No ha sido nada repiti poco despus. Lo que me doli fue la mueca. Gracias,
camarada?
Y sin ms, continu en la direccin que traa con paso tan vivo como si realmente no le
hubiera sucedido nada. El incidente no haba durado ms de medio minuto. Era un hbito adquirido
por instinto ocultar los sentimientos, y adems cuando ocurri aquello se hallaban exactamente
delante de una telepantalla. Sin embargo, a Winston le haba sido muy difcil no traicionarse y
manifestar una sorpresa momentnea, pues en los dos o tres segundos en que ayud a la joven a
levantarse, sta le haba deslizado algo en la mano. Evidentemente, lo haba hecho a propsito. Era
un pequeo papel doblado. Al pasar por la puerta de los lavabos, se lo meti en el bolsillo.
Mientras estuvo en el urinario, se las arregl para desdoblarlo dentro del bolsillo. Desde
luego, tena que haber algn mensaje en ese papel. Estuvo tentado de entrar en uno de los
y
leerlo all. Pero eso habra sido una locura. En ningn sitio vigilaban las telepantallas con ms
inters que en los retretes.
Volvi a su cabina, sentse, arroj el pedazo de papel entre los dems de encima de la
mesa, se puso las gafas y se acerc al hablescribe. Todava cinco minutos! se dijo a s mismo,
por lo menos cinco minutos. Le galopaba el corazn en el pecho con aterradora velocidad.
Afortunadamente, el trabajo que estaba realizando era de simple rutina la rectificacin de una
57
CAPITULO I
George Orwell1984
waters
una edicin definitiva de los poemas de Kipling. Dej la palabra Dios al final de un verso. No pude
evitarlo! aadi casi con indignacin, levantando la cara para mirar a Winston. Era imposible
cambiar ese verso.
(Dios) tena que rimar con
Te das cuenta de que slo hay doce rimas
para
en nuestro idioma? Durante muchos das me he estado araando el cerebro. Intil, no haba
ninguna otra rima posible.
Cambi la expresin de su cara. Desapareci de ella la angustia y por unos momentos pareci
satisfecho. Era una especie de calor intelectual que lo animaba, la alegra del pedante que ha
descubierto algn dato intil.
Has pensado alguna vez dijo que toda la historia de la poesa inglesa ha sido
determinada por el hecho de que en el idioma ingls escasean las rimas?
No, aquello no se le haba ocurrido nunca a Winston ni le pareca que en aqullas
circunstancias fuera un asunto muy interesante.
Sabes si es ahora de da o de noche? le pregunt.
Ampleforth se sobresalt de nuevo:
No haba pensado en ello. Me detuvieron hace dos das, quiz tres. Su mirada recorri las
paredes como si esperase encontrar una ventana. Aqu no hay diferencia entre el da y la noche.
No es posible calcular la hora.
Hablaron sin mucho sentido durante unos minutos hasta que, sin razn aparente, un alarido de
la telepantalla los mand callar. Winston se inmoviliz como ya saba hacerlo. En cambio,
Ampleforth, demasiado grande para acomodarse en el estrecho banco, no saba cmo ponerse y se
mova nervioso. Unos ladridos de la telepantalla le ordenaron que se estuviera quieto. Pas el
tiempo. Veinte minutos, quizs una hora... Era imposible saberlo. Una vez ms se acercaban pasos
de botas. A Winston se le contrajo el vientre. Pronto, muy pronto, quiz dentro de cinco minutos,
quizs ahora mismo, el ruido de pasos significara que le haba llegado su turno.
Se abri la puerta. El joven oficial de antes entr en la celda. Con un rpido movimiento de la
mano seal a Ampleforth.
Habitacin unocerouno dijo.
Ampleforth sali conducido por los guardias con las facciones alteradas, pero sin comprender.
A Winston le pareci que pasaba mucho tiempo. Haba vuelto a dolerle atrozmente el
estmago. Su mente daba vueltas por el mismo camino. Tena slo seis pensamientos: el dolor de
vientre; un pedazo de pan; la sangre y los gritos; O'Brien; Julia; la hoja de afeitar. Sinti otra
contraccin en las entraas; se acercaban las pesadas botas. Al abrirse la puerta, la oleada de aire
trajo un intenso olor a sudor fro.
Parsons entr en la celda. Vesta sus
caquis y una camisa de
Esta vez, el asombro de Winston le hizo olvidarse de sus preocupaciones.
T aqu! exclam.
Parsons dirigi a Winston una mirada que no era de inters ni de sorpresa, sino slo de pena.
Empez a andar de un lado a otro con movimientos mecnicos. Luego empez a temblar, pero se
dominaba apretando los puos. Tena los ojos muy abiertos.
De qu te acusan? le pregunt Winston.
123
George Orwell1984
God
rod.
rod
shorts
sport.
mental en la persona que las utilizaba. Sin una compresin total de los principios del Ingsoc era
difcil usar estas palabras correctamente. En algunos casos se podan traducir a la vieja lengua o
incluso a palabras tomadas del vocabulario A, pero ello exiga una larga parrafada y siempre se
perdan ciertos nfasis. Las palabras del vocabulario B eran una especie de taquigrafa verbal que a
menudo englobaban toda una serie de ideas expresadas en unas pocas slabas y a la vez con un
sentido ms exacto y ms fuerte que en el lenguaje ordinario. Las palabras B eran en todos los casos
palabras compuestas. (Palabras compuestas como hablarsubir tambin se encontraban, claro est,
en el vocabulario A, pero no eran ms que abreviaciones de conveniencia y no tenan ideologa de
ningn color en especial). Consistan en dos o ms palabras juntadas de un modo fcilmente
pronunciable. El resultado era siempre un verbonombre y se utilizaba segn las reglas normales.
Pongamos un nico ejemplo: la palabra
que significa de un modo general ortodoxia,
o si uno quiere tomarla como verbo, pensar de un modo ortodoxo. Su declinacin era la siguiente:
nombreverbo,
pretrito y participio pasado,
participio presente,
adjetivo
adverbio
bienpensadamente; nombre verbal,
Las palabras B no se construan de acuerdo con ningn plan etimolgico. Las palabras podan
ser de cualquier parte de la lengua, se podan poner en un orden cualquiera y ser mutiladas de modo
que las hiciera de fcil pronunciacin a la vez que indicaban su derivacin. En la palabra
(pensamientocrimen), por ejemplo, el pensar iba detrs mientras que en
(Polica del Pensamiento) iba primero y en la ltima palabra, polica haba perdido las tres slabas
finales. Dada la dificultad de asegurar la eufona, las formaciones irregulares eran ms comunes en
el vocabulario B que en el vocabulario A. Por ejemplo, las formas adjetivadas de
eran, respectivamente,
simplemente porque
eran algo difciles de pronunciar. En principio, de todos modos,
todas las palabras B se modulaban del mismo modo.
Algunas de las palabras B tenan significados muy sutiles, apenas inteligibles para quien no
dominara la lengua en su totalidad. Consideremos, por ejemplo, una frase tpica del editorial del
como sta: Viejos pensadores incorazonsentir Ingsoc. El modo ms sencillo de entender
esto en la Vieja lengua sera: Como que se formaron con las ideas de antes de la Revolucin, no
pueden tener una comprensin emocional de los principios del socialismo Ingls. Pero sta no es
una traduccin adecuada. En primer lugar, para lograr captar el significado de la frase arriba
mencionada, habra que tener una idea clara de lo que se entiende por Ingsoc. Y adems, slo una
persona totalmente educada en el Ingsoc poda apreciar toda la fuerza de la palabra corazonsentir,
que implicaba una ciega y entusiasta aceptacin difcil de imaginar hoy; de la palabra
que estaba inextricablemente mezclada con la idea de maldad y decadencia. Pero la funcin especial
de ciertas palabras de neolengua, de las que
era una, no era tanto expresar su
significado como destruirlos. Estas palabras, pocas en nmero, por supuesto, haban extendido su
significado hasta el punto de contener, dentro de ellas mismas, toda una serie de palabras que como
quedaban englobadas por un solo trmino comprensivo, ahora podan ser relegadas y olvidadas. La
mayor dificultad con la que se encontraban los compiladores del Diccionario de Neolengua no era
inventar nuevas palabras, sino la de precisar, una vez inventadas aqullas, cul era su significado.
Es decir, precisar qu series de palabras quedaban invalidadas con su existencia. Tal como ya
hemos visto con la palabra
las palabras que en su da hubieran tenido un significado hertico,
a veces se conservaban por conveniencia pero limpias de los significados indeseables. Innombrables
palabras como honor, justicia, moralidad, internacionalismo, democracia, ciencia y religin
simplemente haban dejado de existir. Unas cuantas palabras hacan de tapadera y, al encubrirlas,
las abolan. Todas las palabras agrupadas bajo los conceptos de libertad e igualdad, por ejemplo, se
contenan en una sola,
mientras que todas las palabras reunidas bajo los conceptos de
objetividad y racionalismo quedaban comprendidas en la nica palabra
Mayor
precisin hubiera sido peligrosa. Lo que se requera de un miembro del Partido era un punto de vista
similar al de los antiguos hebreos que saban, sin saber mucho ms, que todas las naciones aparte de
164
George Orwell1984
bienpensar,
bienpensar;
bienpensado;
bienpensante;
, bienpensadolleno;
,
bienpensado.
crimenpensar
pensarpol
Miniver, Minipax
y Minimor
Miniverlleno, Minipaxlleno y Minimorlleno,
verdadlleno, pazlleno y amorlleno
Times
viejopensar,
viejopensar
libre,
bienpensar,
viejopensar.
Claro. Cientos de veces. Bueno, muchas veces. Con miembros del Partido?
S, siempre con miembros del Partido.
Con miembros del Partido del Interior?
No, con esos cerdos no. Pero muchos lo haran si pudieran. No son tan sagrados como
pretenden. Su corazn dio un salto. Lo haba hecho muchas veces. Todo lo que oliera a corrupcin
le llenaba de una esperanza salvaje. Quin sabe, tal vez el Partido estaba podrido bajo la superficie,
su culto de fuerza y autocontrol no era ms que una trampa tapando la iniquidad. Si hubiera podido
contagiarlos a todos con la lepra o la sfilis, con qu alegra lo hubiera hecho! Cualquier cosa con
tal de podrir, de debilitar, de minar.
La atrajo hacia s, de modo que quedaron de rodillas frente a frente.
Oye, cuantos ms hombres hayas tenido ms te quiero yo. Lo comprendes?
S, perfectamente.
Odio la pureza, odio la bondad. No quiero que exista ninguna virtud en ninguna parte.
Quiero que todo el mundo est corrompido hasta los huesos.
Pues bien, debo irte bien, cario. Estoy corrompida hasta los huesos.
Te gusta hacer esto? No quiero decir simplemente yo, me refiero a la cosa en si.
Lo adoro.
Esto era sobre todas las cosas lo que quera or. No simplemente el amor por una persona sino
el instinto animal, el simple indiferenciado deseo. sta era la fuerza que destruira al Partido. La
empuj contra la hierba entre las campanillas azules. Esta vez no hubo dificultad. El movimiento de
sus pechos fue bajando hasta la velocidad normal y con un movimiento de desamparo se fueron
separando. El sol pareca haber intensificado su calor. Los dos estaban adormilados. l alcanz su
desechado mono y la cubri parcialmente.
Al poco tiempo se durmieron profundamente. Al cabo de media hora se despert Winston. Se
incorpor y contempl a Julia, que segua durmiendo tranquilamente con su cara pecosa en la palma
de la mano. Aparte de la boca, sus facciones no eran hermosas. Si se miraba con atencin, se
descubran unas pequeas arrugas en torno a los ojos. El cabello negro y corto era
extraordinariamente abundante y suave. Pens entonces que todava ignoraba el apellido y el
domicilio de ella.
Este cuerpo joven y vigoroso, desamparado ahora en el sueo, despert en l un compasivo y
protector sentimiento. Pero la ternura que haba sentido mientras escuchaba el canto del pjaro
haba desaparecido ya. Le apart el mono a un lado y estudi su cadera. En los viejos tiempos,
pens, un hombre miraba el cuerpo de una muchacha y vea que era deseable y aqu se acababa la
historia. Pero ahora no se poda sentir amor puro o deseo puro. Ninguna emocin era pura porque
todo estaba mezclado con el miedo y el odio. Su abrazo haba sido una batalla, el clmax una
victoria. Era un golpe contra el Partido. Era un acto poltico.
67
George Orwell1984
en otro.
Julia, ests despierta? dijo Winston.
S, amor mo, te escucho. Sigue. Es maravilloso.
Winston continu leyendo:
Los fines de estos tres grupos son inconcebibles. Los Altos quieren quedarse donde estn. Los
Medianos tratan de arrebatarles sus puestos a los Altos. La finalidad de los Bajos, cuando la tienen
porque su principal caracterstica es hallarse aplastados por las exigencias de la vida cotidiana,
consiste en abolir todas las distinciones y crear una sociedad en que todos los hombres sean iguales.
As, vuelve a presentarse continuamente la misma lucha social. Durante largos perodos, parece que
los Altos se encuentran muy seguros en su poder, pero siempre llega un momento en que pierden la
confianza en s mismos o se debilita su capacidad para gobernar, o ambas cosas a la vez. Entonces
son derrotados por los Medianos, que llevan junto a ellos a los Bajos porque les han asegurado que
ellos representan la libertad y la justicia. En cuanto logran sus objetivos, los Medianos abandonan a
los Bajos y los relegan a su antigua posicin de servidumbre, convirtindose ellos en los Altos.
Entonces, un grupo de los Medianos se separa de los dems y empiezan a luchar entre ellos. De los
tres grupos, solamente los Bajos no logran sus objetivos ni siquiera transitoriamente. Sera
exagerado afirmar que en toda la Historia no ha habido progreso material. Aun hoy, en un perodo
de decadencia, el ser humano se encuentra mejor que hace unos cuantos siglos. Pero ninguna
reforma ni revolucin alguna han conseguido acercarse ni un milmetro a la igualdad humana.
Desde el punto de vista de los Bajos, ningn cambio histrico ha significado mucho ms que un
cambio en el nombre de sus amos.
A fines del siglo XIX eran muchos los que haban visto claro este juego. De ah que surgieran
escuelas del pensamiento que interpretaban la Historia como un proceso cclico y aseguraban que la
desigualdad era la ley inalterable de la vida humana. Desde luego, esta doctrina ha tenido siempre
sus partidarios, pero se haba introducido un cambio significativo. En el pasado, la necesidad de una
forma jerrquica de la sociedad haba sido la doctrina privativa de los Altos. Fue defendida por
reyes, aristcratas, jurisconsultos, etc. Los Medianos, mientras luchaban por el poder, utilizaban
trminos como libertad, justicia y fraternidad. Sin embargo, el concepto de la fraternidad
humana empez a ser atacado por individuos que todava no estaban en el Poder, pero que
esperaban estarlo pronto. En el pasado, los Medianos hicieron revoluciones bajo la bandera de la
igualdad, pero se limitaron a imponer una nueva tirana apenas desaparecida la anterior. En cambio,
los nuevos grupos de Medianos proclamaron de antemano su tirana. El socialismo, teora que
apareci a principios del siglo XIX y que fue el ltimo eslabn de una cadena que se extenda hasta
las rebeliones de esclavos en la Antigedad, segua profundamente infestado por las viejas utopas.
Pero a cada variante de socialismo aparecida a partir de 1900 se abandonaba ms abiertamente la
pretensin de establecer la libertad y la igualdad. Los nuevos movimientos que surgieron a
mediados del siglo, Ingsoc en Oceana, neobolchevismo en Eurasia y adoracin de la muerte en
Asia oriental, tenan como finalidad consciente la perpetuacin de la falta de libertad y de la
desigualdad social. Estos nuevos movimientos, claro est, nacieron de los antiguos y tendieron a
conservar sus nombres y aparentaron respetar sus ideologas. Pero el propsito de todos ellos era
slo detener el progreso e inmovilizar a la Historia en un momento dado. El movimiento de pndulo
iba a ocurrir una vez ms y luego a detenerse. Como de costumbre, los Altos seran desplazados por
los Medianos, que entonces se convertiran a su vez en Altos, pero esta vez, por una estrategia
consciente, estos ltimos Altos conservaran su posicin permanentemente.
Las nuevas doctrinas surgieron en parte a causa de la acumulacin de conocimientos
histricos y del aumento del sentido histrico, que apenas haba existido antes del siglo XIX. Se
entenda ya el movimiento cclico de la Historia, o pareca entenderse; y al ser comprendido poda
ser tambin alterado. Pero la causa principal y subyacente era que ya a principios del siglo XX era
107
George Orwell1984
de las zonas disputadas. Las fronteras de Eurasia avanzan y retroceden entre la cuenca del Congo y
la orilla septentrional del Mediterrneo; las islas del Ocano Indico y del Pacfico son conquistadas
y reconquistadas constantemente por Oceana y por Asia Oriental; en Mongolia, la lnea divisoria
entre Eurasia y Asia Oriental nunca es estable; en torno al Polo Norte, las tres potencias reclaman
inmensos territorios en su mayor parte inhabitados e inexplorados; pero el equilibrio de poder no se
altera apenas con todo ello y el territorio que constituye el suelo patrio de cada uno de los tres
superestados nunca pierde su independencia. Adems, la mano de obra de los pueblos explotados
alrededor del Ecuador no es verdaderamente necesaria para la economa mundial. Nada atae a la
riqueza del mundo, ya que todo lo que produce se dedica a fines de guerra, y el objeto de prepararse
para una guerra no es ms que ponerse en situacin de emprender otra guerra. Las poblaciones
esclavizadas permiten, con su trabajo, que se acelere el ritmo de la guerra. Pero si no existiera ese
refuerzo de trabajo, la estructura de la sociedad y el proceso por el cual sta se mantiene no
variaran en lo esencial.
La finalidad principal de la guerra moderna (de acuerdo con los principios del doblepensar) la
reconocen y, a la vez, no la reconocen, los cerebros dirigentes del Partido Interior. Consiste en usar
los productos de las mquinas sin elevar por eso el nivel general de la vida. Hasta fines del siglo
XIX haba sido un problema latente de la sociedad industrial qu haba de hacerse con el sobrante
de los artculos de consumo. Ahora, aunque son pocos los seres humanos que pueden comer lo
suficiente, este problema no es urgente y nunca podra tener caracteres graves aunque no se
emplearan procedimientos artificiales para destruir esos productos. El mundo de hoy, si lo
comparamos con el anterior a 1914, est desnudo, hambriento y lleno de desolacin; y an ms si lo
comparamos con el futuro que las gentes de aquella poca esperaba. A principios del siglo XX la
visin de una sociedad futura increblemente rica, ordenada, eficaz y con tiempo para todo un
reluciente mundo antisptico de cristal, acero y cemento, un mundo de nvea blancura era el ideal
de casi todas las personas cultas. La ciencia y la tecnologa se desarrollaban a una velocidad
prodigiosa y pareca natural que este desarrollo no se interrumpiera jams. Sin embargo, no
continu el perfeccionamiento, en parte por el empobrecimiento causado por una larga serie de
guerras y revoluciones, y en parte porque el progreso cientfico y tcnico se basaba en un hbito
emprico de pensamiento que no poda existir en una sociedad estrictamente reglamentada. En
conjunto, el mundo es hoy ms primitivo que hace cincuenta aos. Algunas zonas secundarias han
progresado y se han realizado algunos perfeccionamientos, ligados siempre a la guerra y al
espionaje policiaco, pero los experimentos cientficos y los inventos no han seguido su curso y los
destrozos causados por la guerra atmica de los aos cincuenta y tantos nunca llegaron a ser
reparados. No obstante, perduran los peligros del maquinismo. Cuando aparecieron las grandes
mquinas, se pens, lgicamente, que cada vez hara menos falta la servidumbre del trabajo y que
esto contribuira en gran medida a suprimir las desigualdades en la condicin humana. Si las
mquinas eran empleadas deliberadamente con esa finalidad, entonces el hambre, la suciedad, el
analfabetismo, las enfermedades y el cansancio seran necesariamente eliminados al cabo de unas
cuantas generaciones. Y, en realidad, sin ser empleada con esa finalidad, sino slo por un proceso
automtico produciendo riqueza que no haba ms remedio que distribuir, elev efectivamente
la mquina el nivel de vida de las gentes que vivan a mediados de siglo. Estas gentes vivan
muchsimo mejor que las de fines del siglo XIX.
Pero tambin result claro que un aumento de bienestar tan extraordinario amenazaba con la
destruccin era ya, en s mismo, la destruccin de una sociedad jerrquica. En un mundo en
que todos trabajaran pocas horas, tuvieran bastante que comer, vivieran en casas cmodas e
higinicas, con cuarto de bao, calefaccin y refrigeracin, y poseyera cada uno un auto o quizs un
aeroplano, habra desaparecido la forma ms obvia e hiriente de desigualdad. Si la riqueza llegaba a
generalizarse, no servira para distinguir a nadie. Sin duda, era posible imaginarse una sociedad en
que la
en el sentido de posesiones y lujos personales, fuera equitativamente distribuida
mientras que el
siguiera en manos de una minora, de una pequea casta privilegiada. Pero,
en la prctica, semejante sociedad no podra conservarse estable, porque si todos disfrutasen por
101
George Orwell1984
riqueza,
poder
Los miembros corrientes del Partido no hablaban jams de la Hermandad ni del libro si tenan
manera de evitarlo.
En su segundo minuto, el odio lleg al frenes. Los espectadores saltaban y gritaban
enfurecidos tratando de apagar con sus gritos la perforante voz que sala de la pantalla. La mujer del
cabello color arena se haba puesto al rojo vivo y abra y cerraba la boca como un pez al que acaban
de dejar en tierra. Incluso O'Brien tena la cara congestionada. Estaba sentado muy rgido y
respiraba con su poderoso pecho como si estuviera resistiendo la presin de una gigantesca ola. La
joven sentada exactamente detrs de Winston, aquella morena, haba empezado a gritar: Cerdo!
Cerdo! Cerdo!, y, de pronto, cogiendo un pesado diccionario de neolengua, lo arroj a la
pantalla. El diccionario le dio a Goldstein en la nariz y rebot. Pero la voz continu inexorable. En
un momento de lucidez descubri Winston que estaba chillando histricarnente como los dems y
dando fuertes patadas con los talones contra los palos de su propia silla. Lo horrible de los Dos
Minutos de Odio no era el que cada uno tuviera que desempear all un papel sino, al contrario, que
era absolutamente imposible evitar la participacin porque era uno arrastrado irremisiblemente. A
los treinta segundos no haca falta fingir. Un xtasis de miedo y venganza, un deseo de matar, de
torturar, de aplastar rostros con un martillo, parecan recorrer a todos los presentes como una
corriente elctrica convirtindole a uno, incluso contra su voluntad, en un loco gesticulador y
vociferante. Y sin embargo, la rabia que se senta era una emocin abstracta e indirecta que poda
aplicarse a uno u otro objeto como la llama de una lmpara de soldadura autgena. As, en un
momento determinado, el odio de Winston no se diriga contra Goldstein, sino contra el propio
Gran Hermano, contra el Partido y contra la Polica del Pensamiento; y entonces su corazn estaba
de parte del solitario e insultado hereje de la pantalla, nico guardin de la verdad y la cordura en un
mundo de mentiras. Pero al instante siguiente, se hallaba identificado por completo con la gente que
le rodeaba y le pareca verdad todo lo que decan de Goldstein. Entonces, su odio contra el Gran
Hermano se transformaba en adoracin, y el Gran Hermano se elevaba como una invencible torre,
como una valiente roca capaz de resistir los ataques de las hordas asiticas, y Goldstein, a pesar de
su aislamiento, de su desamparo y de la duda que flotaba sobre su existencia misma, apareca como
un siniestro brujo capaz de acabar con la civilizacin entera tan slo con el poder de su voz.
Incluso era posible, en ciertos momentos, desviar el odio en una u otra direccin mediante un
esfuerzo de voluntad. De pronto, por un esfuerzo semejante al que nos permite separar de la
almohada la cabeza para huir de una pesadilla, Winston consegua trasladar su odio a la muchacha
que se encontraba detrs de l. Por su mente pasaban, como rfagas, bellas y deslumbrantes
alucinaciones. Le dara latigazos con una porra de goma hasta matarla. La atara desnuda en un
piquete y la atravesara con flechas como a san Sebastin. La violara y en el momento del clmax le
cortara la garganta. Sin embargo se dio cuenta mejor que antes de por qu la odiaba. La odiaba
porque era joven y bonita y asexuada; porque quera irse a la cama con ella y no lo hara nunca;
porque alrededor de su dulce y cimbreante cintura, que pareca pedir que la rodearan con el brazo,
no haba ms que la odiosa banda roja, agresivo smbolo de castidad.
El odio alcanz su punto de mxima exaltacin. La voz de Goldstein se haba convertido en
un autntico balido ovejuno. Y su rostro, que haba llegado a ser el de una oveja, se transform en la
cara de un soldado de Eurasia, el cual pareca avanzar, enorme y terrible, sobre los espectadores
disparando atronadoramente su fusil ametralladora. Enteramente pareca salirse de la pantalla, hasta
tal punto que muchos de los presentes se echaban hacia atrs en sus asientos. Pero en el mismo
instante, produciendo con ello un hondo suspiro de alivio en todos, la amenazadora figura se funda
para que surgiera en su lugar el rostro del Gran Hermano, con su negra cabellera y sus grandes
bigotes negros, un rostro rebosante de poder y de misteriosa calma y tan grande que llenaba casi la
pantalla. Nadie oa lo que el gran camarada estaba diciendo. Eran slo unas cuantas palabras para
animarlos, esas palabras que suelen decirse a las tropas en cualquier batalla, y que no es preciso
entenderlas una por una, sino que infunden confianza por el simple hecho de ser pronunciadas.
Entonces, desapareci a su vez la monumental cara del Gran Hermano y en su lugar aparecieron los
10
George Orwell1984
parque aquella tarde, record Winston. Esto sola ocurrir una vez al mes y constitua un espectculo
popular. A los nios siempre les haca gran ilusin asistir a l. Winston se despidi de la seora
Parsons y se dirigi hacia la puerta. Pero apenas haba bajado seis escalones cuando algo le dio en
el cuello por detrs producindole un terrible dolor. Era como si le hubieran aplicado un alambre
incandescente. Se volvi a tiempo de ver cmo retiraba la seora Parsons a su hijo del descansillo.
El chico se guardaba un tirachinas en el bolsillo.
Goldstein! Grit el pequeo antes de que la madre cerrara la puerta, pero lo que ms asust
a Winston fue la mirada de terror y desamparo de la seora Parsons.
De nuevo en su piso, cruz rpidamente por delante de la telepantalla y volvi a sentarse ante
la mesita sin dejar de pasarse la mano por su dolorido cuello. La msica de la telepantalla se haba
detenido. Una voz militar estaba leyendo, con una especie de brutal complacencia, una descripcin
de los armamentos de la nueva fortaleza flotante que acababa de ser anclada entre Islandia y las
islas Feroe.
Con aquellos nios, pens Winston, la desgraciada mujer deba de llevar una vida terrorfica.
Dentro de uno o dos aos sus propios hijos podan descubrir en ella algn indicio de hereja. Casi
todos los nios de entonces eran horribles. Lo peor de todo era que esas organizaciones, como la de
los Espas, los convertan sistemticamente en pequeos salvajes ingobernables, y, sin embargo,
este salvajismo no les impulsaba a rebelarse contra la disciplina del Partido. Por el contrario,
adoraban al Partido y a todo lo que se relacionaba con l. Las canciones, los desfiles, las pancartas,
las excursiones colectivas, la instruccin militar infantil con fusiles de juguete, los
gritados
por doquier, la adoracin del Gran Hermano... todo ello era para los nios un estupendo juego. Toda
su ferocidad reverta hacia fuera, contra los enemigos del Estado, contra los extranjeros, los
traidores, saboteadores y criminales del pensamiento. Era casi normal que personas de ms de
treinta aos les tuvieran un miedo visceral a sus hijos. Y con razn, pues apenas pasaba una semana
sin que el
publicara unas lneas describiendo cmo alguna viborilla la denominacin
oficial era heroico nio haba denunciado a sus padres a la Polica del Pensamiento contndole a
sta lo que haba odo en casa.
La molestia causada por el proyectil del tirachinas se le haba pasado. Winston volvi a coger
la pluma preguntndose si no tendra algo ms que escribir. De pronto, empez a pensar de nuevo
en O'Brien.
Aos atrs cunto tiempo haca, quizs siete aos haba soado Winston que paseaba por
una habitacin oscura... Alguien sentado a su lado le haba dicho al pasar l: Nos encontraremos
en el lugar donde no hay oscuridad. Se lo haba dicho con toda calma, de una manera casual, ms
como una afirmacin cualquiera que como una orden. l haba seguido andando. Y lo curioso era
que al orlas en el sueo, aquellas palabras no le haban impresionado. Fue slo ms tarde y
gradualmente cuando empezaron a tomar significado. Ahora no poda recordar si fue antes o
despus de tener el sueo cuando haba visto a O'Brien por vez primera; y tampoco poda recordar
cundo haba identificado aquella voz como la de O'Brien. Pero, de todos modos, era
indudablemente O'Brien quien le haba hablado en la oscuridad.
Nunca haba podido sentirse absolutamente seguro incluso despus del fugaz encuentro de
sus miradas esta maana de si O'Brien era un amigo o un enemigo. Ni tampoco importaba mucho
esto. Lo cierto era que exista entre ellos un vnculo de comprensin ms fuerte y ms importante
que el afecto o el partidismo. Nos encontraremos en el lugar donde no hay oscuridad, le haba
dicho. Winston no saba lo que podan significar estas palabras, pero s saba que se convertiran en
realidad.
La voz de la telepantalla se interrumpi. Son un claro y hermoso toque de trompeta y la voz
prosigui en tono chirriante:
15
George Orwell1984
slogans
Times
recordar si esto ocurra mientras dorma bajo el efecto de la droga, o durante el sueo normal o en
un momento en que estaba despierto una voz le haba murmurado al odo: No te preocupes,
Winston; ests bajo mi custodia. Te he vigilado durante siete aos. Ahora ha llegado el momento
decisivo. Te salvar; te har perfecto. No estaba seguro si era la voz de O'Brien; pero desde luego
era la misma voz que le haba dicho en aquel otro sueo, siete aos antes: Nos encontraremos en el
sitio donde no hay oscuridad.
Ahora no poda moverse. Le haban sujetado bien el cuerpo boca arriba. Incluso la cabeza
estaba sujeta por detrs al lecho. O'Brien lo miraba serio, casi triste. Su rostro, visto desde abajo,
pareca basto y gastado, y con bolsas bajo los ojos y arrugas de cansancio de la nariz a la barbilla.
Era mayor de lo que Winston crea. Quizs tuviera cuarenta y ocho o cincuenta aos. Apoyaba la
mano en una palanca que haca mover la aguja de la esfera, en la que se vean unos nmeros.
Te dije murmur O'Brien que, si nos encontrbamos de nuevo, sera aqu.
S dijo Winston.
Sin advertencia previa excepto un leve movimiento de la mano de O'Brien le inund una
oleada dolorosa. Era un dolor espantoso porque no saba de dnde vena y tena la sensacin de que
le haban causado un dao mortal. No saba si era un dolor interno o el efecto de algn recurso
elctrico, pero senta como si todo el cuerpo se le descoyuntara. Aunque el dolor le haca sudar por
la frente, lo nico que le preocupaba es que se le rompiera la columna vertebral. Apret los dientes
y respir por la nariz tratando de estarse callado lo ms posible.
Tienes miedo dijo O'Brien observando su cara de que de un momento a otro se te
rompa algo. Sobre todo, temes que se te parta la espina dorsal. Te imaginas ahora mismo las
vrtebras saltndose y el lquido raqudeo salindose. Verdad que lo ests pensando, Winston?
Winston no contest. O'Brien presion sobre la palanca. La ola de dolor se retir con tanta
rapidez como haba llegado.
Eso era cuarenta dijo O'Brien. Ya ves que los nmeros llegan hasta el ciento.
Recuerda, por favor, durante nuestra conversacin, que est en mi mano infligirle dolor en el
momento y en el grado que yo desee. Si me dices mentiras o si intentas engaarme de alguna
manera, o te dejas caer por debajo de tu nivel normal de inteligencia, te har dar un alarido
inmediatamente. Entendido?
S dijo Winston.
O'Brien adopt una actitud menos severa. Se ajust pensativo las gafas y anduvo unos pasos
por la habitacin. Cuando volvi a hablar, su voz era suave y paciente. Pareca un mdico, un
maestro, incluso un sacerdote, deseoso de explicar y de persuadir antes que de castigar.
Me estoy tomando tantas molestias contigo, Winston, porque t lo mereces. Sabes
perfectamente lo que te ocurre. Lo has sabido desde hace muchos aos aunque te has esforzado en
convencerte de que no lo sabas. Ests trastornado mentalmente. Padeces de una memoria
defectuosa. Eres incapaz de recordar los acontecimientos reales y te convences a ti mismo porque
estabas decidido a no curarte. No estabas dispuesto a hacer el pequerio esfuerzo de voluntad
necesario. Incluso ahora, estoy seguro de ello, te aferras a tu enfermedad por creer que es una
virtud. Ahora te pondr un ejemplo y te convencers de lo que digo. Vamos a ver, en este momento,
con qu potencia est en guerra Oceana?
Cuando me detuvieron, Oceana estaba en guerra con Asia Oriental.
Con Asia Oriental. Muy bien. Y Oceana ha estado siempre en guerra con Asia Oriental,
verdad?
130
George Orwell1984
Despus del perodo revolucionario entre los aos cincuenta y tantos y setenta, la sociedad
volvi a agruparse como siempre, en Altos, Medios y Bajos. Pero el nuevo grupo de Altos, a
diferencia de sus predecesores, no actuaba ya por instinto, sino que saba lo que necesitaba hacer
para salvaguardar su posicin. Los privilegiados se haban dado cuenta desde haca bastante tiempo
de que la base ms segura para la oligarqua es el colectivismo. La riqueza y los privilegios se
defienden ms fcilmente cuando se poseen conjuntamente. La llamada abolicin de la propiedad
privada, que ocurri a mediados de este siglo, quera decir que la propiedad iba a concentrarse en
un nmero mucho menor de manos que anteriormente, pero con esta diferencia: que los nuevos
dueos constituiran un grupo en vez de una masa de individuos. Individualmente, ningn miembro
del Partido posee nada, excepto insignificantes objetos de uso personal. Colectivamente, el Partido
es el dueo de todo lo que hay en Oceana, porque lo controla todo y dispone de los productos como
mejor se le antoja. En los aos que siguieron, la Revolucin pudo ese grupo tomar el mando sin
encontrar apenas oposicin porque todo el proceso fue presentado como un acto de colectivizacin.
Siempre se haba dado por cierto que si la clase capitalista era expropiada, el socialismo se
impondra, y era un hecho que los capitalistas haban sido expropiados. Las fbricas, las minas, las
tierras, las casas, los medios de transporte, todo se les haba quitado, y como todo ello dejaba de ser
propiedad privada, era evidente que pasaba a ser propiedad pblica. El Ingsoc, procedente del
antiguo socialismo y que haba heredado su fraseologa, realiz, los principios fundamentales de ese
socialismo, con el resultado previsto y deseado, de que la desigualdad econmica se hizo
permanente.
Pero los problemas que plantea la perpetuacin de una sociedad jerarquizada son mucho ms
complicados. Slo hay cuatro medios de que un grupo dirigente sea derribado del Poder. O es
vencido desde fuera, o gobierna tan ineficazmente que las masas se le rebelan, o permite la
formacin de un grupo medio que lo pueda desplazar, o pierde la confianza en s mismo y la
voluntad de mando. Estas causas no operan sueltas, y por lo general se presentan las cuatro
combinadas en cierta medida. El factor que decide en ltima instancia es la actitud mental de la
propia clase gobernante.
Despus de mediados del siglo XX, el primer peligro haba desaparecido. No haba
posibilidad de una derrota infligida por una Potencia enemiga. Cada uno de los tres superestados en
que ahora se divide el mundo es inconquistable, y slo podra llegar a ser conquistado por lentos
cambios demogrficos, que un Gobierno con amplios poderes puede evitar muy fcilmente. El
segundo peligro es slo terico. Las masas nunca se levantan por su propio impulso y nunca lo
harn por la sola razn de que estn oprimidas. Las crisis econmicas del pasado fueron
absolutamente innecesarias y ahora no se tolera que ocurran, pero de todos modos ninguna razn de
descontento podr tener ahora resultados polticos, ya que no hay modo de que el descontento se
articule. En cuanto al problema de la superproduccin, que ha estado latente en nuestra socielad
desde el desarrollo del maquinismo, queda resuelto por el recurso de la guerra continua (vase el
captulo III), que es tambin necesaria para mantener la moral pblica a un elevado nivel. Por tanto,
desde el punto de vista de nuestros actuales gobernantes, los nicos peligros autnticos son la
aparicin de un nuevo grupo de personas muy capacitadas y vidas de poder o el crecimiento del
espritu liberal y del escepticismo en las propias filas gubernamentales. O sea, todo se reduce a un
problema de educacin, a moldear continuamente la mentalidad del grupo dirigente y del que se
halla inmediatamente debajo de l. En cambio, la consciencia de las masas slo ha de ser influida de
un modo negativo.
Con este fondo se puede deducir la estructura general de la sociedad de Oceana. En el vrtice
de la pirmide est el Gran Hermano. ste es infalible v todopoderoso. Todo triunfo, todo
descubrimiento cientfico, toda sabidura, toda felicidad, toda virtud, se considera que procede
directamente de su inspiracin y de su poder. Nadie ha visto nunca al Gran Hermano. Es una cara
en los carteles, una voz en la telepantalla. Podemos estar seguros de que nunca morir y no hay
manera de saber cundo naci. El Gran Hermano es la concrecin con que el Partido se presenta al
109
George Orwell1984
Con el hondo e inconsciente suspiro que ni siquiera la proximidad de la telepantalla poda
ahogarle cuando empezaba el trabajo del da, Winston se acerc al
para sacudir
el polvo del micrfono y se puso las gafas. Luego desenroll y junt con un clip cuatro pequeos
cilindros de papel que acababan de caer del tubo neumtico sobre el lado derecho de su mesa de
despacho.
En las paredes de la cabina haba tres orificios. A la derecha del hablescribe, un pequeo tubo
neumtico para mensajes escritos, a la Izquierda, un tubo ms ancho para los peridicos; y en la otra
pared, de manera que Winston lo tena a mano, una hendidura grande y oblonga protegida por una
rejilla de alambre. Esta ltima serva para tirar el papel inservible. Haba hendiduras semejantes a
miles o a docenas de miles por todo el edificio, no slo en cada habitacin, sino a lo largo de todos
los pasillos, a pequeos intervalos. Les llamaban agujeros de la memoria. Cuando un empleado
saba que un documento haba de ser destruido, o incluso cuando alguien vea un pedazo de papel
por el suelo y por alguna mesa, constitua ya un acto automtico levantar la tapa del ms cercano
agujero de la memoria y tirar el papel en l. Una corriente de aire caliente se llevaba el papel en
seguida hasta los enormes hornos ocultos en algun lugar desconocido de los stanos del edificio.
Winston examin las cuatro franjas de papel que haba desenrollado. Cada una de ellas
contena una o dos lneas escritas en el
abreviado (no era exactamente
pero
consista principalmente en palabras neolingsticas) que se usaba en el Ministerio para fines
internos. Decan as:
times 17.3.84 discurso gh malregistrado frica rectificar
times 19.12.83 predicciones plantrienal cuarto trimestre 83 erratas comprobar nmero
corriente
times 14.2.84. Minibundancia malcitado chocolate rectificar
times 3.12.83 referente ordenda gh doblemsnobueno refs nopersonas reescribir completo
someter antesarchivar
Con cierta satisfaccin apart Winston el cuarto mensaje. Era un asunto intrincado y de
responsabilidad y prefera ocuparse de l al final. Los otros tres eran tarea rutinaria, aunque el
segundo le iba a costar probablemente buscar una serie de datos fastidiosos.
Winston pidi por la telepantalla los nmeros necesarios del
que le llegaron por el tubo
neumtico pocos minutos despus. Los mensajes que haba recibido se referan a artculos o noticias
que por una u otra razn era necesario cambiar, o, como se deca oficialmente, rectificar. Por
ejernplo, en el nmero del
correspondiente al 17 de marzo se deca que el Gran Hermano, en
su discurso del da anterior, haba predicho que el frente de la India Meridional seguira en calma,
pero que, en cambio, se desencadenara una ofensiva eurasitica muy pronto en frica del Norte.
Como quiera que el alto mando de Eurasia haba iniciado su ofensiva en la India del Sur y haba
dejado tranquila al frica del Norte, era por tanto necesario escribir un nuevo prrafo del discurso
del Gran Hermano, con objeto de hacerle predecir lo que haba ocurrido efectivamente. Y en el
del 19 de diciembre del ao anterior se haban publicado los pronsticos oficiales sobre el
consumo de ciertos productos en el cuarto trimestre de 1983, que era tambin el sexto grupo del
noveno plan trienal. Pues bien, el nmero de hoy contena una referencia al consumo efectivo y
resultaba que los pronsticos se haban equivocado muchsimo. El trabajo de Winston consista en
cambiar las cifras originales hacindolas coincidir con las posteriores. En cuanto al tercer mensaje,
se refera a un error muy sencillo que se poda arreglar en un par de minutos. Muy poco tiempo
antes, en febrero, el Ministerio de la Abundancia haba lanzado la promesa (oficialmente se le
23
CAPITULO IV
George Orwell1984
hablescribe, sopl
argot
neolengua,
Times,
Times
Times
Saba mil veces mejor que Winston cmo era en realidad el mundo, en qu degradacin viva la
masa humana y por medio de qu mentiras y atrocidades la dominaba el Partido. Lo haba
entendido y pesado todo y, sin embargo, no importaba: todo lo justificaba l por los fines. Qu va
uno a hacer, pens Winston, contra un loco que es ms inteligente que uno, que le oye a uno
pacientemente y que sin embargo persiste en su locura?
Nos gobernis por nuestro propio bien dijo dbilmente. Creis que los seres humanos
no estn capacitados para gobernarse, y en vista de ello...
Estuvo a punto de gritar. Una punzada de dolor se le haba clavado en el cuerpo. O'Brien
haba presionado la palanca y la aguja de la esfera marcaba treinta y cinco.
Eso fue una estupidez, Winston; has dicho una tontera. Debas tener un poco ms de
sensatez.
Volvi a soltar la palanca y prosigui:
Ahora te dir la respuesta a mi pregunta. Se trata de esto: el Partido quiere tener el poder
por amor al poder mismo. No nos interesa el bienestar de los dems; slo nos interesa el poder. No
la riqueza ni el lujo, ni la longevidad ni la felicidad; slo el poder, el poder puro. Ahora
comprenders lo que significa el poder puro. Somos diferentes de todas las oligarquas del pasado
porque sabemos lo que estamos haciendo. Todos los dems, incluso los que se parecan a nosotros,
eran cobardes o hipcritas. Los nazis alemanes y los comunistas rusos se acercaban mucho a
nosotros por sus mtodos, pero nunca tuvieron el valor de reconocer sus propios motivos.
Pretendan, y quiz lo crean sinceramente, que se haban apoderado de los mandos contra su
voluntad y para un tiempo limitado y que a la vuelta de la esquina, como quien dice, haba un
paraso donde todos los seres humanos seran libres e iguales. Nosotros no somos as. Sabemos que
nadie se apodera del mando con la intencin de dejarlo. El poder no es un medio, sino un fin en s
mismo. No se establece una dictadura para salvaguardar una revolucin; se hace la revolucin para
establecer una dictadura. El objeto de la persecucin no es ms que la persecucin misma. La
tortura slo tiene como finalidad la misma tortura. Y el objeto del poder no es ms que el poder.
Empiezas a entenderme?
A Winston le asombraba el cansancio del rostro de O'Brien. Era fuerte, carnoso y brutal, lleno
de inteligencia y de una especie de pasin controlada ante la cual sentase uno desarmado; pero,
desde luego, estaba cansado. Tena bolsones bajo los ojos y la piel floja en las mejillas. O'Brien se
inclin sobre l para acercarle ms la cara, para que pudiera verla mejor.
Ests pensando le dijo que tengo la cara avejentada y cansada. Piensas que estoy
hablando del poder y que ni siquiera puedo evitar la decrepitud de mi propio cuerpo. No
comprendes, Winston, que el individuo es slo una clula? El cansancio de la clula supone el vigor
del organismo. Acaso te mueres al cortarte las uas?
Se apart del lecho y empez a pasear con una mano en el bolsillo.
Somos los sacerdotes del poder dijo. El poder es Dios. Pero ahora el poder es slo una
palabra en lo que a ti respecta. Y ya es hora de que tengas una idea de lo que el poder significa.
Primero debes darte cuenta de que el poder es colectivo. El individuo slo detenta poder en tanto
deja de ser un individuo. Ya conoces la consigna del Partido: La libertad es la esclavitud. Se te
ha ocurrido pensar que esta frase es reversible? S, la esclavitud es la libertad. El ser humano es
derrotado siempre que est solo, siempre que es libre. Ha de ser as porque todo ser humano est
condenado a morir irremisiblemente y la muerte es el mayor de todos los fracasos; pero si el
hombre logra someterse plenamente, si puede escapar de su propia identidad, si es capaz de fundirse
con el Partido de modo que
es
el Partido, entonces ser todopoderoso e inmortal. Lo segundo de
que tienes que darte cuenta es que el poder es poder sobre seres humanos. Sobre el cuerpo, pero
141
George Orwell1984
l
Luego, con una sensacin voluptuosa, subi las escaleras de la tienda del seor Charrington.
Por supuesto, estaba cansadsimo, pero se la haba pasado el sueo. Abri la ventana, encendi la
pequea y sucia estufa y puso a calentar un cazo con agua. Julia llegara en seguida. Mientras la
esperaba, tena el
Sentse en la desvencijada butaca y desprendi las correas de la cartera.
Era un pesado volumen negro, encuadernado por algn aficionado y en cuya cubierta no haba
nombre ni ttulo alguno. La impresin tambin era algo irregular. Las pginas estaban muy gastadas
por los bordes y el libro se abra con mucha facilidad, como si hubiera pasado por muchas manos.
La inscripcin de la portada deca:
TEORA Y PRCTICA DEL COLECTIVISMO OLIGARQUICO
por
EMMANUEL GOLDSTEIN
Winston empez a leer:
CAPITULO PRIMERO
Durante todo el tiempo de que se tiene noticia probablemente desde fines del periodo
neoltico ha habido en el mundo tres clases de personas: los Altos, los Medianos y los Bajos. Se
han subdividido de muchos modos, han llevado muy diversos nombres y su nmero relativo, as
como la actitud que han guardado unos hacia otros, ha variado de poca en poca; pero la estructura
esencial de la sociedad nunca ha cambiado. Incluso despus de enormes conmociones y de cambios
que parecan irrevocables, la misma estructura ha vuelto a imponerse, igual que un giroscopio
vuelve siempre a la posicin de equilibrio por mucho que lo empujemos en un sentido o en otro.
Los objetivos de estos tres grupos son por completo inconciliables.
Winston interrumpid la lectura, sobre todo para poder disfrutar bien del hecho asombroso de
hallarse leyendo tranquilo y seguro. Estaba solo, sin telepantalla, sin nadie que escuchara por la
cerradura, sin sentir el impulso nervioso de mirar por encima del hombro o de cubrir la pgina con
la mano. Un airecillo suave le acariciaba la mejilla. De lejos venan los gritos de los nios que
jugaban. En la habitacin misma no haba ms sonido que el dbil tictac del reloj, un ruido como
de insecto. Se arrellan ms cmodamente en la butaca y puso los pies en los hierros de la
chimenea. Aquello era una bendicin, era la eternidad. De pronto, como suele hacerse cuando
sabemos que un libro ser ledo y reledo por nosotros, sinti el deseo de calarlo primero. As, lo
abri por un sitio distinto y se encontr en el captulo III. Sigui leyendo:
CAPITULO III
La desintegracin del mundo en tres grandes superestados fue un acontecimiento que pudo
haber sido previsto y que en realidad lo fue antes de mediar el siglo XX. Al ser absorbida Europa
por Rusia y el Imperio Britnico por los Estados Unidos, haban nacido ya en esencia dos de los tres
poderes ahora existentes, Eurasia y Oceana. El tercero, Asia Oriental, slo surgi como unidad
aparte despus de otra dcada de confusa lucha. Las fronteras entre los tres superestados son
arbitrarias en algunas zonas y en otras fluctan segn los altibajos de la guerra, pero en general se
atienen a lneas geogrficas. Eurasia comprende toda la parte norte de la masa terrestre europea y
asitica, desde Portugal hasta el Estrecho de Bering. Oceana comprende las Amricas, las islas del
Atlntico, incluyendo a las Islas Britnicas, Australasia y frica meridional. Asia Oriental, potencia
99
George Orwell1984
libro.
La ignorancia es la fuerza
La guerra es la paz
Cuando Winston lleg a la cantina, la encontr sentada a una mesa muy alejada de la pared. Estaba
completamente sola. Era temprano y haba poca gente. La cola avanz hasta que Winston se
encontr casi junto al mostrador, pero se detuvo all unos dos minutos a causa de que alguien se
quejaba de no haber recibido su pastilla de sacarina. Pero la muchacha segua sola cuando Winston
tuvo ya servida su bandeja y avanzaba hacia ella. Lo hizo como por casualidad fingiendo que
buscaba un sitio ms all de donde se encontraba la joven. Estaban separados todava unos tres
metros. Bastaban dos segundos para reunirse, pero entonces son una voz detrs de l: Smith!.
Winston hizo como que no oa. Entonces la voz repiti ms alto: Smith!. Era intil hacerse el
tonto. Se volvi. Un muchacho llamado Wilsher, a quien apenas conoca Winston, le invitaba
sonriente a sentarse en un sitio vaco junto a l. No era prudente rechazar esta invitacin. Despus
de haber sido reconocido, no poda ir a sentarse junto a una muchacha sola. Quedara demasiado en
evidencia. Haciendo de tripas corazn, le sonri amablemente al muchacho, que le miraba con un
rostro beatfico. Winston, como en una alucinacin, se vea a s mismo partindole la cara a aquel
estpido con un hacha. La mesa donde estaba ella se llen a los pocos minutos.
Por lo menos, la joven tena que haberlo visto ir hacia ella y se habra dado cuenta de su
intencin. Al da siguiente, tuvo buen cuidado de llegar temprano. All estaba ella, exactamente, en
la misma mesa y otra vez sola. La persona que preceda a Winston en la cola era un hombrecillo
nervioso con una cara aplastada y ojos suspicaces. Al alejarse Winston del mostrador, vio que aquel
hombre se diriga hacia la mesa de ella. Sus esperanzas se vinieron abajo. Haba un sitio vaco una
mesa ms all, pero algo en el aspecto de aquel tipejo le convenci a Winston de que ste no se
instalara en la mesa donde no haba nadie para evitarse la molestia de verse obligado a soportar a
los desconocidos que luego se quisieran sentar all. Con verdadera angustia, lo sigui Winston. De
nada le servira sentarse con ella si alguien ms los acompaaba. En aquel momento, hubo un ruido
tremendo. El hombrecillo se haba cado de bruces y la bandeja sali volando derramndose la sopa
y el caf. Se puso en pie y mir ferozmente a Winston. Evidentemente, sospechaba que ste le haba
puesto la zancadilla. Pero daba lo mismo porque poco despus, con el corazn galopndole, se
instalaba Winston junto a la muchacha.
No la mir. Coloc en la mesa el contenido de su bandeja y empez a comer. Era
importantsimo hablar en seguida antes de que alguna otra persona se uniera a ellos. Pero le invada
un miedo terrible. Haba pasado una semana desde que la joven se haba acercado a l. Poda haber
cambiado de idea, es decir, tena que haber cambiado de idea. Era imposible que este asunto
terminara felizmente; estas cosas no suceden en la vida real, y probablemente no habra llegado a
hablarle si en aquel momento no hubiera visto a Ampleforth, el poeta de orejas velludas, que andaba
de un lado a otro buscando sitio. Era seguro que Ampleforth, que conoca bastante a Winston, se
sentara en su mesa en cuanto lo viera. Tena, pues, un minuto para actuar. Tanto l como la
muchacha coman rpidamente. Era una especie de guiso muy caldoso de habas. En voz muy baja,
empez Winston a hablar. No se miraban. Se llevaban a la boca la comida y entre cucharada y
cucharada se decan las palabras indispensables en voz baja e inexpresivo.
A qu hora sales del trabajo? Dieciocho treinta.
Dnde podemos vernos?
En la Plaza de la Victoria, cerca del Monumento.
Hay muchas telepantallas all.
No importa, porque hay mucha circulacin.
Alguna seal?
No. No te acerques hasta que no me veas entre mucha gente. Y no me mires. Sigue andando
cerca de m.
60
George Orwell1984
lados. Sabes que atacan a los nios? S; en algunas calles de los proles las mujeres no se atreven a
dejar a sus hijos solos ni dos minutos. Las ms peligrosas son las grandes y oscuras. Y lo ms
horrible es que siempre...
No sigas, por favor! dijo Winston, cerrando los ojos con fuerza.
Querido, te has puesto palidsimo! Qu te pasa? Te dan asco?
Una rata! Lo ms horrible del mundo!
Ella lo tranquiliz con el calor de su cuerpo. Winston no abri los ojos durante un buen rato.
Le haba parecido volver a hallarse de lleno en una pesadilla que se le presentaba con frecuencia.
Siempre era poco ms o menos igual. Se hallaba frente a un muro tenebroso y del otro lado de este
muro haba algo capaz de enloquecer al ms valiente. Algo infinitamente espantoso. En el sueo
sentase siempre decepcionado porque saba perfectamente lo que ocurra detrs del muro de
tinieblas. Con un esfuerzo mortal, como si se arrancara un trozo de su cerebro, consegua siempre
despertarse sin llegar a descubrir de qu se trataba concretamente, pero
que era algo
relacionado con lo que Julia haba estado diciendo y sobre todo con lo que iba a decirle cuando la
interrumpi.
Lo siento dijo, no es nada. Lo que ocurre es que no puedo soportar las ratas.
No te preocupes, querido. Aqu no entrarn porque voy a tapar ese agujero con tela de saco
antes de que nos vayamos. Y la prxima vez que vengamos traer un poco de yeso y lo taparemos
definitivamente.
Ya haba olvidado Winston aquellos instantes de pnico.
Un poco avergonzado de s mismo sentse a la cabecera de la cama. Julia se levant, se puso
el mono e hizo el caf. El aroma resultaba tan delicioso y fuerte que tuvieron que cerrar la
ventana para no alarmar a la vecindad. Pero mejor an que el sabor del caf era la calidad que le
daba el azcar, una finura sedosa que Winston casi haba olvidado despus de tantos aos de
sacarina. Con una mano en un bolsillo y un pedazo de pan con mermelada en la otra se paseaba
Julia por la habitacin mirando con indiferencia la estantera de libros, pensando en la mejor manera
de arreglar la mesa, dejndose caer en el viejo silln para ver si era cmodo y examinando el
absurdo reloj de las doce horas con aire divertido y tolerante. Cogi el pisapapeles de cristal y se lo
llev a la cama, donde se sent para examinarlo con tranquilidad. Winston se lo quit de las manos,
fascinado, como siempre, por el aspecto suave, resbaloso, de agua de lluvia que tena aquel cristal.
Qu crees t que ser esto? dijo Julia.
No creo que sea nada particular... Es decir, no creo que haya servido nunca para nada
concreto. Eso es lo que me gusta precisamente de este objeto. Es un pedacito de historia que se han
olvidado de cambiar; un mensaje que nos llega de hace un siglo y que nos dira muchas cosas si
supiramos leerlo.
Y aquel cuadro seal Julia tambin tendr cien aos?
Ms, seguramente doscientos. Es imposible saberlo con seguridad. En realidad hoy no se
sabe la edad de nada.
Julia se acerc a la pared de enfrente para examinar con detenimiento el grabado. Dijo:
Qu sitio es ste? Estoy segura de haber estado aqu alguna vez.
Es una iglesia o, por lo menos, sola serio. Se llamaba San Clemente.
77
George Orwell1984
l saba
parlante. Las palabras del vocabulario B incluso ganaban en fuerza por el hecho de ser tan
parecidas. Casi invariablemente estas palabras
y muchas otras eran palabras de dos o tres slabas con
el acento tnico igualmente distribuido entre la primera slaba y la ltima. Su uso fomentaba una
especie de conversacin similar a un cotorreo, a la vez roto y montono; era esto precisamente lo
que pretendan. La intencin era formar un lenguaje, sobre todo el que versaba sobre materias no
neutrales ideolgicamente, tan independiente como fuera posible de la conciencia. En asuntos, de la
vida cotidiana, sin duda era necesario, o algunas veces necesario, reflexionar antes de hablar, pero
un miembro del Partido, llamado a emitir un juicio poltico o tico, deba ser capaz de disparar las
opiniones correctas tan automticamente corno una ametralladora las balas. Su entrenamiento lo
preparaba para ello, el lenguaje le daba un instrumento casi infalible y la textura de las palabras, con
su sonido duro y una especie de fealdad salvaje de acuerdo con el espritu del Ingsoc, acababan de
completar el proceso. Adems contribua el hecho de tener pocas palabras donde escoger. En
relacin con el nuestro, el vocabulario de la neolengua era mnimo, y continuamente inventaban
nuevos modos de reducirlo. Desde luego, la neolengua difera de la mayora de otros lenguajes en
que su vocabulario se empequeeca en vez de agrandarse. Cada reduccin era una ganancia, ya que
cuanto menor era el rea para escoger, ms pequea era la tentacin de pensar. En definitiva, se
esperaba construir un lenguaje articulado que surgiera de la laringe sin involucrar en absoluto a los
centros del cerebro. Este objetivo se explicita francamente en la palabra de neolengua
significa cuacuar como un pato; como otras palabras de
era de
significado ambivalente. Si las opiniones cuacuadas eran ortodoxas, slo implicaban alabanza y
cuando el
se refera a uno de los oradores del Partido como a un
estaba emitiendo un caluroso y valioso cumplido.
El vocabulario C era complementario de los otros dos y contena totalmente
trminos cientficos y tcnicos. stos se parecan a los trminos cientficos en uso hoy en da y
procedan de las mismas races, pero se tom el cuidado habitual para definirlos rpidamente, y
despojarlos de los significados indeseables. Se atenan a las mismas reglas gramaticales que las
palabras de los otros dos vocabularios. Muy pocas palabras C tenan uso en las conversaciones
cotidianas o en el lenguaje poltico. Cualquier cientfico o tcnico poda encontrar todas las palabras
necesarias en la lista dedicada a su especialidad, pero slo tena una mnima idea de las palabras de
las otras listas. Solamente unas cuantas palabras eran comunes a todas las listas y no exista un
vocabulario que expresase la funcin de la ciencia como actitud mental o como mtodo intelectual
independiente de sus ramas particulares. No haba, de hecho, palabra para designar la Ciencia,
quedando cualquier significado que pudiera tener suficientemente cubierto por la palabra Ingsoc.
Por lo que se ha explicado, podr verse que en neolengua la expresin de opiniones
heterodoxas de bajo nivel era casi imposible. Era factible, claro est, emitir herejas de un tono muy
crudo y elemental, como una especie de blasfemia. Hubiera sido posible, por ejemplo, decir el
Gran Hermano inbueno. Pero esta aseveracin, que a un odo, ortodoxo le sonaba como una
manifiesta absurdidad, no podra haber sido sostenida con argumentos racionales, ya que faltaban
las palabras necesarias. Slo podan sostenerse ideas contrarias al Ingsoc de una manera vaga y sin
palabras, y formularlas en unos trminos muy genricos que mezclaban y condenaban todo tipo de
herejas, sin definirlas particularmente. De hecho, slo poda utilizarse la neolengua para fines
heterodoxos traduciendo de un modo ilegtimo algunas de las palabras a la Viejalengua. Por
ejemplo, Todos los hombres son iguales era una afirmacin posible en neolengua, pero en el
mismo sentido en que Todos los hombres tienen el pelo rojo pudiera serlo en Viejalengua. No
contiene ningn error gramatical, pero expresa una noverdad palpable como que todos los
hombres son de la misma estatura, peso o fuerza. El concepto de igualdad poltica ya no exista y
por lo tanto esta significacin secundaria haba sido limpiada de la palabra
En 1984, cuando
Viejalengua era todava el medio normal de comunicacin, tericamente exista el peligro de que al
usar palabras de neolengua uno recordara sus significados originales. En la prctica no era dificil,
para alguien bien versado en el
evitar que esto ocurriera, pero dentro de dos
166
George Orwell1984
bienpensar, Minipax, prolealimento sexocrimem,
gozocampo, Ingsoc, corazonsentir, pensarpol
hablapato,
que
neolengua, hablapato
Times
dobleplusbueno cuacuador
El vocabulario C.
igual.
doblepensar,
En una supuesta sociedad policial, el estado ha conseguido el control total sobre el individuo.
No existe siquiera un resquicio para la intimidad personal: el sexo es un crimen, las emociones
estn prohibidas, la adoracin al sistema es la condicin para seguir vivo. La Polica del
Pensamiento se encargar de torturar hasta la muerte a los conspiradores, aunque para ello sea
necesario acusar a inocentes. Winston y Julia, a pesar de ser miembros del Partido y sabiendo que el
Gran Hermano les vigila, se rebelan contra ese poder que se ha adueado de las conciencias de sus
conciudadanos. El camino que seguirn se convertir en un peligroso laberinto hacia un final
incierto.
CAPITULO I
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...
CAPITULO II
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CAPITULO III
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CAPITULO IV
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CAPITULO V
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CAPITULO VI
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CAPITULO VII
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CAPITULO VIII
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PARTE 2
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CAPITULO I
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CAPITULO II
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CAPITULO III
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CAPITULO IV
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CAPITULO V
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.
CAPITULO VI
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CAPITULO VII
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CAPITULO VIII
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CAPITULO IX
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CAPITULO X
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PARTE 3
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CAPITULO I
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...
CAPITULO II
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CAPITULO III
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CAPITULO IV
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CAPITULO V
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CAPITULO VI
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APENDICE
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Los principios de neolengua
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2
SINOPSIS
INDICE
PARTE 1
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George Orwell1984
sus ropas. Con la gracia y el descuido de aquel gesto, pareca estar aniquilando toda su cultura, todo
un sistema de pensamiento, como si el Gran Hermano, el Partido y la Polica del Pensamiento
pudieran ser barridos y enviados a la Nada con un simple movimiento del brazo. Tambin aquel
gesto perteneca a los tiempos antiguos. Winston se despert con la palabra Shakespeare en los
labios.
La telepantalla emita en aquel instante un prolongado silbido que parta el tmpano y que
continuaba en la misma nota treinta segundos. Eran las cerosietequince, la hora de levantarse
para los oficinistas. Winston se ech abajo de la cama desnudo porque los miembros del Partido
Exterior reciban slo tres mil cupones para vestimenta durante el ao y un pijama necesitaba
seiscientos cupones y se puso un sucio
y unos
que estaban sobre una silla. Dentro
de tres minutos empezaran las Sacudidas Fsicas. Inmediatamente le entr el ataque de tos habitual
en l en cuanto se despertaba.
Vaci tanto sus pulmones que, para volver a respirar, tuvo que tenderse de espaldas abriendo
y cerrando la boca repetidas veces y en rpida sucesin. Con el esfuerzo de la tos se le hinchaban
las venas y sus varices le haban empezado a escocer.
Grupo de treinta a cuarenta! ladr una penetrante voz de mujer. Grupo de treinta a
cuarenta! Ocupad vuestros sitios, por favor.
Winston se coloc de un salto a la vista de la telepantalla, en la cual haba aparecido ya la
imagen de una mujer ms bien joven, musculoso y de facciones duras, vestida con una tnica y
calzando sandalias de gimnasia.
Doblad y extended los brazos! grit. Contad a la vez que yo!
dos, tres, cuatro!
Uno, dos, tres, cuatro! Vamos, camaradas, un poco de vida en lo que hacis!
dos, tres,
cuatro! Uno, dos, tres, cuatro! ...
La intensa molestia de su ataque de tos no haba logrado desvanecer en Winston la impresin
que le haba dejado el ensueo y los movimientos rtmicos de la gimnasia contribuan a conservarle
aquel recuerdo. Mientras doblaba y desplegaba mecnicamente los brazos sin perder ni por un
instante la expresin de contento que se consideraba apropiada durante las Sacudidas Fsicas, se
esforzaba por resucitar el confuso perodo de su primera infancia. Pero le resultaba
extraordinariamente difcil. Ms all de los aos cincuenta y tantos final de la dcada todo se
desvaneca. Sin datos externos de ninguna clase a que referirse era imposible reconstruir ni siquiera
el esquema de la propia vida. Se recordaban los acontecimientos de enormes proporciones que
muy bien podan no haber acaecido, se recordaban tambin detalles sueltos de hechos sucedidos
en la infancia, de cada uno, pero sin poder captar la atmsfera. Y haba extensos perodos en blanco
donde no se poda colocar absolutamente nada. Entonces todo haba sido diferente. Incluso los
nombres de los pases y sus formas en el mapa. La Franja Area nmero 1, por ejemplo, no se
llamaba as en aquellos das: la llamaban Inglaterra o Bretaa, aunque Londres Winston estaba
casi seguro de ello se haba llamado siempre Londres.
No poda recordar claramente una poca en que su pas no hubiera estado en guerra, pero era
evidente que haba un intervalo de paz bastante largo durante su infancia porque uno de sus
primeros recuerdos era el de un ataque areo que pareca haber cogido a todos por sorpresa. Quiz
fue cuando la bomba atmica cay en Colchester. No se acordaba del ataque propiamente dicho,
pero s de la mano de su padre que le tena cogida la suya mientras descendan precipitadamente por
algn lugar subterrneo muy profundo, dando vueltas por una escalera de caracol que finalmente le
haba cansado tanto las piernas que empez a sollozar y su padre tuvo que dejarle descansar un
poco. Su madre, lenta y pensativa como siempre, los segua a bastante distancia. La madre llevaba a
la hermanita de Winston, o quiz slo llevase un lo de mantas. Winston no estaba seguro de que su
hermanita hubiera nacido por entonces. Por ltimo, desembocaron a un sitio ruidoso y atestado de
19
George Orwell1984
singlet
shorts
Uno,
Uno,
La incompleta cancin que el seor Charrington le haba enseado volvi a sonar en la
cabeza de Winston, que murmur con nostalgia:
Y se qued estupefacto al or a Julia continuar:
...
No puedo recordar cmo sigue. Pero s que termina
Era como las dos mitades de una contrasea. Pero tena que haber otro verso despus de las
campanas de Old Bailey. Quiz el seor Charrington acabara acordndose de este final.
Quin te lo ense? dijo Winston.
Mi abuelo. Sola cantrmelo cuando yo era nia. Lo vaporizaron teniendo yo unos ocho
aos... No estoy segura, pero lo cierto es que desapareci. Lo que no s, y me lo he preguntado
muchas veces, es qu sera un limn aadi. He visto naranjas. Es una especie de fruta redonda
y amarillenta con una cscara muy fina.
Yo recuerdo los limones dijo Winston. Eran muy frecuentes en los aos cincuenta y
tantos. Eran unas frutas tan agrias que rechinaban los dientes slo de olerlas.
Estoy segura de que detrs de ese cuadro hay chinches dijo Julia. Lo descolgar
cualquier da para limpiarlo bien. Creo que ya es hora de que nos vayamos. Qu fastidio, ahora
tengo que quitarme esta pintura! Empezar por m y luego te limpiar a ti la cara.
Winston permaneci unos minutos ms en la cama. Oscureca en la habitacin. Volvise
hacia la ventana y fij la vista en el pisapapeles de cristal. Lo que le interesaba inagotablemente no
era el pedacito de coral, sino el interior del cristal mismo. Tena tanta profundidad, y sin embargo
era transparente, como hecho con aire. Como si la superficie cristalina hubiera sido la cubierta del
cielo que encerrase un diminuto mundo con toda su atmsfera.
Tena Winston la sensacin de que podra penetrar en ese mundo cerrado, que ya estaba
dentro de l con la cama de caoba y la mesa rota y el reloj y el grabado e incluso con el mismo
pisapapeles. S, el pisapapeles era la habitacin en que se hallaba Winston, y el coral era la vida de
Julia y la suya clavadas eternamente en el corazn del cristal.
78
George Orwell1984
Naranjas y limones, dicen las campanas de San
Clemente.
Me debes tres penques, dcen las campanas de San Martn. Cundo me pagars?, dicen
las campanas de Old Baily
as: Aqu tienes una vela para
alumbrarte cuando te acuestes. Aqu tienes un hacha para cortarte la cabeza.
El mayor placer de Winston era su trabajo. La mayor parte de ste consista en una aburrida
rutina, pero tambin inclua labores tan difciles e intrincadas que se perda uno en ellas como en las
profundidades de un problema de matemticas: delicadas labores de falsificacin en que slo se
poda guiar uno por su conocimiento de los principios del
y el clculo de lo que el Partido
quera que uno dijera. Winston serva para esto. En una ocasin le encargaron incluso la
rectificacin de los editoriales del
que estaban escritos totalmente en neolengua. Desenroll
el mensaje que antes haba dejado a un lado como ms difcil. Deca:
times 3.12.83 referente ordenda gh doblemsnobueno refs nopersonas reescribir completo
someter antesarchivar.
En antiguo idioma (en ingls) quedaba as:
La informacin sobre la orden del da del Gran Hermano en el
del 3 de diciembre de
1983 es absolutamente insatisfactoria y se refiere a las personas inexistentes. Volverlo a escribir por
completo y someter el borrador a la autoridad superior antes de archivar.
Winston ley el artculo ofensivo. La orden del da del Gran Hermano se dedicaba a alabar el
trabajo de una organizacin conocida por FFCC, que proporcionaba cigarrillos y otras cosas a los
marineros de las fortalezas flotantes. Cierto camarada Withers, destacado miembro del Partido
Interior, haba sido agraciado con una mencin especial y le haban concedido una condecoracin,
la Orden del Mrito Conspicuo, de segunda clase.
Tres meses despus, la FFCC haba sido disuelta sin que se supieran los motivos. Poda
pensarse que Withers y sus asociados haban cado en desgracia, pero no haba informacin alguna
sobre el asunto en la Prensa ni en la telepantalla. Era lo corriente, ya que muy raras veces se
procesaba ni se denunciaba pblicamente a los delincuentes polticos. Las grandes purgas que
afectaban a millares de personas, con procesos pblicos de traidores y criminales del pensamiento
que confesaban abyectamente sus crmenes para ser luego ejecutados, constituan espectculos
especiales que se daban slo una vez cada dos aos. Lo habitual era que las personas cadas en
desgracia desapareciesen sencillamente y no se volviera a or hablar de ellas. Nunca se tena la
menor noticia de lo que pudiera haberles ocurrido. En algunos casos, ni siquiera haban muerto.
Aparte de sus padres, unas treinta personas conocidas por Winston haban desaparecido en una u
otra ocasin.
Mientras pensaba en todo esto, Winston se daba golpecitos en la nariz con un sujetador de
papeles. En la cabina de enfrente, el camarada Tillotson segua misteriosamente inclinado sobre su
hablescribe. Levant la cabeza un momento. Otra vez, los destellos hostiles de las gafas. Winston se
pregunt si el camarada Tillotson estara encargado del mismo trabajo que l. Era perfectamente
posible. Una tarea tan difcil y complicada no poda estar a cargo de una sola persona. Por otra
parte, encargarla a un grupo sera admitir abiertamente que se estaba realizando una falsificacin.
Muv probablemente, una docena de personas trabajaban al mismo tiempo en distintas versiones
rivales para inventar lo que el Gran Hermano haba dicho efectivamente. Y, despus, algn
cerebro privilegiado del Partido Interior elegira esta o aquella versin, la redactara definitivamente
a su manera y pondra en movimiento el complejo proceso de confrontaciones necesarias. Luego, la
mentira elegida pasara a los registros permanentes y se convertira en la verdad.
Winston no saba por qu haba cado Withers en desgracia. Quizs fuera por corrupcin o
incompetencia. O quizs el Gran Hermano se hubiera librado de un subordinado demasiado
popular. Tambin pudiera ser que Withers o alguno relacionado con l hubiera sido acusado de
tendencias herticas. O quizs y esto era lo ms probable hubiese ocurrido aquello sencillamente
porque las purgas y las
eran parte necesaria de la mecnica gubernamental. El
nico indicio real era el contenido en las palabras refs nopersonas, con lo que se indicaba que
Withers estaba ya muerto. Pero no siempre se poda presumir que un individuo hubiera muerto por
26
George Orwell1984
Ingsoc
Times,
Times
vaporizaciones
No.
Entonces, qu principio es ese que ha de vencernos? No s. El espritu del Hombre.
Y te consideras t un hombre?
S.
Si t eres un hombre, Winston, es que eres el ltimo. Tu especie se ha extinguido; nosotros
somos los herederos. Te das cuenta de que ests solo, absolutamente solo? Te encuentras fuera de
la historia, no existes. Cambi de tono y de actitud y dijo con dureza Te consideras
moralmente superior a nosotros por nuestras mentiras y nuestra crueldad?
S, me considero superior.
O'Brien guard silencio. Pero en seguida empezaron a hablar otras dos voces. Despus de un
momento, Winston reconoci que una de ellas era la suya propia. Era una cinta magnetofnica de la
conversacin que haba sostenido con O'Brien la noche en que se haba alistado en la Hermandad.
Se oy a s mismo prometiendo solemnemente mentir, robar, falsificar, asesinar, fomentar el hbito
de las drogas y la prostitucin, propagar las enfermedades venreas y arrojar vitriolo a la cara de un
nio. O'Brien hizo un pequeo gesto de impaciencia, como dando a entender que la demostracin
casi no mereca la pena. Luego hizo funcionar un resorte y las voces se detuvieron.
Levntate de ah dijo O'Brien.
Las ataduras se haban soltado por s mismas. Winston se puso en pie con gran dificultad.
Eres el ltimo hombre dijo O'Brien. Eres el guardin del espritu humano. Ahora te
vers como realmente eres. Desndate.
Winston se solt el pedazo de cuerda que le sostena el mono. Haba perdido haca tiempo
la cremallera. No poda recordar si haba llegado a desnudarse del todo desde que le detuvieron.
Debajo del mono tena unos andrajos amarillentos que apenas podan reconocerse como restos de
ropa interior. Al carsele todo aquello al suelo, vio que haba un espejo de tres lunas en la pared del
fondo. Se acerc a l y se detuvo en seco. Se le haba escapado un grito involuntario.
Anda dijo O'Brien. Colcate entre las tres lunas. As te vers tambin de lado.
Winston estaba aterrado. Una especie de esqueleto muy encorvado y de un color grisceo
andaba hacia l. La imagen era horrible. Se acerc ms al espejo. La cabeza de aquella criatura tan
extraa apareca deformada, ya que avanzaba con el cuerpo casi doblado. Era una cabeza de
presidiario con una frente abultada y un crneo totalmente calvo, una nariz retorcida y los pmulos
magullados, con unos ojos feroces y alertas. Las mejillas tenan varios costurones. Desde luego, era
la cara de Winston, pero a ste le pareci que haba cambiado an ms por fuera que por dentro. Se
haba vuelto casi calvo y en un principio crey que tena el pelo cano, pero era que el color de su
cuero cabelludo estaba gris. El cuerpo entero, excepto las manos y la cara, se haba vuelto gris como
si lo cubriera una vieja capa de polvo. Aqu y all, bajo la suciedad, aparecan las cicatrices rojas de
las heridas, y cerca del tobillo sus varices formaban una masa inflamada de la que se desprendan
escamas de piel. Pero lo verdaderamente espantoso era su delgadez. La cavidad de sus costillas era
tan estrecha como la de un esqueleto. Las Piernas se le haban encogido de tal manera que las
rodillas eran ms gruesas que los muslos. Esto le hizo comprender por qu O'Brien le haba dicho
que se viera de lado. La curvatura de la espina dorsal era asombrosa. Los delgados hombros
avanzaban formando un gran hueco en el pecho y el cuello se doblaba bajo el peso del crneo. De
no haber sabido que era su propio cuerpo, habra dicho Winston que se trataba de un hombre de ms
de sesenta aos aquejado de alguna terrible enfermedad.
145
George Orwell1984
119
PARTE 3
George Orwell1984
El que controla el presente controla el pasado dijo O'Brien moviendo la cabeza con lenta
aprobacin. Y crees t, Winston, que el pasado existe verdaderamente?
Otra vez invadi a Winston el desamparo. Sus ojos se volvieron hacia el disco. No slo no
saba si la respuesta que le evitara el dolor sera s o no, sino que ni siquiera saba cul de estas
respuestas era la que l tena por cierta.
O'Brien sonri dbilmente:
No eres metafsico, Winston. Hasta este momento nunca habas pensado en lo que se
conoce por existencia. Te lo explicar con ms precisin. Existe el pasado concretamente, en el
espacio? Hay algn sitio en alguna parte, hay un mundo de objetos slidos donde el pasado siga
acaeciendo?
No.
Entonces, dnde existe el pasado?
En los documentos. Est escrito.
En los documentos... Y, dnde ms?
En la mente. En la memoria de los hombres.
En la memoria. Muy bien. Pues nosotros, el Partido, controlamos todos los documentos y
controlamos todas las memorias. De manera que controlamos el pasado, no es as?.
Pero, cmo van ustedes a evitar que la gente recuerde lo que ha pasado? exclam
Winston olvidando del nuevo el martirizador elctrico. Es un acto involuntario. No puede uno
evitarlo. Cmo vais a controlar la memoria? La ma no la habis controlado!
O'Brien volvi a ponerse serio. Toc la palanca con la mano.
Al contrario dijo por fin, eres t el que no la ha controlado y por eso ests aqu. Te han
trado porque te han faltado humildad y autodisciplina. No has querido realizar el acto de sumisin
que es el precio de la cordura. Has preferido ser un loco, una minora de uno solo. Convncete,
Winston; solamente el espritu disciplinado puede ver la realidad. Crees que la realidad es algo
objetivo, externo, que existe por derecho propio. Crees tambin que la naturaleza de la realidad se
demuestra por s misma. Cuando te engaas a ti mismo pensando que ves algo, das por cierto que
todos los dems estn viendo lo mismo que t. Pero te aseguro, Winston, que la realidad no es
externa. La realidad existe en la mente humana y en ningn otro sitio. No en la mente individual,
que puede cometer errores y que, en todo caso, perece pronto. Slo la mente del Partido, que es
colectiva e inmortal, puede captar la realidad. Lo que el Partido sostiene que es verdad es
efectivamente verdad. Es imposible ver la realidad sino a travs de los ojos del Partido. ste es el
hecho que tienes que volver a aprender, Winston. Para ello se necesita un acto de autodestruccin,
un esfuerzo de la voluntad. Tienes que humillarte si quieres volverte cuerdo.
Despus de una pausa de unos momentos, prosigui: Recuerdas haber escrito en tu Diario:
la libertad es poder decir que dos ms dos son cuatro?.
S dijo Winston.
O'Brien levant la mano izquierda, con el reverso hacia Winston, y escondiendo el dedo
pulgar extendi los otros cuatro.
Cuntos dedos hay aqu, Winston? Cuatro.
132
George Orwell1984
Winston emprendi la marcha por el campo. El aire pareca besar la piel. Era el segundo da
de mayo. Del corazn del bosque vena el arrullo de las palomas. Era un poco pronto. El viaje no le
haba presentado dificultades y la muchacha era tan experimentada que le infunda a Winston una
gran seguridad. Confiaba en que ella sabra escoger un sitio seguro. En general, no poda decirse
que se estuviera ms seguro en el campo que en Londres. Desde luego, no haba telepantallas, pero
siempre quedaba el peligro de los micrfonos ocultos que recogan vuestra voz y la reconocan.
Adems, no era fcil viajar individualmente sin llamar la atencin. Para distancias de menos de cien
kilmetros no se exiga visar los pasaportes, pero a veces vigilaban patrullas alrededor de la
estaciones de ferrocarril y examinaban los documentos de todo miembro del Partido al que
encontraran y le hacan difciles preguntas. Sin embargo, Winston tuvo la suerte de no encontrar
patrullas y desde que sali de la estacin se asegur, mirando de vez en cuando cautamente hacia
atrs, de que no lo seguan. El tren iba lleno de proles con aire de vacaciones, quiz porque el
tiempo pareca de verano. El vagn en que viajaba Winston llevaba asientos de madera y su
compartimiento estaba ocupado casi por completo con una nica familia, desde la abuela, muy vieja
y sin dientes, hasta un nio de un mes. Iban a pasar la tarde con unos parientes en el campo y, como
le explicaron con toda libertad a Winston, para adquirir un poco de mantequilla en el mercado
negro.
Por fin, lleg a la vereda que le haba dicho ella y sigui por all entre los arbustos. No tena
reloj, pero no podan ser todava las quince. Haba tantas flores silvestres, que le era imposible no
pisarlas. Se arrodill y empez a coger algunas, en parte por echar algn tiempo fuera y tambin
con la vaga idea de reunir un ramillete para ofrecrselo a la muchacha. Pronto form un gran ramo
y estaba oliendo su enfermizo aroma cuando se qued helado al or el inconfundible crujido de unos
pasos tras l sobre las ramas secas. Sigui cogiendo florecillas. Era lo mejor que poda hacer. Quiz
fuese la chica, pero tambin pudieran habero seguido. Mirar para atrs era mostrarse culpable.
Todava le dio tiempo de coger dos flores ms. Una mano se le pos levemente sobre el hombro.
Levant la cabeza. Era la muchacha. sta volvi la cabeza para prevenirle de que siguiera
callado, luego apart las ramas de los arbustos para abrir paso hacia el bosque. Era evidente que
haba estado all antes, pues sus movimientos eran los de una persona que tiene la costumbre de ir
siempre por el mismo sitio. Winston la sigui sin soltar su ramo de flores. Su primera sensacin fue
de alivio, pero mientras contemplaba el cuerpo femenino, esbelto y fuerte a la vez, que se mova
ante l, y se fijaba en el ancho cinturn rojo, lo bastante apretado para hacer resaltar la curva de sus
caderas, empez a sentir su propia inferioridad. Incluso ahora le pareca muy probable que cuando
ella se volviera y lo mirara, lo abandonara. La dulzura del aire y el verdor de las hojas lo
hechizaban. Ya cuando vena de la estacin, el sol de mayo le haba hecho sentirse sucio y gastado,
una criatura de puertas adentro que llevaba pegado a la piel el polvo de Londres. Se le ocurri
pensar que hasta ahora no lo haba visto ella de cara a plena luz. Llegaron al rbol derribado del que
la joven haba hablado. Esta salt por encima del tronco y, separando las grandes matas que lo
rodeaban, pas a un pequeo claro. Winston, al seguirla, vio que el pequeo espacio estaba rodeado
todo por arbustos y oculto por ellos. La muchacha se detuvo y, volvindose hacia l, le dijo:
Ya hemos llegado.
Winston se hallaba a varios pasos de ella. An no se atreva a acercrsela ms.
No quise hablar en la vereda prosigui ella por si acaso haba algn micrfono
escondido. No creo que lo haya, pero no es imposible. Siempre cabe la posibilidad de que uno de
esos cerdos te reconozcan la voz. Aqu estamos bien.
Todava le faltaba valor a Winston para acercarse a ella. Por eso, se limit a repetir
tontamente:
63
CAPITULO II
George Orwell1984
despus de tantos aos de beber ginebra aquello le pareca inspido. Volvi a dejar el vaso vaco
sobre la mesa.
Entonces, existe de verdad ese Goldstein? pregunt.
S, esa persona no es ninguna fantasa, y vive. Dnde, no lo s.
Y la conspiracin..., la organizacin, es autntica?, no es slo un invento de la Polica del
Pensamiento?
No, es una realidad. La llamamos la Hermandad. Nunca se sabe de la Hermandad, sino que
existe y que uno pertenece a ella. En seguida volver a hablarte de eso. Mir el reloj de pulsera
. Ni siquiera los miembros del Partido Interior deben mantener cerrada la telepantalla ms de
media hora. No debais haber venido aqu juntos; tendris que marcharos por separado. T,
camarada le dijo a Julia, te marchars primero. Disponemos de unos veinte minutos.
Comprenderis que debo empezar por haceros algunas preguntas. En trminos generales, qu
estis dispuestos a hacer?
Todo aquello de que seamos capaces dijo Winston.
O'Brien haba ladeado un poco su silla hacia Winston de manera que casi le volva la espalda
a Julia, dando por cierto que, Winston poda hablar a la vez por s y por ella. Empez pestaeando
un momento y luego inici sus preguntas con voz baja e inexpresivo, como si se tratara de una
rutina, una especie de catecismo, la mayora de cuyas respuestas le fueran ya conocidas.
Estis dispuestos a dar vuestras vidas?
S.
Estis dispuestos a cometer asesinatos?
S.
A cometer actos de sabotaje que pueden causar la muerte de centenares de personas
inocentes?
S.
Vender a vuestro pas a las potencias extranjeras?
S.
Estis dispuestos a hacer trampas, a falsificar, a hacer chantaje, a corromper a los nios, a
distribuir drogas, a fomentar la prostitucin, a extender enfermedades venreas... a hacer todo lo
que pueda causar desmoralizacin y debilitar el poder del Partido?
S.
Si, por ejemplo, sirviera de algn modo a nuestros intereses arrojar cido sulfrico a la cara
de un nio, estarais dispuestos a hacerlo?
S.
Estis dispuestos a perder vuestra identidad y a vivir el resto de vuestras vidas como
camareros, cargadores de puerto, etc.?
S
92
George Orwell1984
pastilla de sacarina.
All hay una mesa libre, debajo de la telepantalla dijo Syme. De camino podemos coger
un poco de ginebra.
Les sirvieron la ginebra en unas terrinas. Se abrieron paso entre la multitud y colocaron el
contenido de sus bandejas sobre la mesa de tapa de metal, en una esquina de la cual haba dejado
alguien un chorretn de grasa del guiso, un lquido asqueroso. Winston cogi la terrina de ginebra,
se detuvo un instante para decidirse, y se trag de un golpe aquella bebida que saba a aceite. Le
acudieron lgrimas a los ojos como reaccin y de pronto descubri que tena hambre. Empez a
tragar cucharadas del guiso, que contena unos trocitos de un material substitutivo de la carne.
Ninguno de ellos volvi a hablar hasta que vaciaron los recipientes. En la mesa situada a la
izquierda de Winston, un poco detrs de l, alguien hablaba rpidamente y sin cesar, una chchara
que recordaba el cuacua del pato. Esa voz perforaba el jaleo general de la cantina.
Cmo va el diccionario? dijo Winston elevando la voz para dominar el ruido.
Despacio respondi Syme. Por los adjetivos. Es un trabajo fascinador.
En cuanto oy que le hablaban de lo suyo, se anim inmediatamente. Apart el plato de
aluminio, tom el mendrugo de pan con gesto delicado y el queso con la otra mano. Se inclin sobre
la mesa para hablar sin tener que gritar.
La onceava edicin es la definitiva dijo. Le estamos dando al idioma su forma final, la
forma que tendr cuando nadie hable ms que neolengua. Cuando terminemos nuestra labor,
tendris que empezar a aprenderlo de nuevo. Creers, seguramente, que nuestro principal trabajo
consiste en inventar nuevas palabras. Nada de eso. Lo que hacemos es destruir palabras, centenares
de palabras cada da. Estamos podando el idioma para dejarlo en los huesos. De las palabras que
contenga la onceava edicin, ninguna quedar anticuada antes del ao 2050. Dio un hambriento
bocado a su pedazo de pan y se lo trag sin dejar de hablar con una especie de apasionamiento
pedante. Se le haba animado su rostro moreno, y sus ojos, sin perder el aire soador, no tenan ya
su expresin burlona.
La destruccin de las palabras es algo de gran hermosura. Por supuesto, las principales
vctimas son los verbos y los adjetivos, pero tambin hay centenares de nombres de los que puede
uno prescindir. No se trata slo de los sinnimos. Tambin los antnimos. En realidad qu
justificacin tiene el empleo de una palabra slo porque sea lo contrario de otra? Toda palabra
contiene en s misma su contraria. Por ejemplo, tenemos bueno. Si tienes una palabra como
bueno, qu necesidad hay de la contraria, malo?
sirve exactamente igual, mejor
todava, porque es la palabra exactamente contraria a bueno y la otra no. Por otra parte, si quieres
un reforzamiento de la palabra bueno, qu sentido tienen esas confusas e intiles palabras
excelente, esplndido y otras por el estilo?
basta para decir lo que es mejor que lo
simplemente bueno y
perfectamente para acentuar el grado de bondad. Es el
superlativo perfecto. Ya s que usamos esas formas, pero en la versin final de la neolengua se
suprimirn las dems palabras que todava se usan como equivalentes. Al final todo lo relativo a la
bondad podr expresarse con seis palabras; en realidad una sola. No te das cuenta de la belleza que
hay en esto, Winston? Naturalmente, la idea fue del Gran Hermano aadi despus de reflexionar
un poco.
Al or nombrar al Gran Hermano, el rostro de Winston se anim automticamente. Sin
embargo, Syme descubri inmediatamente una cierta falta de entusiasmo.
T no aprecias la neolengua en lo que vale dijo Syme con tristeza. Incluso cuando
escribes sigues pensando en la antigua lengua. He ledo algunas de las cosas que has escrito para el
Son bastante buenas, pero no pasan de traducciones. En el fondo de tu corazn prefieres el
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George Orwell1984
Nobueno
Plusbueno
dobeplusbueno sirve
Times.
A qu hora?
A las diecinueve.
Muy bien.
Ampleforth no vio a Winston y se sent en otra mesa. No volvieron a hablar y, en lo
humanamente posible entre dos personas sentadas una frente a otra y en la misma mesa, no se
miraban. La joven acab de comer a toda velocidad y se march. Winston se qued fumando un
cigarrillo.
Antes de la hora convenida estaba Winston en la Plaza de la Victoria. Dio vueltas en torno a
la enorme columna en lo alto de la cual la estatua del Gran Hermano miraba hacia el Sur, hacia los
cielos donde haba vencido a los aviones eurasiticos (pocos aos antes, los vencidos fueron los
aviones de Asia Oriental), en la batalla de la Primera Franja Area. En la calle de enfrente haba una
estatua ecuestre cuyo jinete representaba, segn decan, a Oliver Cromwell. Cinco minutos despus
de la hora que fijaron, an no se haba presentado la muchacha. Otra vez le entr a Winston un gran
pnico. No vena! Haba cambiado de idea! Se dirigi lentamente hacia el norte de la plaza y tuvo
el placer de identificar la iglesia de San Martn, cuyas campanas cuando existan haban
cantado aquello de me debes tres peniques. Entonces vio a la chica parada al pie del monumento,
leyendo o fingiendo que lea un cartel arrollado a la columna en espiral. No era prudente acercarse a
ella hasta que se hubiera acumulado ms gente. Haba telepantallas en todo el contorno del
monumento. Pero en aquel mismo momento se produjo una gran gritera y el ruido de unos
vehculos pesados que venan por la izquierda. De pronto, todos cruzaron corriendo la plaza. La
joven dio la vuelta gilmente junto a los leones que formaban la base del monumento y se uni a la
desbandada. Winston la sigui. Al correr, le oy decir a alguien que un convoy de prisioneros
eurasiticos pasaba por all cerca.
Una densa masa de gente, bloqueaba el lado sur de la plaza. Winston, que normalmente era de
esas personas que rehuyen todas las aglomeraciones, se esforzaba esta vez, a codazos y empujones,
en abrirse paso hasta el centro de la multitud. Pronto estuvo a un paso de la joven, pero entre los dos
haba un corpulento prole y una mujer casi tan enorme como l, seguramente su esposa. Entre los
dos parecan formar un impenetrable muro de carne. Winston se fue metiendo de lado y, con un
violento empujn, logr meter entre la pareja su hombro. Por un instante crey que se le deshacan
las entraas aplastadas entre las dos caderas forzudas. Pero, con un esfuerzo supremo, sudoroso,
consigui hallarse por fin junto a la chica. Estaban hombro con hombro y ambos miraban fijamente
frente a ellos.
Una caravana de camiones, con soldados de cara ptrea armados con fusiles ametralladoras,
pasaban calle abajo. En los camiones, unos hombres pequeos de tez amarilla y harapientos
uniformes verdosos formaban una masa compacta tan apretados como iban. Sus tristes caras
monglicas miraban a la gente sin la menor curiosidad. De vez en cuando se oan ruidos metlicos
al dar un brinco alguno de los camiones. Este ruido lo producan los grilletes que llevaban los
prisioneros en los pies. Pasaron muchos camiones con la misma carga y los mismos rostros
indiferentes. Winston conoca de sobra el contenido, pero slo poda verlos intermitentemente. La
muchacha apoyaba el hombro y el brazo derecho, hasta el codo, contra el costado de Winston. Sus
mejillas estaban tan prximas que casi se tocaban. Ella se haba puesto inmediatamente a tono con
la situacin lo mismo que lo haba hecho en la cantina. Empez a hablar con la misma voz
inexpresivo, moviendo apenas los labios. Era un leve murmullo apagado por las voces y el
estruendo del desfile.
Me oyes?
S.
61
George Orwell1984
Winston escriba en su Diario:
...
Le era dificil seguir. Cerr los ojos y apret las palmas de las manos contra ellos tratando de
borrar la visin interior. Senta una casi invencible tentacin de gritar una sarta de palabras. O de
golpearse la cabeza contra la pared, de arrojar el tintero por la ventana, de hacer, en fin, cualquier
acto violento, ruidoso, o doloroso, que le borrara el recuerdo que le atormentaba.
Nuestro peor enemigo, reflexion Winston, es nuestro sistema nervioso. En cualquier
momento, la tensin interior puede traducirse en cualquier sntoma visible. Pens en un hombre con
quien se haba cruzado en la calle semanas atrs: un hombre de aspecto muy corriente, un miembro
del Partido de treinta y cinco a cuarenta aos, alto y delgado, que llevaba una cartera de mano.
Estaban separados por unos cuantos metros cuando el lado izquierdo de la cara de aquel hombre se
contrajo de pronto en una especie de espasmo. Esto volvi a ocurrir en el momento en que se
cruzaban; fue slo un temblor rapidsimo como el disparo de un objetivo de cmara fotogrfica,
pero sin duda se trataba de un tic habitual. Winston recordaba haber pensado entonces: el pobre
hombre est perdido. Y lo aterrador era que el movimiento de los msculos era inconsciente. El
peligro mortal por excelencia era hablar en sueos. Contra eso no haba remedio.
Contuvo la respiracin y sigui escribiendo:
...
Le rechinaban los dientes. Le hubiera gustado escupir. A la vez que en la mujer del stano,
pens Winston en Katharine, su esposa. Winston estaba casado; es decir, haba estado casado.
Probablemente segua estndolo, pues no saba que su mujer hubiera muerto. Le pareci volver a
aspirar el insoportable olor de la cocina del stano, un olor a insectos, ropa sucia y perfume
baratsimo; pero, sin embargo, atraa, ya que ninguna mujer del Partido usaba perfume ni poda uno
imaginrsela perfumndose. Solamente los
se perfumaban, y ese olor evocaba en la mente,
de un modo inevitable, la fornicacin.
Cuando estuvo con aquella mujer, fue la primera vez que haba cado Winston en dos aos
aproximadamente. Por supuesto, toda relacin con prostitutas estaba prohibida, pero se admita que
alguna vez, mediante un acto de gran valenta, se permitiera uno infringir la ley. Era peligroso pero
no un asunto de vida o muerte, porque ser sorprendido con una prostituta slo significaba cinco
aos de trabajos forzados. Nunca ms de cinco aos con tal de que no se hubiera cometido otro
delito a la vez. Lo cual resultaba estupendo ya que haba la posibilidad de que no le descubrieran a
uno. Los barrios pobres abundaban en mujeres dispuestas a venderse. El precio de algunas era una
botella de ginebra, bebida que se suministraba a los proles. Tcitamente, el Partido se inclinaba a
estimular la prostitucin como salida de los instintos que no podan suprimirse. Esas juergas no
importaban polticamente ya que eran furtivas y tristes y slo implicaban a mujeres de una clase
sumergida y despreciada. El crimen imperdonable era la promiscuidad entre miembros del Partido.
Pero aunque ste era uno de los crmenes que los acusados confesaban siempre en las purgas
era casi imposible imaginar que tal desafuero pudiera suceder.
36
CAPITULO VI
George Orwell1984
Fue hace tres aos Era una tarde oscura, en una estrecha callejuela cerca de una de las
estaciones del ferrocarril. Ella, de pe, apoyada en la pared cerca de una puerta, reciba la luz
mortecina de un farol. Tena una cara
joven muy pintada. Lo que me atrajo fue la pintura, la
blancura de aquella cara que pareca una mscara y los labios rojos y brillantes. Las mujeres del
Partido nunca se pintan la cara. No haba nadie ms en la calle, ni telepantallas. Me dijo que dos
dlares. Yo
Entr con ella en el portal y cruzamos un patio para bajar luego a una cocina que estaba en
los stanos. Haba una cama contra la pared, y una lmpara en la mesilla con muy poca luz. Ella
proles
a la vez que se cree sinceramente en ellas, olvidar todo hecho que no convenga recordar, y luego,
cuando vuelva a ser necesario, sacarlo del olvido slo por el tiempo que convenga, negar la
existencia de la realidad objetiva sin dejar ni por un momento de saber que existe esa realidad que
se niega.... todo esto es indispensable. Incluso para usar la palabra
es preciso emplear
el doblepensar. Porque para usar la palabra se admite que se estn haciendo trampas con la realidad.
Mediante un nuevo acto de doblepensar se borra este conocimiento; y as indefinidamente,
mantenindose la mentira siempre unos pasos delante de la verdad. En definitiva, gracias al
doblepensar ha sido capaz el Partido y seguir sindolo durante miles de aos de parar el curso
de la Historia.
Todas las oligarquas del pasado han perdido el poder porque se anquilosaron o por haberse
reblandecido excesivamente. O bien se hacan estpidas y arrogantes, incapaces de adaptarse a las
nuevas circunstancias, y eran vencidas, o bien se volvan liberales y cobardes, haciendo concesiones
cuando debieron usar la fuerza, y tambin fueron derrotadas. Es decir, cayeron por exceso de
consciencia o por pura inconsciencia. El gran xito del Partido es haber logrado un sistema de
pensamiento en que tanto la consciencia como la inconsciencia pueden existir simultneamente. Y
ninguna otra base intelectual podra servirle al Partido para asegurar su permanencia. Si uno ha de
gobernar, y de seguir gobernando siempre, es imprescindible que desquicie el sentido de la realidad.
Porque el secreto del gobierno infalible consiste en combinar la creencia en la propia infalibilidad
con la facultad de aprender de los pasados errores.
No es preciso decir que los ms sutiles cultivadores del doblepensar son aquellos que lo
inventaron y que saben perfectamente que este sistema es la mejor organizacin del engao mental.
En nuestra sociedad, aquellos que saben mejor lo que est ocurriendo son a la vez los que estn ms
lejos de ver al mundo como realmente es. En general, a mayor comprensin, mayor autoengao: los
ms inteligentes son en esto los menos cuerdos. Un claro ejemplo de ello es que la histeria de guerra
aumenta en intensidad a medida que subimos en la escala social. Aquellos cuya actitud hacia la
guerra es ms racional son los sbditos de los territorios disputados. Para estas gentes, la guerra es
sencillamente una calamidad continua que pasa por encima de ellos con movimiento de marca. Para
ellos es completamente indiferente cul de los bandos va a ganar. Saben que un cambio de dueo
significa slo que seguirn haciendo el mismo trabajo que antes, pero sometidos a nuevos amos que
los tratarn lo mismo que los anteriores. Los trabajadores algo ms favorecidos, a los que llamamos
proles, slo se dan cuenta de un modo intermitente de que hay guerra. Cuando es necesario se les
inculca el frenes de odio y miedo, pero si se les deja tranquilos son capaces de olvidar durante
largos perodos que existe una guerra. Y en las filas del Partido sobre todo en las del Partido Interior
hallarnos el verdadero entusiasmo blico. Slo creen en la conquista del mundo los que saben que
es imposible. Esta peculiar trabazn de elementos opuestos conocimiento con ignorancia,
cinismo con fanatismo es una de las caractersticas distintivas de la sociedad ocenica. La
ideologa oficial abunda en contradicciones incluso cuando no hay razn alguna que las justifique.
As, el Partido rechaza y vilifica todos los principios que defendi en un principio el movimiento
socialista, y pronuncia esa condenacin precisamente en nombre del socialismo. Predica el
desprecio de las clases trabajadoras. Un desprecio al que nunca se haba llegado, y a la vez viste a
sus miembros con un uniforme que fue en tiempos el distintivo de los obreros manuales y que fue
adoptado por esa misma razn. Sistemticamente socava la solidaridad de la familia y al mismo
tiempo llama a su jefe supremo con un nombre que es una evocacin de la lealtad familiar. Incluso
los nombres de los cuatro ministerios que los gobiernan revelan un gran descaro al tergiversar
deliberadamente los hechos. El Ministerio de la Paz se ocupa de la guerra; El Ministerio de la
Verdad, de las mentiras; el Ministerio del Amor, de Ia tortura, y el Ministerio de la Abundancia, del
hambre. Estas contradicciones no son accidentales, no resultan de la hipocresa corriente. Son
ejercicios de doblepensar. Porque slo mediante la reconciliacin de las contradicciones es posible
retener el mando indefinidamente. Si no, se volvera al antiguo ciclo. Si la igualdad humana ha de
ser evitada para siempre, si los Altos, como los hemos llamado, han de conservar sus puestos de un
modo permanente, ser imprescindible que el estado mental predominante sea la locura controlada.
113
George Orwell1984
doblepensar
Se pregunt, como ya lo haba hecho muchas veces, si no estara l loco. Quizs un loco era
slo una minora de uno. Hubo una poca en que fue seal de locura creer que la tierra giraba en
torno al sol: ahora, era locura creer que el pasado es inalterable. Quiz fuera l el nico que sostena
esa creencia, y, siendo el nico, estaba loco. Pero la idea de ser un loco no le afectaba mucho. Lo
que le horrorizaba era la posibilidad de estar equivocado.
Cogi el libro de texto infantil y mir el retrato del Gran Hermano que llenaba la portada. Los
ojos hipnticos se clavaron en los suyos. Era como si una inmensa fuerza empezara a aplastarle a
uno, algo que iba penetrando en el crneo, golpeaba el cerebro por dentro, le aterrorizaba a uno y
llegaba casi a persuadirle que era de noche cuando era de da. Al final, el Partido anunciara que dos
y dos son cinco y habra que creerlo. Era inevitable que llegara algn da al dos y dos son cinco. La
lgica de su posicin lo exiga. Su filosofa negaba no slo la validez de la experiencia, sino que
existiera la realidad externa. La mayor de las herejas era el sentido comn. Y lo ms terrible no era
que le mataran a uno por pensar de otro modo, sino que pudieran tener razn. Porque, despus de
todo, cmo sabemos que dos y dos son efectivamente cuatro? O que la fuerza de la gravedad
existe. O que, el pasado no puede ser alterado. Y si el pasado y el mundo exterior slo existen en
nuestra mente y, siendo la mente controlable, tambin puede controlarse el pasado y lo que
llamamos la realidad?
No, no!; a Winston le volva el valor. El rostro de O'Brien, sin saber por qu, empez a
flotarle en la memoria; saba, con ms certeza que antes, que O'Brien estaba de su parte. Escriba
este Diario para O'Brien; era como una carta interminable que nadie leera nunca, pero que se
diriga a una persona determinada y que dependa de este hecho en su forma y en su tono.
El Partido os deca que negaseis la evidencia de vuestros ojos y odos. sta era su orden
esencial. El corazn de Winston se encogi al pensar en el enorme poder que tena enfrente, la
facilidad con que cualquier intelectual del Partido lo vencera con su dialctica, los sutiles
argumentos que l nunca podra entender y menos contestar. Y, sin embargo, era l, Winston, quien
tena razn. Los otros estaban equivocados y l no. Haba que defender lo evidente. El mundo
slido existe y sus leyes no cambian. Las piedras son duras, el agua moja, los objetos faltos de
apoyo caen en direccin al centro de la Tierra...
Con la sensacin de que hablaba con O'Brien, y tambin de que anotaba un importante
axioma, escribi:
44
George Orwell1984
La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro. Si se concede esto, todo lo
dems vendr por sus pasos contados.
Podemos volver a este sitio propuso Julia. En general, puede emplearse dos veces el
mismo escondite con tal de que se deje pasar uno o dos meses.
En cuanto se despert, la conducta de Julia haba cambiado. Tena ya un aire prevenido y fro.
Se visti, se puso el cinturn rojo y empez a planear el viaje de regreso. A Winston le pareca
natural que ella se encargara de esto. Evidentemente posea una habilidad para todo lo prctico que
Winston careca y tambin pareca tener un conocimiento completo del campo que rodeaba a
Londres. Lo haba aprendido a fuerza de tomar parte en excursiones colectivas. La ruta que le
seal era por completo distinta de la que l haba seguido al venir, y le conduca a otra estacin.
Nunca hay que regresar por el mismo camino de ida, sentenci ella, como si expresara un
importante principio general. Ella partira antes y Winston esperara media hora para emprender la
marcha a su vez.
Haba nombrado Julia un sitio donde podan encontrarse, despus de trabajar, cuatro das ms
tarde. Era una calle en uno de los barrios ms pobres donde haba un mercado con mucha gente y
ruido. Estara por all, entre los puestos, como si buscara cordones para los zapatos o hilo de coser.
Si le pareca que no haba peligro se llevara el pauelo a la nariz cuando se acercara Winston. En
caso contrario, sacara el pauelo. l pasara a su lado sin mirarla. Pero con un poco de suerte, en
medio de aquel gento podran hablar tranquilos durante un cuarto de hora y ponerse de acuerdo
para otra cita.
Ahora tengo que irme dijo la muchacha en cuanto vio que l se haba enterado bien de
sus instrucciones. Debo estar de vuelta a las diecinueve treinta. Tengo que dedicarme dos horas a
la Liga AntiSex repartiendo folletos o algo por el estilo. Verdad que es un asco? Sacdeme con
las manos. Ests seguro de que no tengo briznas en el cabello? Bueno, adis, amor mo; adis!
Se arroj en sus brazos, lo bes casi violentamente, poco despus desapareca por el bosque
sin hacer apenas ruido. Incluso ahora segua sin saber cmo se llamaba de apellido ni dnde viva.
Sin embargo, era igual, pues resultaba inconcebible que pudieran citarse en lugar cerrado ni
escribirse. Nunca volvieron al bosquecillo. Durante el mes de marzo slo tuvieron una ocasin de
estar juntos de aquella manera. Fue en otro escondite que conoca Julia, el campanario de una
ruinosa iglesia en una zona casi desierta donde una bomba atmica haba cado treinta aos antes.
Era un buen escondite una vez que se llegaba all, pero era muy peligroso, el viaie. Aparte de eso, se
vieron por las calles en un sitio diferente cada tarde v nunca ms de media hora cada vez. En la
calle era posible hablarse de cierra manera mezclados con la multitud, juntos, pero dando la
impresin de que era el movimiento de la masa lo que les haca estar tan cerca y teniendo buen
cuidado de no mirarse nunca, podan sostener una curiosa e intermitente conversacin que se
encenda y apagaba como los rayos de luz de un faro. En cuanto se aproximaba un uniforme del
Partido o caan cerca de una telepantalla, se callaban inmediatamente. Y reanudaban conversacin
minutos despus, empezando a la mitad de una frase que haban dejado sin terminar, y luego
volvan a cortar en seco cuando les llegaba el momento de separarse. Y al da, guiente seguan
hablando sin ms preliminares. Julia pareca estar muy acostumbrada a esta clase de conversacin,
que ella llamaba hablar por folletones. Tena adems una sorprenden habilidad para hablar sin
mover los labios, Una sola vez en un mes de encuentros nocturnos consiguieron darse un beso.
Pasaban en silencio por una calle. Julia nunca hablaba cuando estaban lejos de las calles principales
y en ese momento oyeron un ruido ensordecedor, la tierra tembl y se oscureci la atmsfera.
Winston se encontr tendido al lado de Julia magullado con un terrible pnico. Una bomba
cohete haba estallado muy cerca. De pronto se dio cuenta de que tena junto a la suya cara de Julia.
Estaba palidsima, hasta los labios los tena blancos. No era palidez, sino una blancura de sal.
Winston crey que estaba muerta. La abrazo en el suelo y se sorprendi de estar besando un rostro
vivo y clido. Es que se le haba llenado la cara del yeso pulverizado por la explosin. Tena la cara
68
CAPITULO III
George Orwell1984
Se despert con la sensacin de haber dormido mucho tiempo, pero una mirada al antiguo
reloj le dijo que eran slo las veinte y treinta. Sigui adormilado un rato; le despert otra vez la
habitual cancin del patio:
Esta cancin conservaba su popularidad. Se oa por todas partes. Haba sobrevivido a la
Cancin del Odio. Julia se despert al orla, se estir con lujuria y se levant.
Tengo hambre dijo. Vamos a hacer un poco de caf. Caramba! La estufa se ha
apagado y el agua est fra. Cogi la estufa y la sacudi. No tiene ya gasolina.
Supongo que el viejo Charrington podr dejarnos alguna dijo Winston.
Lo curioso es que me haba asegurado de que estuviera llena aadi ella. Parece que se
ha enfriado.
l tambin se levant y se visti. La incansable voz prosegua:
Mientras se apretaba el cinturn del mono, Winston se asom a la ventana. El sol deba de
haberse ocultado detrs de las casas porque ya no daba en el patio. El cielo estaba tan azul, entre las
chimeneas, que pareca recin lavado. Incansablemente, la lavandera segua yendo del lavadero a
las cuerdas, cantando y callndose y no dejaba de colgar paales. Se pregunt Winston si aquella
mujer lavara ropa como medio de vida, o si era la esclava de veinte o treinta nietos. Julia se acerc
a l; juntos contemplaron fascinados el ir y venir de la mujerona. Al mirarla en su actitud
caracterstica, alcanzando el tendedero con sus fuertes brazos, o al agacharse sacando sus poderosas
ancas, pens Winston, sorprendido, que era una hermosa mujer. Nunca se le haba ocurrido que el
cuerpo de una mujer de cincuenta aos, deformado hasta adquirir dimensiones monstruosas a causa
de los partos y endurecido, embastecido por el trabajo, pudiera ser un hermoso cuerpo. Pero as era,
y despus de todo, por qu no? El slido y deformado cuerpo, como un bloque de granito, y la
basta piel enrojecida guardaba la misma relacin con el cuerpo de una muchacha que un fruto con la
flor de su rbol. Y por qu va a ser inferior el fruto a la flor?
Es hermosa murmur.
Por lo menos tiene un metro de caderas dijo Julia.
115
CAPITULO X
George Orwell1984
Era slo una ilusin sin espera
que pas como un da de abril;
pero aquella mirada, aquella palabra
y los ensueos que despertaron
me robaron el corazn.
Dicen que el tiempo lo cura todo,
dicen que siempre se olvida,
pero las sonrisas y lgrimas
a lo largo de los aos
me retuercen el corazn
todo recordaba su continua hambre y las srdidas y feroces batallas a las horas de comer. Winston
le preguntaba a su madre, con reproche una y otra vez, por qu no haba ms comida. Gritaba y la
fastidiaba, descompuesto en su afn de lograr una parte mayor. Daba por descontado que l, el
varn, deba tener la racin mayor. Pero por mucho que la pobre mujer le diera, l peda
invariablemente ms. En cada comida la madre le suplicaba que no fuera tan egosta y recordase
que su hermanita estaba enferma y necesitaba alimentarse; pero era intil. Winston coga pedazos
de comida del plato de su hermanita y trataba de apoderarse de la fuente. Saba que con su conducta
condenaba al hambre a su madre y a su hermana, pero no poda evitarlo. Incluso crea tener derecho
a ello. El hambre que le torturaba pareca justificarlo. Entre comidas, si su madre no tena mucho
cuidado, se apoderaba de la escasa cantidad de alimento guardado en la alacena.
Un da dieron una racin de chocolate. Haca mucho tiempo meses enteros que no daban
chocolate. Winston recordaba con toda claridad aquel cuadrito oscuro y preciadsimo. Era una
tableta de dos onzas (por entonces se hablaba todava de onzas) que les corresponda para los tres.
Pareca lgico que la tableta fuera dividida en tres partes iguales. De pronto en el ensueo,
como si estuviera escuchando a otra persona, Winston se oy gritar exigiendo que le dieran todo el
chocolate. Su madre le dijo que no fuese ansioso. Discutieron mucho; hubo llantos, lloros,
reprimendas, regateos... su hermanita agarrndose a la madre con las dos manos exactamente
como una monita miraba a Winston con ojos muy abiertos y llenos de tristeza. Al final, la madre
le dio al nio las tres cuartas partes de la tableta y a la hermanita la otra cuarta parte. La pequea la
cogi y se puso a mirarla con indiferencia, sin saber quizs lo que era. Winston se la qued mirando
un momento. Luego, con un sbito movimiento, le arranc a la nena el trocito de chocolate y sali
huyendo.
Winston! Winston! le grit su madre. Ven aqu, devulvele a tu hermana el chocolate.
El nio se detuvo pero no regres a su sitio. Su madre lo miraba preocupadsima. Incluso en
ese momento, pensaba en aquello, en lo que haba de suceder de un momento a otro y que Winston
ignoraba. La hermanita, consciente de que le haban robado algo, rompi a llorar. Su madre la
abraz con fuerza. Algo haba en aquel gesto que le hizo comprender a Winston que su hermana se
mora. Sali corriendo escaleras abajo con el chocolate derritindosele entre los dedos.
Nunca volvi a ver a su madre. Despus de comerse el chocolate, se sinti algo avergonzado y
corri por las calles mucho tiempo hasta que el hambre le hizo volver. Pero su madre ya no estaba
all. En aquella poca, estas desapariciones eran normales. Todo segua igual en la habitacin. Slo
faltaban la madre y la hermanita. Ni siquiera se haba llevado el abrigo. Ni siquiera ahora estaba
seguro Winston de que su madre hubiera muerto. Era muy posible que la hubieran mandado a un
campo de trabajos forzados. En cuanto a su hermana, quizs se la hubieran llevado como hicieron
con el mismo Winston a una de las colonias de nios hurfanos (les llamaban Centros de
Reclamacin) que fueron una de las consecuencias de la guerra civil; o quizs la hubieran enviado
con la madre al campo de trabajos forzados o sencillamente la habran dejado morir en cualquier
rincn.
El ensueo segua vivo en su mente, sobre todo el gesto protector de la madre, que pareca
contener un profundo significado. Entonces record otro ensueo que haba tenido dos meses antes,
cuando se le haba aparecido hundindose sin cesar en aquel barco, pero sin dejar de mirarlo a l a
travs del agua que se oscureca por momentos.
Le cont a Julia la historia de la desaparicin de su madre. Sin abrir los ojos, la joven dio una
vuelta en la cama y se coloc en una posicin ms cmoda.
Ya me figuro que seras un cerdito en aquel tiempo dijo indiferente . Todos los nios
son unos cerdos.
87
George Orwell1984
tierra no es redonda, y se ejercitaba en no entender los argumentos que contradecan a esta
proposicin. No era fcil. Haba que tener una gran facultad para improvisar y razonar. Por ejemplo,
los problemas aritmticos derivados de la afirmacin dos y dos son cinco requeran una preparacin
intelectual de la que l careca. Adems para ello se necesitaba una mentalidad atltica, por decirlo
as. La habilidad de emplear la lgica en un determinado momento y en el siguiente desconocer los
ms burdos errores lgicos. Era tan precisa la estupidez como la inteligencia y tan diflcil de
conseguir.
Durante todo este tiempo, no dejaba de preguntarse con un rincn de su cerebro cunto
tardaran en matarlo. Todo depende de ti, le haba dicho O'Brien, pero Winston saba muy bien
que no poda abreviar ese plazo con ningn acto consciente. Podra tardar diez minutos o diez aos.
Podan tenerlo muchos aos aislado, mandarlo a un campo de trabajos forzados o soltarlo durante
algn tiempo, como solan hacer. Era perfectamente posible que antes de matarlo le hicieran
representar de nuevo todo el drama de su detencin, interrogatorios, etc. Lo cierto era que la muerte
nunca llegaba en un momento esperado. La tradicin no la tradicin oral, sino un conocimiento
difuso que le haca a uno estar seguro de ello aunque no lo hubiera odo nunca era que le mataban a
uno por detrs de un tiro en la nuca. Un tiro que llegaba sin aviso cuando le llevaban a uno de celda
en celda por un pasillo.
Un da cay en una ensoacin extraa. Se vea a s mismo andando por un corredor en espera
del disparo. Saba que dispararan de un momento a otro. Todo estaba ya arreglado, se haba
reconciliado plenamente con el Partido. No ms dudas ni ms discusiones; no ms dolor ni miedo.
Tena el cuerpo saludable y fuerte. Andaba con gusto, contento de moverse l solo. Ya no iba por
los estrechos y largos pasillos del Ministerio del Amor, sino por un pasadizo de enorme anchura
iluminado por el sol, un corredor de un kilmetro de anchura por el cual haba transitado ya en
aquel delirio que le produjeron las drogas. Se hallaba en el Pas Dorado siguiendo unas huellas en
los pastos rodos por los conejos. Senta el muelle csped bajo sus pies y la dulce tibieza del sol. Al
borde del campo haba unos olmos cuyas hojas se movan levemente y algo ms all corra el
arroyo bajo los sauces.
De pronto se despert horrorizado. Le sudaba todo el cuerpo. Se haba odo a s mismo
gritando:
Julia! Julia! Julia! Amor mo! Julia.
Durante un momento haba tenido una impresionante alucinacin de su presencia. No slo
pareca que Julia estaba con l, sino dentro de l. Era como si la joven tuviera su misma piel. En
aquel momento la haba querido ms que nunca. Adems, saba que se encontraba viva y necesitaba
de su ayuda.
Se tumb en la cama y trat de tranquilizarse. Qu haba hecho? Cuntos aos de
servidumbre se haba echado encima por aquel momento de debilidad?
Al cabo de unos instantes oira los pasos de las botas. Era imposible que dejaran sin castigar
aquel estallido. Ahora sabran, si no lo saban ya antes, que l haba roto el convenio tcito que tena
con ellos. Obedeca al Partido, pero segua odindolo. Antes ocultaba un espritu hertico bajo una
apariencia conformista. Ahora haba retrocedido otro paso: en su espritu se haba rendido, pero con
la esperanza de mantener inviolable lo esencial de su corazn, Winston saba que estaba
equivocado, pero prefera que su error hubiera salido a la superficie de un modo tan evidente.
O'Brien lo comprendera. Aquellas estpidas exclamaciones haban sido una excelente confesin.
Tendra que empezar de nuevo. Aquello iba a durar aos y aos. Se pas una mano por la cara
procurando familiarizarse con su nueva forma. Tena profundas arrugas en las mejillas, los pmulos
angulosos y la nariz aplastada. Adems, desde la ltima vez en que se vio en el espejo tena una
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George Orwell1984
respecto a la telepantalla de manera que el observador pudiera leer bien lo que escriba, apunt la
direccin. Arranc la hoja y se la dio a Winston.
Suelo estar en casa por las tardes dijo. Si no, mi criado te dar el diccionario.
Ya se haba marchado dejando a Winston con el papel en la mano. Esta vez no haba
necesidad de ocultar nada. Sin embargo, grab en la memoria las palabras escritas, y horas despus
tir el papel en el agujero de la memoria junto con otros.
No haban hablado ms de dos minutos. Aquel breve episodio slo poda tener un significado.
Era una manera de que Winston pudiera saber la direccin de O'Brien. Aquel recurso era necesario
porque a no ser directamente, nadie poda saber dnde viva otra persona. No haba guas de
direcciones. Si quieres verme, ya sabes dnde estoy, era en resumen lo que O'Brien le haba
estado diciendo. Quizs se encontrara en el diccionario algn mensaje. De todos modos lo cierto era
que la conspiracin con que l soaba exista efectivamente y que haba entrado ya en contacto con
ella.
Winston saba que ms pronto o ms tarde obedecera la indicacin de O'Brien. Quizs al da
siguiente, quizs al cabo de mucho tiempo, no estaba seguro. Lo que suceda era slo la puesta en
marcha de un proceso que haba empezado a incubarse varios aos antes. El primer paso consisti
en un pensamiento involuntario y secreto; el segundo fue el acto de abrir el Diario. Aquello haba
pasado de los pensamientos a las palabras, y ahora, de las palabras a la accin. El ltimo paso
tendra lugar en el Ministerio del Amor. Pero Winston ya lo haba aceptado. El final de aquel asunto
estaba implcito en su comienzo. De todos modos, asustaba un poco; o, con ms exactitud, era un
pregusto de la muerte, como estar ya menos vivo. Incluso mientras hablaba O'Brien y penetraba en
l el sentido de sus palabras, le haba recorrido un escalofro. Fue como si avanzara hacia la
humedad de una tumba y la impresin no disminua por el hecho de que l hubiera sabido siempre
que la tumba estaba all esperndole.
85
George Orwell1984
Winston se puso en pie. El choque emocional de ver a aquel hombre le hizo abandonar toda
preocupacin. Por primera vez en muchos aos, olvid la presencia de la telepantalla.
Tambin a ti te han cogido! exclam.
Hace mucho tiempo que me han cogido repuso O'Brien con una irona suave y como si
lo lamentara.
Se apart un poco para que pasara un corpulento guardia que tena una larga porra negra en la
mano.
Ya sabas que ocurrira esto, Winston dijo O'Brien. No te engaes a ti mismo. Lo
sabas... Siempre lo has sabido.
S, ahora comprenda que siempre lo haba sabido. Pero no haba tiempo de pensar en ello.
Slo tena ojos para la porra que se balanceaba en la mano del guardia. El golpe poda caer en
cualquier parte de su cuerpo: en la coronilla, encima de la oreja, en el antebrazo, en el codo...
En el codo! Dio un brinco y se qued casi paralizado sujetndose con la otra mano el codo
golpeado. Haba visto luces amarillas. Era inconcebible que un solo golpe pudiera causar tanto
dolor! Cay al suelo. Volvi a ver claro. Los otros dos lo miraban desde arriba. El guardia se rea de
sus contorsiones. Por lo menos, ya saba una cosa, jams, por ninguna razn del mundo, puede uno
desear un aumento de dolor. Del dolor fsico slo se puede desear una cosa: que cese. Nada en el
mundo es tan malo como el dolor fsico. Ante eso no hay hroes. No hay hroes, pens una y otra
vez mientras se retorca en el suelo, sujetndose intilmente su inutilizado brazo izquierdo.
127
George Orwell1984
centenares de bombas en los centros industriales, principalmente de la Rusia Europea, Europa
Occidental y Norteamrica. El objeto perseguido era convencer a los gobernantes de todos los
pases que unas cuantas bombas ms terminaran con la sociedad organizada y por tanto con su
poder. A partir de entonces, y aunque no se lleg a ningn acuerdo formal, no se arrojaron ms
bombas atmicas. Las potencias actuales siguen produciendo bombas atmicas y almacenndolas
en espera de la oportunidad decisiva que todos creen llegar algn da. Mientras tanto, el arte de la
guerra ha permanecido estacionado durante treinta o cuarenta aos. Los autogiros se usan ms que
antes, los aviones de bombardeo han sido sustituidos en gran parte por los proyectiles
autoimpulsados y el frgil tipo de barco de guerra fue reemplazado por las fortalezas flotantes, casi
imposibles de hundir. Pero, aparte de ello, apenas ha habido adelantos blicos. Se siguen usando el
tanque, el submarino, el torpedo, la ametralladora e incluso el rifle y la granada de mano. Y, a pesar
de las interminables matanzas comunicadas por la Prensa y las telepantallas, las desesperadas
batallas de las guerras anteriores en las cuales moran en pocas semanas centenares de miles e
incluso millones de hombres no han vuelto a repetirse.
Ninguno de los tres superestados intenta nunca una maniobra que suponga el riesgo de una
seria derrota. Cuando se lleva a cabo una operacin de grandes proporciones, suele tratarse de un
ataque por sorpresa contra un aliado. La estrategia que siguen los tres superestados o que
pretenden seguir es la misma. Su plan es adquirir, mediante una combinacin, un anillo de bases
que rodee completamente a uno de los estados rivales para firmar luego un pacto de amistad con ese
rival y seguir en relaciones pacficas con l durante el tiempo que sea preciso para que se confen.
En este tiempo, se almacenan bombas atmicas en los sitios estratgicos. Esas bombas, cargadas en
los cohetes, sern disparadas algn da simultneamente, con efectos tan devastadores que no habr
posibilidad de respuesta. Entonces se firmar un pacto de amistad con la otra potencia, en
preparacin de un nuevo ataque. No es preciso advertir que este plan es un ensueo de imposible
realizacin. Nunca hay verdadera lucha a no ser en las zonas disputadas en el Ecuador y en los
Polos: no hay invasiones del territorio enemigo. Lo cual explica que en algunos sitios sean
arbitrarias las fronteras entre los superestados. Por ejemplo, Eurasia podra conquistar fcilmente las
Islas Britnicas, que forman parte, geogrficamente, de Europa, y tambin sera posible para
Oceana avanzar sus fronteras hasta el Rin e incluso hasta el Vstula. Pero esto violara el principio
seguido por todos los bandos, aunque nunca formulado de la integridad cultural. As, si
Oceana conquistara las reas que antes se conocan con los nombres de Francia y Alemania, sera
necesario exterminar a todos sus habitantes tarea de gran dificultad fsica o asimilarse una
poblacin de un centenar de millones de personas que, en lo tcnico, estn a la misma altura que los
ocenicos. El problema es el mismo para todos los superestados, siendo absolutamente
imprescindible aue su estructura no entre en contacto con extranjeros, excepto en reducidas
proporciones con prisioneros de guerra y esclavos de color. Incluso el aliado oficial del momento es
considerado con mucha suspicacia. El ciudadano medio de Oceana nunca ve a un ciudadano de
Eurasia ni de Asia Oriental aparte de los prisioneros y se le prohibe que aprenda lenguas
extranjeras. Si se le permitiera entrar en relacin con extranjeros, descubrira que son criaturas
iguales a l en lo esencial y que casi todo lo que se le ha dicho sobre ellos es una sarta de mentiras.
Se rompera as el mundo cerrado y en que vive y quiz desaparecieran el miedo, el odio y la rigidez
fantica en que se basa su moral. Se admite, por tanto, en los tres Estados que por mucho que
cambien de manos Persia, Egipto, Java o Ceiln, las fronteras principales nunca podrn ser cruzadas
ms que por las bombas.
Bajo todo esto hallamos un hecho al que nunca se alude, pero admitido tcitamente y sobre el
que se basa toda conducta oficial, a saber: que las condiciones de vida de los tres superestados son
casi las mismas. En Oceana prevalece la ideologa llamada Ingsoc, en Eurasia el neobolchevismo y
en Asia Oriental lo que se conoce por un nombre chino que suele traducirse por adoracin de la
muerte, pero que quiz quedara mejor expresado como desaparicin del yo. Al ciudadano de
Oceana no se le permite saber nada de las otras dos ideologas, pero se le ensea a condenarlas
como brbaros insultos contra la moralidad y el sentido comn. La verdad es que apenas pueden
104
George Orwell1984
Estis dispuestos a suicidaros si os lo ordenamos y en el momento en que lo ordensemos?
S.
Estis dispuestos, los dos, a separaros y no volveros a ver nunca?
No
interrumpi Julia.
A Winston le pareci que haba pasado muchsimo tiempo antes de contestar. Durante algunos
momentos crey haber perdido el habla. Se le mova la lengua sin emitir sonidos, formando las
primeras slabas de una palabra y luego de otra. Hasta que lo dijo, no saba qu palabra iba a decir:
No dijo por fin.
Hacis bien en decrmelo repuso O'Brien. Es necesario que lo conozcamos todo.
Se volvi hacia Julia y aadi con una voz algo ms animada:
Te das cuenta de que, aunque l sobreviviera, sera una persona diferente? Podramos
vernos obligados a darle una nueva identidad. Le cambiaramos la cara, los movimientos, la forma
de sus manos, el color del pelo... hasta la voz, y t tambin podras convertirte en una persona
distinta. Nuestros cirujanos transforman a las personas de manera que es imposible reconocerlas. A
veces, es necesario. En ciertos casos, amputamos algn miembro.
Winston no pudo evitar otra mirada de soslayo a la cara monglica de Martn. No se le
notaban cicatrices. Julia estaba algo ms plida y le resaltaban las pecas, pero mir a O'Brien con
valenta. Murmur algo que pareca conformidad.
Bueno. Entonces ya est todo arreglado dijo O'Brien.
Sobre la mesa haba una caja de plata con cigarrillos. Con aire distrado, O'Brien la fue
acercando a los otros. Tom l un cigarrillo, se levant y empez a pasear por la habitacin como si
de este modo pudiera pensar mejor. Eran cigarrillos muy buenos; no se les caa el tabaco y el papel
era sedoso. O'Brien volvi a mirar su reloj de pulsera.
Vuelve a tu servicio, Martn dijo. Volver a poner en marcha la telepantalla dentro de
un cuarto de hora. Fjate bien en las caras de estos camaradas antes de salir. Es posible que los
vuelvas a ver. Yo quiz no.
Exactamente como haban hecho al entrar, los ojos oscuros del hombrecillo recorrieron
rpidos los rostros de Julia y Winston. No haba en su actitud la menor afabilidad. Estaba
registrando unas facciones, grabndoselas, pero no senta el menor inters por ellos o pareca no
sentirlo. Se le ocurri a Winston que quizs un rostro transformado no fuera capaz de variar de
expresin. Sin hablar ni una palabra ni hacer el menor gesto de despedida, sali Martn, cerrando
silenciosamente la puerta tras l. O'Brien segua paseando por la estancia con una mano en el
bolsillo de su mono negro y en la otra el cigarrillo.
Ya comprenderis dijo que tendris que luchar a oscuras. Siempre a oscuras.
Recibiris rdenes y las obedeceris sin saber por qu. Ms adelante os mandar un libro que os
aclarar la verdadera naturaleza de la sociedad en que vivimos y la estrategia que hemos de emplear
para destruirla. Cuando hayis ledo el libro, seris plenamente miembros de la Hermandad. Pero
entre los fines generales por los que luchamos y las tareas inmediatas de cada momento habr un
vaco para vosotros sobre el que nada sabris. Os digo que la Hermandad existe, pero no puedo
deciros si la constituyen un centenar de miembros o diez millones. Por vosotros mismos no llegaris
93
George Orwell1984
Al momento, se le volvi roja la cara y los ojos empezaron a llorarle. Este lquido era como
cido ntrico; adems, al tragarlo, se tena la misma sensacin que si le dieran a uno un golpe en la
nuca con una porra de goma. Sin embargo, unos segundos despus, desapareca la incandescencia
del vientre y el mundo empezaba a resultar ms alegre. Winston sac un cigarrillo de una cajetilla
sobre la cual se lea:
y como lo tena cogido verticalmente por
distraccin, se le vaci en el suelo. Con el prximo pitillo tuvo ya cuidado y el tabaco no se sali.
Volvi al cuarto de estar y se sent ante una mesita situada a la izquierda de la telepantalla. Del
cajn sac un portaplumas, un tintero y un grueso libro en blanco de tamao inquarto, con el
lomo rojo y cuyas tapas de cartn imitaban el mrmol.
Por alguna razn la telepantalla del cuarto de estar se encontraba en una posicin inslita. En
vez de hallarse colocada, como era normal, en la pared del fondo, desde donde podra dominar toda
la habitacin, estaba en la pared ms larga, frente a la ventana. A un lado de ella haba una alcoba
que apenas tena fondo, en la que se haba instalado ahora Winston. Era un hueco que, al ser
construido el edificio, habra sido calculado seguramente para alacena o biblioteca. Sentado en
aquel hueco y situndose lo ms dentro posible, Winston poda mantenerse fuera del alcance de la
telepantalla en cuanto a la visualidad, ya que no poda evitar que oyera sus ruidos. En parte, fue la
misma distribucin inslita del cuarto lo que le indujo a lo que ahora se dispona a hacer.
Pero tambin se lo haba sugerido el libro que acababa de sacar del cajn. Era un libro
excepcionalmente bello. Su papel, suave y cremoso, un poco amarillento por el paso del tiempo, por
lo menos haca cuarenta aos que no se fabricaba. Sin embargo, Winston supona que el libro tena
muchos aos ms. Lo haba visto en el escaparate de un establecimiento de compraventa en un
barrio miserable de la ciudad (no recordaba exactamente en qu barrio haba sido) y en el
mismsimo instante en que lo vio, sinti un irreprimible deseo de poseerlo. Los miembros del
Partido no deben entrar en las tiendas corrientes (a esto se le llamaba, en tono de severa censura,
traficar en el mercado libre), pero no se acataba rigurosamente esta prohibicin porque haba
varios objetos como cordones para los zapatos y hojas de afeitar que era imposible adquirir de
otra manera. Winston, antes de entrar en la tienda, haba mirado en ambas direcciones de la calle
para asegurarse de que no vena nadie y, en pocos minutos, adquiri el libro por dos dlares
cincuenta. En aquel momento no saba exactamente para qu deseaba el libro. Sintindose culpable
se lo haba llevado a su casa, guardado en su cartera de mano. Aunque estuviera en blanco, era
comprometido guardar aquel libro.
Lo que ahora se dispona Winston a hacer era abrir su Diario. Esto no se consideraba ilegal
(en realidad, nada era ilegal, ya que no existan leyes), pero si lo detenan poda estar seguro de que
lo condenaran a muerte, o por lo menos a veinticinco aos de trabajos forzados. Winston puso un
plumn en el portaplumas y lo chup primero para quitarle la grasa. La pluma era ya un instrumento
arcaico. Se usaba rarsimas veces, ni siquiera para firmar, pero l se haba procurado una,
furtivamente y con mucha dificultad, simplemente porque tena la sensacin de que el bello papel
cremoso mereca una pluma de verdad en vez de ser rascado con un lpiz tinta. Pero lo malo era que
no estaba acostumbrado a escribir a mano. Aparte de las notas muy breves, lo corriente era
dictrselo todo al
totalmente inadecuado para las circunstancias actuales. Moj la
pluma en la tinta y luego dud unos instantes. En los intestinos se le haba producido un ruido que
poda delatarle. El acto trascendental, decisivo, era marcar el papel. En una letra pequea e inhbil
escribi:
Se ech hacia atrs en la silla. Estaba absolutamente desconcertado. Lo primero que no saba
con certeza era si aquel era,
el ao 1984. Desde luego, la fecha haba de ser aqulla muy
aproximadamente, puesto que l haba nacido en 1944 o 1945, segn crea; pero, cualquiera va a
saber hoy en qu ao vive!, se deca Winston.
Y se le ocurri de pronto preguntarse: Para qu estaba escribiendo l este diario? Para el
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George Orwell1984
Cigarrillos de la Victoria,
hablescribe,
4 de abril de 1984
de verdad,
161
APENDICE
George Orwell1984
Winston contuvo la respiracin. Abri la boca para hablar, pero no pudo. Era incapaz de
apartar los ojos del disco numerado.
La verdad, por favor, Winston. Tu verdad. Dime lo que creas recordar.
Recuerdo que hasta una semana antes de haber sido yo detenido, no estbamos en guerra
con Asia Oriental en absoluto. ramos aliados de ella. La guerra era contra Eurasia. Una guerra que
haba durado cuatro aos. Y antes de eso...
O'Brien lo hizo callar con un movimiento de la mano.
Otro ejemplo. Hace algunos aos sufriste una obcecacin muy seria. Creste que tres
hombres que haban sido miembros del Partido, llamados Jones, Aaronson y Rutherford unos
individuos que fueron ejecutados por traicin y sabotaje despus de haber confesado todos sus
delito. creste, repito, que no eran culpables de los delitos de que s les acusaba. Creste que
habas visto una prueba documental innegable que demostraba que sus confesiones haban sido
forzadas y falsas. Sufriste una alucinacin que te hizo ver cierta fotografa. Llegaste a creer que la
habas tenido en tus manos. Era una foto como sta.
Entre los dedos de O'Brien haba aparecido un recorte de peridico que pas ante la vista de
Winston durante unos cinco segundos. Era una foto de peridico y no poda dudarse cul. S, era la
fotografa; otro ejemplar del retrato de Jones, Aaronson y Rutherford en el acto del Partido
celebrado en Nueva York, aquella foto que Winston haba descubierto por casualidad once aos
antes y haba destruido en seguida. Y ahora haba vuelto a verla. Slo unos instantes, pero estaba
seguro de haberla visto otra vez. Hizo un desesperado esfuerzo por incorporarse. Pero era imposible
moverse ni siquiera un centmetro. Haba olvidado hasta la existencia de la amenazadora palanca.
Slo quera volver a coger la fotografa, o por lo menos verla ms tiempo.
Existe! grit.
No dijo O'Brien.
Cruz la estancia. En la pared de enfrente haba un agujero de la memoria. O'Brien levant
la rejilla. El pedazo de papel sali dando vueltas en el torbellino de aire caliente y se deshizo en una
fugaz llama. O'Brien volvi junto a Winston.
Cenizas dijo. Ni siquiera cenizas identificables. Polvo. Nunca ha existido.
Pero existi! Existe! S, existe en la memoria. Lo recuerdo. Y t tambin lo recuerdas.
Yo no lo recuerdo dijo O'Brien.
Winston se desanim. Aquello era doblepensar. Sinti un mortal desamparo. Si hubiera estado
seguro de que O'Brien menta, se habra quedado tranquilo. Pero era muy posible que O'Brien
hubiera olvidado de verdad la fotografa. Y en ese caso habra olvidado ya su negativa de haberla
recordado y tambin habra olvidado el acto de olvidarlo. Cmo poda uno estar seguro de que
todo esto no era ms que un truco? Quizs aquella demencial dislocacin de los pensamientos
pudiera tener una realidad efectiva. Eso era lo que ms desanimaba a Winston.
O'Brien lo miraba pensativo. Ms que nunca, tena el aire de un profesor esforzndose por
llevar por buen camino a un chico descarriado, pero prometedor.
Hay una consigna del Partido sobre el control del pasado. Reptela, Winston, por favor.
El que controla el pasado controla el futuro; y el que controla el presente controla el pasado
repiti Winston, obediente.
131
George Orwell1984
Del fondo del pasillo llegaba un aroma a caf tostado caf de verdad, no caf de la Victoria
, un aroma penetrante. Winston se detuvo involuntariamente. Durante unos segundos volvi al
mundo medio olvidado de su infancia. Entonces se oy un portazo y el delicioso olor qued cortado
tan de repente como un sonido.
Winston haba andado varios kilmetros por las calles y se le haban irritado sus varices. Era
la segunda vez en tres semanas que no haba llegado a tiempo a una reunin del Centro Comunal, lo
cual era muy peligroso ya que el nmero de asistencias al Centro era anotado cuidadosamente. En
principio, un miembro del Partido no tena tiempo libre y nunca estaba solo a no ser en la cama. Se
supona que, de no hallarse trabajando, comiendo, o durmiendo, estara participando en algn recreo
colectivo. Hacer algo que implicara una inclinacin a la soledad, aunque slo fuera dar un paseo,
era siempre un poco peligroso. Haba una palabra para ello en neolengua:
es decir,
individualismo y excentricidad. Pero esa tarde, al salir del Ministerio, el aromtico aire abrileo le
haba tentado. El cielo tena un azul ms intenso que en todo el ao y de pronto le haba resultado
intolerable a Winston la perspectiva del aburrimiento, de los juegos anotadores, de las conferencias,
de la falsa camaradera lubricada por la ginebra... Sinti el impulso de marcharse de la parada del
autobs y callejear por el laberinto de Londres, primero hacia el Sur, luego hacia el Este y otra vez
hacia el Norte, perdindose por calles desconocidas y sin preocuparse apenas por la direccin que
tomaba.
Si hay esperanza habra escrito en el Diario, est en los proles. Estas palabras le
volvan como afirmacin de una verdad mstica y de un absurdo palpable. Penetr por los suburbios
del Norte y del Este alrededor de lo que en tiempos haba sido la estacin de San Pancracio.
Marchaba por una calle empedrada, cuyas viejas casas slo tenan dos pisos y cuyas puertas abiertas
descubran los srdidos interiores. De trecho en trecho haba charcos de agua sucia por entre las
piedras. Entraban y salan en las casuchas y llenaban las callejuelas infinidad de personas:
muchachas en la flor de la edad con bocas violentamente pintadas, muchachos que perseguan a las
jvenes, y mujeres de cuerpos obesos y bamboleantes, vivas pruebas de lo que seran las muchachas
cuando tuvieran diez aos ms, ancianos que se movan dificultosamente y nios descalzos que
jugaban en los charcos y salan corriendo al or los irritados chillidos de sus madres. La cuarta parte
de las ventanas de la calle estaban rotas y tapadas con cartones. La mayora de la gente no prestaba
atencin a Winston. Algunos lo miraban con cauta curiosidad. Dos monstruosas mujeres de brazos
rojizos cruzados sobre los delantales, hablaban en una de las puertas. Winston oy algunos retazos
de la conversacin.
Pues, s, fui y le dije: Todo eso est muy bien, pero si hubieras estado en mi lugar hubieras
hecho lo mismo que yo. Es muy sencillo eso de criticar le dije , pero t no tienes los mismos
problemas que yo.
Claro dijo la otra, ah est la cosa. Cada uno sabe lo suyo.
Estas voces estridentes se callaron de pronto. Las mujeres observaron a Winston con hostil
silencio cuando pas ante ellas. Pero no era exactamente hostilidad sino una especie de alerta
momentnea como cuando nos cruzamos con un animal desconocido. El mono azul del Partido
no se vea con frecuencia en una calle como sta. Desde luego, era muy poco prudente que lo vieran
a uno en semejantes sitios a no ser que se tuviera algo muy concreto que hacer all: Las patrullas le
detenan a uno en cuanto lo sorprendan en una calle de proles y le preguntaban: Quieres
ensearme la documentacin camarada? Qu haces por aqu? A qu hora saliste del trabajo?
Tienes la costumbre de tomar este camino para ir a tu casa?, y as sucesivamente. No es que
hubiera una disposicin especial prohibiendo regresar a casa por un camino inslito, mas era lo
suficiente para hacerse notar si la Polica del Pensamiento lo descubra.
45
CAPITULO VIII
George Orwell1984
vidapropia,
Winston mir hacia el vestbulo. En la cabina de enfrente trabajaba un hombre pequeito, de
aire eficaz, llamado Tillotson, con un peridico doblado sobre sus rodillas y la boca muy cerca de la
bocina del hablescribe. Daba la impresin de que lo que deca era un secreto entre l y la
telepantalla. Levant la vista y los cristales de sus gafas le lanzaron a Winston unos reflejos
hostiles.
Winston no conoca apenas a Tillotson ni tena idea de la clase de trabajo que le haban
encomendado. Los funcionarios del Departamento del Registro no hablaban de sus tareas. En el
largo vestbulo, sin ventanas, con su doble fila de cabinas y su interminable ruido de peridicos y el
murmullo de las voces junto a los hablescribe, haba por lo menos una docena de personas a las que
Winston no conoca ni siquiera de nombre, aunque los vea diariamente apresurndose por los
pasillos o gesticulando en los Dos Minutos de Odio. Saba que en la cabina vecina a la suya la
mujercilla del cabello arenoso trabajaba en descubrir y borrar en los nmeros atrasados de la Prensa
los nombres de las personas
las cuales se consideraba que nunca haban existido. Ella
estaba especialmente capacitada para este trabajo, ya que su propio marido haba sido
dos aos antes. Y pocas cabinas ms all, un individuo suave, soador e ineficaz, llamado
Ampleforth, con orejas muy peludas y un talento sorprendente para rimar y medir los versos, estaba
encargado de producir los textos definitivos de poemas que se haban hecho ideolgicamente
ofensivos, pero que, por una u otra razn, continuaban en las antologas. Este vestbulo, con sus
cincuenta funcionarios, era slo una subseccin, una pequesirna clula de la enorme complejidad
del Departamento de Registro. Ms all, arriba, abajo, trabajaban otros enjambres de funcionarios
en multitud de tareas increbles. All estaban las grandes imprentas con sus expertos en tipografa y
sus bien dotados estudios para la falsificacin de fotografas. Haba la seccin de teleprogramas con
sus ingenieros, sus directores y equipos de actores escogidos especialmente por su habilidad para
imitar voces. Haba tambin un gran nmero de empleados cuya labor slo consista en redactar
listas de libros y peridicos que deban ser repasados. Los documentos corregidos se guardaban y
los ejemplares originales eran destruidos en hornos ocultos. Por ltimo, en un lugar desconocido
estaban los cerebros directores que coordinaban todos estos esfuerzos y establecan las lneas
polticas segn las cuales un fragmento del pasado haba de ser conservado, falsificado otro, y otro
borrado de la existencia.
El Departamento de Registro, despus de todo, no era ms que una simple rama del Ministerio
de la Verdad, cuya principal tarea no era reconstruir el pasado, sino proporcionarles a los
ciudadanos de Oceana peridicos, pelculas, libros de texto, programas de telepantalla, comedias,
novelas, con toda clase de informacin, instruccin o entretenimiento. Fabricaban desde una estatua
a un
de un poema lrico a un tratado de biologa y desde la cartilla de los prvulos hasta el
diccionario de neolengua...Y el Ministerio no slo tena que atender a las mltiples necesidades del
Partido, sino repetir toda la operacin en un nivel ms bajo a beneficio del proletariado. Haba toda
una cadena de secciones separadas que se ocupaban de la literatura, la msica, el teatro y, en
general, de todos los entretenimientos para los proletarios. All se producan peridicos que no
contenan ms que informaciones deportivas, sucesos y astrologa, noveluchas sensacionalistas,
pelculas que rezumaban sexo y canciones sentimentales compuestas por medios exclusivamente
mecnicos en una especie de calidoscopio llamado
Haba incluso una seccin conocida
en neolengua con el nombre de
encargada de producir pornografa de clase nfima y que
era enviada en paquetes sellados que ningn miembro del Partido, aparte de los que trabajaban en la
seccin, poda abrir.
Haban salido tres mensajes por el tubo neumtico mientras Winston trabajaba, pero se trataba
de asuntos corrientes y los haba despachado antes de ser interrumpido por los Dos Minutos de
Odio. Cuando el odio termin, volvi Winston a su cabina, sac del estante el diccionario de
neolengua, apart a un lado el hablescribe, se limpi las gafas y se dedic a su principal cometido
de la maana.
25
George Orwell1984
vaporizadas,
vaporizado
slogan,
versificador
Pornosec,
Mira cmo trabaja hasta en la hora de comer dijo Parsons, guindole un ojo a Winston
. Eso es lo que se llama aplicacin. Qu tienes ah, chico? Seguro que es algo demasiado
intelectual para m. Oye, Smith, te dir por qu te andaba buscando, es para la
Olvidaste darme
el dinero.
es esa? dijo Winston buscndose el dinero automticamente. Por lo menos una
cuarta parte del sueldo de cada uno iba a parar a las subscripciones voluntarias. stas eran tan
abundantes que resultaba muy difcil llevar la cuenta.
Para la Semana del Odio. Ya sabes que soy el tesorero de nuestra manzana. Estamos
haciendo un gran esfuerzo para que nuestro grupo de casas aporte ms que nadie. No ser culpa ma
si las Casas de la Victoria no presentan el mayor despliegue de banderas de toda la calle. Me
prometiste dos dlares.
Winston, despus de rebuscar en sus bolsillos, sac dos billetes grasientos y muy arrugados
que Parsons meti en una carterita y anot cuidadosamente.
A propsito, chico dijo, me he enterado de que mi cro te dispar ayer su tirachinas.
Ya le he arreglado las cuentas. Le dije que si lo volva a hacer le quitara el tirachinas.
Me parece que estaba un poco fastidiado por no haber ido a la ejecucin dijo Winston.
Hombre, no est mal; eso demuestra que el muchacho es de fiar. Son muy traviesos, pero,
eso s, no piensan ms que en los espas; y en la guerra, naturalmente. Sabes lo que hizo mi
chiquilla el sbado pasado cuando su tropa fue de excursin a Berkhamstead? La acompaaban
otras dos nias. Las tres se separaron de la tropa, dejaron las bicicletas a un lado del camino y se
pasaron toda la tarde siguiendo a un desconocido. No perdieron de vista al hombre durante dos
horas, a campo traviesa, por los bosques... En fin, que, en cuanto llegaron a Amersham, lo
entregaron a las patrullas.
Por qu lo hicieron? pregunt Winston, sobresaltado a pesar suyo. Parsons prosigui,
triunfante:
Mi chica se asegur de que era un agente enemigo... Probablemente, lo dejaron caer con
paracadas. Pero fjate en el talento de la criatura: en qu supones que le conoci al hombre que era
un enemigo? Pues not que llevaba unos zapatos muy raros. S, mi nia dijo que no haba visto a
nadie con unos zapatos as; de modo que la cosa estaba clara. Era un extranjero. Para una nia de
siete aos, no est mal, verdad?
Y qu le pas a ese hombre? se interes Winston.
Eso no lo s, naturalmente. Pero no me sorprendera que... Parsons hizo el ademn de
disparar un fusil y chasque la lengua imitando el disparo.
Muy bien dijo Syme abstrado, sin levantar la vista de sus apuntes.
Claro, no podemos permitirnos correr el riesgo... asinti Winston, nada convencido.
Por supuesto, no hay que olvidar que estamos en guerra.
Como para confirmar esto, un trompetazo sali de la telepantalla vibrando sobre sus cabezas.
Pero esta vez no se trataba de la proclamacin de una victoria militar, sino slo de un anuncio del
Ministerio de la Abundancia.
Camaradas! exclam una voz juvenil y resonante. Atencin, camaradas! Tenemos
gloriosas noticias que comunicaros! Hemos ganado la batalla de la produccin. Tenemos ya todos
32
George Orwell1984
sub.
Qu sub
modos, mientras Winston pronunciara esa verdad, la continuidad no se rompera. La herencia
humana no se continuaba porque uno se hiciera or sino por el hecho de permanecer cuerdo. Volvi
a la mesa, moj en tinta su pluma y escribi:
Winston comprenda que ya estaba muerto. Le pareca que slo ahora, en que empezaba a
poder formular sus pensamientos, era cuando haba dado el paso definitivo. Las consecuencias de
cada acto van incluidas en el acto mismo. Escribi:
(el
crimen de la mente)
Al reconocerse ya a s mismo muerto, se le hizo imprescindible vivir lo ms posible. Tena
manchados de tinta dos dedos de la mano derecha. Era exactamente uno de esos detalles que le
pueden delatar a uno. Cualquier entrometido del Ministerio (probablemente, una mujer: alguna
como la del cabello color de arena o la muchacha morena del Departamento de Novela) poda
preguntarse por qu habra usado una pluma anticuada y
habra escrito... y luego dar el soplo a
donde correspondiera. Fue al cuarto de bao y se frot cuidadosamente la tinta con el oscuro y
rasposo jabn que le limaba la piel como un papel de lija y resultaba por tanto muy eficaz para su
propsito.
Guard el Diario en el cajn de la mesita. Era intil pretender esconderlo; pero, por lo menos,
poda saber si lo haban descubierto o no. Un cabello sujeto entre las pginas sera demasiado
evidente. Por eso, con la yema de un dedo recogi una partcula de polvo de posible identificacin y
la deposit sobre una esquina de la tapa, de donde tendra que caerse si cogan el libro.
17
George Orwell1984
Para el futuro o para el pasado, para la poca en que se pueda pensar libremente, en que los
hombres sean distintos unos de otros y no vivan solitarios... Para cuando la verdad exista y lo que
se haya hecho no pueda ser deshecho:
Desde esta poca de uniformidad, de este tiempo de soledad, la Edad del Gran Hermano, la
poca del doblepensar... muchas felicidades!
El crimental
no implica la muerte; el crimental es la muerte misma.
qu
Al poner la mano en el pestillo record Winston que haba dejado el Diario abierto sobre la
mesa. En aquella pgina se poda leer desde lejos el ABAJO EL GRAN HERMANO repetido en
toda ella con letras grandsimas. Pero Winston saba que incluso en su pnico no haba querido
estropear el cremoso papel cerrando el libro mientras la tinta no se hubiera secado.
Contuvo la respiracin y abri la puerta. Instantneamente, le invadi una sensacin de alivio.
Una mujer insignificante, avejentada, con el cabello revuelto y la cara llena de arrugas, estaba a su
lado.
Oh, camarada! empez a decir la mujer en una voz lgubre y quejumbrosa, te sent
llegar y he venido por si puedes echarle un ojo al desage del fregadero. Se nos ha atascado...
Era la seora Parsons, esposa de un vecino del mismo piso (seora era una palabra desterrada
por el Partido, ya que haba que llamar a todos camaradas, pero con algunas mujeres se usaba
todava instintivamente). Era una mujer de unos treinta aos, pero aparentaba mucha ms edad. Se
tena la impresin de que haba polvo reseco en las arrugas de su cara. Winston la sigui por el
pasillo. Estas reparaciones de aficionado constituan un fastidio casi diario. Las
eran unos antiguos pisos construidos hacia 1930 aproximadamente y se hallaban en estado
ruinoso. Caan constantemente trozos de yeso del techo y de la pared, las tuberas se estropeaban
con cada helada, haba innumerables goteras y la calefaccin funcionaba slo a medias cuando
funcionaba, porque casi siempre la cerraban por economa. Las reparaciones, excepto las que poda
hacer uno por s mismo, tenan que ser autorizadas por remotos comits que solan retrasar dos aos
incluso la compostura de un cristal roto.
Si le he molestado es porque Tom no est en casa dijo la seora Parsons vagamente.
El piso de los Parsons era mayor que el de Winston y mucho ms descuidado. Todo pareca
roto y daba la impresin de que all acababa de agitarse un enorme y violento animal. Por el suelo
estaban tirados diversos artculos para deportes patines de hockey, guantes de boxeo, un baln de
reglamento, unos pantalones vueltos del revs y sobre la mesa haba un montn de platos sucios y
cuadernos escolares muy usados. En las paredes, unos carteles rojos de la Liga juvenil y de los
Espas y un gran cartel con el retrato de tamao natural del Gran Hermano. Por supuesto, se
perciba el habitual olor a verduras cocidas que era el dominante en todo el edificio, pero en este
piso era ms fuerte el olor a sudor, que se notaba desde el primer momento, aunque no alcanzaba
uno a decir por qu era el sudor de una mujer que no se hallaba presente entonces. En otra
habitacin, alguien con un peine y un trozo de papel higinico trataba de acompaar a la msica
militar que brotaba todava de la telepantalla.
Son los nios dijo la seora Parsons, lanzando una mirada aprensiva hacia la puerta. Hoy
no han salido. Y, desde luego...
Aquella mujer tena la costumbre de interrumpir sus frases por la mitad. El fregadero de la
cocina estaba lleno casi hasta el borde con agua sucia y verdosa que ola an peor que la verdura.
Winston se arrodill y examin el ngulo de la tubera de desage donde estaba el tornillo. Le
molestaba emplear sus manos y tambin tener que arrodillarse, porque esa postura le haca toser. La
seora Parsons lo mir desanimada:
Naturalmente, si Tom estuviera en casa lo arreglara en un momento. Le gustan esas cosas.
Es muy hbil en cosas manuales. S, Tom es muy...
Parsons era el compaero de oficina de Winston en el Ministerio de la Verdad. Era un hombre
muy grueso, pero activo y de una estupidez asombrosa, una masa de entusiasmos imbciles, uno de
esos idiotas de los cuales, todava ms que de la Polica del Pensamiento, dependa la estabilidad del
13
CAPITULO II
George Orwell1984
Casas de la
Victoria
llamaban San Clemente. Sonri como disculpndose por haber dicho algo ridculo y aadi.
Naranjas y limones, dicen las campanas de San Clemente.
Cmo? dijo Winston.
Es de unos versos que yo saba de pequeo. Empezaban: Naranjas y limones, dicen las
campanas de San
Clemente. Ya no recuerdo cmo sigue. Pero s me acuerdo de la terminacin:
Aqu tienes una vela para alumbrarte cuando te vayas a acostar. Aqu tienes un hacha para cortarte
la cabeza. Era una especie de danza. Unos tendan los brazos y otros pasaban por dentro y cuando
llegaban a aquello de
He aqu el hacha para cortarte la cabeza, bajaban los brazos y le cogan a uno. La cancin
estaba formada por los nombres de varias iglesias, de todas las principales que haba en Londres.
Winston se pregunt a qu siglo perteneceran las iglesias. Siempre era dificil determinar la
edad de un edificio de Londres. Cualquier construccin de gran tamao e impresionante aspecto,
con tal de que no se estuviera derrumbando de puro vieja, se deca automticamente que haba sido
construida despus de la Revolucin, mientras que todo lo anterior se adscriba a un oscuro perodo
llamado la Edad Media. Los siglos de capitalismo no haban producido nada de valor. Era imposible
aprender historia a travs de los monumentos y de la arquitectura. Las estatuas, inscripciones,
lpidas, los nombres de las calles, todo lo que pudiera arrojar alguna luz sobre el pasado, haba sido
alterado sistemticamente.
No saba que haba sido una iglesia dijo Winston.
En realidad, hay todava muchas de ellas aunque se han dedicado a otros fines le aclar
el dueo de la tienda. Ahora recuerdo otro verso:
No puedo recordar ms versos.
Dnde estaba San Martn? dijo Winston.
San Martn? Est todava en pie. S, en la Plaza de la Victoria, junto al Museo de Pinturas.
Es una especie de porche triangular con columnas y grandes escalinatas.
Winston conoca bien aquel lugar. El edificio se usaba para propaganda de varias clases:
exposiciones de maquetas de bombas cohete y de fortalezas volantes, grupos de figuras de cera que
ilustraban las atrocidades del enemigo y cosas por el estilo.
San Martn de los Campos, como le llamaban aclar el otro, aunque no recuerdo que
hubiera campos por esa parte.
Winston no compr el cuadro. Hubiera sido una posesin an ms incongruente que el
pisapapeles de cristal e imposible de llevar a casa a no ser que le hubiera quitado el marco. Pero se
qued unos minutos ms hablando con el dueo, cuyo nombre no era Weeks como l haba
supuesto por el rtulo de la tienda, sino Charrington. El seor Charrington era viudo, tena
sesenta y tres aos y haba habitado en la tienda desde haca treinta. En todo este tiempo haba
pensado cambiar el nombre que figuraba en el rtulo, pero nunca haba llegado a convencerse de la
necesidad de hacerlo. Durante toda su conversacin, la cancin medio recordada le zumbaba a
Winston en la cabeza.
Era curioso que al repetirse esos versos tuviera la
sensacin de estar oyendo campanas, las campanas de un Londres desaparecido o que exista en
53
George Orwell1984
Naranjas y limones, dicen las campanas de San Clemente, me debes
tres peniques, dicen las campanas de San Martn.
Naranjas y lmones, dicen las campanas de San Clemente, me debes
tres
peniques, dicen las campanas de San Martn.
No saba dnde estaba. Seguramente en el Ministerio del Amor; pero no haba manera de
comprobarlo.
Se encontraba en una celda de alto techo, sin ventanas y con paredes de reluciente porcelana
blanca. Lmparas ocultas inundaban el recinto de fra luz y haba un sonido bajo y constante, un
zumbido que Winston supona relacionado con la ventilacin mecnica. Un banco, o mejor dicho,
una especie de estante a lo largo de la pared, le daba la vuelta a la celda, interrumpido slo por la
puerta y, en el extremo opuesto, por un retrete sin asiento de madera. Haba cuatro telepantallas, une
en cada pared.
Winston senta un sordo dolor en el vientre. Le vena doliendo desde que lo encerraron en el
camin para llevarlo all. Pero tambin tena hambre, un hambre roedora, anormal. Aunque estaba
justificada, porque por lo menos haca veinticuatro horas que no haba comido; quiz treinta y seis.
No saba, quiz nunca lo sabra, si lo haban detenido de da o de noche. Desde que lo detuvieron no
le haban dado nada de comer.
Se estuvo lo ms quieto que pudo en el estrecho banco, con las manos cruzadas sobre las
rodillas. Haba aprendido ya a estarse quieto. Si se hacan movimientos inesperados, le chillaban a
uno desde la telepantalla, pero la necesidad de comer algo le atenazaba de un modo espantoso. Lo
que ms le apeteca era un pedazo de pan. Tena una vaga idea de que en el bolsillo de su mono
tena unas cuantas migas de pan. Incluso era posible lo pens porque de cuando en cuando algo le
haca cosquillas en la pierna que tuviera all guardado un buen mendrugo. Finalmente, pudo ms
la tentacin que el miedo; se meti una mano en el bolsillo.
Smith! grit una voz desde la telepantalla. 6O79! Smith W! En las celdas, las
manos fuera de los bolsillos!
Volvi a inmovilizarse v a cruzar las manos sobre las rodillas. Antes de llevarlo all lo haban
dejado algunas horas en otro sitio que deba de ser una crcel corriente o un calabozo temporal
usado por las patrullas. No saba exactamente cunto tiempo le haban tenido all; desde luego
varias horas; pero no haba relojes ni luz natural y resultaba casi imposible calcular el tiempo. Era
un sitio ruidoso y maloliente. Lo haban dejado en una celda parecida a esta en que ahora se hallaba,
pero horriblemente sucia y continuamente llena de gente. Por lo menos haba a la vez diez o quince
personas, la mayora de las cuales eran criminales comunes, pero tambin se hallaban entre ellos
unos cuantos prisioneros polticos. Winston se haba sentado silencioso, apoyado contra la pared,
encajado entre unos cuerpos sucios y demasiado preocupado por el miedo y por el dolor que senta
en el vientre para interesarse por lo que le rodeaba. Sin embargo, not la asombrosa diferencia de
conducta entre los prisioneros del Partido y los otros. Los prisioneros del Partido estaban siempre
callados y llenos de terror, pero los criminales corrientes parecan no temer a nadie. Insultaban a los
guardias, se resistan a que les quitaran los objetos que llevaban, escriban palabras obscenas en el
suelo, coman descaradamente alimentos robados que sacaban de misteriosos escondrijos de entre
sus ropas e incluso le respondan a gritos a la telepantalla cuando sta intentaba restablecer el orden.
Por otra parte, algunos de ellos parecan hallarse en buenas relaciones con los guardias, los
llamaban con apodos y trataban de sacarles cigarrillos. Tambin los guardias trataban a los
criminales ordinarios con cierta tolerancia, aunque, naturalmente, tenan que manejarlos con rudeza.
Se hablaba mucho all de los campos de trabajos forzados adonde los presos esperaban ser enviados.
Por lo visto, se estaba bien en los campos siempre que se tuvieran ciertos apoyos y se conociera el
tejemaneje. Haba all soborno, favoritismo e inmoralidades de toda clase, abundaba la
homosexualidad y la prostitucin e incluso se fabricaba clandestinamente alcohol destilndolo de
las patatas. Los cargos de confianza slo se los daban a los criminales propiamente dichos, sobre
todo a los
y a los asesinos de toda clase, que constituan una especie de aristocracia. En los
campos de trabajos forzados, todas las tareas sucias y viles eran realizadas por los presos polticos.
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CAPITULO I
George Orwell1984
gansters
Crimental dijo Parsons dando a entender con el tono de su voz que reconoca plenamente
su culpa y, a la vez, un horror incrdulo de que esa palabra pudiera aplicarse a un hombre como l.
Se detuvo frente a Winston y le pregunt con angustia. No me matarn, verdad, amigo? No le
matan a uno cuando no ha hecho nada concreto y slo es culpable de haber tenido pensamientos que
no pudo evitar. S que le juzgan a uno con todas las garantas. Tengo gran confianza en ellos. Saben
perfectamente mi hoja de servicios. Tambin t sabes cmo he sido yo siempre. No he sido
inteligente, pero siempre he tenido la mejor voluntad. He procurado servir lo mejor posible al
Partido, no crees? Me castigarn a cinco aos, verdad? O quiz diez. Un tipo como yo puede
resultar muy til en un campo de trabajos forzados. Creo que no me fusilarn por una pequea y
nica equivocacin.
Eres culpable de algo? dijo Winston.
Claro que soy culpable! exclam Parsons mirando servilmente a la telepantalla. No
creers que el Partido puede detener a un hombre inocente? Se le calm su rostro de rana e
incluso tom una actitud beatfica. El crimen del pensamiento es una cosa horrible dijo
sentenciosamente . Es una insidia que se apodera de uno sin que se d cuenta. Sabes cmo me
ocurri a m? Mientras dorma! S, as fue. Me he pasado la vida trabajando tan contento,
cumpliendo con mi deber lo mejor que poda y, ya ves, resulta que tena un mal pensamiento oculto
en la cabeza. Y yo sin saberlo! Una noche, empec a hablar dormido, y sabes lo que me oyeron
decir?
Baj la voz, como alguien que por razones mdicas tiene que pronunciar unas palabras
obscenas.
Abajo el Gran Hermano! S, eso dije. Y parece ser que lo repet varias veces. Entre
nosotros, chico, te confesar que me alegr que me detuvieran antes de que la cosa pasara a
mayores. Sabes lo que voy a decirles cuando me lleven ante el tribunal? Gracias les dir,
gracias por haberme salvado antes de que fuera demasiado tarde.
Quin te denunci? dijo Winston.
Fue mi nia dijo Parsons con cierto orgullo dolido. Estaba escuchando por el agujero
de la cerradura. Me oy decir aquello y llam a la patrulla al da siguiente. No se le puede pedir ms
lealtad poltica a una nia de siete aos, no te parece? No le guardo ningn rencor. La verdad es
que estoy orgulloso de ella, pues lo que hizo demuestra que la he educado muy bien.
Anduvo un poco ms por la celda mirando varias veces, con deseo contenido, a la taza del
retrete. Luego, se baj a toda prisa los pantalones.
Perdona, chico dijo. No puedo evitarlo. Es por la espera; sabes?
Asent su amplio trasero sobre la taza. Winston se cubri la cara con las manos.
Smith! chill la voz de la telepantalla. 6O79 Smith W! Descbrete la cara. En las
celdas, nada de taparse la cara.
Winston se descubri el rostro. Parsons us el retrete ruidosa y abundantemente. Luego
result que no funcionaba el agua y la celda estuvo oliendo espantosamente durante varias horas.
Se llevaron a Parsons. Entraron y salieron ms presos, misteriosamente. Una mujer fue
enviada a la habitacin 101 y Winston observ que esas palabras la hicieron cambiar de color.
Lleg el momento en que, si hubiera sido de da cuando le llevaron all, sera ya la ltima hora de la
tarde; y de haber entrado por la tarde, sera ya media noche. Haba seis presos en la celda entre
hombres y mujeres. Todos estaban sentados muy quietos. Frente a Winston se hallaba un hombre
con cara de roedor; apenas tena barbilla y sus dientes eran afilados y salientes. Los carrillos le
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George Orwell1984
frente y la sien; pero el verdadero cambio no radicaba en eso. Era que la cintura se le haba
ensanchado mucho y toda ella estaba rgida. Record Winston como una vez despus de la
explosin de una bomba cohete haba ayudado a sacar un cadver de entre unas ruinas y le haba
asombrado no slo su increble peso, sino su rigidez y lo dificil que resultaba manejarlo, de modo
que ms pareca piedra que carne. El cuerpo de Julia le produca ahora la misma sensacin. Se le
ocurri pensar que la piel de esta mujer sera ahora de una contextura diferente.
No intent besarla ni hablaron. Cuando marchaban juntos por el csped, lo mir Julia a la cara
por primera vez. Fue slo una mirada fugaz, llena de desprecio y de repugnancia. Se pregunt
Winston si esta aversin proceda slo de sus relaciones pasadas, o si se la inspiraba tambin su
desfigurado rostro y el agilla que le sala de los ojos. Sentronse en dos sillas de hierro uno al lado
del otro, pero no demasiado juntos. Winston not que Julia estaba a punto de hablar. Movi unos
cuantos centmetros el basto zapato y aplast con l una rama. Su pie pareca ahora ms grande,
pens Winston. Julia, por fin, dijo slo esto:
Te traicion.
Yo tambin te traicion dijo l.
Julia lo mir otra vez con disgusto. Y dijo:
A veces te amenazan con algo..., algo que no puedes soportar, que ni siquiera puedes
imaginarte sin temblar. Y entonces dices: No me lo hagas a m, hzselo a otra persona, a Fulano de
Tal. Y quiz pretendas, ms adelante, que fue slo un truco y que lo dijiste nicamente para que
dejaran de martirizarte y que no lo pensabas de verdad. Pero, no. Cuando ocurre eso se desea de
verdad y se desea que a la otra persona se lo hicieran. Crees entonces que no hay otra manera de
salvarte y ests dispuesto a salvarte as. Deseas de todo corazn que eso tan terrible le ocurra a la
otra persona y no a ti. No te importa en absoluto lo que pueda sufrir. Slo te importas entonces t
mismo.
Slo te importas entonces t mismo repiti Winston como un eco.
Y despus de eso no puedes ya sentir por la otra persona lo mismo que antes.
No dijo l, no se siente lo mismo.
No parecan tener ms que decirse. El viento les pegaba a los cuerpos sus ligeros monos. A
los pocos instantes les produca una sensacin embarazoso seguir all callados. Adems, haca
demasiado fro para estarse quietos. Julia dijo algo sobre que deba coger el Metro y se levant para
marcharse.
Tenemos que vernos otro da dijo Winston.
S, tenemos que vemos dijo ella.
Winston, irresoluto, la sigui un poco. Iba a unos pasos detrs de ella. No volvieron a hablar.
Aunque Julia no le dijo que se apartara, andaba muy rpida para evitar que fuese junto a ella.
Winston se haba decidido a acompaarla a la estacin del Metro, pero de repente se le hizo un
mundo tener que andar con tanto fro. Le pareca que aquello no tena sentido. No era tanto el deseo
de apartarse de Julia como el de regresar al caf lo que le impulsaba, pues nunca le haba atrado
tanto El Nogal como en este momento. Tena una visin nostlgica de su mesa del rincn, con el
peridico, el ajedrez y la ginebra que flua sin cesar. Sobre todo, all hara calor. Por eso, poco
despus y no slo accidentalmente, se dej separar de ella por una pequea aglomeracin de gente.
Hizo un desganado intento de volver a seguirla, pero disminuy el paso y se volvi, marchando en
direccin opuesta. Cinco metros ms all se volvi a mirar. No haba demasiada circulacin, pero
ya no poda distinguirla. Julia podra haber sido cualquiera de doce figuras borrosas que se
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George Orwell1984
acontecimiento memorable en el aislamiento casi hermtico en que uno tena que vivir.
Winston se sacudi de encima estos pensamientos y tom una posicin ms erguida en su
silla. Se le escap un eructo. La ginebra estaba haciendo su efecto.
Volvieron a fijarse sus ojos en la pgina. Descubri entonces que durante todo el tiempo en
que haba estado recordando, no haba dejado de escribir como por una accin automtica. Y ya no
era la inhbil escritura retorcida de antes. Su pluma se haba deslizado voluptuosamente sobre el
suave papel, imprimiendo en claras y grandes maysculas lo siguiente:
ABAJO EL GRAN HERMANO
ABAJO EL GRAN HERMANO
ABAJO EL GRAN HERMANO
ABAJO EL GRAN HERMANO
ABAJO EL GRAN HERMANO
Una vez y otra, hasta llenar media pgina.
No pudo evitar un escalofro de pnico. Era absurdo, ya que escribir aquellas palabras no era
ms peligroso que el acto inicial de abrir un diario; pero, por un instante, estuvo tentado de romper
las pginas ya escritas y abandonar su propsito.
Sin embargo, no lo hizo, porque saba que era intil. El hecho de escribir ABAJO EL GRAN
HERMANO o no escribirlo, era completamente igual. Seguir con el diario o renunciar a escribirlo,
vena a ser lo mismo. La Polica del Pensamiento lo descubrira de todas maneras. Winston haba
cometido seguira habiendo cometido aunque no hubiera llegado a posar la pluma sobre el papel
el crimen esencial que contena en s todos los dems. El
mental), como lo
llamaban. El
no poda ocultarse durante mucho tiempo. En ocasiones, se poda llegar a
tenerlo oculto aos enteros, pero antes o despus lo descubran a uno.
Las detenciones ocurran invariablemente por la noche. Se despertaba uno sobresaltado
porque una mano le sacuda a uno el hombro, una linterna le enfocaba los ojos y un crculo de
sombros rostros apareca en torno al lecho. En la mayora de los casos no haba proceso alguno ni
se daba cuenta oficialmente de la detencin. La gente desapareca sencillamente y siempre durante
la noche. El nombre del individuo en cuestin desapareca de los registros, se borraba de todas
partes toda referencia a lo que hubiera hecho y su paso por la vida quedaba totalmente anulado
como si jams hubiera existido. Para esto se empleaba la palabra
Winston sinti una especie de histeria al pensar en estas cosas. Empez a escribir rpidamente
y con muy mala letra:
...
Se ech hacia atrs en la silla, un poco avergonzado de s mismo, y dej la pluma sobre la
mesa. De repente, se sobresalt espantosamente. Haban llamado a la puerta.
Tan pronto! Sigui sentado inmvil, como un ratn asustado, con la tonta esperanza de que
quien fuese se marchara al ver que no le abran. Pero no, la llamada se repiti. Lo peor que poda
hacer Winston era tardar en abrir. Le redoblaba el corazn como un tambor, pero es muy probable
que sus facciones, a fuerza de la costumbre, resultaran inexpresivas. Levantse y se acerc
pesadamente a la puerta.
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George Orwell1984
crimental (crimen
crimental
vaporizado.
me matarn no me importa me matarn me dispararn en la nuca me da lo mismo abajo el
gran hermano siempre lo matan a uno por la nuca no me importa abajo el gran hermano
los datos completos y el nivel de vida se ha elevado en un veinte por ciento sobre el del ao pasado.
Esta maana ha habido en toda Oceana incontables manifestaciones espontneas; los trabajadores
salieron de las fbricas y de las oficinas y desfilaron, con banderas desplegadas, por las calles de
cada ciudad proclamando su gratitud al Gran Hermano por la nueva y feliz vida que su sabia
direccin nos permite disfrutar. He aqu las cifras completas. Ramo de la Alimentacin...
La expresin por la nueva y feliz vida reapareca varias veces. stas eran las palabras
favoritas del Ministerio de la Abundancia. Parsons, pendiente todo l de la llamada de la trompeta,
escuchaba, muy rgido, con la boca abierta y un aire solemne, una especie de aburrimiento
sublimado. No poda seguir las cifras, pero se daba cuenta de que eran un motivo de satisfaccin.
Fumaba una enorme y mugrienta pipa. Con la racin de tabaco de cien gramos a la semana era raras
veces posible llenar una pipa hasta el borde. Winston fumaba un cigarrillo de la Victoria cuidando
de mantenerlo horizontal para que no se cayera su escaso tabaco. La nueva racin no la daran hasta
maana y le quedaban slo cuatro cigarrillos. Haba dejado de prestar atencin a todos los ruidos
excepto a la pesadez numrica de la pantalla. Por lo visto, haba habido hasta manifestaciones para
agradecerle al Gran Hermano el aumento de la racin de chocolate a veinte gramos cada semana.
Ayer mismo, pens, se haba anunciado que la racin se
a veinte gramos semanales.
Cmo era posible que pudieran tragarse aquello, si no haban pasado ms que veinticuatro horas?
Sin embargo, se lo tragaron. Parsons lo digera con toda facilidad, con la estupidez de un animal. El
individuo de las gafas con reflejos, en la otra mesa, lo aceptaba fantica y apasionadamente con un
furioso deseo de descubrir, denunciar y vaporizar a todo aquel que insinuase que la semana pasada
la racin fue de treinta gramos. Syme tambin se lo haba tragado aunque el proceso que segua para
ello era algo ms complicado, un proceso de
Es que
Winston, segua
poseyendo memoria?
Las fabulosas estadsticas continuaron brotando de la telepantalla. En comparacin con el ao
anterior, haba ms alimentos, ms vestidos, ms casas, ms muebles, ms ollas, ms comestibles,
ms barcos, ms autogiros, ms libros, ms bebs, ms de todo, excepto enfermedades, crmenes y
locura. Ao tras ao y minuto tras minuto, todos y todo suba vertiginosamente. Winston meditaba,
resentido, sobre la vida. Siempre haba sido as; siempre haba sido tan mala la comida? Mir en
torno suyo por la cantina; una habitacin de techo bajo, con las paredes sucias por el contacto de
tantos trajes grasientos; mesas de metal abolladas y sillas igualmente estropeadas y tan juntas que la
gente se tocaba con los codos. Todo resquebrajado, lleno de manchas y saturado de un insoportable
olor a ginebra mala, a mal caf, a sustitutivo de asado, a trajes sucios. Constantemente se rebelaban
el estmago y la piel con la sensacin de que se les habla hecho trampa privndoles de algo a lo que
tenan derecho. Desde luego, Winston no recordaba nada que fuera muy diferente. En todo el
tiempo a que alcanzaba su memoria, nunca hubo bastante comida, nunca se podan llevar calcetines
ni ropa interior sin agujeros, los muebles haban estado siempre desvencijados, en las habitaciones
haba faltado calefaccin, los metros iban horriblemente atestados, las casas se deshacan a pedazos,
el pan era \pard plain negro, el t imposible de encontrar, el caf saba a cualquier cosa, escaseaban
los cigarrillos y nada haba barato y abundante a no ser la ginebra sinttica. Y aunque, desde luego,
todo empeoraba a medida que uno envejeca, ello era slo seal de que ste no era el orden natural
de las cosas. Si el corazn enfermaba con las incomodidades, la suciedad y la escasez, los inviernos
interminables, la dureza de los calcetines, los ascensores que nunca funcionaban, el agua fra, el
rasposo jabn, los cigarrillos que se deshacan, los alimentos de sabor repugnante... cmo iba uno a
considerar todo esto intolerable si no fuera por una especie de recuerdo ancestral de que las cosas
haban sido diferentes alguna vez?
Winston volvi a recorrer la cantina con la mirada. Casi todos los que all estaban eran feos y
lo hubieran seguido siendo aunque no hubieran llevado los monos azules uniformes. Al extremo
de la habitacin, solo en una mesa, se hallaba un hombrecillo con aspecto de escarabajo. Beba una
taza de caf y sus ojillos lanzaban miradas suspicaces a un lado y a otro. Es muy fcil, pens
Winston, siempre que no mire uno en torno suyo, creer que el tipo fsico fijado por el Partido como
33
George Orwell1984
reducira
doblepensar.
slo l,
apresuraban en direccin al Metro. Es posible que no pudiera reconocer ya su cuerpo tan
deformado.
Cuando ocurre eso, se desea de verdad, y l lo haba pensado en serio. No solamente lo
haba dicho, sino que lo haba deseado. Haba deseado que fuera ella y no l quien tuviera que
soportar a las...
Se produjo un sutil cambio en la msica que brotaba de la telepantalla. Apareci una nota
humorstica, la nota amarilla. Una voz quiz no estuviera sucediendo de verdad, sino que fuera
slo un recuerdo que tomase forma de sonido cantaba:
Winston tena los ojos ms lacrimosos que de costumbre. Un camarero que pasaba junto a l
vio que tena vaco el vaso y volvi a llenrselo de la botella de ginebra.
Winston oli el lquido. Aquello estaba ms repugnante cuanto ms lo beba, pero era el
elemento en que l nadaba. Era su vida, su muerte y su resurreccin. La ginebra lo hunda cada
noche en un sopor animal, y tambin era la ginebra lo que le haca revivir todas las maanas. Al
despertarse rara vez antes de las once con los prpados pegajosos, una boca pastosa y la espalda
que pareca habrsele partido le habra sido imposible echarse abajo de la cama si no hubiera
tenido siempre en la mesa de noche la botella de ginebra y una taza. Durante la maana se quedaba
escuchando la telepantalla con una expresin ptrea y la botella siempre a mano. Desde las quince
hasta la hora de cerrar, se pasaba todo el tiempo en El Nogal. Nadie se preocupaba de lo que hiciera,
no le despertaba ningn silbato ni le diriga advertencias la telepantalla. Dos veces a la semana iba a
un despacho polvoriento, que pareca un rincn olvidado, en el Ministerio de la Verdad, y trabajaba
un poco, si a aquello poda llamrsele trabajo. Haba sido nombrado miembro de un subcomit de
otro subcomit que dependa de uno de los innumerables subcomits que se ocupaban de las
dificultades de menos importancia planteadas por la preparacin de la onceava edicin del
Diccionario de Neolengua. En aquel despacho se dedicaban a redactar algo que llamaban el informe
provisional, pero Winston nunca haba llegado a enterarse de qu tenan que informar. Tena alguna
relacin con la cuestin de si las comas deben ser colocadas dentro o fuera de las comillas. Haba
otros cuatro en el subcomit, todos en situacin semejante a la de Winston. Algunos das se
marchaban apenas se haban reunido despus de reconocer sinceramente que no haba nada que
hacer. Pero otros das se ponan a trabajar casi con encarnizamiento haciendo grandes alardes de
aprovechamiento del tiempo redactando largos informes que nunca terminaban. En esas ocasiones
discutan sobre cual era el asunto sobre cuya discusin se les haba encargado y esto les llevaba a
complicadas argumentaciones y sutiles distingos con interminables digresiones, peleas, amenazas e
incluso recurran a las autoridades superiores. Pero de pronto pareca retirrselas la vida y se
quedaban inmviles en torno a la mesa mirndose unos a otros con ojos apagados como fantasmas
que se esfuman con el canto del gallo.
La telepantalla estuvo un momento silenciosa. Winston levant la cabeza otra vez. El
comunicado! Pero no, slo era un cambio de msica. Tena el mapa de frica detrs de los
prpados, el movimiento de los ejrcitos que l imaginaba era este diagrama; una flecha negra
dirigindose verticalmente hacia el Sur y una flecha blanca en direccin horizontal, hacia el Este,
cortando la cola de la primera. Como para darse nimos, mir el imperturbable rostro del retrato.
Poda concebirse que la segunda flecha no existiera?
Volvi a aflojrsela el inters. Bebi ms ginebra, cogi la pieza blanca e hizo un intento de
jugada. Pero no era aqulla la jugada acertada, porque...
Sin quererlo, le flot en la memoria un recuerdo. Vio una habitacin iluminada por la luz de
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George Orwell1984
Bajo el Nogal de
las ramas extendidas
yo te
vend y tu me
vendiste.
palomar. Pens Winston que Julia era muy joven, que esperaba todava bastante de la vida y por
tanto no poda comprender que empujar a una persona molesta por un precipicio no resuelve nada.
Habra sido lo mismo dijo.
Entonces, por qu dices que sientes no habero hecho?
Slo porque prefiero lo positivo a lo negativo. Pero en este juego que estamos jugando no
podemos ganar. Unas clases de fracaso son quiz mejores que otras, eso es todo.
Not que los hombros de ella se movan disconformes. Julia siempre lo contradeca cuando l
opinaba en este sentido. No estaba dispuesta a aceptar como ley natural que el individuo est
siempre vencido. En cierto modo comprenda que tambin ella estaba condenada de antemano y que
ms pronto o ms tarde la Polica del Pensamiento la detendra y la matara; pero por otra parte de
su cerebro crea firmemente que caba la posibilidad de construirse un mundo secreto donde vivir a
gusto. Slo se necesitaba suerte, astucia y audacia. No comprenda que la felicidad era un mito, que
la nica victoria posible estaba en un lejano futuro mucho despus de la muerte, y que desde el
momento en que mentalmente le declaraba una persona la guerra al Partido, le convena
considerarse como un cadver ambulante.
Los muertos somos nosotros dijo Winston.
Todava no hemos muerto replic Julia prosaicamente.
Fsicamente, todava no. Pero es cuestin de seis meses, un ao o quiz cinco. Le temo a la
muerte. T eres joven y por eso mismo quiz le temas a la muerte ms que yo. Naturalmente,
haremos todo lo posible por evitarla lo ms que podamos. Pero la diferencia es insignificante.
Mientras que los seres humanos sigan siendo humanos, la muerte y la vida vienen a ser lo mismo.
Oh, tonteras. Qu preferirlas: dormir conmigo o con un esqueleto? No disfrutas de estar
vivo? No te gusta sentir: esto soy yo, sta es mi mano, esto mi pierna, soy real, slida, estoy
viva?... No te gusta?
Ella se dio la vuelta y apret su pecho contra l. Poda sentir sus senos, maduros pero firmes,
a travs de su mono. Su cuerpo pareca traspasar su juventud y vigor hacia l.
S, me gusta dijo Winston.
No hablemos ms de la muerte. Y ahora escucha, querido; tenemos que fijar la prxima
cita. Si te parece bien, podemos volver a aquel sitio del bosque. Ya hace mucho tiempo que fuimos.
Basta con que vayas por un camino distinto. Lo tengo todo preparado. Tomas el tren... Pero lo
mejor ser que te lo dibuje aqu.
Y tan prctica como siempre amas primero un cuadrito de polvo y con una ramita de un nido
de palomas empez a dibujar un mapa sobre el suelo.
72
George Orwell1984
CAPITULO II
Winston yaca sobre algo que pareca una cama de campaa aunque ms elevada sobre el
suelo y que estaba sujeta para que no pudiera moverse. Sobre su rostro caa una luz ms fuerte que
la normal. O'Brien estaba de pie a su lado, mirndole fijamente. Al otro lado se hallaba un hombre
con chaqueta blanca en una de cuyas manos tena preparada una jeringuilla hipodrmico.
Aunque ya haca un rato que haba abierto los ojos, no acababa de darse plena cuenta de lo
que le rodeaba. Tena la impresin de haber venido nadando hasta esta habitacin desde un mundo
muy distinto, una especie de mundo submarino. No saba cunto tiempo haba estado en aquellas
profundidades. Desde el momento en que lo detuvieron no haba visto oscuridad ni luz diurna.
Adems sus recuerdos no eran continuos. A veces la conciencia, incluso esa especie de conciencia
que tenemos en los sueos, se le haba parado en seco y slo haba vuelto a funcionar despus de un
rato de absoluto vaco. Pero si esos ratos eran segundos, horas, das, o semanas, no haba manera de
saberlo.
La pesadilla comenz con aquel primer golpe en el codo. Ms tarde se dara cuenta de que
todo lo ocurrido entonces haba sido slo una ligera introduccin, un interrogatorio rutinario al que
eran sometidos casi todos los presos. Todos tenan que confesar, como cuestin de mero trmite,
una larga serie de delitos: espionaje, sabotaje y cosas por el estilo. Aunque la tortura era real, la
confesin era slo cuestin de trmite. Winston no poda recordar cuntas veces le haban pegado ni
cunto tiempo haban durado los castigos. Recordaba, en cambio, que en todo momento haba en
torno suyo cinco o seis individuos con uniformes negros. A veces emplearon los puos, otras las
porras, tambin varas de acero y, por supuesto, las botas. Saba que haba rodado varias veces por el
suelo con el impudor de un animal retorcindose en un intil esfuerzo por evitar los golpes, pero
con aquellos movimientos slo consegua que le propinaran ms patadas en las costillas, en el
vientre, en los codos, en las espinillas, en los testculos y en la base de la columna vertebral. A
veces gritaba pidiendo misericordia incluso antes de que empezaran a pegarle y bastaba con que un
puo hiciera el movimiento de retroceso precursor del golpe para que confesara todos los delitos,
verdaderos o imaginarios, de que le acusaban. Otras veces, cuando se decida a no contestar nada,
tenan que sacarle las palabras entre alaridos de dolor y en otras ocasiones se deca a s mismo,
dispuesto a transigir: Confesar, pero todava no. Tengo que resistir hasta que el dolor sea
insoportable. Tres golpes ms, dos golpes ms y les dir lo que quieran. Cuando te golpeaban
hasta dejarlo tirado como un saco de patatas en el suelo de piedra para que recobrara alguna energa,
al cabo de varias horas volvan a buscarlo y le pegaban otra vez. Tambin haba perodos ms largos
de descanso. Los recordaba confusamente porque los pasaba adormilado o con el conocimiento casi
perdido. Se acordaba de que un barbero haba ido a afeitarle la barba al rape y algunos hombres de
actitud profesional, con batas blancas, le tomaban el pulso, le observaban sus movimientos reflejos,
le levantaban los prpados y le recorran el cuerpo con dedos rudos en busca de huesos rotos o le
ponan inyecciones en el brazo para hacerle dormir.
Las palizas se hicieron menos frecuentes y quedaron reducidas casi nicamente a amenazas, a
anunciarle un horror al que le enviaran en cuanto sus respuestas no fueran satisfactorias. Los que le
interrogaban no eran ya rufianes con uniformes negros, sino intelectuales del Partido, hombrecillos
regordetes con movimientos rpidos y gafas brillantes que se relevaban para trabajarlo en turnos
que duraban no estaba seguro diez o doce horas. Estos otros interrogadores procuraban que se
hallase sometido a un dolor leve, pero constante, aunque ellos no se basaban en el dolor para
hacerle confesar. Le daban bofetadas, le retorcan las orejas, le tiraban del pelo, le hacan sostenerse
en una sola pierna, le negaban el permiso para orinar, le enfocaban la cara con insoportables
reflectores hasta que le hacan llorar a lgrima viva... Pero la finalidad de esto era slo humillarlo y
destruir en l la facultad de razonar, de encontrar argumentos. La verdadera arma de aquellos
hombres era el despiadado interrogatorio que prosegua hora tras hora, lleno de trampas,
deformando todo lo que l haba dicho, hacindole confesar a cada paso mentiras y contradicciones,
128
George Orwell1984
No! exclam O'Brien. Su voz haba cambiado extraordinariamente y su rostro se haba
puesto de pronto serio y animado a la vez. No! No te traemos slo para hacerte confesar y para
castigarte. Quieres que te diga para qu te hemos trado? Para curarte!! Para volverte cuerdo!!
Debes saber, Winston, que ninguno de los que traemos aqu sale de nuestras manos sin haberse
curado. No nos interesan esos estpidos delitos que has cometido. Al Partido no le interesan los
actos realizados; nos importa slo el pensamiento. No slo destruimos a nuestros enemigos, sino
que los cambiamos. Comprendes lo que quiero decir?
Estaba inclinado sobre Winston. Su cara pareca enorme por su proximidad y horriblemente
fea vista desde abajo. Adems, sus facciones se alteraban por aquella exaltacin, aquella intensidad
de loco. Otra vez se le encogi el corazn a Winston. Si le hubiera sido posible, habra retrocedido.
Estaba seguro de que O'Brien iba a mover la palanca por puro capricho. Sin embargo, en ese
momento se apart de l y pase un poco por la habitacin. Luego prosigui con menos
vehemencia:
Lo primero que debes comprender es que ste no es un lugar de martirio. Has ledo cosas
sobre las persecuciones religiosas en el pasado. En la Edad Media haba la Inquisicin. No
funcion. Pretendan erradicar la hereja y terminaron por perpetuarla. En las persecuciones
antiguas por cada hereje quemado han surgido otros miles de ellos. Por qu? Porque se mataba a
los enemigos abiertamente y mientras an no se haban arrepentido. Se mora por no abandonar las
creencias herticas. Naturalmente, as toda la gloria perteneca a la vctima y la vergenza al
inquisidor que la quemaba. Ms tarde, en el siglo XX, han existido los totalitarios, como los
llamaban: los nazis alemanes y los comunistas rusos. Los rusos persiguieron a los herejes con
mucha ms crueldad que ninguna otra inquisicin. Y se imaginaron que haban aprendido de los
errores del pasado. Por lo menos saban que no se deben hacer mrtires. Antes de llevar a sus
vctimas a un juicio pblico, se dedicaban a destruirles la dignidad. Los deshacan moralmente y
fsicamente por medio de la tortura y el aislamiento hasta convertirlos en seres despreciables,
verdaderos peleles capaces de confesarlo todo, que se insultaban a s mismos acusndose unos a
otros y pedan sollozando un poco de misericordia. Sin embargo, despus de unos cuantos aos, ha
vuelto a ocurrir lo mismo. Los muertos se han convertido en mrtires y se ha olvidado su
degradacin. Por qu haba vuelto a suceder esto? En primer lugar, porque las confesiones que
haban hecho eran forzadas v falsas. Nosotros no cometemos esta clase de errores. Todas las
confesiones que salen de aqu son verdaderas. Nosotros hacemos que sean verdaderas. Y, sobre
todo, no permitimos que los muertos se levanten contra nosotros. Por tanto, debes perder toda
esperanza de que la posteridad te reivindique, Winston. La posteridad no sabr nada de ti.
Desaparecers por completo de la corriente histrica. Te disolveremos en la estratosfera, por decirlo
as. De ti no quedar nada: ni un nombre en un papel, ni tu recuerdo en un ser vivo. Quedars
aniquilado tanto en el pretrito como en el futuro. No habrs existido.
Entonces, para qu me torturan?, pens Winston con una amargura momentnea. O'Brien
se detuvo en seco como si hubiera odo el pensamiento de Winston. Su ancho y feo rostro se le
acerc con los ojos un poco entornados y le dijo:
Ests pensando que si nos proponemos destruirte por completo, para qu nos tomamos
todas estas molestias?; que si nada va a quedar de ti, qu importancia puede tener lo que t digas o
pienses? Verdad que lo ests pensando?
S dijo Winston.
O'Brien sonri levemente y prosigui:
Te explicar por qu nos molestamos en curarte. T, Winston, eres una mancha en el tejido;
una mancha que debemos borrar. No te dije hace poco que somos diferentes de los martirizadores
del pasado? No nos contentamos con una obediencia negativa, ni siquiera con la sumisin ms
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George Orwell1984
El viejo se anim de pronto.
Sombreros de copa! exclam. Es curioso que los nombre usted. Ayer mismo pens en ellos
no s por qu. Me acord de cunto tiempo hace que no se ve un sombrero de copa. Han
desaparecido por completo. La ltima vez que llev uno fue en el entierro de mi cuada. Y aquello
fue... pues por lo menos hace cincuenta aos, aunque la fecha exacta no puedo saberla. Claro, ya
comprender usted que lo alquil para aquella ocasin...
Lo de los sombreros de copa no tiene gran importancia dijo Winston con paciencia.
Pero estos capitalistas ellos, unos cuantos abogados y sacerdotes y los dems auxiliares que
vivan de ellos eran los dueos de la tierra. Todo lo que exista era para ellos. Ustedes, la gente
corriente, los trabajadores, eran sus esclavos. Los capitalistas podan hacer con ustedes lo que
quisieran. Por ejemplo, mandarlos al Canad como ganado. Si se les antojaba, se podan acostar con
las hijas de ustedes. Y cuando se enfadaban, los azotaban a ustedes con un ltigo llamado el gato de
nueve colas. Si se encontraban ustedes a un capitalista por la calle, tenan que quitarse la gorra.
Cada capitalista sala acompaado por una pandilla de lacayos que...
Lacayos! Ah tiene usted una palabra que no he odo desde hace muchsimos aos.
Lacayos! Eso me recuerda muchas cosas pasadas. Har medio siglo aproximadamente, sola pasear
yo a veces por Hyde Park los domingos por la tarde para escuchar a unos tipos que pronunciaban
discursos: Ejrcito de salvacin, catlicos, judos, indios... En fin, all haba de todo. Y uno de
ellos..., no puedo recordar el nombre, pero era un orador de primera, no haca ms que gritar:
Lacayos, lacayos de la burguesa! Esclavos de las clases dirigentes!. Y tambin le gustaba
mucho llamarlos parsitos y a los otros les llamaba hienas. S, una palabra algo as como hiena.
Claro que se refera al Partido Laborista, ya se har usted cargo.
Winston tena la sensacin de que cada uno de ellos estaba hablando por su cuenta. Deba
orientar un poco la conversacin:
Lo que yo quiero saber es si le parece a usted que hoy da tenemos ms libertad que en la
poca de usted. Le tratan a usted ms como un ser humano? En el pasado, los ricos, los que
estaban en lo alto...
La Cmara de los Lores evoc el viejo.
Bueno, la Cmara de los Lores. Le pregunto a usted si esa gente le trataba como a un
inferior por el simple hecho de que ellos eran ricos y usted pobre. Por ejemplo, es cierto que tena
usted que quitarse la gorra y llamarles seor cuando se los cruzaba usted por la calle?
El hombre reflexion profundamente. Antes de contestar se bebi un cuarto de litro de
cerveza.
S dijo por fin. Les gustaba que uno se llevara la mano a la gorra. Era una seal de
respeto. Yo no estaba conforme con eso, pero lo haca muchas veces. No tena ms remedio.
Y era habitual? tenga usted en cuenta que estoy repitiendo lo que he ledo en nuestros
libros de texto para las escuelas, era habitual en aquella gente, en los capitalistas, empujarles a
ustedes de la acera para tener libre el paso?
Uno me empuj una vez dijo el anciano. Lo recuerdo como si fuera ayer. Era un da de
regatas nocturnas y en esas noches haba mucha gente grosera, y me tropec con un tipo joven y
jactancioso en la avenida Shaftesbury. Era un caballero, iba vestido de etiqueta y con sombrero de
copa. Vena haciendo zigzags por la acera y tropez conmigo. Me dijo: Por qu no mira usted por
dnde va?. Yo le dije: A ver si se ha credo usted que ha comprado la acera!. Y va y me
contesta: Le voy a dar a usted para el pelo si se descara as conmigo. Entonces yo le solt: Usted
49
George Orwell1984
el deseo de seguir viviendo le dominaba y pareca tonto exponerse a correr unos riesgos
que podan evitarse tan fcilmente. Hasta las veintitrs, cuando ya estaba acostado en la oscuridad,
donde estaba uno libre hasta de la telepantalla con tal de no hacer ningn ruido no pudo dejar
fluir libremente sus pensamientos.
Se trataba de un problema fsico que haba de ser resuelto cmo ponerse en relacin con la
muchacha y preparar una cita. No crea ya posible que la joven le estuviera tendiendo una trampa.
Estaba seguro de que no era as por la inconfundible agitacin que ella no haba podido ocultar al
entregarle el papelito. Era evidente que estaba asustadsima, y con motivo sobrado. A Winston no le
pas siquiera por la cabeza la idea de rechazar a la muchacha. Slo haca cinco noches que se haba
propuesto romperle el crneo con una piedra. Pero lo mismo daba. Ahora se la imaginaba desnuda
como la haba visto en su ensueo. Se la haba figurado idiota como las dems, con la cabeza llena
de mentiras y de odios y el vientre helado. Una angustia febril se apoder de l al pensar que
pudiera perderla, que aquel cuerpo blanco y juvenil se le escapara. Lo que ms tema era que la
muchacha cambiase de idea si no se pona en relacin con ella rpidamente. Pero la dificultad fsica
de esta aproximacin era enorme. Resultaba tan difcil como intentar un movimiento en el juego de
ajedrez cuando ya le han dado a uno el mate. Adondequiera que fuera uno, all estaba la
telepantalla. Todos los medios posibles para comunicarse con la joven se le ocurrieron a Winston a
los cinco minutos de leer la nota; pero una vez acostado y con tiempo para pensar bien, los fue
analizando uno a uno como si tuviera esparcidas en una mesa una fila de herramientas para
probarlas.
Desde luego, la clase de encuentro de aquella maana no poda repetirse. Si ella hubiera
trabajado en el Departamento de Registro, habra sido muy sencillo, pero Winston tena una idea
muy remota de dnde estaba el Departamento de Novela en el edificio del Ministerio y no tena
pretexto alguno para ir all. Si hubiera sabido dnde viva y a qu hora sala del trabajo, se las
habra arreglado para hacerse el encontradizo; pero no era prudente seguirla a casa ya que esto
supona esperarla delante del Ministerio a la salida, lo cual llamara la atencin indefectiblemente.
En cuanto a mandar una carta por correo, sera una locura. Ni siquiera se ocultaba que todas las
cartas se abran, por lo cual casi nadie escriba ya cartas. Para los mensajes que se necesitaba
mandar, haba tarjetas impresas con largas listas de frases y se escoga la ms adecuada borrando las
dems. En todo caso, no slo ignoraba la direccin de la muchacha, sino incluso su nombre.
Finalmente, decidi que el sitio ms seguro era la cantina. Si pudiera ocupar una mesa junto a la de
ella hacia la mitad del local, no demasiado cerca de la telepantalla y con el zumbido de las
conversaciones alrededor, le bastaba con treinta segundos para ponerse de acuerdo con ella.
Durante una semana despus, la vida fue para Winston como una pesadilla. Al da siguiente,
la joven no apareci por la cantina hasta el momento en que l se marchaba cuando ya haba sonado
la sirena. Seguramente, la haban cambiado a otro turno. Se cruzaron sin mirarse. Al da siguiente,
estuvo ella en la cantina a la hora de costumbre, pero con otras tres chicas y debajo de una
telepantalla. Pasaron tres das insoportables para Winston, en que no la vio en la cantina. Tanto su
espritu como su cuerpo haban adquirido una hipersensibilidad que casi le imposibilitaba para
hablar y moverse. Incluso en sueos no poda librarse por completo de aquella imagen. Durante
aquellos das no abri su Diario. El nico alivio lo encontraba en el trabajo; entonces consegua
olvidarla durante diez minutos seguidos. No tena ni la menor idea de lo que pudiera haberle
ocurrido y no haba que pensar en hacer una investigacin. Quiz. la hubieran vaporizado, quiz se
hubiera suicidado o, a lo mejor, la haban trasladado al otro extremo de Oceana.
La posibilidad a la vez mejor y peor de todas era que la joven, sencillamente, hubiera
cambiado de idea y le rehuyera.
Pero al da siguiente reapareci. Ya no traa el brazo en cabestrillo; slo una proteccin de
yeso alrededor de la mueca. El alivio que sinti al verla de nuevo fue tan grande que no pudo
evitar mirarla directamente durante varios segundos. Al da siguiente, casi logr hablar con ella.
59
George Orwell1984
Te quiero,
generaciones se evitara incluso la posibilidad de este peligro. Una persona creciendo con neolengua
como nico lenguaje, no sabra nunca que haba tenido antes la acepcin de igualdad poltica, o
que libre haba significado anteriormente intelectualmente libre, del mismo modo que, por
ejemplo, una persona que no hubiera odo hablar nunca de ajedrez, podra saber los segundos
significados aplicables a la reina y a la torre. Por lo tanto, quedara descartada la posibilidad de
cometer muchos crmenes y errores simplemente porque no tenan nombre y, en consecuencia, son
inimaginables. Y era de esperar que con el paso del tiempo las caractersticas que distinguan a la
neolengua, se volveran ms y ms acusadas: sus palabras iran disminuyendo, sus significados cada
vez ms restringidos y ms remoto el peligro de utilizarlos impropiamente. Al desaparecer la
Viejalengua se habra roto el ltimo lazo con el pasado. La historia ya se haba reescrito, pero
algunos fragmentos de la vieja literatura sobrevivan aqu y all, imperfectamente censurados, y
mientras persistiera el conocimiento de la Viejalengua era posible leerlos. En el futuro tales
fragmentos, incluso si sobrevivieran, seran inteligibles e intraducibles. Era imposible traducir un
pasaje de Viejalengua a Neolengua, salvo que se refiriera a algn proceso tcnico, a hechos de la
vida cotidiana o bien fuese ya de tendencia
sera la expresin en
neolengua). En la prctica, esto supona que ningn libro escrito antes de 1960 poda traducirse por
completo. La literatura anterior a la Revolucin slo poda estar sujeta a una traduccin ideolgica,
o sea, a una alteracin tanto de las palabras como del sentido. Tomemos por ejemplo el tan
conocido pasaje de la Declaracin de la Independencia:
Entendemos que son verdades evidentes el que todos los hombres han sido creados iguales,
que han sido dotados por su Creador con ciertos derechos: inalienables, entre los que se encuentran
la vida, la libertad y la bsqueda de la felicidad. Y que, para asegurar estos derechos, se han
instituido entre los hombres los gobiernos, cuyo poder depende del consentimiento de los
Gobernados. Y que cuando cualquier forma de gobierno perjudica estos fines, el pueblo tiene
derecho a alterarla o abolirla e instituir una nueva...
Hubiera sido imposible traducir este prrafo a neolengua conservando el sentido del original.
La traduccin ms aproximada consistira en tragarse todo el pasaje como
Una
traduccin completa slo poda ser ideolgica, con lo que las palabras de Jefferson se habran
convertido en un panegrico sobre el gobierno absoluto.
Buena parte de la literatura del pasado ya se haba transformado en esto. Consideraciones de
prestigio aconsejaban conservar el recuerdo de algunas figuras histricas, poniendo al mismo
tiempo algunas de sus grandes acciones en relacin con la filosofa del Ingsoc. Varios escritores
como Shakespeare, Milton, Swift, Byron, Dickens y otros estaban en proceso de traduccin. Una
vez terminado este trabajo, sus escritos originales, junto con el resto que hubiera sobrevivido de la
literatura del pasado, sera destruido. Estas traducciones eran un proceso lento y difcil y no se
esperaba que fueran terminadas antes de la primera o segunda dcada del siglo veintiuno. Haba
tambin gran cantidad de literatura meramente utilitaria manuales tcnicos indispensables y cosas
por el estilo que deban ser tratados del mismo modo. Para dar tiempo a este trabajo preliminar,
se fij una fecha tan lejana como el ao 2050 para la adopcin definitiva de la neolengua.
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George Orwell1984
ortodoxa (bienpensante
crimental.
La cara del hombre, ya palidsima, se volvi de un color increble. Era no haba lugar a
dudas de un tono verde.
Haz algo por mi chill. Me has estado matando de hambre durante varias semanas.
Acaba conmigo de una vez. Dispara contra m. Ahrcame. Condname a veinticinco aos. Queris
que denuncie a alguien ms? Decidme de quin se trata y yo dir todo lo que os convenga. No me
importa quin sea ni lo que vayis a hacerle. Tengo mujer y tres hijos. El mayor de ellos no tiene
todava seis aos. Podis coger a los cuatro y cortarles el cuerpo delante de m y yo lo contemplar
sin rechistar. Pero no me llevis a la habitacin 101.
Habitacin 101 dijo el oficial.
El hombre del rostro de calavera mir frenticamente a los dems presos como si esperara
encontrar alguno que pudiera poner en su lugar. Sus ojos se detuvieron en la aporreada cara del que
le haba ofrecido el mendrugo. Lo seal con su mano huesuda y temblorosa.
A se es al que debais llevar, no a m grit. No habis odo lo que dijo cuando le
pegaron? Os lo contar si queris orme. El s que est contra el Partido y no yo. Los guardias
avanzaron dos pasos. La voz del hombre se elev histricarnente . No lo habis odo! repiti.
La telepantalla no funcionaba bien. se es al que debis llevaros. S, l, l; yo no!
Los dos guardias lo sujetaron por el brazo, pero en ese momento el preso se tir al suelo y se
agarr a una de las patas de hierro que sujetaban el banco. Lanzaba un aullido que pareca de algn
animal. Los guardias tiraban de l. Pero se aferraba con asombrosa fuerza. Estuvieron forcejeando
as quiz unos veinte segundos. Los presos seguan inmviles con las manos cruzadas sobre las
rodillas mirando fijamente frente a ellos. El aullido se cort; el hombre slo tena ya alientos para
sujetarse. Entonces se oy un grito diferente. Un guardia le haba roto de una patada los dedos de
una mano. Lo pusieron de pie alzndolo como un pelele.
Habitacin 101 dijo el oficial.
Y se lo llevaron al hombre, que apenas poda apoyarse en el suelo y que se sujetaba con la
otra la mano partida. Haba perdido por completo los nimos.
Pas mucho tiempo. Si haba sido media noche cuando se llevaron al hombre de la cara de
calavera, era ya por la maana; si haba sido por la maana, ahora sera por la tarde. Winston estaba
solo desde haca varias horas. Le produca tal dolor estarse sentado en el estrecho banco que se
atrevi a levantarse de cuando en cuando y dar unos pasos por la celda sin que la telepantalla se lo
prohibiera. El mendrugo de pan segua en el suelo, en el mismo sitio donde lo haba tirado el
individuo de cara ratonil. Al principio, necesit Winston esforzarse mucho para no mirarlo, pero ya
no tena hambre, sino sed. Se le haba puesto la boca pegajosa y de un sabor malsimo. El constante
zumbido y la invariable luz blanca le causaban una sensacin de mareo y de tener vaca la cabeza.
Cuando no poda resistir ms el dolor de los huesos, se levantaba, pero volva a sentarse en seguida
porque estaba demasiado mareado para permanecer en pie. En cuanto consegua dominar sus
sensaciones fsicas, le volva el terror. A veces pensaba con leve esperanza en O'Brien y en la hoja
de afeitar. Bien pudiera llegar la hoja escondida en el alimento que le dieran, si es que llegaban a
darle alguno. En Julia pensaba menos. Estara sufriendo, quizs ms que l. Probablemente estara
chillando de dolor en este mismo instante. Pens: Si pudiera salvar a Julia duplicando mi dolor, lo
hara? S, lo hara. Esto era slo una decisin intelectual, tomada porque saba que su deber era
ese; pero, en verdad, no lo senta. En aquel sitio no se poda sentir nada excepto el dolor fsico y la
anticipacin de venideros dolores. Adems, era posible, mientras se estaba sufriendo realmente,
desear que por una u otra razn le aumentara a uno el dolor? Pero a esa pregunta no estaba l
todava en condiciones de responder. Las botas volvieron a acercarse. Se abri la puerta. Entr
O'Brien.
126
George Orwell1984
pura coincidencia que se hubiera sentado tan cerca de l dos das seguidos. Se le haba apagado el
cigarrillo y lo puso cuidadosamente en el borde de la mesa. Lo terminara de fumar despus del
trabajo si es que el tabaco no se haba acabado de derramar para entonces. Seguramente, el
individuo que estaba con la joven sera un agente de la Polica del Pensamiento y era muy probable,
pens Winston, que a l lo llevaran a los calabozos del Ministerio del Amor dentro de tres das, pero
no era esta una razn para desperdiciar una colilla. Syme dobl su pedazo de papel y se lo guard
en el bolsillo. Parsons haba empezado a hablar otra vez.
Te he contado, chico, lo que hicieron mis cros en el mercado? No? Pues un da le
prendieron fuego a la falda de una vieja vendedora porque la vieron envolver unas salchichas en un
cartel con el retrato del Gran Hermano. Se pusieron detrs de ella y, sin que se diera cuenta, le
prendieron fuego a la falda por abajo con una caja de cerillas. Le causaron graves quemaduras. Son
traviesos, eh? Pero eso s, ms finos...! Esto se lo deben a la buena enseanza que se da hoy a los
nios en los Espas, mucho mejor que en mi tiempo. Estn muy bien organizados. Qu creen
ustedes que les han dado a los chicos ltimamente? Pues, unas trompetillas especiales para escuchar
por las cerraduras. Mi nia trajo una a casa la otra noche. La prob en nuestra salita, y dijo que oa
con doble fuerza que si aplicaba el odo al agujero. Claro que slo es un juguete; sin embargo, as se
acostumbran los nios desde pequeos.
En aquel momento, la telepantalla dio un penetrante silbido. Era la seal para volver al
trabajo. Los tres hombres se pusieron automticamente en pie y se unieron a la multitud en la lucha
por entrar en los ascensores, lo que hizo que el cigarrillo de Winston se vaciara por completo.
35
George Orwell1984
Oste alguna vez una vieja cancin que empieza:
O'Brien, muy serio, continu la cancin:
Sabas el ltimo verso!! dijo Winston.
S, lo s, y ahora creo que es hora de que te vayas. Pero, espera, toma antes una de estas
tabletas. O'Brien, despus de darle la tableta, le estrech la mano con tanta fuerza que los huesos de
Winston casi crujieron. Winston se volvi al llegar a la puerta, pero ya O'Brien empezaba a
eliminarlo de sus pensamientos. Esperaba con la mano puesta en la llave que controlaba la
telepantalla. Ms all vea Winston la mesa despacho con su lmpara de pantalla verde, el
hablescribe y las bandejas de alambre cargadas de papeles. El incidente haba terminado. Dentro de
treinta segundos pens Winston reanudara O'Brien su interrumpido e importante trabajo al
servicio del Partido.
96
George Orwell1984
Naranjas y limones, dicen las campanas de
San Clemente.
Me debes tres peniques, dicen las campanas de San Martn.
Cundo me pagars?, dicen las campanas de Old Bailey.
Cuando me haga rico, dicen las campanas de Shoreditch
Bueno, quiz no fuera exactamente eso. Pero, por tu aspecto... quiz por tu juventud y por
lo saludable que eres; en fin, ya comprendes, cre que probablemente...
Pensaste que era una excelente afiliada. Pura en palabras y en hechos. Estandartes, desfiles,
consignas, excursiones colectivas y todo eso. Y creste que a las primeras de cambio te denunciara
como criminal mental y hara que te mataran.
S, algo as... Ya sabes que muchas chicas son de ese modo.
La culpa la tiene esa porquera dijo Julia quitndose el cinturn rojo de la liga AntiSex
y tirndolo a una rama, donde qued colgado. Luego, como si el tocarse la cintura le hubiera
recordado algo, sac del bolsillo de su mono una tableta de chocolate. La parti por la mitad y le
dio a Winston uno de los pedazos. Antes de probarlo, ya saba l por el olor que era un chocolate
muy poco frecuente. Era oscuro y brillante, envuelto en papel de plata. El chocolate,
corrientemente, era de un color castao claro y desmigajaba con gran facilidad; y en cuanto a su
sabor, era algo as como el del humo de la goma quemada. Pero alguna vez haba probado chocolate
como el que ella le daba ahora. Su aroma le haba despertado recuerdos que no poda localizar, pero
que lo turbaban intensamente.
Dnde encontraste esto? dijo.
En el mercado negro dijo ella con indiferencia. Yo me las arreglo bastante bien. Fui jefe
de seccin en los Espas. Trabajo voluntariamente tres tardes a la semana en la Liga juvenil Anti
Sex. Me he pasado horas y horas desfilando por Londres. Siempre soy yo la que lleva uno de los
estandartes. Pongo muy buena cara y nunca intento librarme de una
Mi lema es grita siempre
con los dems. Es el nico modo de estar seguros.
El primer trocito de chocolate se le haba derretido a Winston en la lengua. Su sabor era
delicioso. Pero le segua rondando aquel recuerdo que no poda fijar, algo as como un objeto visto
por el rabillo del ojo. Hizo por librarse de l quedndole la sensacin de que se trataba de algo que
l haba hecho en tiempos y que hubiera preferido no haber hecho.
Eres muy joven dijo. Debes de ser unos diez o quince aos ms joven que yo. Qu
has podido ver en un hombre como yo que te haya atrado?
Algo en tu cara. Me decid a arriesgarme. Conozco en seguida a la gente de la acera de
enfrente. En cuanto te vi supe que estabas contra
por lo visto, quera decir el Partido, y sobre todo el Partido Interior, sobre el cual
hablaba Julia con un odio manifiesto que intranquilizaba a Winston, aunque saba que aquel sitio en
que se hallaban era uno de los poqusimos lugares donde nada tenan que temer. Le asombraba la
rudeza con que hablaba Julia. Se supona que los miembros del Partido no decan palabrotas, y el
propio Winston apenas las deca como no fuera entre dientes. Sin embargo, Julia no poda nombrar
al Partido, especialmente al Partido Interior, sin usar palabras de esas que solan aparecer escritas
con tiza en los callejones solitarios. A l no le disgustaba eso, puesto que era un sntoma de la
rebelin de la joven contra el Partido y sus mtodos. Y semejante actitud resultaba natural y
saludable, como el estornudo de un caballo que huele mala avena. Haban salido del claro y
paseaban por entre los arbustos. Iban cogidos de la cintura siempre que tenan sitio suficiente para
pasar los dos juntos. Not que la cintura de Julia resultaba mucho ms suave ahora que se haba
quitado el cinturn. Seguan hablando en voz muy baja. Fuera del claro, dijo Julia, era mejor ir con
prudencia. Llegaron hasta la linde del bosquecillo. Ella lo detuvo.
No salgas a campo abierto. Podra haber alguien que nos viera. Estaremos mejor detrs de
las ramas.
65
George Orwell1984
lata.
ellos.
Ellos,
la suya adoraban a dioses falsos. No necesitaban saber que estos dioses se llamaban Baal, Osiris,
Moloch, Ashtaroth, etc. Probablemente cuanto menos supiesen sobre ellos, mejor para su ortodoxia.
Conocan a Jehov y sus mandamientos; saban, por lo tanto, que todos los dioses con otros
nombres y atributos eran dioses falsos. De manera parecida, el miembro del Partido saba lo que
constitua la correcta norma de conducta, y de un modo increblemente vago y general lo que poda
apartarle de ella. Su vida sexual, por ejemplo, estaba totalmente regulada por las dos palabras de
neolengua
(inmoralidad sexual)
(castidad). El
cubra
infracciones de todo tipo: fornicacin, adulterio, homosexualidad y otras perversiones y, adems, el
coito normal practicado por placer. No haba necesidad de nombrarlos separadamente, ya que todos
eran igualmente culpables y merecan la muerte. En el vocabulario C, que consista en palabras
tcnicas y cientficas, exista la necesidad de dar nombres especializados a ciertas aberraciones
sexuales, pero el ciudadano normal no las necesitaba. ste saba lo que se quera decir
es
decir, el coito normal entre marido y mujer con el solo propsito de engendrar hijos y sin placer
fsico por parte de la mujer; todo lo dems era
En neolengua era casi imposible seguir
un pensamiento hertico ms all de la percepcin de su carcter hertico; a partir de este punto
faltaban las palabras necesarias. Ninguna palabra en el vocabulario B era ideolgicamente neutral.
Muchas eran eufemismos. Palabras como, por ejemplo,
(campo de trabajos forzados) o
(Ministerio de la Paz, es decir, Ministerio de la Guerra) significaban exactamente lo
opuesto de lo que parecan indicar. Algunas palabras, por otro lado, traducan una franca y
despreciativa comprensin por la naturaleza real de la sociedad de Oceana. Por ejemplo,
significaba la porquera de entretenimiento y falsas noticias que el Partido daba a las
masas. Otras palabras adems eran ambivalentes, teniendo la connotacin de bueno cuando eran
aplicadas al Partido y de malo cuando eran aplicadas al enemigo. Pero adems haba gran
cantidad de palabras que a primera vista parecan meras abreviaciones y que extraan su color
ideolgico no de su significado sino de su estructura. Hasta donde fuera posible todo lo que pudiera
tener un significado poltico de cualquier tipo entraba en el vocabulario B. Los nombres de
organizaciones, grupos de personas, doctrinas, pases o instituciones o edificios pblicos, haban
quedado recortados de forma muy sencilla, es decir, una sola palabra fcilmente pronunciable con el
menor nmero de slabas y que conservaba la derivacin original. En el Ministerio de la Verdad,
por ejemplo, el Departamento de Registro donde trabajaba Winston Smith se llamaba
, el
Departamento de Ficcin se llamaba
, el Departamento de Teleprogramas se llamaba
, etc. La finalidad no era slo ganar tiempo. Incluso en las primeras dcadas del siglo veinte,
las palabras y frases abreviadas haban sido uno de los rasgos caractersticos del lenguaje poltico y
era notorio que la tendencia a usar abreviaturas de este tipo era ms marcada en pases y
organizaciones totalitarias. Ejemplos de ello son palabras tales como
y
Al principio esta prctica se haba adoptado instintivamente, pero en
neolengua se utilizaba con un propsito consciente. Haban observado que abreviando un nombre se
estrechaba y alteraba sutilmente su significado, perdiendo la mayora de asociaciones de ideas que
de otra manera habra mantenido. Las palabras
por ejemplo, evocan la
imagen polifactico de solidaridad humana, banderas rojas, barricadas, Karl Marx y la Comuna de
Pars. La palabra
, por otro lado, slo sugiere una organizacin tupida y cerrada, con una
doctrina concreta. Se refiere a algo tan fcilmente reconocible y limitado en su propsito como una
silla o una mesa.
es una palabra que se puede pronunciar casi sin pensar, mientras que
es una frase en la que uno tiene que detenerse por lo menos unos
momentos. Del mismo modo, las asociaciones ideolgicas que la palabra
evoca son
menores y ms controlables que las sugeridas por
sta era la razn del
hbito de abreviar siempre que fuera posible, as como tambin el casi exagerado cuidado que
dedicaban a facilitar la pronunciacin de las palabras. En neolengua, la obsesin de la euforia
pesaba ms que cualquier otra consideracin, salvo la exactitud del significado. Si era necesario,
siempre se sacrificaba la regularidad de la gramtica en aras de la euforia. Y con razn, ya que lo
que se requera, sobre todo por razones polticas, eran palabras cortas y de significado inequvoco
que pudieran pronunciarse rpidamente y que despertaran el mnimo de sugerencias en la mente del
165
George Orwell1984
sexocrimen
y buensexo
sexocrimen
buensexo,
sexocrimen.
gozocampo
Minipax
prolealimento
Regdep
Ficdep
Teledep
Nazi, Gestapo, Comintern,
Imprecorr
Agitrop.
Internacional Comunista,
Comintern
Comintern
Internacional Comunista,
Miniver
Ministerio de la Verdad.
Cuando yo era joven insisti el viejo no bebamos por litros ni por medios litros.
Cuando usted era joven nosotros vivamos en las copas de los rboles dijo el tabernero
guindoles el ojo a los otros clientes.
Hubo una carcajada general y la intranquilidad causada por la llegada de Winston pareca
haber desaparecido. El viejo enrojeci, se volvi para marcharse, refunfuando, y tropez con
Winston. Winston lo cogi deferentemente por el brazo.
Me permite invitarle a beber algo? dijo.
Usted es un caballero dijo el otro, que pareca no haberse fijado en el mono azul de
Winston. Una pinta, quiera usted o no quiera! aadi agresivo dirigindose al tabernero.
ste llen dos vasos de medio litro con cerveza negra. La cerveza era la nica bebida que se
poda conseguir en los establecimientos de bebidas de los proles. Estos no estaban autorizados a
beber cerveza aunque en la prctica se la proporcionaban con mucha facilidad. El tiro al blanco con
dardos estaba otra vez en plena actividad y los hombres que beban en el mostrador discutan sobre
billetes de lotera. Todos olvidaron durante unos momentos la presencia de Winston. Haba una
mesa debajo de una ventana donde el viejo y l podran hablar sin miedo a ser odos. Era
terriblemente peligroso, pero no haba telepantalla en la habitacin. De esto se haba asegurado
Winston en cuanto entr.
Debe usted de haber visto grandes cambios desde que era usted un muchacho empez a
explorar Winston.
La plida mirada azul del viejo recorri el local como si fuera all donde los cambios haban
ocurrido.
La cerveza era mejor dijo por ltimo; y ms barata. Cuando yo era un jovencito, la
cerveza costaba cuatro peniques los tres cuartos. Eso era antes de la guerra, naturalmente.
Qu guerra era sa? pregunt Winston.
Siempre hay alguna guerra dijo el anciano con vaguedad. Levant el vaso y brind. A su
salud, caballero!
En su delgada garganta la nuez puntiaguda hizo un movimiento de sorprendente rapidez arriba
y abajo y la cerveza desapareci. Winston se acerc al mostrador y volvi con otros dos medios
litros.
Usted es mucho mayor que yo dijo Winston. Cuando yo nac sera usted ya un hombre
hecho y derecho.
Usted puede recordar lo que pasaba en los tiempos anteriores a la Revolucin; en cambio, la
gente de mi edad no sabe nada de esa poca. Slo podemos leerlo en los libros, y lo que dicen los
libros puede no ser verdad. Me gustara saber su opinin sobre esto. Los libros de historia dicen que
la vida anterior a la Revolucin era por completo distinta de la de ahora. Haba una opresin
terrible, injusticias, pobreza... en fin, que no puede uno imaginar siquiera lo malo que era aquello.
Aqu, en Londres, la gran masa de gente no tena qu comer desde que nacan hasta que moran. La
mitad de aquellos desgraciados no tenan zapatos que ponerse. Trabajaban doce horas al da,
dejaban de estudiar a los nueve aos y en cada habitacin dorman diez personas. Y a la vez haba
algunos individuos, muy pocos, slo unos cuantos miles en todo el mundo, los capitalistas, que eran
ricos y poderosos. Eran dueos de todo. Vivan en casas enormes y suntuosas con treinta criados,
slo se movan en autos y coches de cuatro caballos, beban champn y llevaban sombrero de copa.
48
George Orwell1984
Polica del Pensamiento? Por la muerte del Gran Hermano? Por la humanidad? Por el futuro?
Por el pasado dijo Winston.
S, el pasado es ms importante concedi O'Brien seriamente.
Vaciaron los vasos y un momento despus se levant Julia para marcharse. O'Brien cogi una
cajita que estaba sobre un pequeo armario y le dio a la joven una tableta delgada y blanca para que
se la colocara en la lengua. Era muy importante no salir oliendo a vino; los encargados del ascensor
eran muy observadores. En cuanto Julia cerr la puerta, O'Brien pareci olvidarse de su existencia.
Dio unos cuantos pasos ms y se par.
Hay que arreglar todava unos cuantos detalles dijo. Supongo que tendrs algn
escondite.
Winston le explic lo de la habitacin sobre la tienda del seor Charrington.
Por ahora, basta con eso. Ms tarde te buscaremos otra cosa. Hay que cambiar de escondite
con frecuencia. Mientras tanto, te enviar una copia del
Winston observ que hasta O'Brien
pareca pronunciar esa palabra en cursiva. Ya supondrs que me refiero al libro de Goldstein. Te
lo mandar lo ms pronto posible. Quiz tarde algunos das en lograr el ejemplar. Comprenders
que circulan muy pocos. La Polica del Pensamiento los descubre y destruye casi con la misma
rapidez que los imprimimos nosotros. Pero da lo mismo. Ese libro es indestructible. Si el ltimo
ejemplar desapareciera, podramos reproducirlo de memoria. Sueles llevar una cartera a la oficina?
Aadi.
S. Casi siempre.
Cmo es?
Negra, muy usada. Con dos correas.
Negra, dos correas, muy usada... Bien. Algn da de stos, no puedo darte una fecha exacta,
uno de los mensajes que te lleguen en tu trabajo de la maana contendr una errata y tendrs que
pedir que te lo repitan. Al da siguiente irs al trabajo sin la cartera. A cierta hora del da, en la calle,
se te acercar un hombre y te tocar en el brazo, dicindote: Creo que se te ha cado esta cartera.
La que te d contendr un ejemplar del libro de Goldstein. Tienes que devolverlo a los catorce das
o antes por el mismo procedimiento.
Estuvieron callados un momento.
Falta un par de minutos para que tengas que irte dijo O'Brien. Quiz volvamos a
encontrarnos, aunque es muy poco probable, y entonces nos veremos en...
Winston lo mir fijamente.
... En el sitio donde no hay oscuridad? dijo vacilando.
O'Brien asinti con la cabeza, sin dar seales de extraeza:
En el sitio donde no hay oscuridad repiti como si hubiera recogido la alusin. Y
mientras tanto, hay algo que quieras decirme antes de salir de aqu Alguna pregunta?
Winston pens unos instantes. No crea tener nada ms que preguntar. En vez de cosas
relacionadas con O'Brien o la Hermandad, le acuda a la mente una imagen superpuesta de la
oscura habitacin donde su madre haba pasado los ltimos das y el dormitorio en casa del seror
Charrington, el pisapapeles de cristal y el grabado con su marco de palo rosa. Entonces dijo:
95
George Orwell1984
libro.
siempre.
La careta le apretaba la cara. El alambre le araaba las mejillas. Luego..., no, no fue alivio,
sino slo esperanza, un diminuto fragmento de esperanza. Demasiado tarde, quizs fuese ya
demasiado tarde. Pero haba comprendido de pronto que en todo el mundo slo haba
persona a
la que pudiese transferir su castigo, un cuerpo que poda arrojar entre las ratas y l. Y empez a
gritar una y otra vez, frenticamente:
Hzselo a Julia! Hzselo a Julia! A m, no! A Julia! No me importa lo que le hagas a
ella. Desgrrale la cara, descoyntale los huesos. Pero a m, no! A Julia! A m, no!
Caa hacia atrs hundindose en enormes abismos, alejndose de las ratas a vertiginosa
velocidad. Estaba todava atado a la silla, pero haba pasado a travs del suelo, de los muros del
edificio, de la tierra, de los ocanos, e iba lanzado por la atmsfera en los espacios interestelares,
alejndose sin cesar de las ratas... Se encontraba ya a muchos aosluz de distancia, pero O'Brien
estaba an a su lado. Todava le apretaba el alambre, en las mejillas. Pero en la oscuridad que lo
envolva oy otro chasquido metlico y saba que el primer resorte haba vuelto a funcionar y la
jaula no haba llegado a abrirse.
154
George Orwell1984
una
fantico ignorante y crdulo en el que prevalezca el miedo, el odio, la adulacin y una continua
sensacin orgistico de triunfo. En otras palabras, es necesario que ese hombre posea la mentalidad
tpica de la guerra. No importa que haya o no haya guerra y, ya que no es posible una victoria
decisiva, tampoco importa si la guerra va bien o mal. Lo nico preciso es que exista un estado de
guerra. La desintegracin de la inteligencia especial que el Partido necesita de sus miembros, y que
se logra mucho mejor en una atmsfera de guerra, es ya casi universal, pero se nota con ms relieve
a medida que subimos en la escala jerrquica. Precisamente es en el Partido Interior donde la
histeria blica y el odio al enemigo son ms intensos. Para ejercer bien sus funciones
administrativas, se ve obligado con frecuencia el miembro del Partido Interior a saber que esta o
aquella noticia de guerra es falsa y puede saber muchas veces que una pretendida guerra o no existe
o se est realizando con fines completamente distintos a los declarados. Pero ese conocimiento
queda neutralizado fcilmente mediante la tcnica del doblepensar. De modo que ningn miembro
del Partido Interior vacila ni un solo instante en su creencia mstica de que la guerra es una realidad
y que terminar victoriosamente con el dominio indiscutible de Oceana sobre el mundo entero.
Todos los miembros del Partido Interior creen en esta futura victoria total como en un artculo
de fe. Se conseguir, o bien paulatinamente mediante la adquisicin de ms territorios sobre los que
se basar una aplastante preponderancia, o bien por el descubrimiento de algn arma secreta.
Contina sin cesar la bsqueda de nuevas armas, y sta es una de las poqusimas actividades en que
todava pueden encontrar salida la inventiva y las investigaciones cientficas. En la Oceana de hoy
la ciencia en su antiguo sentido ha dejado casi de existir. En neolengua no hay palabra para ciencia.
El mtodo emprico de pensamiento, en el cual se basaron todos los adelantos cientficos del
pasado, es opuesto a los principios fundamentales de Ingsoc. E incluso el progreso tcnico slo
existe cuando sus productos pueden ser empleados para disminuir la libertad humana.
Las dos finalidades del Partido son conquistar toda la superficie de la Tierra y extinguir de
una vez para siempre la posibilidad de toda libertad del pensamiento. Hay, por tanto, dos grandes
problemas que ha de resolver el Partido. Uno es el de descubrir, contra la voluntad del interesado, lo
que est pensando determinado ser humano, y el otro es cmo suprimir, en pocos segundos y sin
previo aviso, a varios centenares de millones de personas. ste es el principal objetivo de las
investigaciones cientficas. El hombre de ciencia actual es una mezcla de psiclogo y polica que
estudia con extraordinaria minuciosidad el significado de las expresiones faciales, gestos y tonos de
voz, los efectos de las drogas que obligan a decir la verdad, la teraputica del
del hipnotismo
y de la tortura fsica; y si es un qumico, un fsico o un bilogo, slo se preocupar por aquellas
ramas que dentro de su especialidad sirvan para matar. En los grandes laboratorios del Ministerio de
la Paz, en las estaciones experimentales ocultas en las selvas brasileas, en el desierto australiano o
en las islas perdidas del Atlntico, trabajan incansablemente los equipos tcnicos. Unos se dedican
slo a planear la logstica de las guerras futuras; otros, a idear bombas cohete cada vez mayores,
explosivos cada vez ms poderosos y corazas cada vez ms impenetrables; otros buscan gases ms
mortferos o venenos que puedan ser producidos en cantidades tan inmensas que destruyan la
vegetacin de todo un continente, o cultivan grmenes inmunizados contra todos los posibles
antibiticos; otros se esfuerzan por producir un vehculo que se abra paso por la tierra como un
submarino bajo el agua, o un aeroplano tan independiente de su base como un barco en el mar, otros
exploran posibilidades an ms remotas, como la de concentrar los rayos del sol mediante
gigantescas lentes suspendidas en el espacio a miles de kilmetros, o producir terremotos artificiales
utilizando el calor del centro de la Tierra.
Pero ninguno de estos proyectos se aproxima nunca a su realizacin, y ninguno de los tres
superestados adelanta a los otros dos de un modo definitivo. Lo ms notable es que las tres
potencias tienen ya, con la bomba atmica, un arma mucho ms poderosa que cualquiera de las que
ahora tratan de convertir en realidad. Aunque el Partido, segn su costumbre, quiere atribuirse el
invento, las bombas atmicas aparecieron por primera vez a principios de los aos cuarenta y tantos
de este siglo y fueron usadas en gran escala unos diez aos despus. En aquella poca cayeron unos
103
George Orwell1984
shock,
Pensamiento circulaban entre ellos, esparciendo rumores falsos y eliminando a los pocos
considerados capaces de convertirse en peligrosos; pero no se intentaba adoctrinarlos con la
ideologa del Partido. No era deseable que los proles tuvieran sentimientos polticos intensos. Todo
lo que se les peda era un patriotismo primitivo al que se recurra en caso de necesidad para que
trabajaran horas extraordinarias o aceptaran raciones ms pequeas. E incluso cuando cunda entre
ellos el descontento, como ocurra a veces, era un descontento que no serva para nada porque, por
carecer de ideas generales, concentraban su instinto de rebelda en quejas sobre minucias de la vida
corriente. Los grandes males, ni los olan. La mayora de los proles ni siquiera era vigilada con
telepantallas. La polica los molestaba muy poco. En Londres haba mucha criminalidad, un mundo
revuelto de ladrones, bandidos, prostitutas, traficantes en drogas y maleantes de toda clase; pero
como sus actividades tenan lugar entre los mismos proles, daba igual que existieran o no. En todas
las cuestiones de moral se les permita a los proles que siguieran su cdigo ancestral. No se les
impona el puritanismo sexual del Partido. No se castigaba su promiscuidad y se permita el
divorcio. Incluso el culto religioso se les habra permitido si los proles hubieran manifestado la
menor inclinacin a l. Como deca el Partido: los proles y los animales son libres.
Winston se rasc con precaucin sus varices. Haban empezado a picarle otra vez. Siempre
volva a preocuparle saber qu habra sido la vida anterior a la Revolucin. Sac del cajn un
ejemplar del libro de historia infantil que le haba prestado la seora Parsons y empez a copiar un
trozo en su diario:
...
Winston se saba toda la continuacin. Se hablaba all de los obispos y de sus vestimentas, de
los jueces con sus trajes de armio, de la horca, del gato de nueve colas, del banquete anual que
daba el alcalde y de la costumbre de besar el anillo del Papa. Tambin haba una referencia al
que no convena mencionar en un libro de texto para nios. Era la ley segn la cual
todo capitalista tena el derecho de dormir con cualquiera de las mujeres que trabajaban en sus
fbricas.
Cmo saber qu era verdad y qu era mentira en aquello? Despus de todo, poda ser verdad
que la Humanidad estuviera mejor entonces que antes de la Revolucin. La nica prueba en
contrario era la protesta muda de la carne y los huesos, la instintiva sensacin de que las
condiciones de vida eran intolerables y que en otro tiempo tenan que haber sido diferentes. A
Winston le sorprenda que lo ms caracterstico de la vida moderna no fuera su crueldad ni su
inseguridad, sino sencillamente su vaciedad, su absoluta falta de contenido. La vida no se pareca,
40
George Orwell1984
En los antiguos tiempos (deca el libro de texto) antes de la gloriosa Revolucin, no era
Londres la hermosa ciudad que hoy conocemos. Era un lugar tenebroso, sucio y miserable donde
casi nadie tena nada que comer y donde centenares y millares de desgraciados no tenan zapatos
que ponerse ni siquiera un techo bajo el cual dormir. Nios de la misma edad que vosotros deban
trabajar doce horas al da a las rdenes de crueles amos que los castigaban con ltigos si
trabajaban con demasiada lentitud y solamente los alimentaban con pan duro y agua. Pero entre
toda esta horrible miseria, haba unas cuantas casas grandes y hermosas donde vivan los ricos,
cada uno de los cuales tena por lo menos treinta criados a su disposicin. Estos ricos se llamaban
capitalistas. Eran individuos gordos y feos con caras de malvados como el que puede apreciarse en
la ilustracin de la pgina siguiente. Podris ver, nios, que va vestido con una chaqueta negra
larga a la que llamaban frac y un sombrero muy raro y brillante que parece el tubo de una
estufa, al que llamaban sombrero de copa. Este era el uniforme de los capitalistas, y nadie ms
poda llevarlo, los capitalistas eran dueos de todo que haba en el mundo y todos los que no eran
capitalistas pasaban a ser sus esclavos. Posean toda la tierra, todas las casas, todas las fbricas y
el dinero todo. Si alguien les desobedeca, era encarcelado inmediatamente y podan dejarlo sin
trabajo y hacerlo morir de hambre. Cuando una persona corriente hablaba con un capitalista tena
que descubrirse, inclinarse profundamente ante l y llamarlo seor. El jefe supremo de todos los
capitalistas era llamado el Rey
y
jus
primae noctis
escribi Winston
Si haba esperanza, tena que estar en los proles porque slo en aquellas masas abandonadas,
que constituan el ochenta y cinco por ciento de la poblacin de Oceana, podra encontrarse la
fuerza suficiente para destruir al Partido. ste no poda descomponerse desde dentro. Sus enemigos,
si los tena en su interior, no podan de ningn modo unirse, ni siquiera identificarse mutuamente.
Incluso si exista la legendaria Hermandad y era muy posible que existiese resultaba inconcebible
que sus miembros se pudieran reunir en grupos mayores de dos o tres. La rebelda no poda pasar de
un destello en la mirada o determinada inflexin en la voz; a lo ms, alguna palabra murmurada.
Pero los proles, si pudieran darse cuenta de su propia fuerza, no necesitaran conspirar. Les bastara
con encabritarse como un caballo que se sacude las moscas. Si quisieran podran destrozar el
Partido maana por la maana. Desde luego, antes o despus se les ocurrir. Y, sin embargo...
Record Winston una vez que haba dado un paseo por una calle de mucho trfico cuando oy
un tremendo grito mltiple. Centenares de voces, voces de mujeres, salan de una calle lateral. Era
un formidable grito de ira y desesperacin, un tremendo Oooooh! Winston se sobresalt
terriblemente. Ya empez! Un motn!, pens. Por fin, los proles se sacudan el yugo; pero cuando
lleg al sitio de la aglomeracin vio que una multitud de doscientas o trescientas mujeres se
agolpaban sobre los puestos de un mercado callejero con expresiones tan trgicas como si fueran las
pasajeras de un barco en trance de hundirse. En aquel momento, la desesperacin general se quebr
en innumerables peleas individuales. Por lo visto, en uno de los puestos haban estado vendiendo
sartenes de lata. Eran utensilios muy malos, pero los cacharros de cocina eran siempre de casi
imposible adquisicin. Por fin, haba llegado una provisin inesperadamente. Las mujeres que
lograron adquirir alguna sartn fueron atacadas por las dems y trataban de escaparse con sus
trofeos mientras que las otras las rodeaban y acusaban de favoritismo a la vendedora. Aseguraban
que tena ms en reserva. Aumentaron los chillidos. Dos mujeres, una de ellas con el pelo suelto, se
haban apoderado de la misma sartn y cada una intentaba quitrsela a la otra. Tiraron cada una por
su lado hasta que se rompi el mango. Winston las mir con asco. Sin embargo, qu energas tan
aterradoras haba percibido l bajo aquella gritera! Y, en total, no eran ms que dos o tres
centenares de gargantas. Por qu no protestaran as por cada cosa de verdadera importancia?
Escribi:
Winston pens que sus palabras parecan sacadas de uno de los libros de texto del Partido. El
Partido pretenda, desde luego, haber liberado a los proles de la esclavitud. Antes de la Revolucin,
eran explotados y oprimidos ignominiosamente por los capitalistas. Pasaban hambre. Las mujeres
tenan que trabajar a la viva fuerza en las minas de carbn (por supuesto, las mujeres seguan
trabajando en las minas de carbn), los nios eran vendidos a las fbricas a la edad de seis aos.
Pero, simultneamente, fiel a los principios del doblepensar, el Partido enseaba que los proles eran
inferiores por naturaleza y deban ser mantenidos bien sujetos, como animales, mediante la
aplicacin de unas cuantas reglas muy sencillas. En realidad, se saba muy poco de los proles. Y no
era necesario saber mucho de ellos. Mientras continuaran trabajando y teniendo hijos, sus dems
actividades carecan de importancia. Dejndoles en libertad como ganado suelto en la pampa de la
Argentina, tenan un estilo de vida que pareca serles natural. Se regan por normas ancestrales.
Nacan, crecan en el arroyo, empezaban a trabajar a los doce aos, pasaban por un breve perodo de
belleza y deseo sexual, se casaban a los veinte aos, empezaban a envejecer a los treinta y se moran
casi todos ellos hacia los sesenta aos. El duro trabajo fsico, el cuidado del hogar y de los hijos, las
mezquinas peleas entre vecinos, el cine, el ftbol, la cerveza y sobre todo, el juego, llenaban su
horizonte mental. No era dificil mantenerlos a raya. Unos cuantos agentes de la Polica del
39
CAPITULO VII
George Orwell1984
Si hay alguna espera,
, est en los proles.
Hasta que no tengan conciencia de su fuerza, no se revelarn, y hasta despus de haberse
rebelado, no sern conscientes. ste es el problema.
el
analizando las razones que haban tenido para desertar y prometiendo enmendarse.
Poco tiempo despus de ser puestos en libertad esos tres hombres, Winston los haba visto en
el Caf del Nogal. Recordaba con qu aterrada fascinacin los haba observado con el rabillo del
ojo. Eran mucho ms viejos que l, reliquias del mundo antiguo, casi las ltimas grandes figuras
que haban quedado de los primeros y heroicos das del Partido. Todava llevaban como una aureola
el brillo de su participacin clandestina en las primeras luchas y en la guerra civil. Winston crey
haber odo los nombres de estos tres personajes mucho antes de saber que exista el Gran Hermano,
aunque con el tiempo se le confundan en la mente las fechas y los hechos. Sin embargo, estaban ya
fuera de la ley, eran enemigos intocables, se cerna sobre ellos la absoluta certeza de un prximo
aniquilamiento. Cuestin de uno o dos aos. Nadie que hubiera cado una vez en manos de la
Polica del Pensamiento, poda escaparse para siempre. Eran cadveres que esperaban la hora de ser
enviados otra vez a la tumba.
No haba nadie en ninguna de las mesas prximas a ellos. No era prudente que le vieran a uno
cerca de semejantes personas. Los tres, silenciosos, beban ginebra con clavo; una especialidad de la
casa. De los tres, era Rutherford el que ms haba impresionado a Winston. En tiempos, Rutherford
fue un famoso caricaturista cuyas brutales stiras haban ayudado a inflamar la opinin popular
antes y durante la Revolucin. Incluso ahora, a largos intervalos, aparecan sus caricaturas y
satricas historietas en el
Eran una imitacin de su antiguo estilo y ya no tenan vida ni
convencan. Era volver a cocinar los antiguos temas: nios que moran de hambre, luchas callejeras,
capitalistas con sombrero de copa (hasta en las barricadas seguan los capitalistas con su sombrero
de copa), es decir, un esfuerzo desesperado por volver a lo de antes. Era un hombre monstruoso con
una crencha de cabellos gris grasienta, bolsones en la cara y unos labios negroides muy gruesos. De
joven debi de ser muy fuerte; ahora su voluminoso cuerpo se inclinaba y pareca derrumbarse en
todas las direcciones. Daba la impresin de una montaa que se iba a desmoronar de un momento a
otro.
Era la solitaria hora de las quince. Winston no poda recordar ya por qu haba entrado en el
caf a esa hora. No haba casi nadie all. Una musiquilla brotaba de las telepantallas. Los tres
hombres, sentados en un rincn, casi inmviles, no hablaban ni una palabra. El camarero, sin que le
pidieran nada, volva a llenar los vasos de ginebra. Haba un tablero de ajedrez sobre la mesa, con
todas las piezas colocadas, pero no haban empezado a jugar. Entonces, quiz slo durante medio
minuto, ocurri algo en la telepantalla. Cambi la msica que tocaba. Era dificil describir el tono de
la nueva msica: una nota burlona, cascada, que a veces pareca un rebuzno. Winston, mentalmente,
la llam la nota amarilla.
Y la voz de la telepantalla cantaba:
Los tres personajes no se movieron, pero cuando Winston volvi a mirar la desvencijada cara
de Rutherford, vio que estaba llorando. Por vez primera observ, con sobresalto, pero sin saber por
qu se impresionaba, que tanto Aaronson como Rutherford tenan partidas las narices.
Un poco despus, los tres fueron detenidos de nuevo. Por lo visto, se haban comprometido en
nuevas conspiraciones en el mismo momento de ser puestos en libertad. En el segundo proceso
confesaron otra vez sus antiguos crmenes, con una sarta de nuevos delitos. Fueron ejecutados y su
historia fue registrada en los libros de historia publicados por el Partido como ejemplo para la
42
George Orwell1984
Times
Times.
Bajo el Nogal de las ramas extendidas
yo te vend y t me vendiste.
All yacen ellos y aqu yacemos nosotros.
Bajo el Nogal de las ramas extendidas.
entierro que dur muchas horas y que en realidad constituy un mitin patritico. Otra bomba cay
en un solar inmenso que utilizaban los nios para jugar y varias docenas de stos fueron
despedazados. Hubo muchas ms manifestaciones indignadas, Goldstein fue quemado en efigie,
centenares de carteles representando al soldado eurasitico fueron rasgados y arrojados a las llamas
y muchas tiendas fueron asaltadas. Luego se esparci el rumor de que unos espas dirigan los
cohetes mortferos por medio de la radio y un anciano matrimonio acusado de extranjera pereci
abrasado cuando las turbas incendiaron su casa.
En la habitacin encima de la tienda del seor Charrington, cuando podan ir all, Julia y
Winston se quedaban echados uno junto al otro en la desnuda cama bajo la ventana abierta,
desnudos para estar ms frescos. La rata no volvi, pero las chinches se multiplicaban odiosamente
con ese calor. No importaba. Sucia o limpia, la habitacin era un paraso. Al llegar echaban
pimienta comprada en el mercado negro sobre todos los objetos, se sacaban la ropa y hacan el amor
con los cuerpos sudorosos, luego se dorman y al despertar se encontraban con que las chinches se
estaban formando para el contraataque. Cuatro, cinco, seis, hasta siete veces se encontraron all
durante el mes de junio. Winston haba dejado de beber ginebra a todas horas. Le pareca que ya no
lo necesitaba. Haba engordado. Sus varices ya no le molestaban; en realidad casi haban
desaparecido y por las maanas ya no tosa al despertarse. La vida haba dejado de serie intolerable,
no senta la necesidad de hacerle muecas a la telepantalla ni el sufrimiento de no poder gritar
palabrotas cada vez que oa un discurso. Ahora que casi tenan un hogar, no les pareca mortificante
reunirse tan pocas veces y slo un par de horas cada vez. Lo importante es que existiese aquella
habitacin; saber que estaba all era casi lo mismo que hallarse en ella. Aquel dormitorio era un
mundo completo, una bolsa del pasado donde animales de especies extinguidas podan circular.
Tambin el seor Charrington, pens Winston, perteneca a una especie extinguida. Sola hablar con
l un rato antes de subir. El viejo sala poco, por lo visto, y apenas tena clientes. Llevaba una
existencia fantasmal entre la minscula tienda y la cocina, todava ms pequea, donde l mismo se
guisaba y donde tena, entre otras cosas raras, un gramfono increblemente viejo con una enorme
bocina. Pareca alegrarse de poder charlar. Entre sus intiles mercancas, con su larga nariz y
gruesos lentes, encorvado bajo su chaqueta de terciopelo, tena ms aire de coleccionista que de
mercader. De vez en cuando, con un entusiasmo muy moderado, coga alguno de los objetos que
tena a la venta, sin preguntarle nunca a Winston si lo quera comprar, sino ensendoselo slo para
que lo admirase. Hablar con l era como escuchar el tintineo de una desvencijada cajita de msica.
Algunas veces, se sacaba de los desvanes de su memoria algunos polvorientos retazos de canciones
olvidadas. Haba una sobre veinticuatro pjaros negros y otra sobre una vaca con un cuerno torcido
y otra que relataba la muerte del pobre gallo
He pensado que podra gustarle a usted
deca con una risita tmida cuando repeta algunos versos sueltos de aquellas canciones. Pero nunca
recordaba ninguna cancin completa.
Julia y Winston saban perfectamente en verdad, ni un solo momento dejaban de tenerlo
presente que aquello no poda durar. A veces la sensacin de que la muerte se cerna sobre ellos
les resultaba tan slida como el lecho donde estaban echados y se abrazaban con una desesperada
sensualidad, como un alma condenada aferrndose a su ltimo rato de placer cuando faltan cinco
minutos para que suene el reloj. Pero tambin haba veces en que no slo se sentan seguros, sino
que tenan una sensacin de permanencia. Crean entonces que nada podra ocurrirles mientras
estuvieran en su habitacin. Llegar hasta all era dificil y peligroso, pero el refugio era invulnerable.
Igualmente, Winston, mirando el corazn del pisapapeles, haba sentido como si fuera posible
penetrar en aquel mundo de cristal y que una vez dentro el tiempo se podra detener. Con frecuencia
se entregaban ambos a ensueos de fuga. Se imaginaban que tendran una suerte magnfica por
tiempo indefinido y que podran continuar llevando aquella vida clandestina durante toda su vida
natural. O bien Katharine morira, lo cual les permitira a Winston y Julia, mediante sutiles
maniobras, llegar a casarse. O se suicidaran juntos. O desapareceran, disfrazndose de tal modo
que nadie los reconocera, aprendiendo a hablar con acento proletario, logrando trabajo en una
fbrica y viviendo siempre, sin ser descubiertos, en una callejuela como aqulla. Los dos saban que
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George Orwell1984
Robin.
En aquella celda haba presenciado Winston un constante entrar y salir de presos de la ms
variada condicin: traficantes de drogas, ladrones, bandidos, gente del mercado negro, borrachos y
prostitutas. Algunos de los borrachos eran tan violentos que los dems presos tenan que ponerse de
acuerdo para sujetarlos. Una horrible mujer de unos sesenta aos, con grandes pechos cados y
greas de cabello blanco sobre la cara, entr empujada por los guardias. Cuatro de stos la sujetaban
mientras ella daba patadas y chillaba. Tuvieron que quitarle las botas con las que la vieja les
castigaba las espinillas y la empujaron hacindola caer sentada sobre las piernas de Winston. El
golpe fue tan violento que Winston crey que se le haban partido los huesos de los muslos. La
mujer les grit a los guardias, que ya se marchaban: Hijos de perra!. Luego, notando que estaba
sentada en las piernas de Winston, se dej resbalar hasta la madera.
Perdona, querido le dijo. No me hubiera sentado encima de ti, pero esos matones me
empujaron. No saben tratar a una dama. Se call unos momentos y, despus de darse unos
golpecitos en el pecho, eruct ruidosamente Perdona, chico dijo. Yo ya no soy yo.
Se inclin hacia delante y vomit copiosamente sobre el suelo.
Esto va mejor dijo, volviendo a apoyar la espalda en la pared y cerrando los ojos. Es lo
que yo digo: lo mejor es echarlo fuera mientras est reciente en el estmago.
Reanimada, volvi a fijarse en Winston y pareci tomarle un sbito cario. Le pas uno de
sus flcidos brazos por los hombros y lo atrajo hacia ella, echndole encima un pestilente vaho a
cerveza y porquera.
Cmo te llamas, cario? le dijo.
Smith.
Smith? repeta la mujer. Tiene gracia. Yo tambin me llamo Smith. Es que aadi
sentimentalmenteyo poda ser tu madre.
En efecto, poda ser mi madre, pens Winston. Tena aproximadamente la misma edad y el
mismo aspecto fsico y era probable que la gente cambiara algo despus de pasar veinte aos en un
campo de trabajos forzados.
Nadie ms le haba hablado. Era sorprendente hasta qu punto despreciaban los criminales
ordinarios a los presos del Partido. Los llamaban, despectivamente, los
y no sentan ningn
inters por lo que hubieran hecho o dejado de hacer. Los presos del Partido parecan tener un miedo
atroz a hablar con nadie y, sobre todo, a hablar unos con otros. Slo una vez, cuando dos miembros
del Partido, ambos mujeres, fueron sentadas juntas en el banco, oy Winston entre la algaraba de
voces, unas cuantas palabras murmuradas precipitadamente y, sobre todo, la referencia a algo que
llamaban la habitacin unocerouno. No saba a qu se podan referir.
Quiz llevara dos o tres horas en este nuevo sitio. El dolor de vientre no se le pasaba, pero se
le aliviaba algo a ratos y entonces sus pensamientos eran un poco menos ttricos. En cambio,
cuando aumentaba el dolor, slo pensaba en el dolor mismo y en su hambre. Al aliviarse, se
apoderaba el pnico de l. Haba momentos en que se figuraba de modo tan grfico las cosas que
iban a hacerle que el corazn le galopaba y se le cortaba la respiracin. Senta los porrazos que iban
a darle en los codos y las patadas que le daran las pesadas botas claveteadas de hierro. Se vea a s
mismo retorcindose en el suelo, pidiendo a gritos misericordia por entre los dientes partidos.
Apenas recordaba a Julia. No poda concentrar en ella su mente. La amaba y no la traicionara; pero
eso era slo un hecho, conocido por l como conoca las reglas de aritmtica. No
amor por
ella y ni siquiera se preocupaba por lo que pudiera estarle sucediendo a Julia en ese momento. En
cambio pensaba con ms frecuencia en O'Brien con cierta esperanza. O'Brien tena que saber que lo
haban detenido. Haba dicho que la Hermandad nunca intentaba salvar a sus miembros. Pero la
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George Orwell1984
polits,
senta
tcnicamente posible la igualdad humana. Segua siendo cierto que los hombres no eran iguales en
sus facultades innatas y que las funciones haban de especializarse de modo que favorecan
inevitablemente a unos individuos sobre otros; pero ya no eran precisas las diferencias de clase ni
las grandes diferencias de riqueza. Antiguamente, las diferencias de clase no slo haban sido
inevitables, sino deseables. La desigualdad era el precio de la civilizacin. Sin embargo, el
desarrollo del maquinismo iba a cambiar esto. Aunque fuera an necesario que los seres humanos
realizaran diferentes clases de trabajo, ya no era preciso que vivieran en diferentes niveles sociales o
econmicos. Por tanto, desde el punto de vista de los nuevos grupos que estaban a punto de
apoderarse del mando, no era ya la igualdad humana un ideal por el que convena luchar, sino un
peligro que haba de ser evitado. En pocas ms antiguas, cuando una sociedad justa y pacfica no
era posible, resultaba muv fcil creer en ella. La idea de un paraso terrenal en el que los hombres
viviran como hermanos, sin leyes y sin trabajo agotador, estuvo obsesionando a muchas
imaginaciones durante miles de aos. Y esta visin tuvo una cierta importancia incluso entre los
grupos que de hecho se aprovecharon de cada cambio histrico. Los herederos de la Revolucin
francesa, inglesa y americana haban credo parcialmente en sus frases sobre los derechos humanos,
libertad de expresin, igualdad ante la ley y dems, e incluso se dejaron influir en su conducta por
algunas de ellas hasta cierto punto. Pero hacia la dcada cuarta del siglo XX todas las corrientes de
pensamiento poltico eran autoritarias. Pero ese paraso terrenal qued desacreditado precisamente
cuando poda haber sido realizado, y en el segundo cuarto del siglo XX volvieron a ponerse en
prctica procedimientos que ya no se usaban desde haca siglos: encarcelamiento sin proceso,
empleo de los prisioneros de guerra como esclavos, ejecuciones pblicas, tortura para extraer
confesiones, uso de rehenes y deportacin de poblaciones en masa. Todo esto se hizo habitual y fue
defendido por individuos considerados como inteligentes y avanzados. Los nuevos sistemas
polticos se basaban en la jerarqua v la regimentacin.
Despus de una dcada de guerras nacionales, guerras civiles, revoluciones v
contrarrevoluciones en todas partes del mundo, surgieron el Ingsoc v sus rivales como teoras
polticas inconmovibles. Pero ya las haban anunciado los varios sistemas, generalmente llamados
totalitarios, que aparecieron durante el segundo cuarto de siglo y se vea claramente el perfil que
haba de tener el mundo futuro. La nueva aristocracia estaba formada en su mayora por burcratas,
hombres de ciencia, tcnicos, organizadores sindicales, especialistas en propaganda, socilogos,
educadores, Periodistas y polticos profesionales. Esta gente, cuyo origen estaba en la clase media
asalariada y en la capa superior de la clase obrera, haba sido formada y agrupada por el mundo
inhspito de la industria monopolizada y el gobierno centralizado. Comparados con los miembros
de las clases dirigentes en el pasado, esos hombres eran menos avariciosos, les tentaba menos el
lujo y ms el placer de mandar, y, sobre todo, tenan ms consciencia de lo que estaban haciendo y
se dedicaban con mayor intensidad a aplastar a la oposicin. Esta ltima diferencia era esencial.
Comparadas con la que hoy existe, todas las tiranas del pasado fueron dbiles e ineficaces. Los
grupos gobernantes se hallaban contagiados siempre en cierta medida por las ideas liberales y no les
importaba dejar cabos sueltos por todas partes. Slo se preocupaban por los actos realizados y no se
interesaban por lo que los sbditos pudieran pensar. En parte, esto se debe a que en el pasado
ningn Estado tena el poder necesario para someter a todos sus ciudadanos a una vigilancia
constante. Sin embargo, el invento de la imprenta facilit mucho el manejo de la opinin pblica, y
el cine y la radio contribuyeron en gran escala a acentuar este proceso. Con el desarrollo de la
televisin y el adelanto tcnico que hizo posible recibir y transmitir simultneamente en el mismo
aparato, termin la vida privada. Todos los ciudadanos, o por lo menos todos aquellos ciudadanos
que posean la suficiente importancia para que mereciese la pena vigilarlos, podan ser tenidos
durante las veinticuatro horas del da bajo la constante observacin de la polica y rodeados sin
cesar por la propaganda oficial, mientras que se les cortaba toda comunicacin con el mundo
exterior.
Por primera vez en la Historia exista la posibilidad de forzar a los gobernados, no slo a una
completa obediencia a la voluntad del Estado, sino a la completa uniformidad de opinin.
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George Orwell1984
larga lista de nmeros y no necesitaba fijar la atencin.
Las palabras contenidas en el papel tendran con toda seguridad un significado poltico. Haba
dos posibilidades, calculaba Winston. Una, la ms probable, era que la chica fuera un agente de la
Polica del Pensamiento, como l tema. No saba por qu empleaba la Polica del Pensamiento ese
procedimiento para entregar sus mensajes, pero poda tener sus razones para ello. Lo escrito en el
papel poda ser una amenaza, una orden de suicidarse, una trampa... Pero haba otra posibilidad,
aunque Winston trataba de convencerse de que era una locura: que este mensaje no viniera de la
Polica del Pensamiento, sino de alguna organizacin clandestina. Quizs existiera una
Hermandad! Quizs fuera aquella muchacha uno de sus miembros! La idea era absurda, pero se le
haba ocurrido en el mismo instante en que sinti el roce del papel en su mano. Hasta unos minutos
despus no pens en la otra posibilidad, mucho ms sensata. E incluso ahora, aunque su cabeza le
deca que el mensaje significara probablemente la muerte, no acababa de creerlo y persista en l la
disparatada esperanza. Le lata el corazn y le costaba un gran esfuerzo conseguir que no le
temblara la voz mientras murmuraba las cantidades en el hablescribe.
Cuando termin, hizo un rollo con sus papeles y los introdujo en el tubo neumtico. Haban
pasado ocho minutos. Se ajust las gafas sobre la nariz, suspir y se acerc el otro montn de hojas
que haba de examinar. Encima estaba el papelito doblado. Lo desdobl; en l haba escritas estas
palabras con letra impersonal:
Winston se qued tan estupefacto que ni siquiera tir aquella prueba delictiva en el agujero
de la memoria. Cuando por fin, reaccionando, se dispuso a hacerlo, aunque saba muy bien cunto
peligro haba en manifestar demasiado inters por algn papel escrito, volvi a leerlo antes para
convencerse de que no haba soado.
Durante el resto de la maana, le fue muy difcil trabajar. Peor an que fijar su mente sobre
las tareas habituales, era la necesidad de ocultarle a la telepantalla su agitacin interior. Sinti como
si le quemara un fuego en el estmago. La comida en la atestada y ruidosa cantina le result un
tormento. Haba esperado hallarse un rato solo durante el almuerzo, pero tuvo la mala suerte de que
el imbcil de Parsons se le colocara a su lado y le soltara una interminable sarta de tonteras sobre
los preparativos para la Semana del Odio. Lo que ms le entusiasmaba a aquel simple era un
modelo en cartn de la cabeza del Gran Hermano, de dos metros de anchura, que estaban
preparando en el grupo de espas al que perteneca la nia de Parsons. Lo ms irritante era que
Winston apenas poda or lo que deca Parsons y tena que rogarle constantemente que repitiera las
estupideces que acababa de decir. Por un momento, divis a la chica morena, que estaba en una
mesa con otras dos compaeras al otro extremo de la estancia. Pareci no verle y l no volvi a
mirar en aquella direccin.
La tarde fue ms soportable. Despus de comer recibi un delicado y dificil trabajo que le
haba de ocupar varias horas y acaparar su atencin. Consista en falsificar una serie de informes de
produccin de dos aos antes con objeto de desacreditar a un prominente miembro del Partido
Interior que empezaba a estar mal visto. Winston serva para estas cosas y durante ms de dos
horas logr apartar a la joven de su mente. Entonces le volvi el recuerdo de su cara y sinti un
rabioso e intolerable deseo de estar solo. Porque necesitaba la soledad para pensar a fondo en sus
nuevas circunstancias. Aquella noche era una de las elegidas por el Centro Comunal para sus
reuniones. Tom una cena temprana otra inspida comida en la cantina, se march al Centro a
toda prisa, particip en las solemnes tonteras de un grupo de polemistas, jug dos veces al tenis
de mesa, se trag varios vasos de ginebra y soport durante una hora la conferencia titulada Los
principios de Ingsoc en el juego de ajedrez. Su alma se retorca de puro aburrimiento, pero por
primera vez no sinti el menor impulso de evitarse una tarde en el Centro. A la vista de las palabras
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George Orwell1984
Te quiero.
est borracho y, si quiero, acabo con usted en medio minuto. S seor, eso le dije y no s si me
creer usted, pero fue y me dio un empujn que casi me manda debajo de las ruedas de un autobs.
Pero yo por entonces era joven y me dispuse a darle su merecido; sin embargo...
Winston perda la esperanza de que el viejo le dijera algo interesante. La memoria de aquel
hombre no era ms que un montn de detalles. Aunque se pasara el da interrogndole, nada sacara
en claro. Segn sus declaraciones, los libros de Historia publicados por el Partido podan seguir
siendo verdad, despus de todo; podan ser incluso completamente verdicos. Hizo un ltimo
intento.
Quizs no me he explicado bien. Lo que trato de decir es esto: usted ha vivido mucho
tiempo; la mitad de su vida ha transcurrido antes de la Revolucin. En 1925, por ejemplo, era usted
ya un hombre. Podra usted decir, por lo que recuerda de entonces, que la vida era en 1925 mejor
que ahora o peor? Si tuviera usted que escoger, preferira usted vivir entonces o ahora?
El anciano contempl meditabundo a los que tiraban al blanco. Termin su cerveza con ms
lentitud que la vez anterior y por ltimo habl con un tono filosfico y tolerante como si la cerveza
lo hubiera dulcificado.
Ya s lo que espera usted que le diga. Usted querra que le dijera que prefiero volver a ser
joven. Muchos lo dicen porque en la juventud se tiene salud y fuerza. En cambio, a mis aos nunca
se est bien del todo. Tengo muchos achaques. He de levantarme seis y siete veces por la noche
cuando me da el dolor. Por otra parte, esto de ser viejo tiene muchas ventajas. Por ejemplo, las
mujeres no le preocupan a uno y eso es una gran ventaja. Yo hace treinta aos que no he estado con
una mujer, no s si me creer usted. Pero lo ms grande es que no he tenido ganas.
Winston se apoy en el alfizar de la ventana. Era intil proseguir. Iba a pedir ms cerveza
cuando el viejo se levant de pronto y se dirigi renqueando hacia el urinario apestoso que estaba al
fondo del local. Winston sigui unos minutos sentado contemplando su vaso vaco y, casi sin darse
cuenta, se encontr otra vez en la calle. Dentro de veinte aos, a lo ms pens, la inmensa y
sencilla pregunta Era la vida antes de la Revolucin mejor que ahora? dejara de tener sentido
por completo. Pero ya ahora era imposible contestarla, puesto que los escasos supervivientes del
mundo antiguo eran incapaces de comparar una poca con otra. Recordaban un milln de cosas
insignificantes, una pelea con un, compaero de trabajo, la bsqueda de una bomba de bicicleta que
haban perdido, la expresin habitual de una hermana fallecida haca muchos aos, los torbellinos
de polvo que se formaron en una maana tormentosa hace setenta aos... pero todos los hechos
trascendentales quedaban fuera del radio de su atencin. Eran como las hormigas, que pueden ver
los objetos pequeos, pero no los grandes. Y cuando la memoria fallaba y los testimonios escritos
eran falsificados, la: pretensiones del Partido de haber mejorado las condiciones de la vida humana
tenan que ser aceptadas necesariamente porque no exista ni volvera nunca a existir un nivel de
vida con el cual pudieran ser comparadas.
En aquel momento el fluir de sus pensamientos se interrumpi de repente. Se detuvo y levant
la vista. Se halle ha en una calle estrecha con unas cuantas tiendecitas oscura salpicadas entre casas
de vecinos. Exactamente encima de su cabeza pendan unas bolas de metal descoloridas que haban
sido doradas. Conoca este sitio. Era la tienda donde haba comprado el Diario. Sinti miedo. Ya
haba sido bastante, arriesgado comprar el libro y se haba jurado a s mismo no aparecer nunca ms
por all. Sin embargo, en cuanto permiti a sus pensamientos que corrieran en libertad, le haban
trado sus pies a aquel mismo sitio. Precisamente, haba iniciado su Diario para librarse de impulsos
suicidas como aqul. Al mismo tiempo, not que aunque eran las veintiuna segua abierta la tienda.
Creyendo que sera ms prudente estar oculto dentro de la tienda que a la vista de todos en medio de
la calle, entr. Si le preguntaban poda decir que andaba buscando hojas de afeitar.
El dueo acababa de encender una lmpara de aceite que echaba un olor molesto, pero
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George Orwell1984
tranquilizador. Era un hombre de unos sesenta aos, de aspecto frgil, y un poco encorvado, con
una nariz larga y simptica y ojos de suave mirar a pesar de las gafas de gruesos cristales. Su
cabello era casi blanco, pero las cejas, muy pobladas, se conservaban negras. Sus gafas, sus
movimientos acompaados y el hecho de que llevaba una vieja chaqueta de terciopelo negro le
daban un cierto aire intelectual como si hubiera sido un hombre de letras o quizs un msico. De
voz suave, algo apagada, tena un acento menos marcado que la mayora de los proles.
Le reconoc a usted cuando estaba ah fuera parado dijo inmediatamente. Usted es el
caballero que me compr aquel lbum para regalrselo, seguramente, a alguna seorita. Era de muy
buen papel. Papel crema solan llamarle. Por lo menos hace cincuenta aos que no se ha vuelto a
fabricar un papel como se mir a Winston por encima de sus gafas. Puedo servirle en algo
especial? O slo quera usted echar un vistazo?
Pasaba por aqu dijo Winston vagamente. He entrado a mirar estas cosas. No deseo nada
concreto.
Me alegro dijo el otro porque no creo que pudiera haberle servido. Hizo un gesto de
disculpa con su fina mano derecha. Ya ve usted; la tienda est casi vaca. Entre nosotros, le dir
que el negocio de antigedades est casi agotado. Ni hay clientes ni disponemos de gnero. Los
muebles, los objetos de porcelana y de cristal... todo eso ha ido desapareciendo poco a poco, y los
hierros artsticos y dems metales han sido fundidos casi en su totalidad. No he vuelto a ver un
candelabro de bronce desde hace muchos aos.
En efecto, el interior de la pequea tienda estaba atestado de objetos, pero casi ninguno de
ellos tena el ms pequeo valor. Haba muchos cuadros que cubran por completo las paredes. En
el escaparate se exhiban portaplumas rotos, cinceles mellados, relojes mohosos que no pretendan
funcionar y otras baratijas. Slo en una mesita de un rincn haba algunas cosas de inters: cajitas
de rap, broches de gata, etc. Al acercarse Winston a esta mesa le sorprendi un objeto redondo y
brillante que cogi para examinarlo.
Era un trozo de cristal en forma de hemisferio. Tena una suavidad muy especial, tanto por su
color como por la calidad del cristal. En su centro, aumentado por la superficie curvada, se vea un
objeto extrao que recordaba a una rosa o una anmona.
Qu es esto? dijo Winston, fascinado.
Eso es coral dijo el hombre. Creo que procede del Ocano Indico. Solan engarzarlo
dentro de una cubierta de cristal. Por lo menos hace un siglo que lo hicieron. Seguramente ms, a
juzgar por su aspecto.
Es de una gran belleza dijo Winston.
De una gran belleza, s, seor repiti el otro con tono de entendido. Pero hoy da no
hay muchas personas que lo sepan reconocer carraspe. Si usted quisiera comprarlo, le costara
cuatro dlares. Recuerdo el tiempo en que una cosa como sta costaba ocho libras, y ocho libras
representaban... en fin, no s exactamente cunto; desde luego, muchsimo dinero. Pero quin se
preocupa hoy por las antigedades autnticas, por las pocas que han quedado?
Winston pag inmediatamente los cuatro dlares y se guard el codiciado objeto en el
bolsillo. Lo que le atraa de l no era tanto su belleza como el aire que tena de pertenecer a una
poca completamente distinta de la actual. Aquel cristal no se pareca a ninguno de los que l haba
visto. Era de una suavidad extraordinaria, con reflejos acuosos. Era el coral doblemente atractivo
por su aparente inutilidad, aunque Winston pens que en tiempos lo haban utilizado como
pisapapeles. Pesaba mucho, pero afortunadamente, no le abultaba demasiado en el bolsillo. Para un
miembro del Partido era comprometedor llevar una cosa como aqulla. Todo lo antiguo, y mucho
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Has pensado a veces dijo O'Brien que mi cara, la cara de un miembro del Partido
Interior, est avejentado y revela un gran cansancio. Qu piensas contemplando la tuya?
Cogi a Winston por los hombros y le hizo dar la vuelta hasta tenerlo de frente.
Fjate en qu estado te encuentras! dijo. Mira la suciedad que cubre tu cuerpo. Sabes
que hueles como un macho cabro? Es probable que ya no lo notes. Fjate en tu horrible delgadez.
Ves? Te rodeo el brazo con el pulgar y el ndice. Y podra doblarte el cuello como una remolacha.
Sabes que has perdido veinticinco kilos desde que ests en nuestras manos? Hasta el pelo se te cae
a puados. Mira! le arranc un mechn de pelo. Abre la boca. Te quedan nueve, diez, once
dientes. Cuntos tenas cuando te detuvimos? Y los pocos que te quedan se te estn cayendo.
Mira!!
Agarr uno de los dientes de abajo que le quedaban Winston. ste sinti un dolor agudsimo
que le corri por toda la mandbula. O'Brien se lo haba arrancado de cuajo, tirndolo luego al
suelo.
Te ests pudriendo, Winston. Te ests desmoronando. Qu eres ahora?. Una bolsa llena de
porquera. Mrate otra vez en el espejo. Ves eso que tienes enfrente? Es el ltimo hombre. Si eres
humano, sa es la Humanidad. Anda, vstete otra vez.
Winston empez a vestirse con movimientos lentos y rgidos. Hasta ahora no haba notado lo
dbil que estaba. Slo un pensamiento le ocupaba la mente: que deba de llevar en aquel sitio ms
tiempo de lo que se figuraba. Entonces, al mirar los miserables andrajos que se haban cado en
torno suyo, sinti una enorme piedad por su pobre cuerpo. Antes de saber lo que estaba haciendo, se
haba sentado en un ta burete junto al lecho y haba roto a llorar. Se daba plena cuenta de su terrible
fealdad, de su inutilidad, de que era un montn de huesos envueltos en trapos sucios que lloraba
iluminado por una deslumbrante luz blanca. Pero no poda contenerse. O'Brien le puso una mano en
el hombro casi con amabilidad.
Esto no durar siempre le dijo. Puedes evitarte todo esto en cuanto quieras. Todo
depende de ti.
T tienes la culpa! solloz Winston. T me convertiste en este guiapo.
No, Winston, has sido t mismo. Lo aceptaste cuando te pusiste contra el Partido. Todo ello
estaba ya contenido en aquel primer acto de rebelda. Nada ha ocurrido que t no hubieras previsto.
Despus de una pausa, prosigui:
Te hemos pegado, Winston; te hemos destrozado. Ya has visto cmo est tu cuerpo. Pues
bien, tu espritu est en el mismo estado. Has sido golpeado e insultado, has gritado de dolor, te has
arrastrado por el suelo en tu propia sangre, y en tus vmitos has gemido pidiendo misericordia, has
traicionado a todos. Crees que hay alguna degradacin en que no hayas cado?
Winston dej de llorar, aunque segua teniendo los ojos llenos de lgrimas. Mir a O'Brien.
No he traicionado a Julia dijo.
O'Brien lo mir pensativo.
No, no. Eso es cierto. No has traicionado a Julia.
El corazn de Winston volvi a llenarse de aquella adoracin por O'Brien que nada pareca
capaz de destruir. Qu inteligente pens, qu inteligente es este hombre! Nunca dejaba
O'Brien de comprender lo que se le deca. Cualquiera otra persona habra contestado que haba
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GEORGE ORWELL
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a saber nunca si hay una docena de afiliados. Tendris slo tres o cuatro personas en contacto con
vosotros que se renovarn de vez en cuando a medida que vayan desapareciendo. Como yo he sido
el primero en entrar en contacto con vosotros, seguiremos manteniendo la comunicacin. Cuando
recibis rdenes, procedern de m. Si creemos necesario comunicaras algo, lo haremos por medio
de Martn. Cuando, finalmente, os cojan, confesaris. Esto es inevitable. Pero tendris muy poco
que confesar aparte de vuestra propia actuacin. No podis traicionar ms que a unas cuantas
personas sin importancia. Quiz ni siquiera os sea posible delatarme. Por entonces, quiz yo haya
muerto o ser ya una persona diferente con una cara distinta.
Sigui paseando sobre la suave alfombra. A pesar de su corpulencia, tena una notable gracia
de movimientos. Gracia que apareca incluso en el gesto de meterse la mano en el bolsillo o de
manejar el cigarrillo. Ms que de fuerza daba una impresin de confianza y de comprensin irnica.
Aunque hablara en serio, nada tena de la rigidez del fantico. Cuando hablaba de asesinatos,
suicidio, enfermedades venreas, miembros amputados o caras cambiadas, lo haca en tono de
broma. Esto es inevitable pareca decir su voz; esto es lo que hemos de hacer queramos o
no. Pero ya no tendremos que hacerlo cuando la vida vuelva a ser digna de ser vivida. Una oleada
de admiracin, casi de adoracin, iba de Winston a O'Brien. Casi haba olvidado la sombra figura
de Goldstein. Contemplando las vigorosas espaldas de O'Brien y su rostro enrgicamente tallado,
tan feo y a la vez tan civilizado, era imposible creeren la derrota, en que l fuera vencido. No se
conceba una estratagema, un peligro a que l no pudiera hacer frente. Hasta Julia pareca
impresionada. Haba dejado quemarse solo su cigarrillo y escuchaba con intensa atencin. O'Brien
prosigui:
Habris odo rumores sobre la existencia de la Hermandad. Supongo que la habris
imaginado a vuestra manera. Seguramente creeris que se trata de un mundo subterrneo de
conspiradores que se renen en stanos, que escriben mensajes sobre los muros y se reconocen unos
a otros por seales secretas, palabras misteriosas o movimientos especiales de las manos. Nada de
eso. Los miembros de la Hermandad no tienen modo alguno de reconocerse entre ellos y es
imposible que ninguno de los miembros llegue a individualizar sino a muy contados de sus
afiliados. El propio Goldstein, si cayera en manos de la Polica del Pensamiento, no podra dar una
lista completa de los afiliados ni informacin alguna que les sirviera para hacer el servicio. En
realidad, no hay tal lista. La Hermandad no puede ser barrida porque no es una organizacin en el
sentido corriente de la palabra. Nada mantiene su cohesin a no ser la idea de que es indestructible.
No tendris nada en que apoyaros aparte de esa idea. No encontraris camaradera ni estmulo.
Cuando finalmente seis detenidos por la Polica, nadie os ayudar. Nunca ayudamos a nuestros
afiliados. Todo lo ms, cuando es absolutamente necesario que alguien calle, introducimos
clandestinamente una hoja de afeitar en la celda del compaero detenido. Es la nica ayuda que a
veces prestamos. Debis acostumbraras a la idea de vivir sin esperanza. Trabajaris algn tiempo,
os detendrn, confesaris y luego os matarn. Esos sern los nicos resultados que podris ver. No
hay posibilidad de que se produzca ningn cambio perceptible durante vuestras vidas. Nosotros
somos los muertos. Nuestra nica vida verdadera est en el futuro. Tomaremos parte en l como
puados de polvo y astillas de hueso. Pero no se sabe si este futuro est ms o menos lejos. Quiz
tarde mil aos. Por ahora lo nico posible es ir extendiendo el rea de la cordura poco a poco. No
podemos actuar colectivamente. Slo podemos difundir nuestro conocimiento de individuo en
individuo, de generacin en generacin. Ante la Polica del Pensamiento no hay otro medio.
Se detuvo y mir por tercera vez su reloj.
Ya es casi la hora de que te vayas, camarada le dijo a Julia. Espera. La botella est
todava por la mitad.
Llen los vasos y levant el suyo.
Por qu brindaremos esta vez? dijo, sin perder su tono irnico. Por el despiste de la
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su cerebro.
Contempl el enorme rostro. Le haba costado cuarenta aos saber qu clase de sonrisa era
aquella oculta bajo el bigote negro. Qu cruel e intil incomprensin! Qu tozudez la suya
exilndose a s mismo de aquel corazn amante! Dos lgrimas, perfumadas de ginebra, le resbalaron
por las mejillas. Pero ya todo estaba arreglado, todo alcanzaba la perfeccin, la lucha haba
terminado. Se haba vencido a s mismo definitivamente. Amaba al Gran Hermano.
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Partido. A sus treinta y cinco aos acababa de salir de la Liga juvenil, y antes de ser admitido en esa
organizacin haba conseguido permanecer en la de los Espas un ao ms de lo reglamentario. En
el Ministerio estaba empleado en un puesto subordinado para el que no se requera inteligencia
alguna, pero, por otra parte, era una figura sobresaliente del Comit deportivo y de todos los dems
comits dedicados a organizar excursiones colectivas, manifestaciones espontneas, las campaas
pro ahorro y en general todas las actividades voluntarias. Informaba a quien quisiera orle, con
tranquilo orgullo y entre chupadas a su pipa, que no haba dejado de acudir ni un solo da al Centro
de la Comunidad durante los cuatro aos pasados. Un fortsimo olor a sudor, una especie de
testimonio inconsciente de su continua actividad y energa, le segua a donde quiera que iba, y
quedaba tras l cuando se hallaba lejos.
Tiene usted un destornillador? dijo Winston tocando el tapn del desage.
Un destornillador dijo la seora Parsons, inmovilizndose inmediatamente. Pues, no s.
Es posible que los nios...
En la habitacin de al lado se oan fuertes pisadas y ms trompetazos con el peine. La seora
Parsons trajo el destornillador. Winston dej salir el agua y quit con asco el pegote de cabello que
haba atrancado el tubo. Se limpi los dedos lo mejor que pudo en el agua fra del grifo y volvi a la
otra habitacin.
Arriba las manos! chill una voz salvaje.
Un chico, guapo y de aspecto rudo, que pareca tener unos nueve aos, haba surgido por
detrs de la mesa y amenazaba a Winston con una pistola automtica de juguete mientras que su
hermanita, de unos dos aos menos, haca el mismo ademn con un pedazo de madera. Ambos iban
vestidos con pantalones cortos azules, camisas grises y pauelo rojo al cuello. ste era el uniforme
de los Espas. Winston levant las manos, pero a pesar de la broma senta cierta inquietud por el
gesto del maldad que vea en el nio.
Eres un traidor! grito el chico. Eres un crirninal mental Eres un espa de Eurasia! Te
matar, te vaporizar; te mandar a las minas de sal.
De pronto, tanto el nio como la nia empezaron a saltar en torno a l gritando: Traidor!
Criminal mental!, imitando la nia todos los movimientos de su hermano. Aquello produca un
poco de miedo, algo as como los juegos de los cachorros de los tigres cuando pensamos que pronto
se convertirn en devoradores de hombres. Haba una especie de ferocidad calculadora en la mirada
del pequeo, un deseo evidente de darle un buen golpe a Winston, de hacerle dao de alguna
manera, una conviccin de ser va casi lo suficientemente hombre para hacerlo. Qu suerte que el
nio no tenga en la mano ms que una pistola de juguete!, pens Winston.
La mirada de la seora Parsons iba nerviosamente de los nios a Winston y de ste a los
nios. Como en aquella habitacin haba mejor luz, pudo notar Winston que en las arrugas de la
mujer haba efectivamente polvo.
Hacen tanto ruido... Dijo ella. Estn disgustados porque no pueden ir a ver ahorcar a
esos. Estoy segura de que por eso revuelven tanto. Yo no puedo llevarlos; tengo demasiado
quehacer. Y Tom no volver de su trabajo a tiempo.
Por qu no podemos ir a ver cmo los cuelgan? Grit el pequeo con su tremenda voz,
impropia de su edad.
Queremos verlos colgar! Queremos verlos colgar! canturreaba la chiquilla mientras
saltaba.
Varios prisioneros eurasiticos, culpables de crmenes de guerra, seran ahorcados en el
14
George Orwell1984
En cada etapa de su encarcelamiento haba sabido Winston o crey saber hacia dnde se
hallaba, aproximadamente, en el enorme edificio sin ventanas. Probablemente haba pequeas
diferencias en la presin del aire. Las celdas donde los guardias lo haban golpeado estaban bajo el
nivel del suelo. La habitacin donde O'Brien lo haba interrogado estaba cerca del techo. Este lugar
de ahora estaba a muchos metros bajo tierra. Lo ms profundo a que se poda llegar.
Era mayor que casi todas las celdas donde haba estado. Pero Winston no se fij ms que en
dos mesitas ante l, cada una de ellas cubierta con gamuza verde. Una de ellas estaba slo a un
metro o dos de l y la otra ms lejos, cerca de la puerta. Winston haba sido atado a una silla tan
fuerte que no se poda mover en absoluto, ni siquiera poda mover la cabeza que le tena sujeta por
detrs una especie de almohadilla obligndole a mirar de frente.
Se qued slo un momento. Luego se abri la puerta entr O'Brien.
Me preguntaste una vez qu haba en la habitacin 101. Te dije que ya lo sabas. Todos lo
saben. Lo que hay en la habitacin 101 es lo peor del mundo.
La puerta volvi a abrirse. Entr un guardia que llevaba algo, un objeto hecho de alambres,
algo as como una caja o una cesta. La coloc sobre la mesa prxima a la puerta: a causa de la
posicin de O'Brien, no poda Winston ver lo que era aquello.
Lo peor del mundo continu O'Brien vara de individuo a individuo. Puede ser que le
entierren vivo o morir quemado, o ahogado o de muchas otras maneras. A veces se trata de una cosa
sin importancia, que ni siquiera es mortal, pero que para el individuo es lo peor del mundo.
Se haba apartado un poco de modo que Winston pudo ver mejor lo que haba en la mesa. Era
una jaula alargada con un asa arriba para llevarla. En la parte delantera haba algo que pareca una
careta de esgrima con la parte cncava hacia afuera. Aunque estaba a tres o cuatro metros de l
pudo ver que la jaula se divida a lo largo en dos departamentos y que algo se mova dentro de cada
uno de ellos. Eran ratas.
En tu caso dijo O'Brien, lo peor del mundo son las ratas.
Winston, en cuanto entrevi al principio la jaula, sinti un temblor premonitorio, un miedo a
no saba qu. Pero ahora, al comprender para qu serva aquella careta de alambre, parecan
deshacrsela los intestinos.
No puedes hacer eso! grit con voz descompuesta. Es imposible! No puedes
hacerme eso!
Recuerdas dijo O'Brien el momento de pnico que surga repetidas veces en tus
sueos? Haba frente a ti un muro de negrura y en los odos te vibraba un fuerte zumbido. Al otro
lado del muro haba algo terrible. Sabas que
lo que era, pero no te atrevas a sacarlo a tu
consciencia. Pues bien, lo que haba al otro lado del muro eran ratas.
O'Brien! dijo Winston, haciendo un esfuerzo para controlar su voz . Sabes muy bien que
esto no es necesario. Qu quieres que diga?
O'Brien no contest directamente. Haba hablado con su caracterstico estilo de maestro de
escuela. Mir pensativo al vaco, como si estuviera dirigindose a un pblico que se encontraba
detrs de Winston.
El dolor no basta siempre. Hay ocasiones en que un ser humano es capaz de resistir el dolor
incluso hasta bordear la muerte. Pero para todos hay algo que no puede soportarse, algo tan
152
CAPITULO V
George Orwell1984
sabas
ideal los jvenes altos v musculosos y las muchachas de escaso pecho y de cabello rubio, vitales,
tostadas por el sol y despreocupadas exista e incluso predominaba. Pero en la realidad, la
mayora de los habitantes de la Franja Area nmero 1 eran pequeos, cetrinos y de facciones
desagradables. Es curioso cunto proliferaba el tipo de escarabajo entre los funcionarios de los
ministerios: hombrecillos que engordaban desde muy jvenes, con piernas cortas, movimientos
toscos y rostros inescrutables, con ojos muy pequeos. Era el tipo que pareca florecer bajo el
dominio del Partido.
La comunicacin del Ministerio de la Abundancia termin con otro trompetazo y fue seguida
por msica ligera. Parsons, lleno de vago entusiasmo por el reciente bombardeo de cifras, se sac la
pipa de la boca:
El Ministerio de la Abundancia ha hecho una buena labor este ao dijo moviendo la
cabeza como persona bien enterada. A propsito, Smith, no podrs dejarme alguna hoja de
afeitar?
Ni una! le respondi Winston. Llevo seis semanas usando la misma hoja.
Entonces, nada... Es que se me ocurri, por si tenas.
Lo siento dijo Winston.
El cuaccuac de la prxima mesa, que haba permanecido en silencio mientras dur el
comunicado del Ministerio de la Abundancia, comenz otra vez mucho ms fuerte. Por alguna
razn, Winston pens de pronto en la seora Parsons con su cabello revuelto y el polvo de sus
arrugas. Dentro de dos aos aquellos nios la denunciaran a la Polica del Pensamiento. La seora
Parsons sera vaporizada. Syme sera vaporizado. A Winston lo vaporizaran tambin. O'Brien sera
vaporizado. A Parsons, en cambio, nunca lo vaporizaran. Tampoco el individuo de las gafas y del
cuaccuac sera vaporizado nunca, Ni tampoco la joven del cabello negro, la del Departamento de
Novela. Le pareca a Winston conocer por intuicin quin perecera, aunque no era fcil determinar
lo que permita sobrevivir a una persona.
En aquel momento le sac de su ensoacin una violenta sacudida. La muchacha de la mesa
vecina se haba vuelto y lo estaba mirando. Era la muchacha morena del Departamento de Novela!
Miraba a Winston a hurtadillas, pero con una curiosa intensidad. En cuanto sus ojos tropezaron con
los de Winston, volvi la cabeza.
Winston empez a sudar. Le invadi una horrible sensacin de terror. Se le pas casi en
seguida, pero le dej intranquilo. Por qu lo miraba aquella mujer? Por qu se la encontraba
tantas veces? Desgraciadamente, no poda recordar si la joven estaba ya en aquella mesa cuando l
lleg o si haba llegado despus. Pero el da anterior, durante los Dos Minutos de Odio, se haba
sentado inmediatamente detrs de l sin haber necesidad de ello. Seguramente, se propona escuchar
lo que l dijera y ver si gritaba lo bastante fuerte.
Pens que probablemente la muchacha no era miembro de la Polica del Pensamiento, pero
precisamente las espas aficionadas constituan el mayor peligro. No saba Winston cunto tiempo
llevaba mirndolo la joven, pero quizs fueran cinco minutos. Era muy posible que en este tiempo
no hubiera podido controlar sus gestos a la perfeccin. Constitua un terrible peligro pensar
mientras se estaba en un sitio pblico o al alcance de la telepantalla. El detalle ms pequeo poda
traicionarle a uno. Un tic nervioso, una inconsciente mirada de inquietud, la costumbre de hablar
con uno mismo entre dientes, todo lo que revelase la necesidad de ocultar algo. En todo caso, llevar
en el rostro una expresin impropia (por ejemplo, parecer incrdulo cuando se anunciaba una
victoria) constitua un acto punible. Incluso haba una palabra para esto en neolengua:
La muchacha recuper su posicin anterior. Quizs no estuviese persiguindolo; quizs fuera
34
George Orwell1984
caracrimen.
dio plena cuenta de la superficialidad y frivolidad de su intento de enfrentarse con el Partido. Saba
ahora que durante siete aos lo haba vigilado la Polica del Pensamiento como si fuera un insecto
cuyos movimientos se estudian bajo una lupa. Todos sus actos fsicos, todas sus palabras e incluso
sus actitudes mentales haban sido registradas o deducidas por el Partido. Incluso la motita de polvo
blanquecino que Winston haba dejado sobre la tapa de su diario la haban vuelto a colocar
cuidadosamente en su sitio. Durante los interrogatorios le hicieron or cintas magnetofnicas y le
mostraron fotografas. Algunas de stas recogan momentos en que Julia y l haban estado juntos.
S, incluso... Ya no poda seguir luchando contra el Partido. Adems, el Partido tena razn. Cmo
iba a equivocarse el cerebro inmortal y colectivo? Con qu normas externas podan comprobarse
sus juicios? La cordura era cuestin de estadstica. Slo haba que aprender a pensar como ellos
pensaban. Claro que!
El pizarrn se le haca extrao entre sus dedos entorpecidos. Empez a escribir los
pensamientos que le acudan. Primero escribi con grandes maysculas:
LA LIIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
Luego, casi sin detenerse, escribi debajo:
DOS Y DOS SON CINCO
Pero luego sinti cierta dificultad para concentrarse. No recordaba lo que vena despus,
aunque estaba seguro de saberlo. Cuando por fin se acord de ello, fue slo por un razonamiento.
No fue espontneo. Escribi:
EL PODER ES DIOS
Lo aceptaba todo. El pasado poda ser alterado. El pasado nunca haba sido alterado. Oceana
estaba en guerra con Asia Oriental. Oceana haba estado siempre en guerra con Asia Oriental.
Jones, Aaronson y Rutherford eran culpables de los crmenes de que se les acus. Nunca haba visto
la fotografa que probaba su inocencia. Esta foto no haba existido nunca, la haba inventado l.
Record haber pensado lo contrario, pero estos eran falsos recuerdos, productos de un autoengao.
Qu fcil era todo! Rendirse, y lo dems vena por s solo. Era como andar contra una corriente que
le echaba a uno hacia atrs por mucho que luchara contra ella, y luego, de pronto, se decidiera uno a
volverse y nadar a favor de la corriente. Nada habra cambiado sino la propia actitud. Apenas saba
Winston por qu se haba revelado. Todo era tan fcil, excepto... !
Todo poda ser verdad. Las llamadas leyes de la Naturaleza eran tonteras. La ley de la
gravedad era una imbecilidad. Si yo quisiera haba dicho O'Brien, podra flotar sobre este
suelo como una pompa de jabn. Winston desarroll esta idea: Si l cree que est flotando sobre
el suelo y yo simultneamente creo que estoy vindolo flotar, ocurre efectivamente. De repente,
como un madero de un naufragio que se suelta y emerge en la superficie, le acudi este
pensamiento: No ocurre en realidad. Lo imaginamos. Es una alucinacin. Aplast en el acto este
pensamiento levantisco. Su error era evidente porque presupona que en algn sitio exista un
mundo real donde ocurran cosas reales. Cmo poda existir un mundo semejante? Qu
conocimiento tenemos de nada si no es a travs de nuestro propio espritu? Todo ocurre en la mente
y slo lo que all sucede tiene una realidad.
No tuvo dificultad para eliminar estos engaosos pensamientos; no se vio en verdadero
peligro de sucumbir a ellos. Sin embargo, pens que nunca deban habrsele ocurrido. Su cerebro
deba lanzar una mancha que tapara cualquier pensamiento peligroso al menor intento de asomarse
a la conciencia. Este proceso haba de ser automtico, instintivo. En neolengua se le llamaba
. Era el freno de cualquier acto delictivo.
Se entren en el paracrimen. Se planteaba proposiciones como stas: El Partido dice que la
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George Orwell1984
paracrimen
Por fin, haba ocurrido. Haba llegado el esperado mensaje. Le pareca a Winston que toda su
vida haba estado esperando que esto sucediera.
Iba por el largo pasillo del Ministerio y casi haba llegado al sitio donde Julia le desliz aquel
da en la mano su declaracin. La persona, quien quiera que fuese, tosi ligeramente sin duda como
preludio para hablar. Winston se detuvo en seco y volvi la cara. Era O'Brien.
Por fin, se hallaban cara a cara y el nico impulso que senta Winston era emprender la huida.
El corazn le lata a toda velocidad.
No habra podido hablar en ese momento. Sin embargo, O'Brien, ponindole amistosamente
una mano en el hombro, sigui andando junto a l. Empez a hablar con su caracterstica cortesa,
seria y suave, que le diferenciaba de la mayor parte de los miembros del Partido Interior.
He estado esperando una oportunidad de hablar contigo le dijo; estuve leyendo uno de
tus artculos en neolengua publicados en el
Tengo entendido que te interesa, desde un punto
de vista erudito, la neolengua.
Winston haba recobrado nimos, aunque slo en parte.
No muy erudito dijo. Soy slo un aficionado. No es mi especialidad. Nunca he tenido
que ocuparme de la estructura interna del idioma.
Pero lo escribes con mucha elegancia dijo O'Brien. Y sta no es slo una opinin mia.
Estuve hablando recientemente con un amigo tuyo que es un especia lista en cuestiones idiomticas.
He olvidado su nombre ahora mismo; que lo tena en la punta de la lengua.
Winston sinti un escalofro. O'Brien no poda referirse ms que a Syme. Pero Syme no slo
estaba muerto, sino que haba sido abolido. Era una
Cualquier referencia identificable a
aquel vaporizado habra resultado mortalmente peligrosa. De manera que la alusin que acababa de
hacer O'Brien deba de significar una seal secreta. Al compartir con l este pequeo acto de
crimental, se haban convertido los dos en cmplices. Continuaron recorriendo lentamente el
corredor hasta que O'Brien se detuvo. Con la tranquilizadora amabilidad que l infunda siempre a
sus gestos, asegur bien sus gafas sobre la nariz y prosigui:
Lo que quise decir fue que not en tu artculo que habas empleado dos palabras ya
anticuadas. En realidad, hace muy poco tiempo que se han quedado anticuadas. Has visto la
dcima edicin del Diccionario de Neolengua?
No dijo Winston. No crea que estuviese ya publicado. Nosotros seguimos usando la
novena edicin en el Departamento de Registro.
Bueno, la dcima edicin tardar varios meses en aparecer, pero ya han circulado algunos
ejemplares en pruebas. Yo tengo uno. Quizs te interese verlo, no?
Muchsimo dijo Winston, comprendiendo inmediatamente la intencin del otro.
Algunas de las modificaciones introducidas son muy ingeniosas. Creo que te sorprender la
reduccin del nmero de verbos. Vamos a ver. Ser mejor que te mande un mensajero con el
diccionario? Pero temo no acordarme; siempre me pasa igual. Quizs puedas recogerlo en mi piso a
una hora que te convenga. Espera. Voy a darte mi direccin.
Se hallaban frente a una telepantalla. Como distrado, O'Brien se busc maquinalmente en los
bolsillos y por fin sac una pequea agenda forrada en cuero y un lpiz tinta morado. Colocndose
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CAPITULO VI
George Orwell1984
Times.
nopersona.
tres
del Partido en grandes letras:
LA GUERRA ES LA PAZ
LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA
Pero daba la impresin de un fenmeno ptico psicolgico de que el rostro del Gran Hermano
persista en la pantalla durante algunos segundos, como si el impacto que haba producido en las
retinas de los espectadores fuera demasiado intenso para borrarse inmediatamente. La mujeruca del
cabello color arena se lanz hacia delante, agarrndose a la silla de la fila anterior y luego, con un
trmulo murmullo que sonaba algo as como Mi salvador!, extendi los brazos hacia la pantalla.
Despus ocult la cara entre sus manos. Sin duda, estaba rezando a su manera.
Entonces, todo el grupo prorrumpi en un canto rtmico, lento y profundo: GeHache. Ge
Hache... GeHache!, dejando una gran pausa entre la G y la H. Era un canto montono y
salvaje en cuyo fondo parecan orse pisadas de pies desnudos y el batir de los
Este
canturreo dur unos treinta segundos. Era un estribillo que surga en todas las ocasiones de gran
emocin colectiva. En parte, era una especie de himno a la sabidura y majestad del Gran Hermano;
pero, ms an, constitua aquello un procedimiento de autohipnosis, un modo deliberado de ahogar
la conciencia mediante un ruido rtmico. A Winston parecan enfrirsele las entraas. En los Dos
Minutos de Odio, no poda evitar que la oleada emotiva le arrastrase, pero este infrahumano
canturreo iGH... GH ... GH! siempre le llenaba de horror. Desde luego, se una al coro;
esto era obligatorio. Controlar los verdaderos sentimientos y hacer lo mismo que hicieran los dems
era una reaccin natural. Pero durante un par de segundos, sus ojos podan habero delatado. Y fue
precisamente en esos instantes cuando ocurri aquello que a l le haba parecido significativo... si es
que haba ocurrido.
Momentneamente, sorprendi la mirada de O'Brien. ste se haba levantado; se haba
quitado las gafas volvindoselas a colocar con su delicado y caracterstico gesto. Pero durante una
fraccin de segundo, se encontraron sus ojos con los de Winston y ste supo s, lo
que
O'Brien pensaba lo mismo que l. Un inconfundible mensaje se haba cruzado entre ellos. Era como
si sus dos mentes se hubieran abierto y los pensamientos hubieran volado de la una a la otra a travs
de los ojos. Estoy contigo, pareca estarle diciendo O'Brien. S en qu ests pensando. Conozco
tu asco, tu odio, tu disgusto. Pero no te preocupes; estoy contigo! Y luego la fugacsima
comunicacin se haba interrumpido y la expresin de O'Brien volvi a ser tan inescrutable como la
de todos los dems.
Esto fue todo y ya no estaba seguro de si haba sucedido efectivamente. Tales incidentes
nunca tenan consecuencias para Winston. Lo nico que hacan era mantener viva en l la creencia
o la esperanza de que otros, adems de l, eran enemigos del Partido. Quizs, despus de todo,
resultaran ciertos los rumores de extensas conspiraciones subterrneas; quizs existiera de verdad la
Hermandad. Era imposible, a pesar de los continuos arrestos y las constantes confesiones y
ejecuciones, estar seguro de que la Hermandad no era sencillamente un mito. Algunos das lo crea
Winston; otros, no. No haba pruebas, slo destellos que podan significar algo o no significar nada:
retazos de conversaciones odas al pasar, algunas palabras garrapateadas en las paredes de los
lavabos, y, alguna vez, al encontrarse dos desconocidos, ciertos movimientos de las manos que
podan parecer seales de reconocimiento. Pero todo ello eran suposiciones que podan resultar
totalmente falsas. Winston haba vuelto a su cubculo sin mirar otra vez a O'Brien. Apenas cruz
por su mente la idea de continuar este momentneo contacto. Hubiera sido extremadamente
peligroso incluso si hubiera sabido l cmo entablar esa relacin. Durante uno o dos segundos, se
haba cruzado entre ellos una mirada equvoca, y eso era todo. Pero incluso as, se trataba de un
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George Orwell1984
slogans
tamtam.
supo
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PARTE 2
George Orwell1984
gente, una estacin de Metro.
Muchas personas se hallaban sentadas en el suelo de piedra y otras, arracimadas, se haban
instalado en diversos objetos que llevaban. Winston y sus padres encontraron un sitio libre en el
suelo y junto a ellos un viejo y una vieja se apretaban el uno contra el otro. El anciano vesta un
buen traje oscuro y una boina de pao negro bajo la cual le asomaba abundante cabello muy blanco.
Tena la cara enrojecida; los ojos, azules y lacrimosos. Ola a ginebra. sta pareca salrsele por los
poros en vez del sudor y podra haberse pensado que las lgrimas que le brotaban de los ojos eran
ginebra pura. Sin embargo, a pesar de su borrachera, sufra de algn dolor autntico e insoportable.
De un modo infantil, Winston comprendi que algo terrible, ms all del perdn y que jams podra
tener remedio, acababa de ocurrirle al viejo. Tambin crea saber de qu se trataba. Alguien a quien
el anciano amaba, quizs alguna nietecita, haba muerto en el bombardeo. Cada pocos minutos,
repeta el viejo:
No debamos habernos fiado de ellos. Verdad que te lo dije, abuelita? Nos ha pasado esto
por fiarnos de ellos. Siempre lo he dicho. Nunca debimos confiar en esos canallas.
Lo que Winston no poda recordar es a quin se refera el viejo y quines eran esos de los que
no haba que fiarse.
Desde entonces, la guerra haba sido continua, aunque hablando con exactitud no se trataba
siempre de la misma guerra. Durante algunos meses de su infancia haba habido una confusa lucha
callejera en el mismo Londres y l recordaba con toda claridad algunas escenas. Pero hubiera sido
imposible reconstruir la historia de aquel perodo ni saber quin luchaba contra quin en un
momento dado, pues no quedaba ningn documento ni pruebas de ninguna clase que permitieran
pensar que la disposicin de las fuerzas en lucha hubiera sido en algn momento distinta a la actual.
Por ejemplo, en este momento, en 1984 (si es que efectivamente era 1984), Oceana estaba en
guerra con Eurasia y era aliada de Asia Oriental. En ningn discurso pblico ni conversacin
privada se admita que estas tres potencias se hubieran hallado alguna vez en distinta posicin cada
una respecto a las otras. Winston saba muy bien que, hacia slo cuatro aos, Oceana haba estado
en guerra contra Asia Orienta] y aliada con Eurasia. Pero aquello era slo un conocimiento furtivo
que l tena porque su memoria fallaba mucho, es decir, no estaba lo suficientemente controlada.
Oficialmente, nunca se haba producido un cambio en las alianzas. Oceana estaba en guerra con
Eurasia; por tanto, Oceana siempre haba luchado contra Eurasia. El enemigo circunstancial
representaba siempre el absoluto mal, y de ah resultaba que era totalmente imposible cualquier
acuerdo pasado o futuro con l.
Lo horrible, pens por diezmilsima vez mientras se forzaba los hombros dolorosamente
hacia atrs (con las manos en las caderas, giraban sus cuerpos por la cintura, ejercicio que se
supona conveniente para los msculos de la espalda), lo horrible era que todo ello poda ser verdad.
Si el Partido poda alargar la mano hacia el pasado y decir que este o aquel acontecimiento
esto resultaba mucho ms horrible que la tortura y la muerte.
El Partido dijo que Oceana nunca haba sido aliada de Eurasia. l, Winston Smith, saba que
Oceana haba estado aliada con Eurasia cuatro aos antes. Pero, dnde constaba ese
conocimiento? Slo en su propia conciencia, la cual, en todo caso, iba a ser aniquilada muy pronto.
Y si todos los dems aceptaban la mentira que impuso el Partido, si todos los testimonios decan lo
mismo, entonces la mentira pasaba a la Historia y se converta en verdad. El que controla el
pasado deca el
del Partido, controla tambin el futuro. El que controla el presente,
controla el pasado. Y, sin embargo, el pasado, alterable por su misma naturaleza, nunca haba sido
alterado. Todo lo que ahora era verdad, haba sido verdad eternamente y lo seguira siendo. Era muy
sencillo. Lo nico que se necesitaba era una interminable serie de victorias que cada persona deba
lograr sobre su propia memoria. A esto le llamaban control de la realidad. Pero en
haba una palabra especial para ello:
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George Orwell1984
nunca
haba ocurrido,
slogan
neolengua
doblepensar.
Winston examin la pequea habitacin en la tienda del seor Charrington, junto a la ventana,
la enorme cama estaba preparada con viejas mantas y una colcha raqutica. El antiguo reloj, en cuya
esfera se marcaban las doce horas, segua con su tictac sobre la repisa de la chimenea. En un
rincn, sobre la mesita, el pisapapeles de cristal que haba comprado en su visita anterior brillaba
suavemente en la semioscuridad.
En el hogar de la chimenea haba una desvencijada estufa de petrleo, una sartn y dos copas,
todo ello proporcionado por el seor Charrington. Winston puso un poco de agua a hervir. Haba
trado un sobre lleno de caf de la Victoria y algunas pastillas de sacarina. Las manecillas del reloj
marcaban las siete y veinte; pero en realidad eran las diecinueve veinte.
Julia llegara a las diecinueve treinta.
El corazn le deca a Winston que todo esto era una locura; s, una locura consciente y
suicida. De todos los crmenes que un miembro del Partido poda cometer, ste era el de ms
imposible ocultacin. La idea haba flotado en su cabeza en forma de una visin del pisapapeles de
cristal reflejado en la brillante superficie de la mesita. Como l lo haba previsto, el seor
Charrington no opuso ninguna dificultad para alquilarle la habitacin. Se alegraba, por lo visto, de
los dlares que aquello le proporcionara. Tampoco pareca ofenderse, ni inclinado a hacer
preguntas indiscretas al quedar bien claro que Winston deseaba la habitacin para un asunto
amoroso. Al contrario, se mantena siempre a una discreta distancia y con un aire tan delicado que
daba la impresin de haberse hecho invisible en parte. Deca que la intimidad era una cosa de valor
inapreciable. Que todo el mundo necesitaba un sitio donde poder estar solo de vez en cuando. Y una
vez que lo hubiera logrado, era de elemental cortesa, en cualquier otra persona que conociera este
refugio, no contrselo a nadie. Y para subrayar en la prctica su teora, casi desapareca, aadiendo
que la casa tena dos entradas, una de las cuales daba al patio trasero que tena una salida a un
callejn.
Alguien cantaba bajo la ventana. Winston se asom por detrs de los visillos. El sol de junio
estaba an muy alto y en el patio central una monstruosa mujer slida como una columna
normanda, con antebrazos de un color moreno rojizo, y un delantal atado a la cintura, iba y vena
continuamente desde el barreo donde tena la ropa lavada hasta el fregadero, colgando cada vez
unos paitos cuadrados que Winston reconoci como paales. Cuando la boca de la mujer no estaba
impedida por pinzas para tender, cantaba con poderosa voz de contralto:
Esta cancin obsesionaba a Londres desde haca muchas semanas. Era una de las
producciones de una subseccin del Departamento de Msica con destino a los proles. La letra de
estas canciones se compona sin intervencin humana en absoluto, valindose de un instrumento
llamado versificador. Pero la mujer la cantaba con tan buen odo que el horrible sonsonete se
haba convertido en unos sonidos casi agradables. Winston oa la voz de la mujer, el ruido de sus
zapatos sobre el empedrado del patio, los gritos de los nios en la calle, y a cierta distancia, muy
dbilmente, el zumbido del trfico, y sin embargo su habitacin pareca impresionantemente
silenciosa gracias a la ausencia de telepantalla.
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CAPITULO IV
George Orwell1984
Era slo una ilusin sin esperanza
que pas como un da de abril;
pero aquella mirada, aquella palabra
y los ensueos que despertaron
me robaron el corazn.
sern derrotados, desacreditados, ridiculizados, les escupiremos encima, y, sin embargo,
sobrevivirn siempre. Este drama que yo he representado contigo durante siete aos volver a
ponerse en escena una y otra vez, generacin tras generacin, cada vez en forma ms sutil. Siempre
tendremos al hereje a nuestro albedro, chillando de dolor, destrozado, despreciable y, al final,
totalmente arrepentido, salvado de sus errores y arrastrndose a nuestros pies por su propia
voluntad. se es el mundo que estamos preparando, Winston. Un mundo de victoria tras victoria, de
triunfos sin fin, una presin constante sobre el nervio del poder. Ya veo que empiezas a darte cuenta
de cmo ser ese mundo. Pero acabars haciendo ms que comprenderlo. Lo aceptars, lo acogers
encantado, te convertirs en parte de l.
Winston haba recobrado suficiente energa para hablar: No podris conseguirlo! dijo
dbilmente.
Qu has querido decir con esas palabras, Winston?
No podris crear un mundo como el que has descrito. Eso es un sueo, un imposible.
Por qu?
Es imposible fundar una civilizacin sobre el miedo, el odio y la crueldad. No perdurara.
Por qu no?
No tendra vitalidad. Se desintegrara, se suicidara.
No seas tonto. Ests bajo la impresin de que el odio es ms agotador que el amor. Por
qu va a serio? Y si lo fuera, qu diferencia habra? Supn que preferimos gastarnos ms pronto.
Supn que aceleramos el
de la vida humana de modo que los hombres sean seniles a los
treinta aos. Qu importara? No comprendes que la muerte del individuo no es la muerte? El
Partido es inmortal.
Como de costumbre, la voz haba vencido a Winston. Adems, tema ste que si persista su
desacuerdo con O'Brien, se moviera de nuevo la aguja. Sin embargo, no poda estarse callado.
Apagadamente, sin argumentos, sin nada en que apoyarse excepto el inarticulado horror que le
produca lo que haba dicho O'Brien, volvi al ataque.
No s, no me importa. De un modo o de otro, fracasaris. Algo os derrotar. La vida os
derrotar.
Nosotros, Winston, controlamos la vida en todos sus niveles. Te figuras que existe algo
llamado la naturaleza humana, que se irritar por lo que hacemos y se volver contra nosotros. Pero
no olvides que nosotros creamos la naturaleza humana. Los hombres son infinitamente maleables.
O quizs hayas vuelto a tu antigua idea de que los proletarios o los esclavos se levantarn contra
nosotros y nos derribarn. Desecha esa idea. Estn indefensos, como animales. La Humanidad es el
Partido. Los otros estn fuera, son insignificantes.
No me importa. Al final, os vencern. Antes o despus os vern como sois, y entonces os
despedazarn.
Tienes alguna prueba de que eso est ocurriendo? O quizs alguna razn de que pudiera
ocurrir?
No. Es lo que creo. S que fracasaris. Hay algo en el universo no s lo que es: algn
espritu, algn principio contra lo que no podris.
Acaso crees en Dios, Winston?
144
George Orwell1984
tempo
Eurasia. Pero ella segua sin comprender que esto tuviera importancia. Qu ms da?, dijo con
impaciencia. Siempre ha sido una puetera guerra tras otra y de sobras sabemos que las noticias de
guerra son todas una pura mentira.
A veces le hablaba Winston del Departamento de Registro y de las descaradas falsificaciones
que l perpetraba all por encargo del Partido. Todo esto no la escandalizaba. l le cont la historia
de Jones, Aaronson y Rutherford, as como el trascendental papelito que haba tenido en su mano
casualmente. Nada de esto la impresionaba. Incluso le costaba trabajo comprender el sentido de lo
que Winston deca.
Es que eran amigos tuyos? le pregunt.
No, no los conoca personalmente. Eran miembros del Partido Interior. Adems, eran
mucho mayores que yo. Conocieron la poca anterior a la Revolucin. Yo slo los conoca de vista.
Entonces por qu te preocupas? Todos los das matan gente; es lo corriente.
Intent hacerse comprender:
se era un caso excepcional. No se trataba slo de que mataran a alguien. No te das cuenta
de que el pasado, incluso el de ayer mismo, ha sido suprimido? Si sobrevive, es nicamente en unos
cuantos objetos slidos, y sin etiquetas que los distingan, como este pedazo de cristal. Y ya apenas
conocemos nada de la Revolucin y mucho menos de los aos anteriores a ella. Todos los
documentos han sido destruidos o falsificados, todos los libros han sido otra vez escritos, los
cuadros vueltos a pintar, las estatuas, las calles y los edificios tienen nuevos nombres y todas las
fechas han sido alteradas. Ese proceso contina da tras da y minuto tras minuto. La Historia se ha
parado en seco. No existe ms que un interminable presente en el cual el Partido lleva siempre
razn. Naturalmente, yo s que el pasado est falsificado, pero nunca podra probarlo aunque se
trate de falsificaciones realizadas por m. Una vez que he cometido el hecho, no quedan pruebas. La
nica evidencia se halla en mi propia mente y no puedo asegurar con certeza que exista otro ser
humano con la misma conviccin que yo. Solamente en ese ejemplo que te he citado llegu a tener
en mis manos una prueba irrefutable de la falsificacin del pasado despus de haber ocurrido; aos
despus.
Y total, qu inters puede tener eso? De qu te sirve saberlo?
De nada, porque inmediatamente destru la prueba. Pero si hoy volviera a tener una ocasin
semejante guardara el papel.
Pues yo no! dijo Julia. Estoy dispuesta a arriesgarme, pero slo por algo que merezca
la pena, no por unos trozos de papel viejo. Qu habras hecho con esa fotografa si la hubieras
guardado?
Quizs nada de particular. Pero al fin y al cabo, se trataba de una prueba y habra sembrado
algunas dudas aqu y all, suponiendo que me hubiese atrevido a ensersela a alguien. No creo que
podamos cambiar el curso de los acontecimientos mientras vivamos. Pero es posible que se creen
algunos centros de resistencia, grupos de descontentos que vayan aumentando e incluso dejando
testimonios tras ellos de modo que la generacin siguiente pueda recoger la antorcha y continuar
nuestra obra.
No me interesa la prxima generacin, cario. Me interesa nosotros.
No eres una rebelde ms que de cintura para abajo dijo l.
Ella encontr esto muy divertido y le ech los brazos al cuello, complacida.
82
George Orwell1984
cuchilla de afeitar se la proporcionaran si podan. Quiz pasaran cinco segundos antes de que los
guardias pudieran entrar en la celda. La hoja penetrara en su carne con quemadora frialdad e
incluso los dedos que la sostuvieran quedaran cortados hasta el hueso. Todo esto se le representaba
a l, que en aquellos momentos se encoga ante el ms pequeo dolor. No estaba seguro de utilizar
la hoja de afeitar incluso si se la llegaban a dar. Lo ms natural era seguir existiendo
momentneamente, aceptando otros diez minutos de vida aunque al final de aquellos largos minutos
no hubiera ms que una tortura insoportable.
A veces procuraba calcular el nmero de mosaicos de porcelana que cubran las paredes de la
celda. No deba de ser difcil, pero siempre perda la cuenta. Se preguntaba a cada momento dnde
estara y qu hora sera. Lleg a estar seguro de que afuera haca sol y poco despus estaba
igualmente convencido de que era noche cerrada. Saba instintivamente que en aquel lugar nunca se
apagaban las luces. Era el sitio donde no haba oscuridad: y ahora saba por qu O'Brien haba
reconocido la alusin. En el Ministerio del Amor no haba ventanas. Su celda poda hallarse en el
centro del edificio o contra la pared trasera, poda estar diez pisos bajo tierra o treinta sobre el nivel
del suelo. Winston se fue trasladando mentalmente de sitio y trataba de comprender, por la
sensacin vaga de su cuerpo, si estaba colgado a gran altura o enterrado a gran profundidad.
Afuera se oa ruido de pesados pasos. La puerta de acero se abri con estrpito. Entr un
joven oficial, con impecable uniforme negro, una figura que pareca brillar por todas partes con
reluciente cuero y cuyo plido y severo rostro era como una mscara de cera. Avanz unos pasos
dentro de la celda y volvi a salir para ordenar a los guardias que esperaban afuera que hiciesen
entrar al preso que traan. El poeta Ampleforth entr dando tumbos en la celda. La puerta volvi a
cerrarse de golpe.
Ampleforth hizo dos o tres movimientos inseguros como buscando una salida y luego empez
a pasear arriba y abajo por la celda. Todava no se haba dado cuenta de la presencia de Winston.
Sus turbados ojos miraban la pared un metro por encima del nivel de la cabeza de Winston. No
llevaba zapatos; por los agujeros de los calcetines le salan los dedos gordos. Llevaba varios das sin
afeitarse y la incipiente barba le daba un aire rufianesco que no le iba bien a su aspecto larguirucho
y dbil ni a sus movimientos nerviosos.
Winston sali un poco de su letargo. Tena que hablarle a Ampleforth aunque se expusiera al
chillido de la telepantalla. Probablemente, Ampleforth era el que le traa la hoja de afeitar.
Ampleforth.
La telepantalla no dijo nada. Ampleforth se detuvo, sobresaltado. Su mirada se concentr unos
momentos sobre Winston.
Ah, Smith! dijo. Tambin t!
De qu te acusan?
Para decirte la verdad... sentse embarazosamente en el banco de enfrente a Winston
. Slo hay un delito, verdad?
Y t lo has cometido?
Por lo visto.
Se llev una mano a la frente y luego las dos apretndose las sienes en un esfuerzo por
recordar algo.
Estas cosas suelen ocurrir empez vagamente . A fuerza de pensar en ello, se me ha
ocurrido que pudiera ser... fue desde luego una indiscrecin, lo reconozco. Estbamos preparando
122
George Orwell1984
blanca preparaba una inyeccin. O'Brien mir a Winston sonriente. Se ajust las gafas como en los
buenos tiempos.
Recuerdas haber escrito en tu diario que no importaba que yo fuera amigo o enemigo,
puesto que yo era por lo menos una persona que te comprenda y con quien podas hablar? Tenas
razn. Me gusta hablar contigo. Tu mentalidad atrae a la ma. Se parece a la ma excepto en que est
enferma. Antes de que acabemos esta sesin puedes hacerme algunas preguntas si quieres.
La pregunta que quiera?
S. Cualquiera. Vio que los ojos de Winston se fijaban en la esfera graduada. Ahora
no funciona. Cul es tu primera pregunta?
Qu habis hecho con Julia? dijo Winston.
O'Brien volvi a sonrer.
Te traicion, Winston. Inmediatamente y sin reservas. Pocas veces he visto a alguien que se
nos haya entregado tan pronto. Apenas la reconoceras si la vieras. Toda su rebelda, sus engaos,
sus locuras, su suciedad mental... Todo eso ha desaparecido de ella como si lo hubiera quemado.
Fue una conversin perfecta, un caso para ponerlo en los libros de texto.
La habis torturado?
O'Brien no contest.
A ver, la pregunta siguiente.
Existe el Gran Hermano?
Claro que existe. El Partido existe. El Gran Hermano es la encarnacin del Partido.
Existe en el mismo sentido en que yo existo?
T no existes dijo O'Brien.
A Winston volvi a asaltarle una terrible sensacin de desamparo. Comprenda por qu le
decan a l que no exista; pero era un juego de palabras estpido. No era un gran absurdo la
afirmacin t no existes? Pero, de qu serva rechazar esos argumentos disparatados?
Yo creo que existo dijo con cansancio. Tengo plena conciencia de mi propia identidad.
He nacido y he de morir. Tengo brazos y piernas. Ocupo un lugar concreto en el espacio. Ningn
otro objeto slido puede ocupar a la vez el mismo punto. En este sentido, existe el Gran Hermano?
Eso no tiene importancia. Existe.
Morir el Gran Hermano?
Claro que no. Cmo va a morir? A ver, la pregunta siguiente.
Existe la Hermandad?
Eso no lo sabrs nunca, Winston. Si decidimos libertarte cuando acabemos contigo y si
llegas a vivir noventa aos, seguirs sin saber si la respuesta a esa pregunta es s o no. Mientras
vivas, ser eso para ti un enigma.
Winston yaca silencioso. Respiraba un poco ms rpidamente. Todava no haba hecho la
pregunta que le preocupaba desde un principio. Tena que preguntarlo, pero su lengua se resista a
138
George Orwell1984
De pronto, toda la calle empez a agitarse. Hubo gritos de aviso por todas partes. Hombres,
mujeres y nios se metan veloces en sus casas como conejos. Una joven sali como una flecha por
una puerta cerca de donde estaba Winston, cogi a un nio que jugaba en un charco, lo envolvi
con el delantal y entr de nuevo en su casa; todo ello realizado con increble rapidez. En el mismo
instante, un hombre vestido de negro, que haba salido de una callejuela lateral, corri hacia
Winston sealndole nervioso el cielo.
El vapor! grit. Mire, maestro. chese pronto en el suelo!
El vapor era el apodo que, no se saba por qu, le haban puesto los proles a las bombas
cohetes.
Winston se tir al suelo rpidamente. Los proles llevaban casi siempre razn cuando daban
una alarma de esta clase. Parecan poseer una especie de instinto que les prevena con varios
segundos de anticipacin de la llegada de un cohete, aunque se supona que los cohetes volaban con
ms rapidez que el sonido. Winston se protegi la cabeza con los brazos. Se oy un rugido que hizo
temblar el pavimento, una lluvia de pequeos objetos le cay sobre la espalda. Cuando se levant,
se encontr cubierto con pedazos de cristal de la ventana ms prxima. Sigui andando. La bomba
haba destruido un grupo de casas de aquella calle doscientos metros ms arriba. En el cielo flotaba
una negra nube de humo y debajo otra nube, sta de polvo, envolva las ruinas en torno a las cuales
se agolpaba ya una multitud. Haba un pequeo montn de yeso en el pavimento delante de l y en
medio se poda ver una brillante raya roja. Cuando se levant y se acerc a ver qu era vio que se
trataba de una mano humana cortada por la mueca. Aparte del sangriento mun, la mano era tan
blanca que pareca un molde de yeso. Le dio una patada y la ech a la cloaca, y para evitar la
multitud, torci por una calle lateral a la derecha. A los tres o cuatro minutos estaba fuera de la zona
afectada por la bomba y la srdida vida del suburbio se haba reanudado como si nada hubiera
ocurrido. Eran casi las veinte y los establecimientos de bebida frecuentados por los proles (les
llamaban, con una palabra antiqusima, tabernas) estaban llenas de clientes. De sus puertas
oscilantes, que se abran y cerraban sin cesar, sala un olor mezclado de orines, serrn y cerveza.
En un ngulo formado por una casa de fachada saliente estaban reunidos tres hombres. El de
en medio tena en la mano un peridico doblado que los otros dos miraban por encima de sus
hombros. Antes ya de acercarse lo suficiente para ver la expresin de sus caras, pudo deducir
Winston, por la inmovilidad de sus cuerpos, que estaban absortos. Lo que lean era seguramente
algo de mucha importancia. Estaba a pocos pasos de ellos cuando de pronto se deshizo el grupo y
dos de los hombres empezaron a discutir violentamente. Pareca que estaban a punto de pegarse.
No puedes escuchar lo que te digo? Te aseguro que ningn nmero terminado en siete ha
ganado en estos catorce meses.
Te digo que s.
No, no ha salido ninguno terminado en siete. En casa los tengo apuntados todos en un papel
desde hace dos aos. Nunca dejo de copiar el nmero. Y te digo que ningn nmero ha terminado
en siete...
S; un siete gan. Adems, s que terminaba en cuatro, cero, siete. Fue en febrero... En la
segunda semana de febrero.
Ni en febrero ni nada. Te digo que lo tengo apuntado. Bueno, a ver si lo dejis dijo el
tercer hombre.
Estaban hablando de la lotera. Winston volvi la cabeza cuando ya estaba a treinta metros de
distancia. Todava seguan discutiendo apasionadamente. La lotera, que pagaba cada semana
enormes premios, era el nico acontecimiento pblico al que los proles concedan una seria
46
George Orwell1984
En aquel momento sinti Winston una explosin devastadora o lo que pareca una explosin,
aunque no era seguro que hubiese habido ningn ruido. Lo que si se produjo fue un cegador
fogonazo. Winston no estaba herido; slo postrado. Aunque estaba tendido de espaldas cuando
aquello ocurri, tuvo la curiosa sensacin de que le haban empujado hasta quedar en aquella
posicin. El terrible e indoloro golpe le haba dejado aplastado. Y en el interior de su cabeza
tambin haba ocurrido algo. Al recobrar la visin, record quin era y dnde estaba y reconoci el
rostro que lo contemplaba; pero tena la sensacin de un gran vaco interior. Era como si le faltase
un pedazo del cerebro.
Esto no durar mucho dijo O'Brien. Mrame a los ojos. Con qu pas est en guerra
Oceana?
Winston pens. Saba lo que significaba Oceana y que l era un ciudadano de este pas.
Tambin recordaba que existan Eurasia y Asia Oriental; pero no saba cul estaba en guerra con
cul. En realidad, no tena idea de que hubiera guerra ninguna.
No recuerdo.
Oceana est en guerra con Asia Oriental. Lo recuerdas ahora?
S.
Oceana ha estado siempre en guerra con Asia Oriental. Desde el principio de tu vida, desde
el principio del Partido, desde el principio de la Historia, la guerra ha continuado sin interrupcin,
siempre la misma guerra. Lo recuerdas?
S.
Hace once aos inventaste una leyenda sobre tres hombres que haban sido condenados a
muerte por traicin. Pretendas que habas visto un pedazo de lo que probaba su inocencia. Ese
recorte de papel nunca existi. Lo inventaste y acabaste creyendo en l. Ahora recuerdas el
momento en que lo inventaste, te acuerdas?
S.
Hace poco te puse ante los ojos los dedos de mi mano. Vieste cinco dedos. Recuerdas?
S.
O'Brien le ense los dedos de la mano izquierda con el pulgar oculto.
Aqu hay cinco dedos. Ves cinco dedos?
S.
Y los vio durante un fugaz momento. Lleg a ver cinco dedos, pero pronto volvi a ser todo
normal y sinti de nuevo el antiguo miedo, el odio y el desconcierto. Pero durante unos instantes
quiz no ms de treinta segundos haba tenido una luminosa certidumbre y todas las sugerencias
de O'Brien haban venido a llenar un hueco de su cerebro convirtindose en verdad absoluta. En
esos instantes dos y dos podan haber sido lo mismo tres que cinco, segn se hubiera necesitado.
Pero antes de que O'Brien hubiera dejado caer la mano, ya se haba desvanecido la ilusin. Sin
embargo, aunque no poda volver a experimentarla, recordaba aquello como se recuerda una viva
experiencia en algn perodo remoto de nuestra vida en que hemos sido una persona distinta.
Ya has visto que es posible le dijo O'Brien. S dijo Winston.
O'Brien se levant con aire satisfecho. A su izquierda vio Winston que el hombre de la bata
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George Orwell1984
grupo dirigente contra sus propios sbditos, y el objeto de la guerra no es conquistar territorio ni
defenderlo, sino mantener intacta la estructura de la sociedad. Por lo tanto, la palabra guerra se ha
hecho equvoca. Quiz sera acertado decir que la guerra, al hacerse continua, ha dejado de existir.
La presin que ejerca sobre los seres humanos entre la Edad neoltica y principios del siglo XX ha
desaparecido, siendo sustituida por algo completamente distinto. El efecto sera muy parecido si los
tres superestados, en vez de pelear cada uno con los otros, llegaran al acuerdo respetndole de
vivir en paz perpetua sin traspasar cada uno las fronteras del otro. En ese caso, cada uno de ellos
seguira siendo un mundo cerrado libre de la angustiosa influencia del peligro externo. Una paz que
fuera de verdad permanente sera lo mismo que una guerra permanente. ste es el sentido verdadero
(aunque la mayora de los miembros del Partido lo entienden slo de un modo superficial) de la
consigna del Partido:
Winston dej de leer un momento. A una gran distancia haba estallado una bomba. La
inefable sensacin de estar leyendo el libro prohibido, en una habitacin sin telepantalla, segua
llenndolo de satisfaccin. La soledad y la seguridad eran sensaciones fsicas, mezcladas por el
cansancio de su cuerpo, la suavidad de la alfombra, la caricia de la dbil brisa que entraba por la
ventana... El libro le fascinaba o, ms exactamente, lo tranquilizaba. En cierto sentido, no le
enseaba nada nuevo, pero esto era una parte de su encanto. Deca lo que el propio Winston poda
haber dicho, si le hubiera sido posible ordenar sus propios pensamientos y darles una clara
expresin. Este libro era el producto de una mente semejante a la suya, pero mucho ms poderosa,
ms sistemtica y libre de temores. Pens Winston que los mejores libros son los que nos dicen lo
que ya sabemos. Haba vuelto al captulo I cuando oy los pasos de Julia en la escalera. Se levant
del silln para salirle al encuentro. Julia entr en ese momento, tir su bolsa al suelo y se lanz a los
brazos de l. Haca ms de una semana que no se haban visto.
Tengo
dijo Winston en cuanto se apartaron. Ah, s?. Muy bien dijo ella sin
gran inters y casi inmediatamente se arrodill junto a la estufa para hacer caf.
No volvieron a hablar del libro hasta despus de media hora de estar en la cama. La tarde era
bastante fresca para que mereciera la pena cerrar la ventana. De abajo llegaban las habituales
canciones y el ruido de botas sobre el empedrado. La mujer de los brazos rojizos pareca no
moverse del patio. A todas horas del da estaba lavando y tendiendo ropa. Julia tena sueo,
Winston volvi a coger el libro, que estaba en el suelo, y se sent apoyando la espalda en la
cabecera de la cama.
Tenemos que leerlo dijo. Y t tambin. Todos los miembros de la Hermandad deben
leerlo.
Lelo t dijo Julia con los ojos cerrados. Lelo en voz alta. As es mejor. Y me puedes
explicar los puntos difciles.
El viejo reloj marcaba las seis, o sea, las dieciocho. Disponan de tres o cuatro horas ms.
Winston se puso el libro abierto sobre las rodillas en ngulo y empez a leer:
CAPTULO PRIMERO
Durante todo el tiempo de que se tiene noticia, probablemente desde fines del perodo
neoltico, ha habido en el mundo tres clases de personas: los Altos, los Medianos y los Bajos. Se
han subdividido de muchos modos, han llevado muy diversos nombres y su nmero relativo, as
como la actitud que han guardado unos hacia otros, han variado de poca en poca; pero la
estructura esencial de la sociedad nunca ha cambiado. Incluso despus de enormes con mociones y
de cambios que parecan irrevocables, la misma estructura ha vuelto a imponerse, igual que un
giroscopio vuelve siempre a la posicin de equilibrio por mucho que lo empujemos en un sentido o
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George Orwell1984
la guerra es la paz.
el libro
La ignorancia es la fuerza
3
PARTE 1
George Orwell1984
Es su estilo de belleza.
Winston abarc con su brazo derecho el fino talle de Julia, que se apoy sobre su costado.
Nunca podran permitrselo. La mujer de abajo no se preocupaba con sutilezas mentales; tena
fuertes brazos, un corazn clido y un vientre frtil. Se pregunt Winston cuntos hijos habra
tenido. Seguramente unos quince. Habra florecido momentneamente quiz durante un ao y
luego se haba hinchado como una fruta fertilizada y se haba hecho dura y basta, y a partir de
entonces su vida se haba reducido a lavar, fregar, remendar, guisar, barrer, sacar brillo, primero
para sus hijos y luego para sus nietos durante una continuidad de treinta aos. Y al final todava
cantaba. La reverencia mstica que Winston senta hacia ella tena cierta relacin con el aspecto del
plido y limpio cielo que se extenda por entre las chimeneas y los tejados en una distancia infinita.
Era curioso pensar que el cielo era el mismo para todo el mundo, lo mismo para los habitantes de
Eurasia y de Asia Oriental, que para los de Oceana. Y en realidad las gentes que vivan bajo ese
mismo cielo eran muy parecidas en todas partes, centenares o millares de millones de personas
como aqulla, personas que ignoraban mutuamente sus existencias, separadas por muros de odio y
mentiras, y sin embargo casi exactamente iguales; gentes que nunca haban aprendido a pensar, pero
que almacenaban en sus corazones, en sus vientres y en sus msculos la energa que en el futuro
habra de cambiar al mundo. Si haba alguna esperanza, radicaba en los proles! .Sin haber ledo el
final del libro, saba Winston que ese tena que ser el mensaje final de Goldstein. El futuro
perteneca a los proles. Y, poda l estar seguro de que cuando llegara el tiempo de los proles, el
mundo que stos construyeran no le resultara tan extrao a l, a Winston Smith, como le era ahora
el mundo del Partido? S, porque por lo menos sera un mundo de cordura. Donde hay igualdad
puede haber sensatez. Antes o despus ocurrira esto, la fuerza almacenada se transmutara en
consciencia. Los proles eran inmortales, no caba dudarlo cuando se miraba aquella heroica figura
del patio. Al final se despertaran. Y hasta que ello ocurriera, aunque tardasen mil aos,
sobreviviran a pesar de todos los obstculos como los pjaros, pasndose de cuerpo a cuerpo la
vitalidad que el Partido no posea y que ste nunca podra aniquilar.
Te acuerdas le dijo a Julia de aquel pjaro que cant para nosotros, el primer da en
que estuvimos juntos en el lindero del bosque?
No cantaba para nosotros respondi ella. Cantaba para distraerse, porque le gustaba.
Tampoco; sencillamente, estaba cantando.
Los pjaros cantaban; los proles cantaban tambin, pero el Partido no cantaba. Por todo el
mundo, en Londres y en Nueva York, en frica y en el Brasil, as como en las tierras prohibidas
ms all de las fronteras, en las calles de Pars o Berln, en las aldeas de la interminable llanura rusa,
en los bazares de China y del Japn, por todas partes exista la misma figura inconquistable, el
mismo cuerpo deformado por el trabajo y por los partos, en lucha permanente desde el nacer al
morir, y que sin embargo cantaba. De esas poderosas entraas nacera antes o despus una raza de
seres conscientes. Nosotros somos los muertos; el futuro es de ellos, pens Winston pero era
posible participar de ese futuro si se mantena alerta la mente como ellos, los proles, mantenan
vivos sus cuerpos. Todo el secreto estaba en pasarse de unos a otros la doctrina secreta de que dos y
dos son cuatro.
Nosotros somos los muertos dijo Winston.
Nosotros somos los muertos repiti Julia con obediencia escolar.
Vosotros sois los muertos dijo una voz de hierro tras ellos.
Winston y Julia se separaron con un violento sobresalto. A Winston parecan habrsele helado
las entraas y, mirando a Julia, observ que se le haban abierto los ojos desmesuradamente y que
haba empalidecido hasta adquirir su cara un color amarillo lechoso. La mancha del colorete en las
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George Orwell1984
Winston estaba soando con su madre. El deba de tener unos diez u once aos cuando su
madre muri. Era una mujer alta, estatuaria y ms bien silenciosa, de movimientos pausados y
magnfico cabello rubio. A su padre lo recordaba, ms vagamente, como un hombre moreno y
delgado, vestido siempre con impecables trajes oscuros (Winston recordaba sobre todo las suelas
extremadamente finas de los zapatos de su padre) y usaba gafas. Seguramente, tanto el padre como
la madre debieron de haber cado en una de las primeras grandes
de los aos cincuenta.
En aquel momento en el sueo su madre estaba sentada en un sitio profundo junto a l y
con su nia en brazos. De esta hermana slo recordaba Winston que era una chiquilla dbil e
insignificante, siempre callada y con ojos grandes que se fijaban en todo. Se hallaban las dos en
algn sitio subterrneo por ejemplo, el fondo de un pozo o en una cueva muy honda, pero era un
lugar que, estando ya muy por debajo de l, se iba hundiendo sin cesar. Si, era la cmara de un
barco que se hunda y la madre y la hermana lo miraban a l desde la tenebrosidad de las aguas que
invadan el buque. An haba aire en la cmara. Su madre y su hermanita podan verlo todava y l a
ellas, pero no dejaban de irse hundiendo ni un solo instante, de ir cayendo en las aguas, de un verde
muy oscuro, que de un momento a otro las ocultaran para siempre. Winston, en cambio, se
encontraba al aire libre y a plena luz mientras a ellas se las iba tragando la muerte, y ellas se
hundan
l estaba all arriba. Winston lo saba y tambin ellas lo saban y l descubra en las
caras de ellas este conocimiento. Pero la expresin de las dos no le reprochaba nada ni sus
corazones tampoco el lo saba y slo se transparentaba la conviccin de que ellas moran para
que l pudiera seguir viviendo all arriba y que esto formaba parte del orden inevitable de las cosas.
No poda recordar qu haba ocurrido, pero mientras soaba estaba seguro de que, de un modo
u otro, las vidas de su madre y su hermana fueron sacrificadas para que l viviera. Era uno de esos
ensueos que, a pesar de utilizar toda la escenografa onrica habitual, son una continuacin de
nuestra vida intelectual y en los que nos damos cuenta de hechos e ideas que siguen teniendo un
valor despus del despertar. Pero lo que de pronto sobresalt a Winston, al pensar luego en lo que
haba soado, fue que la muerte de su madre, ocurrida treinta aos antes, haba sido trgica y
dolorosa de un modo que ya no era posible. Pens que la tragedia perteneca a los tiempos antiguos
y que slo poda concebirse en una poca en que haba an intimidad vida privada, amor y
amistad y en que los miembros de una familia permanecan juntos sin necesidad de tener una
razn especial para ello. El recuerdo de su madre le torturaba porque haba muerto amndole
cuando l era demasiado joven y egosta para devolverle ese cario y porque de alguna manera
no recordaba cmo se haba sacrificado a un concepto de la lealtad que era privatsimo e
inalterable. Bien comprenda Winston que esas cosas no podan suceder ahora. Lo que ahora haba
era miedo, odio y dolor fsico, pero no emociones dignas ni penas profundas y complejas. Todo esto
lo haba visto, soando, en los ojos de su madre y su hermanita, que lo miraban a l a travs de las
aguas verdeoscuras, a una inmensa profundidad y sin dejar de hundirse.
De pronto, se vio de pie sobre el csped en una tarde de verano en que los rayos oblicuos del
sol doraban la corta hierba. El paisaje que se le apareca ahora se le presentaba con tanta frecuencia
en sueos que nunca estaba completamente seguro de si lo haba visto alguna vez en la vida real.
Cuando estaba despierto, lo llamaba el Pas Dorado. Lo cubran pastos mordidos por los conejos
con un sendero que serpenteaba por l y, aqu y all, unas pequesimas elevaciones del terreno. Al
fondo, se velan unos olmos que se balanceaban suavemente con la brisa y sus follajes parecan
cabelleras de mujer. Cerca, aunque fuera de la vista, corra un claro arroyuelo de lento fluir.
La muchacha morena vena hacia l por aquel campo.
Con un solo movimiento se despoj de sus ropas y las arroj despectivamente a un lado. Su
cuerpo era blanco y suave, pero no despertaba deseo en Winston, que se limitaba a contemplarlo.
Lo que le llenaba de entusiasmo en aquel momento era el gesto con que la joven se haba librado de
18
CAPITULO III
George Orwell1984
purgas
porque
mejillas se destacaba violentamente como si fueran parches sobre la piel.
Vosotros sois los muertos repiti la voz de hierro.
Ha sido detrs del cuadro murmur Julia.
Ha sido detrs del cuadro repiti la voz. Quedaos exactamente donde estis. No hagis
ningn movimiento hasta que se os ordene.
Por fin, aquello haba empezado! Nada podan hacer sino mirarse fijamente. Ni siquiera se
les ocurri escaparse, salir de la casa antes de que fuera demasiado tarde. Saban que era intil. Era
absurdo pensar que la voz de hierro procedente del muro pudiera ser desobedecida. Se oy un
chasquido como si hubiese girado un resorte, y un ruido de cristal roto. El cuadro haba cado al
suelo descubriendo la telepantalla que ocultaba.
Ahora pueden vernos dijo Julia.
Ahora podemos veros dijo la voz. Permaneced en el centro de la habitacin. Espalda
contra espalda. Poneos las manos enlazadas detrs de la cabeza. No os toquis el uno al otro.
Por supuesto, no se tocaban, pero a Winston le pareca sentir el temblor del cuerpo de Julia. 0
quiz no fuera ms que su propio temblor. Poda evitar que los dientes le castaetearan, pero no
poda controlar las rodillas. Se oyeron unos pasos de pesadas botas en el piso bajo dentro y fuera de
la casa. El patio pareca estar lleno de hombres; arrastraban algo sobre las piedras. La mujer dej de
cantar sbitamente. Se produjo un resonante ruido, como si algo rodara por el patio. Seguramente,
era el barreo de lavar la ropa. Luego, varios gritos de ira que terminaron con un alarido de dolor.
La casa est rodeada dijo Winston.
La casa est rodeada dijo la voz.
Winston oy que Julia le deca:
Supongo que podremos decirnos adis.
Podis deciros adis dijo la voz. Y luego, otra voz por completo distinta, una voz fina y
culta que Winston crea haber odo alguna vez, dijo:
Y ya que estamos en esto,
Algo cay con estrpito sobre la cama a espaldas de Winston. Era el marco de la ventana, que
haba sido derribado por la escalera de mano que haban apoyado all desde abajo. Por la escalera de
la casa suba gente. Pronto se llen la habitacin de hombres corpulentos con uniformes negros,
botas fuertes y altas porras en las manos.
Ya Winston no temblaba. Ni siquiera mova los ojos. Slo le importaba una cosa: estarse
inmvil y no darles motivo para que le golpearan. Un individuo con aspecto de campen de lucha
libre, cuya boca era slo una raya, se detuvo frente a l, balanceando la porra entre los dedos pulgar
e ndice mientras pareca meditar. Winston lo mir a los ojos. Era casi intolerable la sensacin de
hallarse desnudo, con las manos detrs de la cabeza. El hombre sac un poco la lengua, una lengua
blanquecina, y se lami el sitio donde deba haber tenido los labios. Dej de prestarle atencin a
Winston. Hubo otro ruido violento. Alguien haba cogido el pisapapeles de cristal y lo haba
arrojado contra el hogar de la chimenea, donde se haba hecho trizas.
El fragmento de coral, un pedacito de materia roja como un capullito de los que adornan
algunas tartas, rod por la estera. Qu pequeo es!, pens Winston. Detrs de l se produjo un
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George Orwell1984
aqu tenis una vela para alumbraros mientras os aostis; aqu
tenis mi hacha para cortaros la cabeza.
Hay tres etapas en tu reintegracin dijo O'Brien; primero aprender, luego comprender
y, por ltimo, aceptar. Ahora tienes que entrar en la segunda etapa.
Como siempre, Winston estaba tendido de espaldas, pero ya no lo ataban tan fuerte. Aunque
segua sujeto al lecho, poda mover las rodillas un poco y volver la cabeza de uno a otro lado y
levantar los antebrazos. Adems, ya no le causaba tanta tortura la palanca. Poda evitarse el dolor
con un poco de habilidad, porque ahora slo lo castigaba O'Brien por faltas de inteligencia. A veces
pasaba una sesin entera sin que se moviera la aguja del disco. No recordaba cuntas sesiones
haban sido. Todo el proceso se extenda por un tiempo largo, indefinido quizs varias semanas
y los intervalos entre las sesiones quiz fueran de varios das y otras veces slo de una o dos horas.
Mientras te hallas ah tumbado le dijo O'Brien, te has preguntado con frecuencia, e
incluso me lo has preguntado a m, por qu el Ministerio del Amor emplea tanto tiempo y trabajo en
tu persona. Y cuando estabas en libertad te preocupabas por lo mismo. Podas comprender el
mecanismo de la sociedad en que vivas, pero no los motivos subterrneos. Recuerdas haber
escrito en tu Diario: Comprendo el
no comprendo el
Cuando pensabas en el
porqu es cuando dudabas de tu propia cordura. Has ledo el libro de Goldstein, o partes de l por lo
menos. Te ense algo que ya no supieras?
Lo has ledo t? dijo Winston.
Lo escrib. Es decir, colabor en su redaccin. Ya sabes que ningn libro se escribe
individualmente.
Es cierto lo que dice?
Como descripcin, s. Pero el programa que presenta es una tontera. La acumulacin
secreta de conocimientos, la extensin paulatina de ilustracin y, por ltimo, la rebelin proletaria y
el aniquilamiento del Partido. Ya te figurabas que esto es lo que encontraras en el
Pura
tontera. Los proletarios no se sublevarn ni dentro de mil aos ni de mil millones de aos. No
pueden. Es intil que te explique la razn por la que no pueden rebelarse; ya la conoces. Si alguna
vez te has permitido soar en violentas sublevaciones, debes renunciar a ello. El Partido no puede
ser derribado por ningn procedimiento. Las normas del Partido, su dominio es para siempre. Debes
partir de ese punto en todos tus pensamientos.
O'Brien se acerc ms al lecho.
Para siempre! repiti. Y ahora volvamos a la cuestin del cmo y el porqu.
Entiendes perfectamente cmo se mantiene en el poder el Partido. Ahora dime, por qu nos
aferrarnos al poder? Cul es nuestro motivo? Por qu deseamos el poder? Habla aadi al ver
que Winston no le responda.
Sin embargo, Winston sigui callado unos instantes. Sentase aplanado por una enorme
sensacin de cansancio. El rostro de O'Brien haba vuelto a animarse con su fantico entusiasmo.
Saba Winston de antemano lo que iba a decirle O'Brien: que el Partido no buscaba el poder por el
poder mismo, sino slo para el bienestar de la mayora. Que le interesaba tener en las manos las
riendas porque los hombres de la masa eran criaturas dbiles y cobardes que no podan soportar la
libertad ni encararse con la verdad y deban ser dominados y engaados sistemticamente por otros
hombres ms fuertes que ellos. Que la Humanidad slo poda escoger entre la libertad y la felicidad,
y para la gran masa de la Humanidad era preferible la felicidad. Que el Partido era el eterno
guardin de los dbiles, una secta dedicada a hacer el mal para lograr el bien sacrificando su propia
felicidad a la de los dems. Lo terrible, pens Winston, lo verdaderamente terrible era que cuando
O'Brien le dijera esto, se lo estara creyendo. No haba ms que verle la cara. O'Brien lo saba todo.
140
CAPITULO III
George Orwell1984
cmo;
porqu?
libro.
atencin. Probablemente, haba millones de proles para quienes la lotera era la principal razn de
su existencia. Era toda su delicia, su locura, su estimulante intelectual. En todo lo referente a la
lotera, hasta la gente que apenas saba leer y escribir pareca capaz de intrincados clculos
matemticos y de asombrosas proezas memorsticas. Toda una tribu de proles se ganaba la vida
vendiendo predicciones, amuletos, sistemas para dominar el azar y otras cosas que servan a los
maniticos. Winston nada tena que ver con la organizacin de la lotera, dependiente del Ministerio
de la Abundancia. Pero saba perfectamente (como cualquier miembro del Partido) que los premios
eran en su mayora imaginarios. Slo se pagaban pequeas sumas y los ganadores de los grandes
premios eran personas inexistentes. Como no haba verdadera comunicacin entre una y otra parte
de Oceana, esto resultaba muy fcil.
Si haba esperanzas, estaba en los proles. sta era la idea esencial. Decirlo, sonaba a cosa
razonable, pero al mirar aquellos pobres seres humanos, se converta en un acto de fe. La calle por
la que descenda Winston, le despert la sensacin de que ya antes haba estado por all y que no
haca mucho tiempo fue una calle importante. Al final de ella haba una escalinata por donde se
bajaba a otra calle en la que estaba un mercadillo de legumbres. Entonces record Winston dnde
estaba: en la primera esquina, a unos cinco minutos de marcha, estaba la tienda de compraventa
donde l haba adquirido el libro en blanco donde ahora llevaba su Diario. Y en otra tienda no muy
distante, haba comprado la pluma y el frasco de tinta.
Se detuvo un momento en lo alto de la escalinata. Al otro lado de la calle haba una srdida
taberna cuyas ventanas parecan cubiertas de escarcha; pero slo era polvo. Un hombre muy viejo
con bigotes blancos, encorvado, pero bastante activo, empuj la puerta oscilante y entr. Mientras
observaba desde all, se le ocurri a Winston que aquel viejo, que por lo menos deba de tener
ochenta aos, habra sido ya un hombre maduro cuando ocurri la Revolucin. l y unos cuantos
como l eran los ltimos eslabones que unan al mundo actual con el mundo desaparecido del
capitalismo. En el Partido no haba mucha gente cuyas ideas se hubieran formado antes de la
Revolucin. La generacin ms vieja haba sido barrida casi por completo en las grandes purgas de
los aos cincuenta y sesenta y los pocos que sobrevivieron vivan aterrorizados y en una entrega
intelectual absoluta. Si viva an alguien que pudiera contar con veracidad las condiciones de vida
en la primera mitad del siglo, tena que ser un prole. De pronto record Winston el trozo del libro de
historia que haba copiado en su Diario y le asalt un impulso loco. Entrara en la taberna, trabara
conocimiento con aquel viejo y le interrogara. Le dira: Cunteme su vida cuando era usted un
muchacho, se viva entonces mejor que ahora o peor?. Precipitadamente, para no tener tiempo de
asustarse, baj la escalinata y cruz la calle. Desde luego, era una locura. Como de costumbre, no
haba ninguna prohibicin concreta de hablar con los proles y frecuentar sus tabernas, pero no poda
pasar inadvertido ya que era rarsimo que alguien lo hiciera. Si apareca alguna patrulla, Winston
podra decir que se haba sentido mal, pero no lo iban a creer. Empuj la puerta y le dio en la cara
un repugnante olor a queso y a cerveza agria. Al entrar l, las voces casi se apagaron. Todos los
presentes le miraban su mono azul. Unos individuos que jugaban al blanco con unos dardos se
interrumpieron durante medio minuto. El viejo al que l haba seguido estaba acodado en el bar
discutiendo con el barman, un joven corpulento de nariz ganchuda y enormes antebrazos. Otros
clientes, con vasos en la mano, contemplaban la escena.
Vas a decirme que no puedes servirme una pinta de cerveza? deca el viejo.
Y qu demonios de nombre es ese de pinta? pregunt el tabernero inclinndose sobre
el mostrador con los dedos apoyados en l.
Escuchad, presume de tabernero y no sabe lo que es una pinta. A ste hay que mandarle a la
escuela.
Nunca he odo hablar de pintas para beber. Aqu se sirve por litros, medios litros... Ah
enfrente tiene usted los vasos en ese estante para cada cantidad de lquido.
47
George Orwell1984
llamaba compromiso categrico) de que no habra reduccin de la racin de chocolate durante el
ao 1984. Pero la verdad era, como Winston saba muy bien, que la racin de chocolate sera
reducida, de los treinta gramos que daban, a veinte al final de aquella semana. Como se ver, el
error era insignificante y el nico cambio necesario era sustituir la promesa original por la
advertencia de que probablemente habra que reducir la racin hacia el mes de abril.
Cuando Winston tuvo preparadas las correcciones las uni con un clip al ejemplar del
que le haban enviado y los mand por el tubo neumtico. Entonces, con un movimiento casi
inconsciente, arrug los mensajes originales y todas las notas que l haba hecho sobre el asunto y
los tir por el agujero de la memoria para que los devoraran las llamas.
l no saba con exactitud lo que suceda en el invisible laberinto adonde iban a parar los tubos
neumticos, pero tena una idea general. En cuanto se reunan y ordenaban todas las correcciones
que haba sido necesario introducir en un nmero determinado del
ese nmero volva a ser
impreso, el ejemplar primitivo se destrua y el ejemplar corregido ocupaba su puesto en el archivo.
Este proceso de continua alteracin no se aplicaba slo a los peridicos, sino a los libros, revistas,
folletos, carteles, programas, pelculas, bandas sonoras, historietas para nios, fotografas..., es
decir, a toda clase de documentacin o literatura que pudiera tener algn significado poltico o
ideolgico. Diariamente y casi minuto por minuto, el pasado era puesto al da. De este modo, todas
las predicciones hechas por el Partido resultaban acertadas segn prueba documental. Toda la
historia se converta as en un palimpsesto, raspado y vuelto a escribir con toda la frecuencia
necesaria. En ningn caso habra sido posible demostrar la existencia de una falsificacin. La
seccin ms nutrida del Departamento de Registro, mucho mayor que aquella donde trabajaba
Winston, se compona sencillamente de personas cuyo deber era recoger todos los ejemplares de
libros, diarios y otros documentos que se hubieran quedado atrasados y tuvieran que ser destruidos.
Un nmero del
que a causa de cambios en la poltica exterior o de profecas equivocadas
hechas por el Gran Hermano hubiera tenido que ser escrito de nuevo una docena de veces, segua
estando en los archivos con su fecha original y no exista ningn otro ejemplar para contradecirlo.
Tambin los libros eran recogidos y reescritos muchas veces y cuando se volvan a editar no se
confesaba que se hubiera introducido modificacin alguna. Incluso las instrucciones escritas que
reciba Winston y que l haca desaparecer invariablemente en cuanto se enteraba de su contenido,
nunca daban a entender ni remotamente que se estuviera cometiendo una falsificacin. Slo se
referan a erratas de imprenta o a citas equivocadas que era necesario poner bien en inters de la
verdad.
Lo ms curioso era pens Winston mientras arreglaba las cifras del Ministerio de la
Abundancia que ni siquiera se trataba de una falsificacin. Era, sencillamente, la sustitucin de
un tipo de tonteras por otro. La mayor parte del material que all manejaban no tena relacin
alguna con el mundo real, ni siquiera en esa conexin que implica una mentira directa. Las
estadsticas eran tan fantsticas en su versin original como en la rectificada. En la mayor parte de
los casos, tena que sacrselas el funcionario de su cabeza. Por ejemplo, las predicciones del
Ministerio de la Abundancia calculaban la produccin de botas para el trimestre venidero en ciento
cuarenta y cinco millones de pares. Pues bien, la cantidad efectiva fue de sesenta y dos millones de
pares. Es decir, la cantidad declarada oficialmente. Sin embargo, Winston, al modificar ahora la
prediccin, rebaj la cantidad a cincuenta y siete millones, para que resultara posible la habitual
declaracin de que se haba superado la produccin. En todo caso, sesenta y dos millones no se
acercaban a la verdad ms que los cincuenta y siete millones o los ciento cuarenta y cinco. Lo ms
probable es que no se hubieran producido botas en absoluto. Nadie saba en definitiva cunto se
haba producido ni le importaba. Lo nico de que se estaba seguro era de que cada trimestre se
producan
cantidades astronmicas de botas mientras que media poblacin de
Oceana iba descalza. Y lo mismo ocurra con los dems datos, importantes o minsculos, que se
registraban. Todo se disolva en un mundo de sombras en el cual incluso la fecha del ao era
insegura.
24
George Orwell1984
Times
Times,
Times
sobre el papel
distinguirse las tres ideologas, y los sistemas sociales que ellas soportan son los mismos. En los tres
existe la misma estructura piramidal, idntica adoracin a un jefe semidivino, la misma economa
orientada hacia una guerra continua. De ah que no slo no puedan conquistarse mutuamente los
tres superestados, sino que no tendran ventaja alguna si lo consiguieran. Por el contrario, se ayudan
mutuamente mantenindose en pugna. Y los grupos dirigentes de las tres Potencias saben y no
saben, a la vez, lo que estn haciendo. Dedican sus vidas a la conquista del mundo, pero estn
convencidos al mismo tiempo de que es absolutamente necesario que la guerra contine
eternamente sin ninguna victoria definitiva. Mientras tanto, el hecho de que no hay peligro de
conquista hace posible la denegacin sistemtica de la realidad, que es la caracterstica principal del
Ingsoc y de sus sistemas rivales. Y aqu hemos de repetir que, al hacerse continua, la guerra ha
cambiado fundamentalmente de carcter.
En tiempos pasados, una guerra, casi por definicin, era algo que ms pronto o ms tarde tena
un final; generalmente, una clara victoria o una derrota indiscutible. Adems, en el pasado, la guerra
era uno de los principales instrumentos con que se mantenan las sociedades humanas en contacto
con la realidad fsica. Todos los gobernantes de todas las pocas intentaron imponer un falso
concepto del mundo a sus sbditos, pero no podan fomentar ilusiones que perjudicasen la eficacia
militar. Como quiera que la derrota significaba la prdida de la independencia o cualquier otro
resultado indeseable, haban de tomar serias precauciones para evitar la derrota. Estos hechos no
podan ser ignorados. Aun admitiendo que en filosofa, en ciencia, en tica o en poltica dos y dos
pudieran ser cinco, cuando se fabricaba un can o un aeroplano tenan que ser cuatro. Las naciones
mal preparadas acababan siempre siendo conquistadas, y la lucha por una mayor eficacia no admita
ilusiones. Adems, para ser eficaces haba que aprender del pasado, lo cual supona estar bien
enterado de lo ocurrido en pocas anteriores. Los peridicos y los libros de historia eran parciales,
naturalmente, pero habra sido imposible una falsificacin como la que hoy se realiza. La guerra era
una garanta de cordura. Y respecto a las clases gobernantes, era el freno ms seguro. Nadie poda
ser, desde el poder, absolutamente irresponsable desde el momento en que una guerra cualquiera
poda ser ganada o perdida.
Pero cuando una guerra se hace continua, deja de ser peligrosa porque desaparece toda
necesidad militar. El progreso tcnico puede cesar y los hechos ms palpables pueden ser negados o
descartados como cosas sin importancia. Lo nico eficaz en Oceana es la Polica del Pensamiento.
Como cada uno de los tres superestados es inconquistable, cada uno de ellos es, por tanto, un
mundo separado dentro del cual puede ser practicada con toda tranquilidad cualquier perversin
mental. La realidad slo ejerce su presin sobre las necesidades de la vida cotidiana: la necesidad de
comer y de beber, de vestirse y tener un techo, de no beber venenos ni caerse de las ventanas, etc...
Entre la vida y la muerte, y entre el placer fsico y el dolor fsico, sigue habiendo una distincin,
pero eso es todo. Cortados todos los contactos con el mundo exterior y con el pasado, el ciudadano
de Oceana es como un hombre en el espacio interestelar, que no tiene manera de saber por dnde
se va hacia arriba y por dnde hacia abajo. Los gobernantes de un Estado como ste son absolutos
como pudieran serlo los faraones o los csares. Se ven obligados a evitar que sus gentes se mueran
de hambre en cantidades excesivas, y han de mantenerse al mismo nivel de baja tcnica militar que
sus rivales. Pero, una vez conseguido ese mnimo, pueden retorcer y deformar la realidad dndole la
forma que se les antoje.
Por tanto, la guerra de ahora, comparada con las antiguas, es una impostura. Se podra
comparar esto a las luchas entre ciertos rumiantes cuyos cuernos estn colocados de tal manera que
no pueden herirse. Pero aunque es una impostura, no deja de tener sentido. Sirve para consumir el
sobrante de bienes y ayuda a conservar la atmsfera mental imprescindible para una sociedad
jerarquizado. Como se ve, la guerra es ya slo un asunto de poltica interna. En el pasado, los
grupos dirigentes de todos los pases, aunque reconocieran sus propios intereses e incluso los de sus
enemigos y gritaran en lo posible la destructividad de la guerra, en definitiva luchaban unos contra
otros y el vencedor aplastaba al vencido. En nuestros das no luchan unos contra otros, sino cada
105
George Orwell1984
futuro, para los que an no haban nacido. Su mente se pos durante unos momentos en la fecha que
haba escrito a la cabecera y luego se le present, sobresaltndose terriblemente, la palabra
neolingstica
Por primera vez comprendi la magnitud de lo que se propona hacer.
Cmo iba a comunicar con el futuro? Esto era imposible por su misma naturaleza. Una de dos: o el
futuro se pareca al presente y entonces no le hara ningn caso, o sera una cosa distinta y, en tal
caso, lo que l dijera carecera de todo sentido para ese futuro.
Durante algn tiempo permaneci contemplando estpidamente el papel. La telepantalla
transmita ahora estridente msica militar. Es curioso: Winston no slo pareca haber perdido la
facultad de expresarse, sino haber olvidado de qu iba a ocuparse. Por espacio de varias semanas se
haba estado preparando para este momento y no se le haba ocurrido pensar que para realizar esa
tarea se necesitara algo ms que atrevimiento. El hecho mismo de expresarse por escrito, crea l, le
sera muy fcil. Slo tena que trasladar al papel el interminable e inquieto monlogo que desde
hacia muchos aos vena corrindose por la cabeza. Sin embargo, en este momento hasta el
monlogo se le haba secado. Adems, sus varices haban empezado a escocerle insoportablemente.
No se atreva a rascarse porque siempre que lo haca se le inflamaba aquello. Transcurran los
segundos y l slo tena conciencia de la blancura del papel ante sus ojos, el absoluto vaco de esta
blancura, el escozor de la piel sobre el tobillo, el estruendo de la msica militar, y una leve
sensacin de atontamiento producido por la ginebra.
De repente, empez a escribir con gran rapidez, como si lo impulsara el pnico, dndose
apenas cuenta de lo que escriba. Con su letrita infantil iba trazando lneas torcidas y si primero
empez a comerse las maysculas, luego suprimi incluso los puntos:
4 de abril de 1984.
...
Winston dej de escribir, en parte debido a que le daban calambres. No saba por qu haba
soltado esta sarta de incongruencias. Pero lo curioso era que mientras lo haca se le haba aclarado
otra faceta de su memoria hasta el punto de que ya se crea en condiciones de escribir lo que
realmente haba querido poner en su libro. Ahora se daba cuenta de que si haba querido venir a
casa a empezar su diario precisamente hoy era a causa de este otro incidente.
7
George Orwell1984
doblepensar.
Anoche estuve en los flicks. Todas las pelculas eras de guerra Haba una muy buena de su
barrio lleno de refugiados que lo bombardeaban no s dnde del Mediterrneo. Al
pblico lo
divirtieron mucho los planos de un hombre muy muy gordo que intentaba escaparse nadando de un
helicptero que lo persegua, primero se le vea en el agua chapoteando como una tortuga, luego
lo veas por los visores de las ametralladoras del helicptero,
luego se vea cmo lo iban
agujereando a tiros y el agua a su alrededor que se pona toda roja y el gordo se hunda como si el
agua le entrara por los agujeros que le haban hecho las balas. La gente se mora de risa cuando el
gordo se iba hundiendo en el agua, y tambin una lancha salvavidas llena de nios con un
helicptero que vena dando vueltas y ms vueltas haba una mujer de edad madura que bien poda
ser una juda y estaba sentada la proa con un nio en los brazos que quizs tuviera unos tres aos,
el nio chillaba con mucho pnico, meta la cabeza entre los pechos de la mujer y pareca que se
quera esconder as y la mujer lo rodeaba con los brazos y lo consolaba como si ella no estuviese
tambin aterrada y como s por tenerlo as en los brazos fuera a evitar que le mataran al nio las
balas. Entonces va el helicptero y tira una bomba de veinte kilos sobre el barco y no queda ni una
astilla de l, que fue una explosin pero que magnfica, y luego sala su primer plano maravilloso
del brazo del nio subiendo por el aire yo creo que un helicptero con su cmara debe haberlo
seguido as por el aire y la gente aplaudi muchsimo pero una mujer que estaba entro los
proletarios empez a armar un escndalo terrible chillando que no deban echar eso, no deban
echarlo delante de los cros, que no deban, hasta que la polica la sac de all a rastras no creo
que le pasara nada, a nadie le importa lo que dicen los proletarios, la reaccin tpica de los
proletarios y no se hace caso nunca
sabr siquiera si el otro vive o ha muerto. Sera intil intentar nada. Lo nico importante es que no
nos traicionemos, aunque por ello no iban a variar las cosas.
Si quieren que confesemos replic Julia lo haremos. Todos confiesan siempre. Es
imposible evitarlo. Te torturan.
No me refiero a la confesin. Confesar no es traicionar. No importa lo que digas o hagas,
sino los sentimientos. Si pueden obligarme a dejarte de amar... esa sera la verdadera traicin.
Julia reflexion sobre ello.
A eso no pueden obligarte dijo al cabo de un rato. Es lo nico que no pueden hacer.
Pueden forzarte a decir cualquier cosa, pero no hay manera de que te lo hagan creer. Dentro de ti no
pueden entrar nunca.
Eso es verdad dijo Winston con un poco ms de esperanza. No pueden penetrar en
nuestra alma. Si podemos sentir que merece la pena seguir siendo humanos, aunque esto no tenga
ningn resultado positivo, los habremos derrotado.
Y pens en la telepantalla, que nunca dorma, que nunca se distraa ni dejaba de or. Podan
espiarle a uno da y noche, pero no perdiendo la cabeza era posible burlarlos. Con toda su habilidad,
nunca haban logrado encontrar el procedimiento de saber lo que pensaba otro ser humano. Quizs
esto fuera menos cierto cuando le tenan a uno en sus manos. No se saba lo que pasaba dentro del
Ministerio del Amor, pero era fcil figurrselo: torturas, drogas, delicados instrumentos que
registraban las reacciones nerviosas, agotamiento progresivo por la falta de sueo, por la soledad y
los interrogatorios implacables y persistentes. Los hechos no podan ser ocultados, se los expriman
a uno con la tortura o les seguan la pista con los interrogatorios. Pero si la finalidad que uno se
propona no era salvar la vida sino haber sido humanos hasta el final, qu importaba todo aquello?
Los sentimientos no podan cambiarlos; es ms, ni uno mismo podra suprimirlos. Sin duda, podran
saber hasta el ms pequeo detalle de todo lo que uno hubiera hecho, dicho o pensado; pero el
fondo del corazn, cuyo contenido era un misterio incluso para su dueo, se mantendra siempre
inexpugnable.
89
George Orwell1984
de varios aos? Pero un asunto amoroso de verdad era una fantasa irrealizable. Las mujeres del
Partido eran todas iguales. La castidad estaba tan arraigada en ellas como la lealtad al Partido. Por
la educacin que haban recibido en su infancia, por los juegos y las duchas de agua fra, por todas
las estupideces que les metan en la cabeza, las conferencias, los desfiles, canciones, consignas v
msica marcial, les arrancaban todo sentimiento natural. La razn le deca que forzosamente habra
excepciones, pero su corazn no lo crea. Todas ellas eran inalcanzables, como deseaba el Partido.
Y lo que l quera, an ms que ser amado, era derruir aquel muro de estupidez aunque fuera una
sola vez en su vida. El acto sexual, bien realizado, era una rebelda. El deseo era un crimental. Si
hubiera conseguido despertar los sentidos de Katharine, esto habra equivalido a una seduccin
aunque se trataba de su mujer. Pero tena que contar el resto de la historia. Escribi:
...
Despus de la casi inexistente luz de la lamparilla de aceite, la luz elctrica pareca cegadora.
Por primera vez pudo ver a la mujer tal como era. Avanz un paso hacia ella y se detuvo
horrorizado. Comprenda el riesgo a que se haba expuesto. Era muy posible que las patrullas lo
sorprendieran a la salida. Ms an: quiz lo estuvieran esperando ya a la puerta. Nada iba a ganar
con marcharse sin hacer lo que se haba propuesto.
Todo aquello tena que escribirlo, confesarlo. Vio de pronto a la luz de la bombilla que la
mujer era vieja. La pintura se apegotaba en su cara tanto que pareca ir a resquebrajarse como una
careta de cartn. Tena mechones de cabellos blancos; pero el detalle ms horroroso era que la boca,
entreabierta, pareca a oscura caverna. No tena ningn diente.
Winston escribi a toda prisa:
Volvi a apoyar las palmas de las manos sobre los ojos. Ya lo haba escrito, pero de nada
serva. Segua con la misma necesidad de gritar palabrotas con toda la fuerza de sus pulmones.
38
George Orwell1984
Encend la luz. Cuando la vi claramente
Cuando la vi a plena luz result una verdadera vieja. Por lo
menos tena cincuenta aos.
Pero, de todos modos, lo hice
Sentase mucho mejor. Haba engordado y cada da estaba ms fuerte. Aunque hablar de das
no era muy exacto.
La luz blanca y el zumbido seguan como siempre, pero la nueva celda era un poco ms
confortable que las dems en que haba estado. La cama tena una almohada y un colchn y haba
tambin un taburete. Lo haban baado, permitindole lavarse con bastante frecuencia en un
barrerlo de hojalata. Incluso le proporcionaron agua caliente. Tena ropa interior nueva y un nuevo
mono. Le curaron las varices vendndoselas adecuadamente. Le arrancaron el resto de los dientes
y le pusieron una dentadura postiza.
Deban de haber pasado varias semanas e incluso meses. Ahora le habra sido posible medir el
tiempo si le hubiera interesado, pues lo alimentaban a intervalos regulares. Calcul que le llevaban
tres comidas cada veinticuatro horas, aunque no estaba seguro si se las llevaban de da o de noche.
El alimento era muy bueno, con carne cada tres comidas. Una vez le dieron tambin un paquete de
cigarrillos. No tena cerillas, pero el guardia que le llevaba la comida, y que nunca le hablaba, le
daba fuego. La primera vez que intent fumar, se mare, pero persever, alargando el paquete
mucho tiempo. Fumaba medio cigarrillo despus de cada comida.
Le dejaron una pizarra con un pizarrn atado a un pico. Al principio no lo us. Se hallaba en
un continuo estado de atontamiento. Con frecuencia se tenda desde una comida hasta la siguiente
sin moverse, durmiendo a ratos y a ratos pensando confusamente. Se haba acostumbrado a dormir
con una luz muy fuerte sobre el rostro. La nica diferencie que notaba con ello era que sus sueos
tenan as ms coherencia. Soaba mucho y a veces tena ensueos felices. Se vea en el Pas
Dorado o sentado entre enormes, soleadas gloriosas ruinas con su madre, con Julia o con O'Brien,
sir hacer nada, slo tomando el sol y hablando de temas pacficos. Al despertarse, pensaba mucho
tiempo sobre lo que haba soado. Haba perdido la facultad de esforzarse intelectualmente al
desaparecer el estmulo del dolor. No se senta aburrido ni deseaba conversar ni distraerse por otro
medio. Slo quera estar aislado, que no le pegaran ni lo interrogaran, tener bastante comida y estar
limpio.
Gradualmente empez a dormir menos, pero segua sin desear levantarse de la cama. Su
mayor afn era yacer en calma y sentir cmo se concentraba ms energa en su cuerpo. Se tocaba
continuamente el cuerpo para asegurarse de que no era una ilusin suya el que sus msculos se iban
redondeando y su piel fortaleciendo. Por ltimo, vio con alegra que sus muslos eran mucho ms
gruesos que sus rodillas. Despus de esto, aunque sin muchas ganas al principio, empez a hacer
algn ejercicio con regularidad. Andaba hasta tres kilmetros seguidos; los meda por los pasos que
daba en torno a la celda. La espalda se le iba enderezando. Intent realizar ejercicios ms
complicados, y se asombr, humillado, de la cantidad asombrosa de cosas que no poda hacer. No
poda coger el taburete estirando el brazo ni sostenerse en una sola pierna sin caerse. Intent
ponerse en cuclillas, pero sinti unos dolores terribles en los muslos y en las pantorrillas. Se tendi
de cara al suelo e intent levantar el peso del cuerpo con las manos. Fue intil; no poda elevarse ni
un centmetro. Pero despus de unos das ms otras cuantas comidas incluso eso lleg a
realizarlo. Lo hizo hasta seis veces seguidas. Empez a enorgullecerse de su cuerpo y a albergar la
intermitente ilusin de que tambin su cara se le iba normalizando. Pero cuando casualmente se
llevaba la mano a su crneo calvo, recordaba el rostro cruzado de cicatrices y deformado que haba
visto aquel da en el espejo. Se le fue activando el espritu. Sentado en la cama, con la espalda
apoyada en la pared y la pizarra sobre las rodillas, se dedic con aplicacin a la tarea de reeducarse.
Haba capitulado, eso era ya seguro. En realidad lo comprenda ahora haba estado
expuesto a capitular mucho antes de tomar esa decisin. Desde que le llevaron al Ministerio del
Amor e incluso durante aquellos minutos en que Julia y l se haban encontrado indefensos espalda
contra espalda mientras la voz de hierro de la telepantalla les ordenaba lo que tenan que hacer se
148
CAPITULO IV
George Orwell1984
Y si el Partido dice que no son cuatro sino cinco? Entonces, cuntos hay?
Cuatro.
La palabra termin con un espasmo de dolor. La aguja de la esfera haba subido a cincuenta y
cinco. A Winston le sudaba todo el cuerpo. Aunque apretaba los dientes, no poda evitar los roncos
gemidos. O'Brien lo contemplaba, con los cuatro dedos todava extendidos. Solt la palanca y el
dolor, aunque no desapareci del todo, se alivi bastante.
Cuntos dedos, Winston?
Cuatro.
La aguja subi a sesenta.
Cuntos dedos, Winston?
Cuatro!! Cuatro!! Qu voy a decirte? Cuatro!
La aguja deba de marcar ms, pero Winston no la mir. El rostro severo y pesado y los cuatro
dedos ocupaban por completo su visin. Los dedos, ante sus ojos, parecan columnas, enormes,
borrosos y vibrantes, pero seguan siendo cuatro, sin duda alguna.
Cuntos dedos, Winston? Cuatro!! Para eso, para eso! No sigas, es intil!
Cuntos dedos, Winston?
Cinco! Cinco! Cinco!
No, Winston; as no vale. Ests mintiendo. Sigues creyendo que son cuatro. Por favor,
cuntos dedos?
Cuatro!! Cinco!! Cuatro!! Lo que quieras, pero termina de una vez. Para este dolor.
Ahora estaba sentado en el lecho con el brazo de O'Brien rodendole los hombros. Quiz
hubiera perdido el conocimiento durante unos segundos. Se haban aflojado las ligaduras que
sujetaban su cuerpo. Senta mucho fro, temblaba como un azogado, le castaeteaban los dientes y
le corran lgrimas por las mejillas. Durante unos instantes se apret contra O'Brien como un nio,
confortado por el fuerte brazo que le rodeaba los hombros. Tena la sensacin de que O'Brien era su
protector, que el dolor vena de fuera, de otra fuente, y que O'Brien le evitara sufrir.
Tardas mucho en aprender, Winston dijo O'Brien con suavidad.
No puedo evitarlo balbuce Winston. Cmo puedo evitar ver lo que tengo ante los
ojos si no los cierro? Dos y dos son cuatro.
Algunas veces s, Winston; pero otras veces son cinco. Y otras, tres. Y en ocasiones son
cuatro, cinco y tres a la vez. Tienes que esforzarte ms. No es fcil recobrar la razn.
Volvi a tender a Winston en el lecho. Las ligaduras volvieron a inmovilizarlo, pero ya no
senta dolor y le haba desaparecido el temblor. Estaba dbil y fro. O'Brien le hizo una seal con la
cabeza al hombre de la bata blanca, que haba permanecido inmvil durante la escena anterior y
ahora, inclinndose sobre Winston, le examinaba los ojos de cerca, le tomaba el pulso, le acercaba
el odo al pecho y le daba golpecitos de reconocimiento. Luego, mirando a O'Brien, movi la
cabeza afirmativamente.
Otra vez dijo O'Brien.
133
George Orwell1984
mundo. Su funcin es actuar como punto de mira para todo amor, miedo o respeto, emociones que
se sienten con mucha mayor facilidad hacia un individuo que hacia una organizacin. Detrs del
Gran Hermano se halla el Partido Interior, del cual slo forman parte seis millones de personas, o
sea, menos del seis por ciento de la poblacin de Oceana. Despus del Partido Interior, tenernos el
Partido Exterior; y si el primero puede ser descrito como el cerebro del Estado, el segundo
pudiera ser comparado a las manos. Ms abajo se encuentra la masa amorfa de los proles, que
constituyen quiz el 85 por ciento de la poblacin. En los trminos de nuestra anterior clasificacin,
los proles son los Bajos. Y las masas de esclavos procedentes de las tierras ecuatoriales, que pasan
constantemente de vencedor a vencedor (no olvidemos que vencedor slo debe ser tomado de un
modo relativo) y no forman parte de la poblacin propiamente dicha.
En principio, la pertenencia a estos tres grupos no es hereditaria. No se considera que un nio
nazca dentro del Partido Interior porque sus padres pertenezcan a l. La entrada en cada una de las
ramas del Partido se realiza mediante examen a la edad de diecisis aos. Tampoco hay prejuicios
raciales ni dominio de una provincia sobre otra. En los ms elevados puestos del Partido
encontramos judos, negros, sudamericanos de pura sangre india, y los dirigentes de cualquier
zona proceden siempre de los habitantes de ese rea. En ninguna parte de Oceana tienen sus
habitantes la sensacin de ser una poblacin colonial regida desde una capital remota. Oceana no
tiene capital y su jefe titular es una persona cuya residencia nadie conoce. No est centralizada en
modo alguno, aparte de que el ingls es su principal
y que la neolengua es su idioma
oficial. Sus gobernantes no se hallan ligados por lazos de sangre, sino por la adherencia a una
doctrina comn. Es verdad que nuestra sociedad se compone de estratos una divisin muy rgida
en estratos atenindose a lo que a primera vista parecen normas hereditarias. Hay mucho menos
intercambio entre los diferentes grupos de lo que haba en la poca capitalista o en las pocas
preindustriales. Entre las dos ramas del Partido se verifica algn intercambio, pero solamente lo
necesario para que los dbiles sean excluidos del Partido Interior y que los miembros ambiciosos
del Partido Exterior pasen a ser inofensivos al subir de categora. En la prctica, los proletarios no
pueden entrar en el Partido. Los ms dotados de ellos, que podan quiz constituir un ncleo de
descontentos, son fichados por la Polica del Pensamiento y eliminados. Pero semejante estado de
cosas no es permanente ni de ello se hace cuestin de principio. El Partido no es una clase en el
antiguo sentido de la palabra. No se propone transmitir el poder a sus hijos como tales
descendientes directos, y si no hubiera otra manera de mantener en los puestos de mando a los
individuos ms capaces, estara dispuesto el Partido a reclutar una generacin completamente nueva
de entre las filas del proletariado. En los aos cruciales, el hecho de que el Partido no fuera un
cuerpo hereditario contribuy muchsimo a neutralizar la oposicin. El socialista de la vieja escuela,
acostumbrado a luchar contra algo que se llamaba privilegios de clase, daba por cierto que todo
lo que no es hereditario no puede ser permanente. No comprenda que la continuidad de una
oligarqua no necesita ser fsica ni se paraba a pensar que las aristocracias hereditarias han sido
siempre de corta vida, mientras que organizaciones basadas en la adopcin han durado centenares y
miles de aos. Lo esencial de la regla oligrquica no es la herencia de padre a hijo, sino la
persistencia de una cierta manera de ver el mundo y de un cierto modo de vida impuesto por los
muertos a los vivos. Un grupo dirigente es tal grupo dirigente en tanto pueda nombrarla sus
sucesores. El Partido no se preocupa de perpetuar su sangre, sino de perpetuarse a s mismo. No
importa quin detenta el Poder con tal de que la estructura jerrquica sea siempre la misma.
Todas las creencias, costumbres, aficiones, emociones y actitudes mentales que caracterizan a
nuestro tiempo sirven para sostener la mstica del Partido y evitar que la naturaleza de la sociedad
actual sea percibido por la masa. La rebelin fsica o cualquier movimiento preliminar hacia la
rebelin no es posible en nuestros das. Nada hay que temer de los proletarios. Dejados aparte,
continuarn, de generacin en generacin y de siglo en siglo, trabajando, procreando y muriendo,
no slo sin sentir impulsos de rebelarse, sino sin la facultad de comprender que el mundo podra ser
diferente de lo que es. Slo podran convertirse en peligrosos si el progreso de la tcnica industrial
hiciera necesario educarles mejor; pero como la rivalidad militar y comercial ha perdido toda
110
George Orwell1984
lingua franca
especialmente sobre el espritu. El poder sobre la materia..., la realidad externa, como t la
llamaras..., carece de importancia. Nuestro control sobre la materia es, desde luego, absoluto.
Durante unos momentos olvid Winston la palanca. Hizo un violento esfuerzo para
incorporarse y slo consigui causarse dolor.
Pero, cmo vais a controlar la materia? exclam sin poderse contener. Ni siquiera
consegus controlar el clima y la ley de la gravedad. Adems, existen la enfermedad, el dolor, la
muerte...
O'Brien le hizo callar con un movimiento de la mano:
Controlarnos la materia porque controlamos la mente. La realidad est dentro del crneo.
Irs aprendindolo poco a poco, Winston. No hay nada que no podamos conseguir: la invisibilidad,
la levitacin... absolutamente todo. Si quisiera, podra flotar ahora sobre el suelo como una pompa
de jabn. No lo deseo porque el Partido no lo desea. Debes librarte de esas ideas decimonnicas
sobre las leyes de la Naturaleza. Somos nosotros quienes dictamos las leyes de la Naturaleza.
No las dictis! Ni siquiera sois los dueos de este planeta. Qu me dices de Eurasia y
Asia Oriental? Todava no las habis conquistado.
Eso no tiene importancia. Las conquistaremos cuando nos convenga. Y si no las
conquistsemos nunca, en qu puede influir eso? Podemos borrarlas de la existencia. Oceana es el
mundo entero.
Es que el mismo mundo no es ms que una pizca de polvo. Y el hombre es slo una
insignificancia. Cunto tiempo lleva existiendo? La Tierra estuvo deshabitado durante millones de
aos.
Qu tontera! La Tierra tiene slo nuestra edad. Cmo va a ser ms vieja? No existe sino
lo que admite la conciencia humana.
Pero las rocas estn llenas de huesos de animales desaparecidos, mastodontes y enormes
reptiles que vivieron en la Tierra muchsimo antes de que apareciera el primer hombre.
Has visto alguna vez esos huesos, Winston? Claro que no. Los inventaron los bilogos del
siglo XIX. Nada hubo antes del hombre. Y despus del hombre, si ste desapareciera
definitivamente de la Tierra, nada habra tampoco. Fuera del hombre no hay nada.
Es que el universo entero est fuera de nosotros. Piensa en las estrellas! Puedes verlas
cuando quieras. Algunas de ellas estn a un milln de aosluz de distancia. jams podremos
alcanzarlas.
Qu son las estrellas? dijo O'Brien con indiferencia. Solamente unas bolas de fuego a
unos kilmetros de distancia. Podramos llegar a ellas si quisiramos o hacerlas desaparecer,
borrarlas de nuestra conciencia. La Tierra es el centro del universo. El sol y las estrellas giran en
torno a ella.
Winston hizo otro movimiento convulsivo. Esta vez no dijo nada. O'Brien prosigui, como si
contestara a una objecin que le hubiera hecho Winston:
Desde luego, para ciertos fines es eso verdad. Cuando navegamos por el ocano o cuando
predecimos un eclipse, nos puede resultar conveniente dar por cierto que la Tierra gira alrededor del
sol y que las estrellas se encuentran a millones y millones de kilmetros de nosotros. Pero, qu
importa eso? Crees que est fuera de nuestros medios un sistema dual de astronoma? Las estrellas
pueden estar cerca o lejos segn las necesitemos. Crees que sa es tarea difcil para nuestros
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George Orwell1984
formaban bolsones de tal modo que poda pensarse que almacenaba all comida. Sus ojos gris plido
se movan temerosamente de un lado a otro y se desviaba su mirada en cuanto tropezaba con la de
otra persona.
Se abri la puerta de nuevo y entr otro preso cuyo aspecto le caus un escalofro a Winston.
Era un hombre de aspecto vulgar, quizs un ingeniero o un tcnico. Pero lo sorprendente en l era
su figura esqueltico. Su delgadez era tan exagerada que la boca y los ojos parecan de un tamao
desproporcionado y en sus ojos se almacenaba un intenso y criminal odio contra algo o contra
alguien.
El individuo se sent en el banco a poca distancia de Winston. ste no volvi a mirarle, pero
la cara de calavera se le haba quedado tan grabada como si la tuviera continuamente frente a sus
ojos. De pronto comprendi de qu se trataba. Aquel hombre se mora de hambre. Lo mismo
pareci ocurrrseles casi a la vez a cuantos all se hallaban. Se produjo un leve movimiento por todo
el banco. El hombre de la cara de ratn miraba de cuando en cuando al esqueltico y desviaba en
seguida la mirada con aire culpable para volverse a fijarse en l irresistiblemente atrado. Por fin se
levant, cruz pesadamente la celda, se rebusc en el bolsillo del mono y con aire tmido sac un
mugriento mendrugo de pan y se lo tendi al hambriento.
La telepantalla rugi furiosa. El de la cara de ratn volvi a su sitio de un brinco. El
esqueltico se haba llevado inmediatamente las manos detrs de la espalda como para demostrarle
a todo el mundo que se haba negado a aceptar el ofrecimiento.
Bumstead! grit la voz de un modo ensordecedor. 2713 Bumstead! Tira ese pedazo
de pan.
El individuo tir el mendrugo al suelo.
Ponte de pie de cara a la puerta y sin hacer ningn movimiento.
El hombre obedeci mientras le temblaban los bolsones de sus mejillas. Se abri la puerta de
golpe y entr el joven oficial, que se apart para dejar pasar a un guardia achaparrado con enormes
brazos y hombros. Se coloc frente al hombre del mendrugo y, a una orden muda del oficial, le
lanz un terrible puetazo a la boca apoyndolo con todo el peso de su cuerpo. La fuerza del golpe
empuj al individuo hasta la otra pared de la celda. Se cay junto al retrete. Le brotaba una sangre
negruzca de la boca y de la nariz. Despus, gimiendo dbilmente, consigui ponerse en pie. Entre
un chorro de sangre y saliva, se le cayeron de la boca las dos mitades de una dentadura postiza.
Los presos estaban muy quietos, todos ellos con las manos cruzadas sobre las rodillas. El
hombre ratonil volvi a su sitio. Se le oscureca la carne en uno de los lados de la cara. Se le hinch
la boca hasta formar una masa informe con un agujero negro en medio. Sus ojos grises seguan
movindose, sintindose ms culpable que nunca y como tratando de averiguar cunto lo
despreciaban los otros por aquella humillacin.
Se abri la puerta. Con un pequeo gesto, el oficial seal al hombre esqueltico.
Habitacin 101 dijo.
Winston oy a su lado una ahogada exclamacin de pnico. El hombre se dej caer al suelo de
rodillas y rogaba con las manos juntas:
Camarada! Oficial! No tienes que llevarme a ese sitio; no te lo he dicho ya todo? Qu
ms quieres saber? Todo lo confesara, todo! Dime de qu se trata y lo confesar. Escribe lo que
quieras y lo firmar! Pero no me lleves a la habitacin 101.
Habitacin 101 dijo el oficial.
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George Orwell1984
En la cantina, un local de techo bajo en los stanos, la cola para el almuerzo avanzaba
lentamente. La estancia estaba atestada de gente y llena de un ruido ensordecedor. De la parrilla tras
el mostrador emanaba el olorcillo del asado. Al extremo de la cantina haba un pequeo bar, una
especie de agujero en el muro, donde poda comprarse la ginebra a diez centavos el vasito.
Precisamente el que andaba yo buscando dijo una voz a espaldas de Winston. ste se
volvi. Era su amigo Syme, que trabajaba en el Departamento de Investigaciones, Quizs no fuera
amigo la palabra adecuada. Ya no haba amigos, sino camaradas. Pero persista una diferencia:
unos camaradas eran ms agradables que otros. Syme era filsofo, especializado en neolengua.
Desde luego, perteneca al inmenso grupo de expertos dedicados a redactar la onceava edicin del
Diccionario de Neolengua. Era ms pequeo que Winston, con cabello negro y sus ojos saltones, a
la vez tristes y burlones, que parecan buscar continuamente algo dentro de su interlocutor.
Quera preguntarte si tienes hojas de afeitar dijo.
Ni una! dijo Winston con una precipitacin culpable . He tratado de encontrarlas por
todas partes, pero ya no hay.
Todos buscaban hojas de afeitar. La verdad era que Winston guardaba en su casa dos sin
estrenar. Durante los meses pasados hubo una gran escasez de hojas. Siempre faltaba algn artculo
necesario que en las tiendas del Partido no podan proporcionar; unas veces, botones; otras, hilo de
coser; a veces, cordones para los zapatos, y ahora faltaban cuchillas de afeitar. Era imposible
adquirirlas a no ser que se buscaran furtivamente en el mercado libre.
Llevo seis semanas usando la misma cuchilla minti Winston.
La cola avanz otro poco. Winston se volvi otra vez para observar a Syme. Cada uno de
ellos cogi una bandeja grasienta de metal de una pila que haba al borde del mostrador.
Fuiste a ver ahorcar a los prisioneros ayer? le pregunt Syme.
Estaba trabajando respondi Winston en tono indiferente. Lo ver en el cine,
seguramente.
Un sustitutivo muy inadecuado coment Syme.
Sus ojos burlones recorrieron el rostro de Winston. Te conozco, parecan decir los ojos.
Veo a travs de ti. S muy bien por qu no fuiste a ver ahorcar los prisioneros. Intelectualmente,
Syme era de una ortodoxia venenosa. Por ejemplo, hablaba con una satisfaccin repugnante de los
bombardeos de los helicpteros contra los pueblos enemigos, de los procesos y confesiones de los
criminales del pensamiento y de las ejecuciones en los stanos del Ministerio del Amor. Hablar con
l supona siempre un esfuerzo por apartarle de esos temas e interesarle en problemas tcnicos de
neolingstica en los que era una autoridad y sobre los que poda decir cosas interesantes. Winston
volvi un poco la cabeza para evitar el escrutinio de los grandes ojos negros.
Fue una buena ejecucin dijo Syme aorante Pero me parece que estropean el efecto
atndoles los pies. Me gusta verlos patalear. De todos modos, es estupendo ver cmo sacan la
lengua, que se les pone azul... de un azul tan brillante! Ese detalle es el que ms me gusta.
El siguiente, por favor! dijo la propietaria del delantal blanco que serva tras el
mostrador.
Winston y Syme presentaron sus bandejas. A cada uno de ellos les pusieron su racin: guiso
con un poquito de carne, algo de pan, un cubito de queso, un poco de caf de la Victoria y una
28
CAPITULO V
George Orwell1984
negro es blanco cuando la disciplina del Partido lo exija. Pero tambin se designa con esa palabra la
facultad
que lo negro es blanco, ms an, de
que lo negro es blanco y olvidar que
alguna vez se crey lo contrario. Esto exige una continua alteracin del pasado, posible gracias al
sistema de pensamiento que abarca a todo lo dems y que se conoce con el nombre de
La alteracin del pasado es necesaria por dos razones, una de las cuales es subsidiaria y, por
decirlo as, de precaucin. La razn subsidiaria es que el miembro del Partido, lo mismo que el
proletario, tolera las condiciones de vida actuales, en gran parte porque no tiene con qu
compararlas. Hay que cortarle radicalmente toda relacin con el pasado, as como hay que aislarlo
de los pases extranjeros, porque es necesario que se crea en mejores condiciones que sus
antepasados y que se haga la ilusin de que el nivel de comodidades materiales crece sin cesar. Pero
la razn ms importante para reformar el pasado es la necesidad de salvaguardar la infalibilidad
del Partido. No solamente es preciso poner al da los discursos, estadsticas y datos de toda clase
para demostrar que las predicciones del Partido nunca fallan, sino que no puede admitirse en ningn
caso que la doctrina poltica del Partido haya cambiado lo ms mnimo porque cualquier variacin
de tctica poltica es una confesin de debilidad. Si, por ejemplo, Eurasia o Asia Orienta es la
enemiga de hoy, es necesario que ese pas (el que sea de los dos, segn las circunstancias) figure
como el enemigo de siempre. Y si los hechos demuestran otra cosa, habr que cambiar los hechos.
As, la Historia ha de ser escrita continuamente. Esta falsificacin diaria del pasado, realizada por el
Ministerio de la Verdad, es tan imprescindible para la estabilidad del rgimen como la represin y
el espionaje efectuados por el Ministerio del Amor.
La mutabilidad del pasado es el eje del Ingsoc. Los acontecimientos pretritos no tienen
existencia objetiva, sostiene el Partido, sino que sobreviven slo en los documentos y en las
memorias de los hombres. El pasado es nicamente lo que digan los testimonios escritos y la
memoria humana. Pero como quiera que el Partido controla por completo todos los documentos y
tambin la mente de todos sus miembros, resulta que el pasado ser lo que el Partido quiera que sea.
Tambin resulta que aunque el pasado puede ser cambiado, nunca lo ha sido en ningn caso
concreto. En efecto, cada vez que ha habido que darle nueva forma por las exigencias del momento,
esta nueva versin
el pasado y no ha existido ningn pasado diferente. Esto sigue siendo as
incluso cuando como ocurre a menudo el mismo acontecimiento tenga que ser alterado, hasta
hacerse irreconocible, varias veces en el transcurso de un ao. En cualquier momento se halla el
Partido en posesin de la verdad absoluta y, naturalmente, lo absoluto no puede haber sido diferente
de lo que es ahora. Se ver, pues, que el control del pasado depende por completo del entrenamiento
de la memoria. La seguridad de que todos los escritos estn de acuerdo con el punto de vista
ortodoxo que exigen las circunstancias, no es ms que una labor mecnica. Pero tambin es preciso
que los acontecimientos ocurrieron de la manera deseada. Y si es necesario adaptar de
nuevo nuestros recuerdos o falsificar los documentos, tambin es necesario
que se ha hecho
esto. Este truco puede aprenderse como cualquier otra tcnica mental. La mayora de los miembros
del Partido lo aprenden y desde luego lo consiguen muy bien todos aquellos que son inteligentes
adems de ortodoxos. En el antiguo idioma se conoce esta operacin con toda franqueza como
control de la realidad. En neolengua se le llama
aunque tambin es verdad que
comprende muchas cosas.
significa el poder, la facultad de sostener dos opiniones contradictorias
simultneamente, dos creencias contrarias albergadas a la vez en la mente. El intelectual del Partido
sabe en qu direccin han de ser alterados sus recuerdos; por tanto, sabe que est trucando la
realidad; pero al mismo tiempo se satisface a s mismo por medio del ejercicio del
el sentido de que la realidad no queda violada. Este proceso ha de ser consciente, pues, si no, no se
verificara con la suficiente precisin, pero tambin tiene que ser inconsciente para que no deje un
sentimiento de falsedad y, por tanto, de culpabilidad. El
est arraigando en el corazn
mismo del Ingsoc, ya que el acto esencial del Partido es el empleo del engao consciente,
conservando a la vez la firmeza de propsito que caracteriza a la autntica honradez. Decir mentiras
112
George Orwell1984
de creer
saber
doblepensar.
es ya
recordar
olvidar
doblepensar,
doblepensar
Doblepensar
doblepensar en
doblepensar
Syme haba desaparecido. Una maana no acudi al trabajo: unos cuantos indiferentes
comentaron su ausencia, pero al da siguiente nadie habl de l. Al tercer da entr Winston en el
vestbulo del Departamento de Registro para mirar el tabln de anuncios. Uno de stos era una lista
impresa con los miembros del Comit de Ajedrez, al que Syme haba pertenecido. La lista era
idntica a la de antes nada haba sido tachado en ella, pero contena un nombre menos. Bastaba
con eso. Syme haba dejado de existir. Es ms, nunca haba existido.
Haca un calor horrible. En el laberntico Ministerio las habitaciones sin ventanas y con buena
refrigeracin mantenan una temperatura normal, pero en la calle el pavimento echaba humo y el
ambiente del metro a las horas de aglomeracin era espantoso. Seguan en pleno hervor los
preparativos para la Semana del Odio y los funcionarios de todos los Ministerios dedicaban a esta
tarea horas extraordinarias. Haba que organizar los desfiles, manifestaciones, conferencias,
exposiciones de figuras de cera, programas cinematogrficos y de telepantalla, erigir tribunas,
construir efigies, inventar consignas, escribir canciones, extender rumores, falsificar fotografas...
La seccin de Julia en el Departamento de Novela haba interrumpido su tarea habitual y
confeccionaba una serie de panfletos de atrocidades. Winston, aparte de su trabajo corriente, pasaba
mucho tiempo cada da revisando colecciones del
y alterando o embelleciendo noticias que
iban a ser citadas en los discursos. Hasta ltima hora de la noche, cuando las multitudes de los
incultos proles paseaban por las calles, la ciudad presentaba un aspecto febril. Las bombas cohete
caan con ms frecuencia que nunca y a veces se perciban all muy lejos enormes explosiones que
nadie poda explicar y sobre las cuales se esparcan insensatos rumores.
La nueva cancin que haba de ser el tema de la Semana del Odio (se llamaba la Cancin del
Odio) haba sido ya compuesta y era repetida incansablemente por las telepantallas. Tena un ritmo
salvaje, de ladridos y no poda llamarse con exactitud msica. Ms bien era como el redoble de un
tambor. Centenares de voces rugan con aquellos sones que se mezclaban con el
de sus
renqueantes pies. Era aterrador. Los proles se haban aficionado a la cancin, y por las calles, a
media noche, competa con la que segua siendo popular: Era una ilusin sin esperanza. Los
nios de Parsons la tocaban a todas horas, de un modo alucinante, en su peine cubierto de papel
higinico. Winston tena las tardes ms ocupadas que nunca. Brigadas de voluntarios organizadas
por Parsons preparaban la calle para la Semana del Odio cosiendo banderas y estandartes, pintando
carteles, clavando palos en los tejados para que sirvieran de astas y tendiendo peligrosamente
alambres a travs de la calle para colgar pancartas. Parsons se jactaba de que las casas de la Victoria
era el nico grupo que desplegara cuatrocientos metros de propaganda. Se hallaba en su elemento y
era ms feliz que una alondra. El calor y el trabajo manual le haban dado pretexto para ponerse otra
vez los
y la camisa abierta. Estaba en todas partes a la vez, empujaba, tiraba, aserraba, daba
tremendos martillazos, improvisaba, aconsejaba a todos y expulsaba prdigamente una inagotable
cantidad de sudor.
En todo Londres haba aparecido de pronto un nuevo cartel que se repeta infinitamente. No
tena palabras. Se limitaba a representar, en una altura de tres o cuatro metros, la monstruosa figura
de un soldado eurasitico que pareca avanzar hacia el que lo miraba, una cara moglica
inexpresiva, unas botas enormes y, apoyado en la cadera, un fusil ametralladora a punto de disparar.
Desde cualquier parte que mirase uno el cartel, la boca del arma, ampliada por la perspectiva, por el
escorzo, pareca apuntarle a uno sin remisin. No haba quedado ni un solo hueco en la ciudad sin
aprovechar para colocar aquel monstruo. Y lo curioso era que haba ms retratos de este enemigo
simblico que del propio Gran Hermano. Los proles, que normalmente se mostraban apticos
respecto a la guerra, reciban as un trallazo para que entraran en uno de sus peridicos freneses de
patriotismo. Como para armonizar con el estado de nimo general, las bombas cohetes haban
matado a ms gente que de costumbre. Una cay en un local de cine de Stepney, enterrando en las
ruinas a varios centenares de vctimas. Todos los habitantes del barrio asistieron a un imponente
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CAPITULO V
George Orwell1984
Times
chaschas
shorts
Winston se despert muy emocionado. Le dijo a Julia:
He soado que... , y se detuvo porque no poda explicarlo. Era excesivamente complicado.
No slo se trataba del sueo, sino de unos recuerdos relacionados con l que haban surgido en su
mente segundos despus de despertarse.
Sigui tendido, con los ojos cerrados y envuelto an en la atmsfera del sueo. Era un amplio
y luminoso ensueo en el que su vida entera pareca extenderse ante l como un paisaje en una tarde
de verano despus de la lluvia. Todo haba ocurrido dentro del pisapapeles de cristal, pero la
superficie de ste era la cpula del cielo y dentro de la cpula todo estaba inundado por una luz
clara y suave gracias a la cual podan verse interminables distancias. El ensueo haba partido de un
gesto hecho por su madre con el brazo y vuelto a hacer, treinta aos ms tarde, por la mujer juda
del noticiario cinematogrfico cuando trataba de proteger a su nio de las balas antes de que los
autogiros los destrozaran a ambos.
Sabes? dijo Winston, hasta ahora mismo he credo que haba asesinado a mi madre.
Por qu la asesinaste? le pregunt Julia medio dormida.
No, no la asesin. Fsicamente, no.
En el ensueo haba recordado su ltima visin de la madre y, pocos instantes despus de
despertar, le haba vuelto el racimo de pequeos acontecimientos que rodearon aquel hecho. Sin
duda, haba estado reprimiendo deliberadamente aquel recuerdo durante muchos aos. No estaba
seguro de la fecha, pero debi de ser haca menos de diez aos o, a lo ms, doce.
Su padre haba desaparecido poco antes. No poda recordar cunto tiempo antes, pero s las
revueltas circunstancias de aquella poca, el pnico peridico causado por las incursiones areas y
las carreras para refugiarse en las estaciones del Metro, los montones de escombros, las consignas
que aparecan por las esquinas en llamativos carteles, las pandillas de jvenes con camisas del
mismo color, las enormes colas en las panaderas, el intermitente crepitar de las ametralladoras a lo
lejos... y, sobre todo, el hecho de que nunca haba bastante comida. Recordaba las largas tardes
pasadas con otros chicos rebuscando en las latas de la basura y en los montones de desperdicios,
encontrando a veces hojas de verdura, mondaduras de patata e incluso, con mucha suerte,
mendrugos de pan, duros como piedra, que los nios sacaban cuidadosamente de entre la ceniza; y
tambin, la paciente espera de los camiones que llevaban pienso para el ganado y que a veces
dejaban caer, al saltar en un bache, bellotas o avena.
Cuando su padre desapareci, su madre no se mostr sorprendida ni demasiado apenada, pero
se oper en ella un, sbito cambio. Pareca haber perdido por completo los nimos. Era evidente
incluso para un nio como Winston que la mujer esperaba algo que ella saba con toda seguridad
que ocurrira. Haca todo lo necesario guisaba, lavaba la ropa y la remendaba, arreglaba las
camas, barra el suelo, limpiaba el polvo, todo ello muy despacio y evitndose todos los
movimientos intiles. Su majestuoso cuerpo tena una tendencia natural a la inmovilidad. Se
quedaba las horas muertas casi inmvil en la cama, con su niita en los brazos, una criatura muy
silenciosa de dos o tres aos con un rostro tan delgado que pareca simiesco. De vez en cuando, la
madre coga en brazos a Winston y le estrechaba contra ella, sin decir nada. A pesar de su escasa
edad y de su natural egosmo, Winston saba que todo esto se relacionaba con lo que haba de
ocurrir: aquel acontecimiento implcito en todo y del que nadie hablaba.
Recordaba la habitacin donde vivan, una estancia oscura y siempre cerrada casi totalmente
ocupada por la cama. Haba un hornillo de gas y un estante donde pona los alimentos. Recordaba el
cuerpo estatuario de su madre inclinado sobre el hornillo de gas moviendo algo en la sartn. Sobre
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CAPITULO VII
George Orwell1984
no slo a las mentiras lanzadas por las telepantallas, sino ni siquiera a los ideales que el Partido
trataba de lograr. Grandes zonas vitales, incluso para un miembro del Partido, nada tenan que ver
con la poltica: se trataba slo de pasar el tiempo en inmundas tareas, luchar para poder meterse en
el Metro, remendarse un calcetn como un colador, disolver con resignacin una pastilla de sacarina
y emplear toda la habilidad posible para conservar una colilla. El ideal del Partido era inmenso,
terrible y deslumbrante; un mundo de acero y de hormign armado, de mquinas monstruosas y
espantosas armas, una nacin de guerreros y fanticos que marchaba en bloque siempre hacia
adelante en unidad perfecta, pensando todos los mismos pensamientos y repitiendo a grito unnime
la misma consigna, trabajando perpetuamente, luchando, triunfantes, persiguiendo a los traidores...
trescientos millones de personas todas ellas con las misma cara. La realidad era, en cambio:
lgubres ciudades donde la gente, apenas alimentada, arrastraba de un lado a otro sus pies calzados
con agujereados zapatos y viva en ruinosas casas del siglo XIX en las que predominaba el olor a
verduras cocidas y retretes en malas condiciones. Winston crey ver un Londres inmenso y en
ruinas, una ciudad de un milln de cubos de la basura y, mezclada con esta visin, la imagen de la
seora Parsons con sus arrugas y su pelo enmaraado tratando de arreglar infructuosamente una
caera atascada.
Volvi a rascarse el tobillo. Da y noche las telepantallas le heran a uno el tmpano con
estadsticas segn las cuales todos tenan ms alimento, ms trajes, mejores casas, entretenimientos
ms divertidos, todos vivan ms tiempo, trabajaban menos horas, eran ms sanos, fuertes, felices,
inteligentes y educados que los que haban vivido haca cincuenta aos. Ni una palabra de todo ello
poda ser probada ni refutada. Por ejemplo, el Partido sostena que el cuarenta por ciento de los
proles adultos saba leer y escribir y que antes de la Revolucin todos ellos, menos un quince por
ciento, eran analfabetos. Tambin aseguraba el Partido que la mortalidad infantil era ya slo del
ciento sesenta por mil mientras que antes de la Revolucin haba sido del trescientos por mil... y as
sucesivamente. Era como una ecuacin con dos incgnitas. Bien poda ocurrir que todos los libros
de historia fueran una pura fantasa. Winston sospechaba que nunca haba existido una ley sobre el
ni persona alguna como el tipo de capitalista que pintaban, ni siquiera un
sombrero como aquel que pareca un tubo de estufa.
Todo se desvaneca en la niebla. El pasado estaba borrado. Se haba olvidado el acto mismo
de borrar, y la mentira se converta en verdad. Slo una vez en su vida haba tenido Winston en la
mano
del hecho y eso es lo que importaba una prueba concreta y evidente de un acto
de falsificacin. La haba tenido entre sus dedos nada menos que treinta segundos. Fue en 1973,
aproximadamente, pero desde luego por la poca en que Katharine y l se haban separado. La fecha
a que se refera el documento era de siete u ocho aos antes.
La historia empez en el sesenta y tantos, en el perodo de las grandes purgas, en el cual los
primitivos jefes de la Revolucin fueron suprimidos de una sola vez. Hacia 1970 no quedaba
ninguno de ellos, excepto el Gran Hermano. Todos los dems haban sido acusados de traidores y
contrarrevolucionarios. Goldstein huy y se escondi nadie saba dnde. De los dems, unos
cuantos haban desaparecido mientras que la mayora fue ejecutada despus de unos procesos
pblicos de gran espectacularidad en los que confesaron sus crmenes. Entre los ltimos
supervivientes haba tres individuos llamados Jones, Aaronson y Rutherford. Hacia 1965 la fecha
no era segura los tres fueron detenidos. Como ocurra con frecuencia, desaparecieron durante uno
o ms aos de modo que nadie saba si estaban vivos o muertos y luego aparecieron de pronto para
acusarse ellos mismos de haber cometido terribles crmenes. Reconocieron haber estado en relacin
con el enemigo (por entonces el enemigo era Eurasia, que haba de volver a serlo), malversacin de
fondos pblicos, asesinato de varios miembros del Partido dignos de toda confianza, intrigas contra
el mando del Gran Hermano que ya haban empezado mucho antes de estallar la Revolucin y actos
de sabotaje que haban costado la vida a centenares de miles de personas. Despus de confesar todo
esto, los perdonaron, les devolvieron sus cargos en el Partido, puestos que eran en realidad intiles,
pero que tenan nombres sonoros e importantes. Los tres escribieron largos y abyectos artculos en
41
George Orwell1984
jus primae noctis
despus
viejo idioma con toda su vaguedad y sus intiles matices de significado. No sientes la belleza de la
destruccin de las palabras. No sabes que la neolengua es el nico idioma del mundo cuyo
vocabulario disminuye cada da.
Winston no lo saba, naturalmente sonri crea hacerlo agradablemente porque no se
fiaba de hablar. Syme comi otro bocado del pan negro, lo mastic un poco y sigui:
No ves que la finalidad de la neolengua es limitar el alcance del pensamiento, estrechar el
radio de accin de la mente? Al final, acabamos haciendo imposible todo crimen del pensamiento.
En efecto, cmo puede haber
cada concepto se expresa claramente con
sola
palabra, una palabra cuyo significado est decidido rigurosamente y con todos sus significados
secundados eliminados y olvidados para siempre? Y en la onceava edicin nos acercamos a ese
ideal, pero su perfeccionamiento continuar mucho despus de que t y yo hayamos muerto. Cada
ao habr menos palabras y el radio de accin de la conciencia ser cada vez ms pequeo. Por
supuesto, tampoco ahora hay justificacin alguna para cometer crimen por el pensamiento. Slo es
cuestin de autodisciplina, de control de la realidad. Pero llegar un da en que ni esto ser preciso.
La revolucin ser completa cuando la lengua sea perfecta. Neolengua es Ingsoc e Ingsoc es
neolengua aadi con una satisfaccin mstica. No se te ha ocurrido pensar, Winston, que
lo ms tarde hacia el ao 2050, ni un solo ser humano podr entender una conversacin como esta
que ahora sostenemos?
Excepto... empez a decir Winston, dubitativo, pero se interrumpi alarmado.
Haba estado a punto de decir excepto los proles; pero no estaba muy seguro de que esta
observacin fuera muy ortodoxa. Sin embargo, Syme adivin lo que iba a decir.
Los
no so seres humanos dijo. Hacia el 2050, quiz antes, habr desparecido todo
conocimiento efectivo del viejo idioma. Toda la literatura del pasado habr sido destruida. Chaucer,
Shakespeare, Milton, Byron... slo existirn en versiones neolingstcas, no slo transformados en
algo muy diferente, sino convertidos en lo contrario de lo que eran. Incluso la literatura del partido
cambiar; hasta los
sern otros. Cmo vas a tener un
como el de la libertad es la
esclavitud cuando el concepto de libertad no exista? Todo el clima del pensamiento ser distinto.
En realidad, no habr pensamiento en el sentido en que ahora lo entendemos. La ortodoxia significa
no pensar, no necesitar el pensamiento. Nuestra ortodoxia es la inconsciencia.
De pronto tuvo Winston la profunda conviccin de que uno de aquellos das
a
Syme. Es demasiado inteligente. Lo ve todo con demasiada claridad y habla con demasiada
sencillez. Al Partido no le gustan estas gentes. Cualquier da desaparecer. Lo lleva escrito en la
cara.
Winston haba terminado el pan y el queso. Se volvi un poco para beber la terrina de caf. En
la mesa de la izquierda, el hombre de la voz estridente segua hablando sin cesar. Una joven, que
quizs fuera su secretaria y que estaba sentada de espaldas a Winston, le escuchaba y asenta
continuamente. De vez en cuando, Winston captaba alguna observacin como: Cunta razn
tienes o No sabes hasta qu punto estoy de acuerdo contigo, en una voz juvenil y algo tonta.
Pero la otra voz no se detena ni siquiera cuando la muchacha deca algo. Winston conoca de vista
a aquel hombre aunque slo saba que ocupaba un puesto importante en el Departamento de Novela.
Era un hombre de unos treinta aos con un poderoso cuello y una boca grande y gesticulante.
Estaba un poco echado hacia atrs en su asiento y los cristales de sus gafas reflejaban la luz y
le presentaban a Winston dos discos vacos en vez de un par de ojos. Lo inquietante era que del
torrente de ruido que sala de su boca resultaba casi imposible distinguir una sola palabra. Slo un
cabo de frase comprendi Winston completa y definitiva eliminacin del goldsteinismo,
pronunciado con tanta rapidez que pareca salir en un solo bloque como la lnea, fundida en plomo,
30
George Orwell1984
crimental si
una
proles
slogans
slogan
vaporizaran
hasta que empezaba a llorar no slo de vergenza sino de cansancio nervioso. A veces lloraba
media docena de veces en una sola sesin. Casi todo el tiempo lo estaban insultando y lo
amenazaban, a cada vacilacin, con volverlo a entregar a los guardias. Pero de pronto cambiaban de
tono, lo llamaban camarada, trataban de despertar sus sentimientos en nombre del Ingsoc y del Gran
Hermano, y le preguntaban compungidos si no le quedaba la suficiente lealtad hacia el Partido para
desear no haber hecho todo el mal que haba hecho. Con los nervios destrozados despus de tantas
horas de interrogatorio, estos amistosos reproches le hacan llorar con ms fuerza. Al final se haba
convertido en un mueco: una boca que afirmaba lo que le pedan y una mano que fimaba todo lo
que le ponan delante. Su nica preocupacin consista en descubrir qu deseaban hacerle declarar
para confesarlo inmediatamente antes de que empezaran a insultarlo y a amenazarle. Confes haber
asesinado a distinguidos miembros del Partido, haber distribuido propaganda sediciosa, robo de
fondos pblicos, venta de secretos militares al extranjero, sabotajes de toda clase... Confes que
haba sido espa a sueldo de Asia Oriental ya en 1968. Confes que tena creencias religiosas, que
admiraba el capitalismo y que era un pervertido sexual. Confes haber asesinado a su esposa,
aunque saba perfectamente y tenan que saberlo tambin sus verdugos que su mujer viva an.
Confes que durante muchos aos haba estado en relacin con Goldstein y haba sido miembro de
una organizacin clandestina a la que haban pertenecido casi todas las personas que l haba
conocido en su vida. Lo ms fcil era confesarlo todo fuera verdad o mentira y comprometer a
todo el mundo. Adems, en cierto sentido, todo ello era verdad. Era cierto que haba sido un
enemigo del Partido y a los ojos del Partido no haba distincin alguna entre los pensamientos y los
actos.
Tambin recordaba otras cosas que surgan en su mente de un modo inconexo, como cuadros
aislados rodeados de oscuridad. Estaba en una celda que poda haber estado oscura o con luz, no lo
saba, porque lo nico que l vea era un par de ojos. All cerca se oa el tictac, lento y regular, de
un instrumento. Los ojos aumentaron de tamao y se hicieron ms luminosos. De pronto, Winston
sali flotando de su asiento y sumergindose en los ojos, fue tragado por ellos.
Estaba atado a una silla rodeada de esferas graduadas, bajo cegadores focos. Un hombre con
bata blanca lea los discos. Fuera se oa que se acercaban pasos. La puerta se abri de golpe. El
oficial de cara de cera entr seguido por dos guardias.
Habitacin 101 dijo el oficial.
El hombre de la bata blanca no se volvi. Ni siquiera mir a Winston; se limitaba a observar
los discos.
Winston rodaba por un interminable corredor de un kilmetro de anchura inundado por una
luz dorada y deslumbrante. Se rea a carcajadas y gritaba confesiones sin cesar. Lo confesaba todo,
hasta lo que haba logrado callar bajo las torturas. Le contaba toda la historia de su vida a un
pblico que ya la conoca. Lo rodeaban los guardias, sus otros verdugos de lentes, los hombres de
las batas blancas, O'Brien, Julia, el seor Charrington, y todos rodaban alegremente por el pasillo
rindose a carcajadas. Winston se haba escapado de algo terrorfico con que le amenazaban y que
no haba llegado a suceder. Todo estaba muy bien, no haba ms dolor y hasta los ms mnimos
detalles de su vida quedaban al descubierto, comprendidos y perdonados.
Intent levantarse, incorporarse en la cama donde lo haban tendido, pues casi tena la
seguridad de haber odo la voz de O'Brien. Durante todos los interrogatorios anteriores, a pesar de
no habero llegado a ver, haba tenido la constante sensacin de que O'Brien estaba all cerca, detrs
de l. Era O'Brien quien lo haba dirigido todo. l haba lanzado a los guardias contra Winston y
tambin l haba evitado que lo mataran. Fue l quin decidi cundo tena Winston que gritar de
dolor, cundo poda descansar, cundo lo tenan que alimentar, cundo haban de dejarlo dormir y
cundo tenan que reanimarlo con inyecciones. Era l quien sugera las preguntas y las respuestas.
Era su atormentador, su protector, su inquisidor y su amigo. Y una vez Winston no poda
129
George Orwell1984
Y permanecieron a la sombra de los arbustos. La luz del sol, filtrndose por las innumerables
hojas, les segua caldeando el rostro. Winston observ el campo que los rodeaba y experiment,
poco a poco, la curiosa sensacin de reconocer aquel lugar. Era tierra de pastos, con un sendero que
la cruzaba y alguna pequea elevacin de cuando en cuando. En la valla, medio rota, que se vea al
otro lado, se divisaban las ramas de unos olmos que se balanceaban con la brisa, y sus hojas se
movan en densas masas como cabelleras femeninas. Seguramente por all cerca, pero fuera de su
vista, habra un arroyuelo.
No hay por aqu cerca un arroyo? murmur.
S lo hay. Est al borde del terreno colindante con ste. Hay peces, muy grandes por cierto.
Se puede verlos en las charcas que se forman bajo los sauces.
Es el Pas Dorado... casi murmur.
El Pas Dorado?
No tiene importancia. Es un paisaje que he visto algunas veces en sueos.
Mira! susurr Julia.
Un pjaro se haba movido en una rama a unos cinco metros de ellos y casi al nivel de sus
caras. Quiz no los hubiera visto. Estaba en el sol y ellos a la sombra. Extendi las alas, volvi a
colocrselas cuidadosamente en su sitio, inclin la cabecita un momento, como si saludara
respetuosamente al sol y empez a cantar torrencialmente. En el silencio de la tarde, sobrecoga el
volumen de aquel sonido. Winston y Julia se abrazaron fascinados. La msica del ave continu,
minuto tras minuto, con asombrosas variaciones y sin repetirse nunca, casi como si estuviera
demostrando a propsito su virtuosismo. A veces se detena unos segundos, extenda y recoga sus
alas, luego hinchaba su pecho moteado y empezaba de nuevo su concierto. Winston lo contemplaba
con un vago respeto. Para quin, para qu cantaba aquel pjaro? No tena pareja ni rival que lo
contemplaran. Qu le impulsaba a estarse all, al borde del bosque solitario, regalndole su msica
al vaco? Se pregunt si no habra algn micrfono escondido all cerca. Julia y l haban hablado
slo en murmullo, y ningn aparato podra registrar lo que ellos haban dicho, pero s el canto del
pjaro. Quizs al otro extremo del instrumento algn hombrecillo mecanizado estuviera escuchando
con toda atencin; s, escuchando
Gradualmente la msica del ave fue despertando en l
sus pensamientos. Era como un lquido que saliera de se mezclara con la luz del sol, que se filtraba
por entre hojas. Dej de pensar y se limit a sentir. La cintura de la muchacha bajo su brazo era
suave y clida. Le dio la vuelta hasta quedar abrazados cara a cara. El cuerpo de Julia pareca
fundirse con el suyo. Donde quiera que tocaran sus manos, ceda todo como si fuera agua. Sus
bocas se unieron con besos muy distintos de los duros besos que se haban dado antes. Cuando
volvieron a apartar sus rostros, suspiraron ambos profundamente.
El pjaro se asust y sali volando con un aleteo alarmado.
Rpidamente, sin poder evitar el crujido de las ramas bajo sus pies, regresaron al claro.
Cuando estuvieron ya en su refugio, se volvi Julia hacia l y lo mir fijamente. Los dos respiraban
pesadamente, pero la sonrisa haba desaparecido en las comisuras de sus labios. Estaban de pie y
ella lo mir por un instante y luego tante la cremallera de su mono con las manos. S! Fue casi
como en un sueo! Casi tan velozmente como l se lo haba imaginado, ella se arranc la ropa y
cuando la tir a un lado fue con el mismo magnfico gesto con el cual toda una civilizacin pareca
anihilarse. Su blanco cuerpo brillaba al sol. Por un momento l no
su cuerpo. Sus ojos haban
buscado ancoraje en el pecoso rostro con su dbil y franca sonrisa. Se arrodill ante ella y tom sus
manos entre las suyas.
Has hecho esto antes?
66
George Orwell1984
aquello.
mir
Winston se mantuvo de espaldas a la telepantalla. As era ms seguro; aunque, como l saba
muy bien, incluso una espalda poda ser reveladora. A un kilmetro de distancia, el Ministerio de la
Verdad, donde trabajaba Winston, se elevaba inmenso y blanco sobre el sombro paisaje. Esto es
Londres, pens con una sensacin vaga de disgusto; Londres, principal ciudad de la Franja area 1,
que era a su vez la tercera de las provincias ms pobladas de Oceana. Trat de exprimirse de la
memoria algn recuerdo infantil que le dijera si Londres haba sido siempre as. Hubo siempre
estas vistas de decrpitas casas decimonnicas, con los costados revestidos de madera, las ventanas
tapadas con cartn, los techos remendados con planchas de cinc acanalado y trozos sueltos de tapias
de antiguos jardines? Y los lugares bombardeados, cuyos restos de yeso y cemento revoloteaban
pulverizados en el aire, y el csped amontonado, y los lugares donde las bombas haban abierto
claros de mayor extensin y haban surgido en ellos srdidas colonias de chozas de madera que
parecan gallineros? Pero era intil, no poda recordar: nada le quedaba de su infancia excepto una
serie de cuadros brillantemente iluminados y sin fondo, que en su mayora le resultaban
ininteligibles.
El Ministerio de la Verdad que en
(La lengua oficial de Oceana) se le llamaba el
era diferente, hasta un extremo asombroso, de cualquier otro objeto que se presentara a la
vista. Era una enorme estructura piramidal de cemento armado blanco y reluciente, que se elevaba,
terraza tras terraza, a unos trescientos metros de altura. Desde donde Winston se hallaba, podan
leerse, adheridas sobre su blanca fachada en letras de elegante forma, las tres consignas del Partido:
LA GUERRA ES LA PAZ
LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA
Se deca que el Ministerio de la Verdad tena tres mil habitaciones sobre el nivel del suelo y
las correspondientes ramificaciones en el subsuelo. En Londres slo haba otros tres edificios del
mismo aspecto y tamao. stos aplastaban de tal manera la arquitectura de los alrededores que
desde el techo de las Casas de la Victoria se podan distinguir, a la vez, los cuatro edificios. En ellos
estaban instalados los cuatro Ministerios entre los cuales se divida todo el sistema gubernamental.
El Ministerio de la Verdad, que se dedicaba a las noticias, a los espectculos, la educacin y las
bellas artes. El Ministerio de la Paz, para los asuntos de guerra. El Ministerio del Amor, encargado
de mantener la ley y el orden. Y el Ministerio de la Abundancia, al que correspondan los asuntos
econmicos. Sus nombres, en neolengua:
El Ministerio del Amor era terrorfico. No tena ventanas en absoluto. Winston nunca haba
estado dentro del Minimor, ni siquiera se haba acercado a medio kilmetro de l. Era imposible
entrar all a no ser por un asunto oficial y en ese caso haba que pasar por un laberinto de caminos
rodeados de alambre espinoso, puertas de acero y ocultos nidos de ametralladoras. Incluso las calles
que conducan a sus salidas extremas, estaban muy vigiladas por guardias, con caras de gorila y
uniformes negros, armados con porras.
Winston se volvi de pronto. Haba adquirido su rostro instantneamente la expresin de
tranquilo optimismo que era prudente llevar al enfrentarse con la telepantalla. Cruz la habitacin
hacia la diminuta cocina. Por haber salido del Ministerio a esta hora tuvo que renunciar a almorzar
en la cantina y en seguida comprob que no le quedaban vveres en la cocina a no ser un mendrugo
de pan muy oscuro que deba guardar para el desayuno del da siguiente. Tom de un estante una
botella de un lquido incoloro con una sencilla etiqueta que deca:
Aquello
ola a medicina, algo as como el espritu de arroz chino. Winston se sirvi una tacita, se prepar los
nervios para el choque, y se lo trag de un golpe como si se lo hubieran recetado.
5
George Orwell1984
neolengua
Minver
Miniver, Minipax, Minimor y Minindantia.
Ginebra de la Victoria.
de una linotipia. Lo dems era slo ruido, un cuaccuaccuac, y, sin embargo, aunque no se
poda or lo que deca, era seguro que se refera a Goldstein acusndolo y exigiendo medidas ms
duras contra los criminales del pensamiento y los saboteadores. S, era indudable que lanzaba
diatribas contra las atrocidades del ejrcito eurasitico y que alababa al Gran Hermano o a los
hroes del frente malabar. Fuera lo que fuese, se poda estar seguro de que todas sus palabras eran
ortodoxia pura. Ingsoc cien por cien. Al contemplar el rostro sin ojos con la mandbula en rpido
movimiento, tuvo Winston la curiosa sensacin de que no era un ser humano, sino una especie de
mueco. No hablaba el cerebro de aquel hombre, sino su laringe. Lo que sala de ella consista en
palabras, pero no era un discurso en el verdadero sentido, sino un ruido inconsciente como el cuac
cuac de un pato.
Syme se haba quedado silencioso unos momentos y con el mango de la cucharilla trazaba
dibujos entre los restos del guisado. La voz de la otra mesa segua con su rpido cuaccuac,
fcilmente perceptible a pesar de la algaraba de la cantina.
Hay una palabra en neolengua dijo Syme que no s si la conoces:
o sea,
hablar de modo que recuerde el cuaccuac de un pato. Es una de esas palabras interesantes que
tienen dos sentidos contradictorios. Aplicada a un contrario, es un insulto; aplicada a alguien con
quien ests de acuerdo, es un elogio.
No caba duda, volvi a pensar Winston, a Syme lo vaporizaran. Lo pens con cierta tristeza
aunque saba perfectamente que Syme lo despreciaba y era muy capaz de denunciarle como
culpable mental. Haba algo de sutilmente malo en Syme. Algo le faltaba: discrecin, prudencia,
algo as como estupidez salvadora. No poda decirse que no fuera ortodoxo. Crea en los principios
del Ingsoc, veneraba al Gran Hermano, se alegraba de las victorias y odiaba a los herejes, no slo
sinceramente, sino con inquieto celo hallndose al da hasta un grado que no sola alcanzar el
miembro ordinario del Partido. Sin embargo, se cerna sobre l un vago aire de sospecha. Deca
cosas que deba callar, lea demasiados libros, frecuentaba el Caf del Nogal, guarida de pintores y
msicos. No haba ley que prohibiera la frecuentacin del Caf del Nogal. Sin embargo, era sitio de
mal agero. Los antiguos y desacreditados jefes del Partido se haban reunido all antes de ser
purgados definitivamente. Se deca que al mismo Goldstein lo haban visto all algunas veces
haca aos o dcadas. Por tanto, el destino de Syme no era difcil de predecir. Pero, por otra parte,
era indudable que si aquel hombre ola slo por tres segundos las opiniones secretas de Winston, lo
denunciara inmediatamente a la Polica del Pensamiento. Por supuesto, cualquier otro lo hara;
Syme se dara ms prisa. Pero no bastaba con el celo. La ortodoxia era la inconsciencia.
Syme levant la vista:
Aqu viene Parsons dijo.
Algo en el tono de su voz pareca aadir, ese idiota. Parsons, vecino de Winston en las
Casas de la Victoria, se abra paso efectivamente por la atestada cantina. Era un individuo de
mediana estatura con cabello rubio y cara de rana. A los treinta y cinco aos tena ya una buena
cantidad de grasa en el cuello y en la cintura, pero sus movimientos eran giles y juveniles. Todo su
aspecto haca pensar en un muchacho con excesiva corpulencia, hasta tal punto que, a pesar de
vestir el mono reglamentario, era casi imposible no figurrselo con los pantalones cortos y azules,
la camisa gris y el pauelo rojo de los Espas. Al verlo, se pensaba siempre en escenas de la
organizacin juvenil. Y, en efecto, Parsons se pona
para cada excursin colectiva o cada vez
que cualquier actividad fsica de la comunidad le daba una disculpa para hacerlo. Salud a ambos
con un alegre Hola, hola!, y sentse a la mesa esparciendo un intenso olor a sudor. Su rojiza cara
estaba perlada de gotitas de sudor. Tena un enorme poder sudorfico. En el Centro de la
Comunidad se poda siempre asegurar si Parsons haba jugado al tenis de mesa por la humedad del
mango de la raqueta. Syme sac una tira de papel en la que haba una larga columna de palabras y
se dedic a estudiarla con un lpiz tinta entre los dedos.
31
George Orwell1984
pathablar,
shorts
La gramtica de la neolengua tena dos grandes peculiaridades. La primera era una
intercambiabilidad casi total entre las distintas partes de la oracin. Cualquier palabra de la lengua
(en principio esto era aplicable incluso a palabras abstractas como
se poda usar como
verbo, nombre, adjetivo o adverbio. Entre la forma del verbo y la del nombre, cuando eran de la
misma raz, no haba nunca ninguna variacin y as esta regla por s misma supona la destruccin
de muchas de las formas arcaicas. La palabra
por ejemplo, no exista en neolengua.
En su lugar exista
que haca la funcin de verbo y de nombre. Aqu no se segua ningn
principio etimolgico. En otros casos se conservaba el sustantivo original y en otros casos el verbo.
Incluso cuando un nombre y un verbo de significado parecido no tenan una relacin etimolgica,
con frecuencia se suprima el uno o el otro. No exista, por ejemplo, una palabra como
ya
que su significado quedaba lo suficientemente cubierto por el nombreverbo cuchillo. Los
adjetivos se formaban aadiendo el sufijo
al nombreverbo, y los adverbios aadiendo
. As, por ejemplo, rapidolleno quera decir rapidez, y rapidodemodo significaba
rpidamente. Se conservaron algunos adjetivos de hoy en da como bueno, fuerte, grande, negro,
blando, pero en un nmero muy reducido. Por otra parte, su necesidad era mnima, ya que se
llegaba a cualquier significado adjetival aadiendo
a un sustantivoverbo. No se conservaron
ninguno de los adverbios hoy existentes exceptuando algunos que acababan en demodo; la
terminacin
era invariable. La palabra
por ejemplo, se sustituy por
Adems, a cualquier palabra y esto, como principio, se aplicaba a todas las palabras del idioma
, se le daba sentido de negacin aadiendo el prefijo
o se le daba fuerza con el sufijo
o
para aumentar el nfasis,
. As por ejemplo,
significaba caliente, mientras que
y
significaban respectivamente muy fro y extraordinariamente fro.
Tambin era posible, como en el ingls de hoy en da, modificar el significado de casi todas las
palabras con preposiciones afijas como,
etc. A base de este mtodo fue
posible disminuir enormemente el vocabulario. Poniendo por caso la palabra
ya no habra
necesidad de la palabra
ya que el significado requerido se expresaba tan bien o incluso mejor
por
Lo nico necesario, en el caso de que dos palabras formaran una pareja de
significacin opuesta, era decidir cul suprimir.
ejemplo, poda ser reemplazada por
o luz por
gn lo que se prefiera. La segunda caracterstica de la gramtica de la
neolengua era su regularidad. Aparte de algunas excepciones abajo mencionadas, todas las
inflexiones seguan las mismas reglas. As, en todos los verbos el pretrito y el participio pasado
eran el mismo y terminaban en
(En Ingls. En espaol acabaran con la misma letra o seguiran
como los verbos regulares, ejemplo: rob, hace, pens, comer, com. Los ejemplos ingleses robar,
pensar en espaol ya son verbos y no justifican el ejemplo)
El pretrito de pensar, pens, de robar,
rob, y as en toda la lengua; todas las otras formas: mand, dio, habl, trajo, cogido, etc. fueron
abolidas. Los plurales de hombre, buey, vida eran hombres, bueys, vidas.
La nica clase de palabras a las que todava se les permita inflexiones irregulares eran los
pronombres, los relativos, los adjetivos demostrativos y los verbos auxiliares. Todos estos seguan
su uso antiguo excepto que quien haba sido suprimido por innecesario y los tiempos
condicionales de deber, debera, haban cado en desuso ya que haban sido cubiertos por hara,
habra hecho. Haba tambin ciertas irregularidades en la formacin de palabras creadas por la
necesidad del habla fcil y rpida.
Una palabra que fuese difcil de pronunciar o que poda entenderse incorrectamente, se
estimaba
una mala palabra; as que ocasionalmente, por la eufona, se insertaban letras en
una palabra o se conservaba una forma arcaica. Pero esta necesidad tena ms relacin sobre todo
con el vocabulario B. La razn de la importancia concedida a la facilidad de la pronunciacin, se
aclarar ms tarde en este ensayo.
El vocabulario B consista en palabras que haban sido construidas
deliberadamente con propsitos polticos. Es decir, palabras que no solamente tenan en todos los
casos implicaciones polticas sino que adems posean la intencin de imponer una deseable actitud
163
George Orwell1984
si o cuando)
pensamiento,
pensar,
cortar,
lleno
demodo
lleno
demodo
bien,
buenmodo.
in
plus,
dobleplus
infrio,
plusfrio
doblepulsfrio
ante, post, sobre, sub,
bueno,
malo
inbueno.
Oscuridad, por
inluz
inoscuro, se
ed
.
ipso facto
El vocabulario B:
Como de costumbre, apareci en la pantalla el rostro de Emmanuel Goldstein, el Enemigo del
Pueblo. Del pblico salieron aqu y all fuertes silbidos. La mujeruca del pelo arenoso dio un
chillido mezcla de miedo y asco. Goldstein era el renegado que desde haca mucho tiempo (nadie
poda recordar cunto) haba sido una de las figuras principales del Partido, casi con la misma
importancia que el Gran Hermano, y luego se haba dedicado a actividades contrarrevolucionarias,
haba sido condenado a muerte y se haba escapado misteriosamente, desapareciendo para siempre.
Los programas de los Dos Minutos de Odio variaban cada da, pero en ninguno de ellos dejaba de
ser Goldstein el protagonista. Era el traidor por excelencia, el que antes y ms que nadie haba
manchado la pureza del Partido. Todos los subsiguientes crmenes contra el Partido, todos los actos
de sabotaje, herejas, desviaciones y traiciones de toda clase procedan directamente de sus
enseanzas. En cierto modo, segua vivo y conspirando.
Quizs se encontrara en algn lugar enemigo, a sueldo de sus amos extranjeros, e incluso era
posible que, como se rumoreaba alguna vez, estuviera escondido en algn sitio de la propia
Oceana.
El diafragma de Winston se encogi. Nunca poda ver la cara de Goldstein sin experimentar
una penosa mezcla de emociones. Era un rostro judo, delgado, con una aureola de pelo blanco y
una barbita de chivo: una cara inteligente que tena sin embargo, algo de despreciable y una especie
de tontera senil que le prestaba su larga nariz, a cuyo extremo se sostenan en difcil equilibrio unas
gafas. Pareca el rostro de una oveja y su misma voz tena algo de ovejuna. Goldstein pronunciaba
su habitual discurso en el que atacaba venenosamente las doctrinas del Partido; un ataque tan
exagerado y perverso que hasta un nio poda darse cuenta de que sus acusaciones no se tenan de
pie, y sin embargo, lo bastante plausible para que pudiera uno alarmarse y no fueran a dejarse
influir por insidias algunas personas ignorantes. Insultaba al Gran Hermano, acusaba al Partido de
ejercer una dictadura y peda que se firmara inmediatamente la paz con Eurasia. Abogaba por la
libertad de palabra, la libertad de Prensa, la libertad de reunin y la libertad de pensamiento,
gritando histricamente que la revolucin haba sido traicionada. Y todo esto a una rapidez
asombrosa que era una especie de parodia del estilo habitual de los oradores del Partido e incluso
utilizando palabras de neolengua, quizs con ms palabras neolingsticas de las que solan emplear
los miembros del Partido en la vida corriente. Y mientras gritaba, por detrs de l desfilaban
interminables columnas del ejrcito de Eurasia, para que nadie interpretase como simple palabrera
la oculta maldad de las frases de Goldstein. Aparecan en la pantalla filas y ms filas de forzudos
soldados, con impasibles rostros asiticos; se acercaban a primer trmino y desaparecan. El sordo y
rtmico clapclap de las botas militares formaba el contrapunto de la hiriente voz de Goldstein.
Antes de que el Odio hubiera durado treinta segundos, la mitad de los espectadores lanzaban
incontenibles exclamaciones de rabia. La satisfecha y ovejuna faz del enemigo y el terrorfico poder
del ejrcito que desfilaba a sus espaldas, era demasiado para que nadie pudiera resistirlo indiferente.
Adems, slo con ver a Goldstein o pensar en l surgan el miedo y la ira automticamente. Era l
un objeto de odio ms constante que Eurasia o que Asia Oriental, ya que cuando Oceana estaba en
guerra con alguna de estas potencias, sola hallarse en paz con la otra. Pero lo extrao era que, a
pesar de ser Goldstein el blanco de todos los odios y de que todos lo despreciaran, a pesar de que
apenas pasaba da y cada da ocurra esto mil veces sin que sus teoras fueran refutadas,
aplastadas, ridiculizadas, en la telepantalla, en las tribunas pblicas, en los peridicos y en los
libros... a pesar de todo ello, su influencia no pareca disminuir. Siempre haba nuevos incautos
dispuestos a dejarse engaar por l. No pasaba ni un solo da sin que espas y saboteadores que
trabajaban siguiendo sus instrucciones fueran atrapados por la Polica del Pensamiento. Era el jefe
supremo de un inmenso ejrcito que actuaba en la sombra, una subterrnea red de conspiradores que
se proponan derribar al Estado. Se supona que esa organizacin se llamaba la Hermandad. Y
tambin se rumoreaba que exista un libro terrible, compendio de todas las herejas, del cual era
autor Goldstein y que circulaba clandestinamente. Era un libro sin ttulo. La gente se refera a l
llamndole sencillamente el
Pero de estas cosas slo era posible enterarse por vagos rumores.
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George Orwell1984
libro.
Atencin. Vuestra atencin, por favor! En este momento nos llega un notirrelmpago del
frente malabar. Nuestras fuerzas han logrado una gloriosa victoria en el sur de la India. Estoy
autorizado para decir que la batalla a que me refiero puede aproximarnos bastante al final de la
guerra. He aqu el texto del notirrelmpago ...
Malas noticias, pens Winston. Ahora seguir la descripcin, con un repugnante realismo, del
aniquilamiento de todo un ejrcito eursico, con fantsticas cifras de muertos y prisioneros... para
decirnos luego que, desde la semana prxima, reducirn la racin de chocolate a veinte gramos en
vez de los treinta de ahora.
Winston volvi a eructar. La ginebra perda ya su fuerza y lo dejaba desanimado. La
telepantalla no se sabe si para celebrar la victoria o para quitar el mal sabor del chocolate perdido
lanz los acordes de
Se supona que todo el que escuchara el himno,
aunque estuviera solo, tena que escucharlo de pie. Sin embargo, Winston se aprovech de que la
telepantalla no lo vea y sigui sentado.
termin y empez la msica ligera. Winston se dirigi hacia la ventana,
mantenindose de espaldas a la pantalla El da era todava fro y claro. All lejos estall una
bombacohete con un sonido sordo y prolongado. Ahora solan caer en Londres unas veinte o treinta
bombas a la semana.
Abajo, en la calle, el viento segua agitando el cartel donde la palabra Ingsoc
apareca y
desapareca. Ingsoc. Los principios sagrados de Ingsoc. Neolengua, doblepensar, mutabilidad del
pasado. A Winston le pareca estar recorriendo las selvas submarinas, perdido en un mundo
monstruoso cuyo monstruo era l mismo. Estaba solo. El pasado haba muerto, el futuro era
inimaginable. Qu certidumbre poda tener l de que ni un solo ser humano estaba de su parte? Y
Cmo iba a saber si el dominio del Partido no durara siempre? Como respuesta, los tres
sobre la blanca fachada del Ministerio de la Verdad, le recordaron que:
LA GUERRA ES LA PAZ
LA LIIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA
Sac de su bolsillo una moneda de veinticinco centavos. Tambin en ella, en letras pequeas,
pero muy claras, aparecan las mismas frases y, en el reverso de la moneda, la cabeza del Gran
Hermano. Los ojos de ste le perseguan a uno hasta desde las monedas. S, en las monedas, en los
sellos de correo, en pancartas, en las envolturas de los paquetes de los cigarrillos, en las portadas de
los libros, en todas partes. Siempre los ojos que os contemplaban y la voz que os envolva.
Despiertos o dormidos, trabajando o comiendo, en casa o en la calle, en el bao o en la cama, no
haba escape. Nada era del individuo a no ser unos cuantos centmetros cbicos dentro de su crneo.
El sol haba seguido su curso y las mil ventanas del Ministerio de la Verdad, en las que ya no
reverberaba la luz, parecan los ttricos huecos de una fortaleza. Winston sinti angustia ante
aquella masa piramidal. Era demasiado fuerte para ser asaltada. Ni siquiera un millar de
bombascohete podran abatirla. Volvi a preguntarse para quin escriba el Diario, para el pasado,
para el futuro, para una poca imaginaria? Frente a l no vea la muerte, sino algo peor el
aniquilamiento absoluto. El Diario quedara reducido a cenizas y a l
Slo la
Polica del Pensamiento leera lo que l hubiera escrito antes de hacer que esas lneas
desaparecieran incluso de la memoria. Cmo iba usted a apelar a la posteridad cuando ni una sola
huella suya, ni siquiera una palabra garrapateada en un papel iba a sobrevivir fsicamente?
En la telepantalla sonaron las catorce. Winston tena que marchar dentro de diez minutos.
Deba reanudar el trabajo a las catorce y treinta. Qu curioso: las campanadas de la hora lo
reanimaron. Era como un fantasma solitario diciendo una verdad que nadie oira nunca. De todos
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George Orwell1984
Oceana, todo para ti.
Oceana, todo para ti,
slogans
lo vaporizaran.
ms lo que tuviera alguna belleza, resultaba vagamente sospechoso. El dueo de la tienda pareci
alegrarse mucho de cobrar los cuatro dlares. Winston comprendi que se habra contentado con
tres e incluso con dos.
Arriba tengo otra habitacin que quizs le interesara a usted ver le propuso. No hay
gran cosa en ella, pero tengo dos o tres piezas... Llevaremos una luz.
Encendi otra lmpara y agachndose subi lentamente por la empinada escalera, de peldaos
medio rotos. Luego entraron por un pasillo estrecho siguiendo hasta una habitacin que no daba a la
calle, sino a un patio y a un bosque de chimeneas. Winston not que los muebles estaban dispuestos
como si fuera a vivir alguien en el cuarto. Haba una alfombra en el suelo, un cuadro o dos en las
paredes, y un silln junto a la chimenea. Un antiguo reloj de cristal, en cuya esfera figuraban las
doce horas, estilo antiguo, emita su tictac desde la repisa de la chimenea. Bajo la ventana y
ocupando casi la cuarta parte de la estancia haba una enorme cama con el colchn descubierto.
Aqu vivamos hasta que muri mi mujer dijo el vendedor disculpndose. Voy vendiendo
los muebles poco a poco. sa es una preciosa cama de caoba. Lo malo son las chinches. Si hubiera
manera de acabar con ellas...
Sostena la lmpara lo ms alto posible para iluminar toda la habitacin y a su dbil luz
resultaba aquel sitio muy acogedor. A Winston se le ocurri pensar que sera muy fcil alquilar este
cuarto por unos cuantos dlares a la semana si se decidiera a correr el riesgo. Era una idea
descabellada, desde luego, pero el dormitorio haba despertado en l una especie de nostalgia, un
recuerdo ancestral. Le pareca saber exactamente lo que se experimentaba al reposar en una
habitacin como aqulla, hundido en un butacn junto al fuego de la chimenea mientras se
calentaba la tetera en las brasas. All solo, completamente seguro, sin nadie ms que le vigilara a
uno, sin voces que le persiguieran ni ms sonido que el murmullo de la tetera y el amable tictac
del reloj.
No hay telepantalla! se le escap en voz baja.
Ah dijo el hombre. Nunca he tenido esas cosas. Son demasiado caras. Adems no veo la
necesidad... Fjese en esa mesita de aquella esquina. Aunque, naturalmente, tendra usted que poner
nuevos goznes si quisiera utilizar las alas.
En otro rincn haba una pequea librera. Winston se apresur a examinarla. No haba ningn
libro interesante en ella. La caza y destruccin de libros se haba realizado de un modo tan completo
en los barrios proles como en las casas del Partido y en todas partes. Era casi imposible que
existiera en toda Oceana un ejemplar de un libro impreso antes de 1960. El vendedor, sin dejar la
lmpara, se haba detenido ante un cuadrito enmarcado en palo rosa, colgado al otro lado de la
chimenea, frente a la cama.
Si le interesan a usted los grabados antiguos... propuso delicadamente.
Winston se acerc para examinar el cuadro. Era un grabado en acero de un edificio ovalado
con ventanas rectangulares y una pequea torre en la fachada. En torno al edificio corra una verja y
al fondo se vea una estatua. Winston la contempl unos momentos. Le pareca algo familiar, pero
no poda recordar la estatua.
El marco est clavado en la pared dijo el otro, pero podra destornillarlo si usted lo
quiere.
Conozco ese edificio dijo Winston por fin. Est ahora en ruinas, cerca del Palacio de
Justicia.
Exactamente. Fue bombardeado hace muchos aos. En tiempos fue una iglesia. Creo que la
52
George Orwell1984
una vela con una gran cama de madera clara y l, un chico de nueve o diez aos que estaba sentado
en el suelo agitando un cubilete de dados y rindose excitado. Su madre estaba sentada frente a l y
tambin se rea. Aquello debi de ocurrir un mes antes de desaparecer ella. Fueron unos momentos
de reconciliacin en que Winston no senta aquel hambre imperiosa y le haba vuelto
temporalmente el cario por su madre. Recordaba bien aquel da, un da hmedo de lluvia continua.
El agua chorreaba montona por los cristales de las ventanas y la luz del interior era demasiado
dbil para leer. El aburrimiento de los dos nios en la triste habitacin era insoportable. Winston
gimoteaba, peda intilmente que le dieran de comer, recorra la habitacin revolvindolo todo y
dando patadas hasta que los vecinos tuvieron que protestar. Mientras, su hermanita lloraba sin parar.
Al final le dijo su madre: S bueno y te comprar un juguete. S, un juguete precioso que te gustar
mucho. Y haba salido a pesar de la lluvia para ir a unos almacenes que estaban abiertos a esa hora
y volvi con una caja de cartn conteniendo el juego llamado De las serpientes y las escaleras.
Era muy modesto. El cartn estaba rasgado y los pequeos dados de madera, tan mal cortados que
apenas se sostenan. Winston recordaba el olor a humedad del cartn. Haba mirado el juego de mal
humor. No le interesaba gran cosa. Pero entonces su madre encendi una vela y se sentaron en el
suelo a jugar. Jugaron ocho veces ganando cuatro cada uno. La hermanita, demasiado pequea para
comprender de qu trataba el juego, miraba y se rea porque los vea rer a ellos dos. Haban pasado
la tarde muy contentos, como cuando l era ms pequeo.
Apart de su mente estas imgenes. Era un falso recuerdo. De vez en cuando le asaltaban
falsos recuerdos. Esto no importaba mientras que se supiera lo que era. Winston volvi a fijar la
atencin en el tablero de ajedrez, pero casi en el mismo instante dio un salto como si lo hubieran
pinchado con un alfiler.
Un agudo trompetazo perfor el aire. Era el comunicado, victoria!; siempre significaba
victoria la llamada de la trompeta antes de las noticias. Una especie de corriente elctrica recorri a
todos los que se hallaban en el caf. Hasta los camareros se sobresaltaron y aguzaron el odo.
La trompeta haba dado paso a un enorme volumen de ruido. Una voz excitada gritaba en la
telepantalla, pero apenas haba empezado fue ahogada por una espantosa algaraba en las calles. La
noticia se haba difundido como por arte de magia. Winston haba odo lo bastante para saber que
todo haba sucedido como l lo haba previsto: una inmensa armada, reunida secretamente, un golpe
repentino a la retaguardia del enemigo, la flecha blanca destrozando la cola de la flecha negra. Entre
el estruendo se destacaban trozos de frases triunfales: Amplia maniobra estratgica... perfecta
coordinacin... tremenda derrota medio milln de prisioneros... completa desmoralizacin...
controlamos el frica entera. La guerra se acerca a su final... victoria... la mayor victoria en la
historia de la Humanidad. Victoria, victoria, victoria!.
Bajo la mesa, los pies de Winston hacan movimientos convulsivos. No se haba movido de su
asiento, pero mentalmente estaba corriendo, corriendo a vertiginosa velocidad, se mezclaba con la
multitud, gritaba hasta ensordecer. Volvi a mirar el retrato del Gran Hermano. Aqul era el coloso
que dominaba el mundo! La roca contra la cual se estrellaban en vano las hordas asiticas! Record
que slo haca diez minutos. s, diez minutos tan slo todava se equivocaba su corazn al
dudar si las noticias del frente seran de victoria o de derrota. Ah, era ms que un ejrcito
eurasitico lo que haba perecido! Mucho haba cambiado en l desde aquel primer da en el
Ministerio del Amor, pero hasta ahora no se haba producido la cicatrizacin final e indispensable,
el cambio salvador. La voz de la telepantalla segua enumerando el botn, la matanza, los
prisioneros, pero la gritera callejera haba amainado un poco. Los camareros volvan a su trabajo.
Uno de ellos acerc la botella de ginebra. Winston, sumergido en su feliz ensueo, no prest
atencin mientras le llenaban el vaso. Ya no se vea corriendo ni gritando, sino de regreso al
Ministerio del Amor, con todo olvidado, con el alma blanca como la nieve. Estaba confesndolo
todo en un proceso pblico, comprometiendo a todos. Marchaba por un claro pasillo con la
sensacin de andar al sol y un guardia armado lo segua. La bala tan esperada penetraba por fin en
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George Orwell1984
El Nogal estaba casi vaco. Un rayo de sol entraba por una ventana y caa, amarillento, sobre
las polvorientas mesas. Era la solitaria hora de las quince. Las telepantallas emitan una musiquilla
ligera.
Winston, sentado en su rincn de costumbre, contemplaba un vaso vaco. De vez en cuando
levantaba la mirada a la cara que le miraba fijamente desde la pared de enfrente. EL GRAN
HERMANO TE VIGILA, deca el letrero. Sin que se lo pidiera, un camarero se acerc a llenarle el
vaso con ginebra de la Victoria, echndole tambin unas cuantas gotas de otra botella que tena un
tubito atravesndole el tapn. Era sacarina aromatizado con clavo, la especialidad de la casa.
Winston escuchaba la telepantalla. Slo emita msica, pero haba la posibilidad de que de un
momento a otro diera su comunicado el Ministerio de la Paz. Las noticias del frente africano eran
muy intranquilizadoras. Winston haba estado muy preocupado todo el da por esto. Un ejrcito
eurasitico (Oceana estaba en guerra con Eurasia; Oceana haba estado siempre en guerra con
Eurasia) avanzaba hacia el sur con aterradora velocidad. El comunicado de medioda no se haba
referido a ninguna zona concreta, pero probablemente a aquellas horas se luchara ya en la
desembocadura del Congo. Brazzaville y Leopoldville estaban en peligro. No haba que mirar
ningn mapa para saber lo que esto significaba. No era slo cuestin de perder el frica central. Por
primera vez en la guerra, el territorio de Oceana se vea amenazado.
Una violenta emocin, no exactamente miedo, sino una especie de excitacin indiferenciado,
se apoder de l, para luego desaparecer. Dej de pensar en la guerra. En aquellos das no poda
fijar el pensamiento en ningn tema ms que unos momentos. Se bebi el vaso de un golpe. Como
siempre, le hizo estremecerse e incluso sentir algunas arcadas.
El lquido era horrible. El clavo y la sacarina, ya de por s repugnantes, no podan suprimir el
aceitoso sabor de la ginebra, y lo peor de todo era que el olor de la ginebra, que le acompaaba da
y noche, iba inseparablemente unido en su mente con el olor de aquellas.. .
Nunca las nombraba, ni siquiera en sus ms recnditos pensamientos. Era algo de que
Winston tena una confusa conciencia, un olor que llevaba siempre pegado a la nariz. La ginebra le
hizo eructar. Haba engordado desde que lo soltaron, recobrando su antiguo buen color, que incluso
se le haba intensificado. Tena las facciones ms bastas, la piel de la nariz y de los pmulos era
rojiza y rasposa, e incluso su calva tena un tono demasiado colorado. Un camarero, tambin sin que
l se lo hubiera pedido, le trajo el tablero de ajedrez y el nmero del
correspondiente a aquel
da, doblado de manera que estuviese a la vista el problema de ajedrez. Luego, viendo que el vaso
de Winston estaba vaco, le trajo la botella de ginebra y lo llen. No haba que pedir nada. Los
camareros conocan las costumbres de Winston. El tablero de ajedrez le esperaba siempre, y
siempre le reservaban la mesa del rincn. Aunque el caf estuviera lleno, tena aquella mesa libre,
pues nadie quera que lo vieran sentado demasiado cerca de l. Nunca se preocupaba de contar sus
bebidas. A intervalos irregulares le presentaban un papel sucio que le decan era la cuenta, pero
Winston tena la impresin de que siempre le cobraban ms de lo debido. No le importaba. Ahora
siempre le sobraba dinero. Le haban dado un cargo, una ganga donde cobraba mucho ms que en
su antigua colocacin.
La msica de la telepantalla se interrumpi y son una voz. Winston levant la cabeza para
escuchar. Pero no era un comunicado del frente; slo un breve anuncio del Ministerio de la
Abundancia. En el trimestre pasado, ya en el dcimo Plan Trienal, la cantidad de cordones para lo
zapatos que se pens producir haba sido sobrepasada en un noventa y ocho por ciento.
Estudi el problema de ajedrez y coloc las piezas. Era un final ingenioso. Juegan las
blancas y mate en dos jugadas. Winston mir el retrato del Gran Hermano. Las blancas siempre
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CAPITULO VI
George Orwell1984
Times
Winston se enter con asombro de que en la Pornosec, excepto el jefe, no haba ms que
chicas. Dominaba la teora de que los hombres, por ser menos capaces que las mujeres de dominar
su instinto sexual, se hallaban en mayor peligro de ser corrompidos por las suciedades que pasaban
por sus manos.
Ni siquiera permiten trabajar all a las mujeres casadas aadi. Se supone que las
chicas solteras son siempre muy puras. Aqu tienes por lo pronto una que no lo es.
Julia haba tenido su primer asunto amoroso a los diecisis aos con un miembro del Partido
de sesenta aos, que despus se suicid para evitar que lo detuvieran. Fue una gran cosa dijo
Julia, porque, si no, mi nombre se habra descubierto al confesar l. Desde entonces se haban
sucedido varios otros. Para ella la vida era muy sencilla. Una lo quera pasar bien;
es decir, el
Partido trataban de evitarlo por todos los medios; y una procuraba burlar las prohibiciones de la
mejor manera posible. A Julia le pareca muy natural que
le quisieran evitar el placer y que
ella por su parte quisiera librarse de que la detuvieran. Odiaba al Partido y lo deca con las ms
terribles palabrotas, pero no era capaz de hacer una crtica seria de lo que el Partido representaba.
No atacaba ms que la parte de la doctrina del Partido que rozaba con su vida. Winston not que
Julia no usaba nunca palabras de neolengua excepto las que haban pasado al habla corriente. Nunca
haba odo hablar de la Hermandad y se neg a creer en su existencia. Crea estpido pensar en una
sublevacin contra el Partido. Cualquier intento en este sentido tena que fracasar. Lo inteligente le
pareca burlar las normas y seguir viviendo a pesar de ello. Se preguntaba cuntas habra como ella
en la generacin ms joven, mujeres educadas en el mundo de la revolucin, que no haban odo
hablar de nada ms, aceptando al Partido como algo de imposible modificacin algo as como el
cielo y que sin rebelarse contra la autoridad estatal la eludan lo mismo que un conejo puede
escapar de un perro.
Entre Winston y Julia no se plante la posibilidad de casarse. Haba demasiadas dificultades
para ello. No mereca la pena perder tiempo pensando en esto. Ningn comit de Oceana
autorizara este casamiento, incluso si Winston hubiera podido librarse de su esposa Katharine.
Cmo era tu mujer?
Era..., conoc
la palabra
es decir, ortodoxa por naturaleza, incapaz de un mal
pensamiento?
No, no conozco esa palabra, pero s la clase de persona a que te refieres.
Winston empez a contarle la historia de su vida conyugal, pero Julia pareca, saber ya todo lo
esencial de este asunto. Con Julia no le importaba hablar de esas cosas. Katharine haba dejado de
ser para l un penoso recuerdo, convirtindose en un recuerdo molesto.
Lo habra soportado si no hubiera sido por una cosa aadi. Y le cont la pequea
ceremonia frgida que Katharine le haba obligado a celebrar la misma noche cada semana. Le
repugnaba, pero por nada del mundo lo habra dejado de hacer. No te puedes figurar cmo le
llamaba a aquello.
Nuestro deber para con el Partido dijo Julia inmediatamente.
Cmo lo sabas?
Querido, tambin yo he estado en la escuela. A las mayores de diecisis aos les dan
conferencias sobre tema, sexuales una vez al mes. Y luego, en el Movimiento juvenil, no dejan de
grabarle a una esas estupideces en la cabeza. En muchsimos casos da resultado. Claro que nunca se
tiene la seguridad porque la gente es tan hipcrita...
Y Julia se extendi sobre este asunto. Ella lo refera todo a su propia sexualidad. A diferencia
70
George Orwell1984
ellos
ellos
es
piensabien,
ruido sordo y una exclamacin contenida, a la vez que reciba un violento golpe en el tobillo que
casi le hizo caer al suelo. Uno de los hombres le haba dado a Julia un puetazo en la boca del
estmago, hacindola doblarse como un metro de bolsillo. La joven se retorca en el suelo
esforzndose por respirar. Winston no se atrevi a volver la cabeza ni un milmetro, pero a veces
entraba en su radio de visin la lvida y angustiada cara de Julia. A pesar del terror que senta, era
como si el dolor que haca retorcerse a la joven lo tuviera l dentro de su cuerpo, aquel dolor
espantoso que sin embargo era menos importante que la lucha por volver a respirar. Winston saba
de qu se trataba: conoca el terrible dolor que ni siquiera puede ser sentido porque antes que nada
es necesario volver a respirar. Entonces, dos de los hombres la levantaron por las rodillas y los
hombros y se la llevaron de la habitacin como un saco. Winston pudo verle la cara amarilla. y
contorsionada, con los ojos cerrados y sin haber perdido todava el colorete de las mejillas.
Sigui inmvil como una estatua. An no le haban pegado. Le acudan a la mente
pensamientos de muy poco inters en aquel momento, pero que no poda evitar. Se pregunt qu
habra sido del seor Charrington y qu le habran hecho a la mujer del patio. Sinti urgentes deseos
de orinar y se sorprendi de ello porque lo haba hecho dos horas antes. Not que el reloj de la
repisa de la chimenea marcaba las nueve, es decir, las veintiuna, pero por la luz pareca ser ms
temprano. No deba estar oscureciendo a las veintiuna de una tarde de agosto? Pens que quizs
Julia y l se hubieran equivocado de hora. Quizs haban credo que eran las veinte y treinta cuando
fueran en realidad las cero treinta de la maana siguiente, pero no sigui pensando en ello. Aquello
no tena inters. Se sintieron otros pasos, ms leves stos, en el pasillo. El seor Charrington entr
en la habitacin. Los hombres de los uniformes negros adoptaron en seguida una actitud ms
sumisa. Tambin haban cambiado la actitud y el aspecto del seor Charrington. Se fij en los
fragmentos del pisapapeles de cristal.
Recoged esos pedazos dijo con tono severo.
Un hombre se agach para recogerlos.
Charrington no hablaba ya con acento
. Winston comprendi en seguida que aqulla
era la voz que l haba odo poco antes en la telepantalla. Charrington llevaba todava su chaqueta
de terciopelo, pero el cabello, que antes tena casi blanco, se le haba vuelto completamente negro.
No llevaba ya gafas. Mir a Winston de un modo breve y cortante, como si slo le interesase
comprobar su identidad y no le prest ms atencin. Se le reconoca fcilmente, pero ya no era la
misma persona. Se le haba enderezado el cuerpo y pareca haber crecido. En el rostro slo se le
notaban cambios muy pequeos, pero que sin embargo lo transformaban por completo. Las cejas
negras eran menos peludas, no tena arrugas, e incluso las facciones le haban cambiado algo.
Pareca tener ahora la nariz ms corta. Era el rostro alerta y fro de un hombre de unos treinta y
cinco aos. Pens Winston que por primera vez en su vida contemplaba, sabiendo que era uno de
ellos, a un miembro de la Polica del Pensamiento.
118
George Orwell1984
cokney
inaguantable que ni siquiera se puede pensar en ello. No se trata de valor ni de cobarda. Si te ests
cayendo desde una gran altura, no es cobarda que te agarres a una cuerda que encuentres a tu cada.
Si subes a la superficie desde el fondo de un ro, no es cobarda llenar de aire los pulmones. Es slo
un instinto que no puede ser desobedecido. Lo mismo te ocurre ahora con las ratas. Para ti son lo
ms intolerable del mundo, constituyen una presin que no puedes resistir aunque te esfuerces en
ello. Por eso las ratas te harn hacer lo que se te pide.
Pero, de qu se trata? Cmo puedo hacerlo si no s lo que es?
O'Brien levant la jaula y la puso en la mesa ms prxima a Winston, colocndola
cuidadosamente sobre la gamuza. Winston poda orse la sangre zumbndole en los odos. Sentase
ms abandonado que nunca. Estaba en medio de una gran llanura solitaria, un inmenso desierto
quemado por el sol y le llegaban todos los sonidos desde distancias inconmensurables. Sin embargo,
la jaula de las ratas estaba slo a dos metros de l. Eran ratas enormes. Tenan esa edad en que el
hocico de las ratas se vuelve hiriente y feroz y su piel es parda en vez de gris.
La rata dijo O'Brien, que segua dirigindose a su pblico invisible, a pesar de ser un
roedor, es carnvora. T lo sabes. Habrs odo lo que suele ocurrir en los barrios pobres de nuestra
ciudad. En algunas calles, las mujeres no se atreven a dejar a sus nios solos en las casas ni siquiera
cinco minutos. Las ratas los atacan, y bastara muy peco tiempo para que slo quedaran de ellos los
huesos. Tambin atacan a los enfermos y a los moribundos. Demuestran poseer una asombrosa
inteligencia para conocer cundo esta indefenso un ser humano.
Las ratas chillaban en su jaula. Winston las oa como desde una gran distancia. Las ratas
luchaban entre ellas; queran alcanzarse a travs de la divisin de alambre. Oy tambin un
profundo y desesperado gemido. Ese gemido era suyo.
O'Brien levant la jaula y, al hacerlo, apret algo sobre ella. Era un resorte. Winston hizo un
frentico esfuerzo por desligarse de la silla. Era intil: todas las partes de su cuerpo, incluso su
cabeza, estaban inmovilizadas perfectamente. O'Brien le acerc ms la jaula. La tena Winston a
menos de un metro de su cara.
He apretado el primer resorte dijo O'Brien. Supongo que comprenders cmo est
construida esta jaula. La careta se adaptar a tu cabeza, sin dejar salida alguna. Cuando yo apriete el
otro resorte, se levantar el cierre de la jaula. Estos bichos, locos de hambre, se lanzarn contra ti
como balas. Has visto alguna vez cmo se lanza una rata por el aire? As te saltarn a la cara. A
veces atacan primero a los ojos. Otras veces se abren paso a travs de las mejillas y devoran la
lengua.
La jaula se acercaba; estaba ya junto a l. Winston oy una serie de chillidos que parecan
venir de encima de su cabeza. Luch curiosamente contra su propio pnico. Pensar, pensar, aunque
slo fuera medio segundo..., pensar era la nica esperanza. De pronto, el asqueroso olor de las ratas
le dio en el olfato como si hubiera recibido un tremendo golpe. Sinti violentas nuseas y casi
perdi el conocimiento. Todo lo vea negro. Durante unos instantes se convirti en un loco, en un
animal que chillaba desesperadamente. Sin embargo, de esas tinieblas fue naciendo una idea. Slo
haba una manera de salvarse. Deba interponer a otro ser humano, el
de otro ser humano
entre las ratas y l.
El crculo que ajustaba la careta era lo bastante ancho para taparle la visin de todo lo que no
fuera la puertecita de alambre situada a dos palmos de su cara. Las ratas saban lo que iba a pasar
ahora. Una de ellas saltaba alocada, mientras que la otra, mucho ms vieja, se apoyaba con sus patas
rosadas y husmeaba con ferocidad. Winston vea sus patillas y sus dientes amarillos. Otra vez se
apoder de l un negro pnico. Estaba ciego, desesperado, con el cerebro vaco.
Era un castigo muy corriente en la China imperial dijo O'Brien, tan didctico como
153
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cuerpo
ms pequea que las otras y con una frontera occidental menos definida, abarca China y los pases
que se hallan al sur de ella, las islas del Japn y una amplia y fluctuante porcin de Manchuria,
Mongolia y el Tibet.
Estos tres superestados, en una combinacin o en otra, estn en guerra permanente y llevan as
veinticinco aos. Sin embargo, ya no es la guerra aquella lucha desesperada y aniquiladora que era
en las primeras dcadas del siglo XX. Es una lucha por objetivos limitados entre combatientes
incapaces de destruirse unos a otros, sin una causa material para luchar y que no se hallan divididos
por diferencias ideolgicas claras. Esto no quiere decir que la conducta en la guerra ni la actitud
hacia ella sean menos sangrientas ni ms caballerosas. Por el contrario, el histerismo blico es
continuo v universal, y las violaciones, los saqueos, la matanza de nios, la esclavizacin de
poblaciones enteras y represalias contra los prisioneros hasta el punto de quemarlos y enterrarlos
vivos, se consideran normales, y cuando esto no lo comete el enemigo sino el bando propio, se
estima meritorio. Pero en un sentido fsico, la guerra afecta a muy pocas personas, la mayora
especialistas muy bien preparados, y causa pocas bajas relativamente. Cuando hay lucha, tiene lugar
en confusas fronteras que el hombre medio apenas puede situar en un mapa o en torno a las
fortalezas flotantes que guardan los lugares estratgicos en el mar. En los centros de civilizacin la
guerra no significa ms que una continua escasez de vveres y alguna que otra bomba cohete que
puede causar unas veintenas de vctimas. En realidad, la guerra ha cambiado de carcter. Con ms
exactitud, puede decirse que ha variado el orden de importancia de las razones que determinaban
una guerra. Se han convertido en dominantes y son reconocidos conscientemente motivos que ya
estaban latentes en las grandes guerras de la primera mitad del siglo XX.
Para comprender la naturaleza de la guerra actual pues, a pesar del reagrupamiento que
ocurre cada pocos aos, siempre es la misma guerra hay que darse cuenta en primer lugar de que
esta guerra no puede ser decisiva. Ninguno de los tres superestados podra ser conquistado
definitivamente ni siquiera por los otros dos en combinacin. Sus fuerzas estn demasiado bien
equilibradas. Y sus defensas son demasiado poderosas. Eurasia est protegida por sus grandes
espacios terrestres, Oceana por la anchura del Atlntico y del Pacfico, Asia Oriental por la
fecundidad y laboriosidad de sus habitantes. Adems, ya no hay nada por qu luchar. Con las
economas autrquicas, la lucha por los mercados, que era una de las causas principales de las
guerras anteriores, ha dejado de tener sentido, y la competencia por las materias primas ya no es una
cuestin de vida o muerte. Cada uno de los tres superestados es tan inmenso que puede obtener casi
todas las materias que necesita dentro de sus propias fronteras. Si acaso, se propone la guerra el
dominio del trabajo. Entre las fronteras de los superestados, y sin pertenecer de un modo
permanente a ninguno de ellos, se extiende un cuadriltero, con sus ngulos en Tnger, Brazzaville,
Darwin y HongKong, que contiene casi una quinta parte de la poblacin de la Tierra. Las tres
potencias luchan constantemente por la posesin de estas regiones densamente pobladas, as como
por las zonas polares. En la prctica, ningn poder controla totalmente esa rea disputada. Porciones
de ella estn cambiando a cada momento de manos, y lo que en realidad determina los sbitos y
mltiples cambios de afianzas es la posibilidad de apoderarse de uno u otro pedazo de tierra
mediante una inesperada traicin.
Todos esos territorios disputados contienen valiosos minerales y algunos de ellos producen
ciertas cosas, como la goma, que en los climas fros es preciso sintetizar por mtodos relativamente
caros. Pero, sobre todo, proporcionan una inagotable reserva de mano de obra muy barata. La
potencia que controle el frica Ecuatorial, los pases del Oriente Medio, la India Meridional o el
Archipilago Indonesio, dispone tambin de centenares de millones de trabajadores mal pagados y
muy resistentes. Los habitantes de esas regiones, reducidos ms o menos abiertamente a la
condicin de esclavos, pasan continuamente de un conquistador a otro y son empleados como
carbn o aceite en la carrera de armamento, armas que sirven para capturar ms territorios y ganar
as ms mano de obra, con lo cual se pueden tener ms armas que servirn para conquistar ms
territorios, y as indefinidamente. Es interesante observar que la lucha nunca sobrepasa los lmites
100
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matemticos? Has olvidado el doblepensar?
Winston se encogi en el lecho. Dijera lo que dijese, le vena encima la veloz respuesta como
un porrazo, y, sin embargo, saba
que llevaba razn. Seguramente haba alguna manera
de demostrar que la creencia de que nada existe fuera de nuestra mente es una absoluta falsedad.
No se haba demostrado hace ya mucho tiempo que era una teora indefendible? Incluso haba un
nombre para eso, aunque l lo haba olvidado. Una fina sonrisa recorri los labios de O'Brien, que
lo estaba mirando.
Te digo, Winston, que la metafsica no es tu fuerte. La palabra que tratas de encontrar es
solipsismo. Pero ests equivocado. En este caso no hay solipsismo. En todo caso, habr solipsismo
colectivo, pero eso es muy diferente; es precisamente lo contrario. En fin, todo esto es una digresin
aadi con tono distinto. El verdadero poder, el poder por el que tenemos que luchar da y
noche, no es poder sobre las cosas, sino sobre los hombres. Despus de una pausa, asumi de
nuevo su aire de maestro de escuela examinando a un discpulo prometedor: Vamos a ver,
Winston, cmo afirma un hombre su poder sobre otro?
Winston pens un poco y respondi: Hacindole sufrir.
Exactamente. Hacindole sufrir. No basta con la obediencia. Si no sufre, cmo vas a estar
seguro de que obedece tu voluntad y no la suya propia? El poder radica en infligir dolor y
humillacin. El poder est en la facultad de hacer pedazos los espritus y volverlos a construir
dndoles nuevas formas elegidas por ti. Empiezas a ver qu clase de mundo estamos creando? Es
lo contrario, exactamente lo contrario de esas estpidas utopas hedonistas que imaginaron los
antiguos reformadores. Un mundo de miedo, de racin y de tormento, un mundo de pisotear y ser
pisoteado, un mundo que se har cada da ms despiadado. El progreso de nuestro mundo ser la
consecucin de ms dolor. Las antiguas civilizaciones sostenan basarse en el amor o en la justicia.
La nuestra se funda en el odio. En nuestro mundo no habr ms emociones que el miedo, la rabia, el
triunfo y el autorebajamiento. Todo lo dems lo destruiremos, todo. Ya estamos suprimiendo los
hbitos mentales que han sobrevivido de antes de la Revolucin. Hemos cortado los vnculos que
unan al hijo con el padre, un hombre con otro y al hombre con la mujer. Nadie se fa ya de su
esposa, de su hijo ni de un amigo. Pero en el futuro no habr ya esposas ni amigos. Los nios se les
quitarn a las madres al nacer, como se les quitan los huevos a la gallina cuando los pone. El
instinto sexual ser arrancado donde persista. La procreacin consistir en una formalidad anual
como la renovacin de la cartilla de racionamiento. Suprimiremos el orgasmo. Nuestros neurlogos
trabajan en ello. No habr lealtad; no existir ms fidelidad que la que se debe al Partido, ni ms
amor que el amor al Gran Hermano. No habr risa, excepto la risa triunfal cuando se derrota a un
enemigo. No habr arte, ni literatura, ni ciencia. No habr ya distincin entre la belleza y la fealdad.
Todos los placeres sern destruidos. Pero siempre, no lo olvides, Winston, siempre habr el afn de
poder, la sed de dominio, que aumentar constantemente y se har cada vez ms sutil. Siempre
existir la emocin de la victoria, la sensacin de pisotear a un enemigo indefenso. Si quieres
hacerte una idea de cmo ser el futuro, figrate una bota aplastando un rostro humano...
incesantemente.
Se call, como si esperase a que Winston le hablara. Pero ste se encoga ms an. No se le
ocurra nada. Pareca helrsele el corazn. O'Brien prosigui:
Recuerda que es para siempre. Siempre estar ah la cara que ha de ser pisoteada. El hereje,
el enemigo de la sociedad, estarn siempre a mano para que puedan ser derrotados y humillados una
y otra vez. Todo lo que t has sufrido desde que ests en nuestras manos, todo eso continuar sin
cesar. El espionaje, las traiciones, las detenciones, las torturas, las ejecuciones y las desapariciones
se producirn continuamente. Ser un mundo de terror a la vez que un mundo triunfal. Mientras ms
poderoso sea el Partido, menos tolerante ser. A una oposicin ms dbil corresponder un
despotismo ms implacable. Goldstein y sus herejas vivirn siempre. Cada da, a cada momento,
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George Orwell1984
saba
posteridad. Cinco aos despus de esto, en 1973, Winston desenrollaba un da unos documentos que
le enviaban por el tubo automtico cuando descubri un pedazo de papel que, evidentemente, se
haba deslizado entre otros y haba sido olvidado. En seguida vio su importancia. Era media pgina
de un
de diez aos antes la mitad superior de una pgina, de manera que inclua la fecha
y contena una fotografa de los delegados en una solemnidad del Partido en Nueva York.
Sobresalan en el centro del grupo Jones, Aaronson y Rutherford. Se les vea muy claramente, pero
adems sus nombres figuraban al pie.
Lo cierto es que en ambos procesos los tres personajes confesaron que en aquella fecha se
hallaban en suelo eurasitico, que haban ido en avin desde un aerdromo secreto en el Canad
hasta Siberia, donde tenan una misteriosa cita. All se haban puesto en relacin con miembros del
Estado Mayor eurasitico al que haban entregado importantes secretos militares. La fecha se le
haba grabado a Winston en la memoria porque coincida con el primer da de esto, pero toda
aquella historia estaba ya registrada oficialmente en innumerables sitios. Slo haba una conclusin
posible: las confesiones eran mentira.
Desde luego, esto no constitua en s mismo un descubrimiento. Incluso por aquella poca no
crea Winston que las vctimas de las purgas hubieran cometido los crmenes de que eran acusados.
Pero ese pedazo de papel era ya una prueba concreta; un fragmento del pasado abolido como un
hueso fsil que reaparece en un estrato donde no se le esperaba y destruye una teora geolgica.
Bastaba con ello para pulverizar al Partido si pudiera publicarse en el extranjero. Y explicarse bien
su significado.
Winston haba seguido trabajando despus de su descubrimiento. En cuanto vio lo que era la
fotografa y lo que significaba, la cubri con otra hoja de papel. Afortunadamente, cuando la
desenroll haba quedado de tal modo que la telepantalla no poda verla.
Se puso la carpeta sobre su rodilla y ech hacia atrs la silla para alejarse de la telepantalla lo
ms posible. No era difcil mantener inexpresivo la cara e incluso controlar, con un poco de
esfuerzo, la respiracin; pero lo que no poda controlarse eran los latidos del corazn y la
telepantalla los recoga con toda exactitud. Winston dej pasar diez minutos atormentado por el
miedo de que algn accidente por ejemplo, una sbita corriente de aire lo traicionara. Luego, sin
exponerla a la vista de la pantalla, tir la fotografa en el agujero de la memoria mezclndola con
otros papeles inservibles. Al cabo de un minuto, el documento sera un poco de ceniza.
Aquello haba pasado haca diez u once aos. De ocurrir ahora, pens Winston, me habra
guardado la foto. Era curioso que el hecho de haber tenido ese documento entre sus dedos le
pareciera constituir una gran diferencia incluso ahora en que la fotografa misma, y no slo el hecho
registrado en ella, era slo recuerdo. Se aflojaba el dominio del Partido sobre el pasado se pregunt
Winston porque una prueba documental que ya no exista
una vez?
Pero hoy, suponiendo que pudiera resucitar de sus cenizas, la foto no poda servir de prueba.
Ya en el tiempo en que l haba hecho el descubrimiento, no estaba en guerra Oceana con Eurasia y
los tres personajes suprimidos tenan que haber traicionado su pas con los agentes de Asia oriental
y no con los de Eurasia. Desde entonces hubo otros cambios, dos o tres, ya no poda recordarlo.
Probablemente, las confesiones haban sido nuevamente escritas varias veces hasta que los hechos y
las fechas originales perdieran todo significado. No es slo que el pasado cambiara, es que
cambiaba continuamente. Lo que ms le produca a Winston la sensacin de una pesadilla es que
nunca haba llegado a comprender claramente
se emprenda la inmensa impostura. Desde
luego, eran evidentes las ventajas inmediatas de falsificar el pasado, pero la ltima razn era
misteriosa. Volvi6 a coger la pluma y escribi:
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George Orwell1984
Times
hubiera existido
por qu
Comprendo CMO: no comprado POR QU.
todo esto eran tonteras. En realidad no haba escapatoria. E incluso el nico plan posible, el
suicidio, no estaban dispuestos a llevarlo a efecto. Dejar pasar los das y las semanas, devanando un
presente sin futuro, era lo instintivo, lo mismo que nuestros pulmones ejecutan el movimiento
respiratorio siguiente mientras tienen aire disponible.
Adems, a veces hablaban de rebelarse contra el Partido de un modo activo, pero no tenan
idea de cmo dar el primer paso. Incluso si la fabulosa Hermandad exista, quedaba la dificultad de
entrar en ella. Winston le cont a Julia la extraa intimidad que haba, o pareca haber, entre l y
O'Brien, y del impulso que senta a veces de salirle al encuentro a O'Brien y decirle que era
enemigo del Partido y pedirle ayuda. Era muy curioso que a Julia no le pareciera una locura
semejante proyecto. Estaba acostumbrada a juzgar a las gentes por su cara y le pareca natural que
Winston confiase en O'Brien basndose solamente en un destello de sus ojos. Adems, Julia daba
por cierto que todos, o casi todos, odiaban secretamente al Partido e infringiran sus normas si
crean poderlo hacer con impunidad. Pero se negaba a admitir que existiera ni pudiera existir jams
una oposicin amplia y organizada. Los cuentos sobre Goldstein y su ejrcito subterrneo, deca,
eran slo un montn de estupideces que el Partido se haba inventado para sus propios fines y en los
que todos fingan creer. Innumerables veces, en manifestaciones espontneas y asambleas del
Partido, haba gritado Julia con todas sus fuerzas pidiendo la ejecucin de personas cuyos nombres
nunca haba odo y en cuyos supuestos crmenes no crea ni mucho menos. Cuando tenan efecto los
procesos pblicos, Julia acuda entre las jvenes de la Liga juvenil que rodeaban el edificio de los
tribunales noche y da y gritaba con ellas: Muerte a los traidores!. Durante los Dos Minutos de
Odio siempre insultaba a Goldstein con ms energa que los dems. Sin embargo, no tena la menor
idea de quin era Goldstein ni de las doctrinas que pudiera representar. Haba crecido dentro de la
Revolucin y era demasiado joven para recordar las batallas ideolgicas de los aos cincuenta y
sesenta y tantos. No poda imaginar un movimiento poltico independiente; y en todo caso el Partido
era invencible. Siempre existira. Y nunca iba a cambiar ni en lo ms mnimo. Lo ms que poda
hacerse era rebelarse secretamente o, en ciertos casos, por actos aislados de violencia como matar a
alguien o poner una bomba en cualquier sitio.
En cierto modo, Julia era menos susceptible que Winston a la propaganda del Partido. Una
vez se refiri l a la guerra contra Eurasia y se qued asombrado cuando ella, sin concederle
importancia a la cosa, dio por cierto que no haba tal guerra. Casi con toda seguridad, las bombas
cohete que caan diariamente sobre Londres eran lanzadas por el mismo Gobierno de Oceana slo
para que la gente estuviera siempre asustada. A Winston nunca se le haba ocurrido esto. Tambin
despert en l Julia una especie de envidia al confesarle que durante los dos Minutos de Odio lo
peor para ella era contenerse y no romper a rer a carcajadas, pero Julia nunca discuta las
enseanzas del Partido a no ser que afectaran a su propia vida. Estaba dispuesta a aceptar la
mitologa oficial, porque no le pareca importante la diferencia entre verdad y falsedad. Crea por
ejemplo porque lo haba aprendido en la escuela que el Partido haba inventado los aeroplanos.
(En cuanto a Winston, recordaba que en su poca escolar, en los aos cincuenta y tantos, el Partido
no pretenda haber inventado, en el campo de la aviacin, ms que el autogiro; una docena de aos
despus, cuando Julia iba a la escuela, se trataba ya del aeroplano en general; al cabo de otra
generacin, aseguraran haber descubierto la mquina de vapor.) Y cuando Winston le dijo que los
aeroplanos existan ya antes de nacer l y mucho antes de la Revolucin, esto le pareci a la joven
carecer de todo inters. Qu importaba, despus de todo, quin hubiese inventado los aeroplanos?
Mucho ms le llam la atencin a Winston que Julia no recordaba que Oceana haba estado en
guerra, haca cuatro aos, con Asia Oriental y en paz con Eurasia. Desde luego, para ella la guerra
era una filfa, pero por lo visto no se haba dado cuenta de que el nombre del enemigo haba
cambiado. Yo crea que siempre habamos estado en guerra con Eurasia, dijo en tono vago. Esto
le impresion mucho a Winston. El invento de los aeroplanos era muy anterior a cuando ella naci,
pero el cambiazo en la guerra slo haba sucedido cuatro aos antes, cuando ya Julia era una
muchacha mayor. Estuvo discutiendo con ella sobre esto durante un cuarto de hora. Al final, logr
hacerle recordar confusamente que hubo una poca en que el enemigo haba sido Asia Oriental y no
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Descansen! ladr la instructora, cuya voz pareca ahora menos malhumorada.
Winston dej caer los brazos de sus costados y volvi a llenar de aire sus pulmones. Su mente
se desliz por el laberntico mundo del
Saber y no saber, hallarse consciente de lo que
es realmente verdad mientras se dicen mentiras cuidadosamente elaboradas, sostener
simultneamente dos opiniones sabiendo que son contradictorias y creer sin embargo en ambas;
emplear la lgica contra la lgica, repudiar la moralidad mientras se recurre a ella, creer que la
democracia es imposible y que el Partido es el guardin de la democracia; olvidar cuanto fuera
necesario olvidar y, no obstante, recurrir a ello, volverlo a traer a la memoria en cuanto se necesitara
y luego olvidarlo de nuevo; y, sobre todo, aplicar el mismo proceso al procedimiento mismo. sta
era la ms refinada sutileza del sistema: inducir conscientemente a la inconsciencia, y luego hacerse
inconsciente para no reconocer que se haba realizado un acto de autosugestin. Incluso comprender
la palabra
implicaba el uso del
La instructora haba vuelto a llamarles la atencin:
Y ahora, a ver cules de vosotros pueden tocarse los dedos de los pies sin doblar las rodillas
grit la mujer con gran entusiasmo Por favor, camaradas! Uno, dos! Uno, dos ... !
A Winston le fastidiaba indeciblemente este ejercicio que le haca doler todo el cuerpo y a
veces le causaba golpes de tos. Ya no disfrutaba con sus meditaciones. El pasado, pens Winston,
no slo haba sido alterado, sino que estaba siendo destruido. Pues, cmo iba usted a establecer el
hecho ms evidente si no exista ms prueba que el recuerdo de su propia memoria? Trat de
recordar en qu ao haba odo hablar por primera vez del Gran Hermano. Crea que debi de ser
hacia el sesenta y tantos, pero era imposible estar seguro. Por supuesto, en los libros de historia
editados por el Partido, el Gran Hermano figuraba como jefe y guardin de la Revolucin desde los
primeros das de sta. Sus hazaas haban ido retrocediendo en el tiempo cada vez ms y ya se
extendan hasta el mundo fabuloso de los aos cuarenta y treinta cuando los capitalistas, con sus
extraos sombreros cilndricos, cruzaban todava por las calles de Londres en relucientes
automviles o en coches de caballos pues an quedaban vehculos de stos, con lados de
cristal. Desde luego, se ignoraba cunto haba de cierto en esta leyenda y cunto de inventado.
Winston no poda recordar ni siquiera en qu fecha haba empezado el Partido a existir. No crea
haber odo la palabra Ingsoc antes de 1960. Pero era posible que en su forma viejolingstica es
decir, socialismo ingls hubiera existido antes. Todo se haba desvanecido en la niebla. Sin
embargo, a veces era posible poner el dedo sobre una mentira concreta. Por ejemplo, no era verdad,
como pretendan los libros de historia lanzados por el Partido, que ste hubiera inventado los
aeroplanos. Winston recordaba los aeroplanos desde su ms temprana infancia. Pero tampoco
podra probarlo. Nunca se poda probar nada. Slo una vez en su vida haba tenido en sus manos la
innegable prueba documental de la falsificacin de un hecho histrico. Y en aquella ocasin...
Smith! chill la voz de la telepantalla; 6O79 Smith W! S, t! Inclnate ms, por
favor! Puedes hacerlo mejor; es que no te esfuerzas; ms doblado, haz el favor. Ahora est mucho
mejor, camarada.
Descansad todos y fijaos en m.
Winston sudaba por todo su cuerpo, pero su cara permaneca completamente inescrutable.
Nunca os manifestis desanimados! Nunca os mostris resentidos! Un leve pestaeo podra
traicioneros. Por eso, Winston miraba impvido a la instructora mientras sta levantaba los brazos
por encima de la cabeza y, si no con gracia, s con notable precisin y eficacia, se dobl y se toc
los dedos de los pies sin doblar las rodillas.
Ya habis visto, camaradas; as es como quiero que lo hagis! Miradme otra vez. Tengo
treinta y nueve aos y cuatro hijos. Mirad volvi a doblarse . Ya veis que mis rodillas no se han
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doplepensar.
doblepensar
doblepensar.
importancia, el nivel de la educacin popular declina continuamente. Las opiniones que tenga o no
tenga la masa se consideran con absoluta indiferencia. A los proletarios se les puede conceder la
libertad intelectual por la sencilla razn de que no tienen intelecto alguno. En cambio, a un miembro
del Partido no se le puede tolerar ni siquiera la ms pequea desviacin ideolgica.
Todo miembro del Partido vive, desde su nacimiento hasta su muerte, vigilado por la Polica
del Pensamiento. Incluso cuando est solo no puede tener la seguridad de hallarse efectivamente
solo. Dondequiera que est, dormido o despierto, trabajando o descansando, en el bao o en la
cama, puede ser inspeccionado sin previo aviso y sin que l sepa que lo inspeccionan. Nada de lo
que hace es indiferente para la Polica del Pensamiento. Sus amistades, sus distracciones, su
conducta con su mujer y sus hijos, la expresin de su rostro cuando se encuentra solo, las palabras
que murmura durmiendo, incluso los movimientos caractersticos de su cuerpo, son analizados
escrupulosamente. No slo una falta efectiva en su conducta, sino cualquier pequea excentricidad,
cualquier cambio de costumbres, cualquier gesto nervioso que pueda ser el sntoma de una lucha
interna, ser estudiado con todo inters. El miembro del Partido carece de toda libertad para
decidirse por una direccin determinada; no puede elegir en modo alguno. Por otra parte, sus actos
no estn regulados por ninguna ley ni por un cdigo de conducta claramente formulado. En Oceana
no existen leyes. Los pensamientos y actos que, una vez descubiertos, acarrean la muerte segura, no
estn prohibidos expresamente y las interminables purgas, torturas, detenciones y vaporizaciones no
se le aplican al individuo como castigo por crmenes que haya cometido, sino que son sencillamente
el barrido de personas que quizs algn da pudieran cometer un crimen poltico. No slo se le exige
al miembro del Partido que tenga las opiniones que se consideran buenas, sino tambin los instintos
ortodoxos. Muchas de las creencias y actitudes que se le piden no llegan a fijarse nunca en normas
estrictas y no podran ser proclamadas sin incurrir en flagrantes contradicciones con los principios
mismos del Ingsoc. Si una persona es ortodoxa por naturaleza (en neolengua se le
sabr en cualquier circunstancia, sin detenerse a pensarlo, cul es la creencia acertada o
la emocin deseable. Pero en todo caso, un enfrentamiento mental complicado, que comienza en la
infancia y se concentra en torno a las palabras neolingsticas
convierte en un ser incapaz de pensar demasiado sobre cualquier tema.
Se espera que todo miembro del Partido carezca de emociones privadas y que su entusiasmo
no se enfre en ningn momento. Se supone que vive en un continuo frenes de odio contra los
enemigos extranjeros y los traidores de su propio pas, en una exaltacin triunfal de las victorias y
en absoluta humildad y entrega ante el Poder y la sabidura del Partido. Los descontentos
producidos por esta vida tan seca y poco satisfactoria son suprimidos de raz mediante la vibracin
emocional de los Dos Minutos de Odio, y las especulaciones que podran quiz llevar a una actitud
escptica o rebelde son aplastadas en sus comienzos o, mejor dicho, antes de asomar a la
consciencia, mediante la disciplina interna adquirida desde la niez. La primera etapa de esta
disciplina, que puede ser enseada incluso a los nios, se llama en neolengua
.
significa la facultad de parar, de cortar en seco, de un modo casi instintivo, todo
pensamiento peligroso que pretenda salir a la superficie. Incluye esta facultad la de no percibir las
analogas, de no darse cuenta de los errores de lgica, de no comprender los razonamientos ms
sencillos si son contrarios a los principios del Ingsoc de sentirse fastidiado e incluso asqueado por
todo pensamiento orientado en una direccin hertica.
equivale, pues, a estupidez
protectora. Pero no basta con la estupidez. Por el contrario, la ortodoxia en su ms completo sentido
exige un control sobre nuestros procesos mentales, un autodominio tan completo como el de una
contorsionista sobre su cuerpo. La sociedad ocenica se apoya en definitiva sobre la creencia de que
el Gran Hermano es omnipotente y que el Partido es infalible. Pero como en realidad el Gran
Hermano no es omnipotente y el Partido no es infalible, se requiere una incesante flexibilidad para
enfrentarse con los hechos. La palabra clave en esto es
Como tantas palabras
neolingsticas, sta tiene dos significados contradictorios. Aplicada a un contrario, significa la
costumbre de asegurar descaradamente que lo negro es blanco en contradiccin con la realidad de
los hechos. Aplicada a un miembro del Partido significa la buena y leal voluntad de afirmar que lo
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llama
piensabien)
paracrimen, negroblanco y
dobepensar, le
paracrimen
Paracrimen
Paracrimen
negroblanco.
terminado todo. El orador, que no haba soltado el micrfono, segua vociferando y dando zarpazos
al aire. Al minuto siguiente, la masa volva a gritar su odio exactamente come antes. Slo que el
objetivo haba cambiado.
Lo que ms le impresion a Winston fue que el orador dio el cambiazo exactamente a la mitad
de una frase, no slo sin detenerse, sino sin cambiar siquiera la construccin de la frase. Pero en
aquellos momentos tena Winston otras cosas de qu preocuparse. Fue entonces, en medio de la
gran algaraba, cuando se le acerc un desconocido y, dndole un golpecito en un hombro, le dijo:
Perdone, creo que se le ha cado a usted esta cartera. Winston tom la cartera sin hablar, como
abstrado. Saba que iban a pasar varios das sin que pudiera abrirla. En cuanto termin la
manifestacin, se fue directamente al Ministerio de la Verdad, aunque eran va las veintitrs. Lo
mismo hizo todo el personal del Ministerio. En verdad, las rdenes que repetan continuamente las
telepantallas ordenndoles reintegrarse a sus puestos apenas eran necesarias. Todos saban lo que
les tocaba hacer en tales casos.
Oceana estaba en guerra con Asia Oriental; Oceana haba estado siempre en guerra con Asia
Oriental. Una gran parte de la literatura poltica de aquellos cinco aos quedaba anticuada,
absolutamente inservible. Documentos e informes de todas clases, peridicos, libros, folletos de
propaganda, pelculas, bandas sonoras, fotografas... todo ello tena que ser rectificado a la
velocidad del rayo. Aunque nunca se daban rdenes en estos casos, se saba que los jefes de
departamento deseaban que dentro de una semana no quedara en toda Oceana ni una sola
referencia a la guerra con Eurasia ni a la afianza con Asia Oriental. El trabajo que esto supona era
aplastante. Sobre todo porque las operaciones necesarias para realizarlo no se llamaban por sus
nombres verdaderos. En el Departamento de Registro todos trabajaban dieciocho horas de las
veinticuatro con dos turnos de tres horas cada uno para dormir. Bajaron colchones y los pusieron
por los pasillos. Las comidas se componan de sandwiches y caf de la Victoria trado en carritos
por los camareros de la cantina. Cada vez que Winston interrumpa el trabajo para uno de sus dos
descansos diarios, procuraba dejarlo todo terminado y que en su mesa no quedaran papeles. Pero
cuando volva al cabo de tres horas, con el cuerpo dolorido y los ojos hinchados, se encontraba con
que otra lluvia de cilindros de papel le haba cubierto la mesa como una nevada, casi enterrando el
hablescribe y esparcindose por el suelo, de modo que su primer trabajo consista en ordenar todo
aquello para tener sitio donde moverse. Lo peor de todo era que no se trataba de un trabajo
mecnico. A veces bastaba con sustituir un nombre por otro, pero los informes detallados de
acontecimientos exigan mucho cuidado e imaginacin.
Incluso los conocimientos geogrficos necesarios para trasladar la guerra de una parte del
mundo a otra eran considerables.
Al tercer da le dolan los ojos insoportablemente y tena que limpiarse las gafas cada cinco
minutos. Era como luchar contra alguna tarea fsica aplastante, algo que uno tena derecho a negarse
a realizar y que sin embargo se haca por una impaciencia neurtica de verlo terminado. Es curioso
que no le preocupara el hecho de que todas las palabras que iba murmurando en el hablescribe, as
como cada lnea escrita con su lpizpluma, era una mentira deliberada. Lo nico que le
angustiaba era el temor de que la falsificacin no fuera perfecta, y esto mismo les ocurra a todos
sus compaeros. En la maana del sexto da el aluvin de cilindros de papel fue disminuyendo.
Pas media hora sin que saliera ninguno por el tubo; luego sali otro rollo y despus nada
absolutamente. Por todas partes ocurra igual. Un hondo y secreto suspiro recorri el Ministerio. Se
acababa de realizar una hazaa que nadie podra mencionar nunca. Era imposible ya que ningn ser
humano pudiera probar documentalmente que la guerra con Eurasia haba sucedido.
Inesperadamente, se anunci que todos los trabajadores del Ministerio estaban libres hasta el da
siguiente por la maana. Era medioda. Winston, que llevaba todava la cartera con el
cual
haba permanecido entre sus pies mientras trabajaba y debajo de su cuerpo mientras dorma. Se
fue a casa, se afeit y casi se qued dormido en el bao, aunque el agua estaba casi fra.
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